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Full text of "Escritos selectos del Dr. D. Andrés Lamas"

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Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay 


BIBLIOTECA DE AUTORES NACIONALES 


ESCRITOS SELECTOS 

DEL 

Dr. D. ANDRES LAMAS 


Con un prólogo de 

PABLO BLANCO ACEVEDO 


TOMO I 



MONTEVIDEO 

Tipografía Moderna de Akduino Hnos 
Calle Cerrito, 691-95 
1922 



ESCRITOS SELECTOS DEL Dr. D. ANDRÉS LAMAS 





Doctor Don Andrés Lamas 




Obras del Dr. D. Andrés Lamas 


Impugnación a la Obra de don J. B. Aiberdi. — Montevideo 1837. 

Prólogo a las Poesías de don Adolfo Berro. — Montevideo 1842. 

Nueva Nomenclatura de las calles de Montevideo. — Montevideo 1843. 

Bases del Instituto Histórico Geográfico. — Montevideo 1843. 

Bandos y Proclamas del Jefe Político. — Montevideo 1844. 

Apuntes históricos sobre las Agresiones del Dictador Argentino don 
Juan Manuel de Rosas contra la República O. del Uruguay.— Mon- 
tevideo 1849. 

Colección de Memorias y Documentos para la Historia y Geografía de 
los Pueblos del Río de la Plata. — Montevideo 1849. 

A Política do Brazil no Río de la Plata. — Río Janeiro 1851. 

Rupture du General Urquiza avec le Gouvernement de B. A. — París 
1851. 

Notice sur la République de l’Uruguay. — Paris 1851. 

Andrés Lamas a sus compatriotas. — Río Janeiro 1855. 

Negociaciones entre la R. O. del Uruguay y el Imperio del Brasil sobre 
Comercio y Navegación. — Río Janeiro 1858. 

Documentos del Tratado de Comercio y Navegación entre la Repúbli- 
ca O. del Uruguay y el Imperio del Brasil. — Montevideo 1858. 

Retrospecto Político del Río de la Plata. Años de 1857 a 1859. — Río 
Janeiro 1859. 

Documentos oficiales relativos a los incidentes ocurridos del 28 de 
Agosto al l.° de Setiembre, con motivo de la presencia de la es- 
cuadra de la Confederación Argentina y de la Provincia de Bue- 
nos Aires en el Puerto de Montevideo. — Montevideo 1859. 

Colección de artículos publicados en el Jornal do Commercio. — Río Ja- 
neiro 1859. 

La pobreza de Lamartine y la Obra de J. A. Labougle. — Buenos Ai- 
res 1859. 

Himno dedicado a los Argentinos. — Sin fecha. 

Documentos de las Negociaciones de Paz(1863-1865). — Buenos Aires 1865. 

Correspondencia Oficial relativa a las violaciones de inmunidades de 
la casa de la Legación de la República O. del Uruguay en la Corte 
del Brasil. — Río Janeiro 1867. 

Escenas de la Fiebre Amarilla de 1871. El Cuadro de Juan Manuel 
Blanes.— Buenos Aires 1871. 



Juno Dios dü Boíl*, — . B«moo« Aire» 187L 

La muerte de Joao Diat de Boíl*. — Bueno# Aire# 1871. 

Instrucciones par» U Adquisición en io# A rehiro# europeo# de doctunen- 
i o# que puedAO ilustrar Ia Historia CoIooíaI del Río de Ia Plata 
— Bueno# Aire# 1873. 

Lm Uniruai amanean#» y Catalina II d# Rusia - Her del R*' de 1 a 
P lata. 

Noticias de uoa medalla. — Rev. del Río de la Plata 

El aereolito del Chaco. — Rer. del Río de la Plata. 

I*o# rolumnero# del Paraguay. - Rev. del Rio de 1 a Plata. 

La Revolución de Mayo es 1810, - Rev. del Río de (a Piste* 

Instrucciones aI M Arqué# de Loreto. — Rev. del Río de 1 a Plata. 

Introducción a la Historia de Ia Conquista de) Paraguay, Rio de Ia 
PlatA y Tucumán. e#criU por el P. Pedro Losano. Bueno# Ai- 
res 1874. 

Estudios sobre Ia fabricación de lo# tejidos de Une, Montevideo 1878. 

Escrito# políticos y literario# del doctor don Andró# Lahum durante 
ia guerra contra la tíranís de Rosas coleccionado# por don Angel 
J, Csrranta. — Bueno# Aíre# 1877 

Don Dámaso Antonio La rr* Asga y su estudio geológico del Rio de U 
Piste. — Bueno# Aire# 1871. 

Biografía de Don Joaquín Ruare*. — Montevideo 1888* 

Don Bernardiuo Rivadsvta en el primer centenario de «e da te Inri o, — 
Bueno# Aire# 188 1. 

Introducción a la Historia de la Conquista del Paraguay» Rio de ia 
Plata y Tucumán, escrita por el P. J. Guevara. — Buenos Aires 1881 

I*a Legislación Agreña de Ri vade vis. — Buenos Airee 1881. 

Rl Cabotaje y la Pesquería, — Montevideo 1883. 

Las Banderas del Regimiento 71 y lo# Trofeo# de la RecooquisU de 
Buenos Aire#. Bueno* Aíre# 1883. 

El Caoal de lo# Andas. — Bueno# Aíre* 1883. 

La muerte de Juan Día* de Solis. — Bueno# Aire# 1884 

Manifiesto del doctor don Andró# Uoui — Bueno# Aires 1888. 

Estudio Histórico y Científico del Banco de la Pnmoeta Bueno» 
Airea 1888 

L.t questton mír ela, fe de Is Rópubuqu# Argén une — Pan# 1881. 

Aper*>a écoaotu *ue et fma&r.er de EAmórique Latine — Par# 1881. 

L# Ventó sur I/Araucaou et la Patágooia. — Pan# i&ftl. 

El Oónesi# de la Revolución e Independencia de I# A minea R*paAol* 
— Buenos Aire# 1881 

Memorándum de Liante# de U KepáblfC* lJrt**l*l 4#í Uruguay R*- 
del Archivo Histórico Nacional 

Es Escudo de Armas de la Ciudad de Moí*»c* fideo -■* Monte* :dau 1183 



ANDRÉS LAMAS 


i 

Sus contemporáneos llamáronle sabio, maestro ilustre, 
y en verdad pocas famas en el Río de la Plata, como la de 
Andrés Lamas, fueron en su tiempo más respetadas e in- 
discutidas. Ya en la senectud, cuando los resplandores 
de su preclaro talento parecían próximos a extinguirse, toda- 
vía su vieja casa déla calle Piedad, en Buenos Aires, era 
cónclave de literatos, de historiadores, de políticos que, 
ávidos de un dato revelador, de una palabra definitiva, 
acudían ante ese virtuoso de la inteligencia y del saber. 
En el gran salón de su biblioteca, en la que alternaran rarí- 
simos ejemplares, ediciones príncipes del Perú, de los Jesuí- 
tas, del Virreinato, verdaderas joyas incunables de América, 
con toda la producción moderna de economía y ciencias 
sociales; rodeado de rimeros y colecciones de periódicos, los 
más antiguos y curiosos; de inmensos legajos de manuscri- 
tos, donde la mirada experta de su dueño distinguiera los 
que él redactara en su larga y fecunda vida, de aquellos 
que había atesorado poniendo a colación el esfuerzo de 
dos generaciones de héroes y publicistas ; cubiertos los 
muros de armas indígenas, cuadros y retratos evoca- 
dores de famosos pinceles o representativos de escenas o 
personajes célebres de América; embellecida la estancia, 
con miniaturas, marfiles, medallas y condecoraciones re- 
cordativos de proceres y de acontecimientos patrios, en 
su escritorio tallado en ornamental estilo español, pasó el 



tiii — 


insigne y esclarecido historiador sus últimos años, sorpren- 
diéndole la muerte, allí, en el trabajo, al venir el dia del 
23 da Setiembre de 1891. 

Pné ése, ai ha de destacarse un carácter predominan- 
te, el rasgo fundamental de su vida: su admirable poder 
de trabajo. Historiador, geógrafo, sociólogo, intemacio- 
nalista, diplomático, político, economista, Andrés Lamas 
realizó en vida un esfuerzo cuantioso de labor, con- 
sagrándose entre los escritores que más contribuyeron 
al lustre do las letras nacionales. De nn período solamente 
de sn prolongada actuación, Angel Carranza , al proponer- 
se la reedición de sus obras escogidas, hallaba material 
para seis grandes volúmenes. Sn correspondencia diplo- 
mática de su gestión en el Brasil, conservada en nuestro 
Archivo Histórico Nacional, forma catorce tomos, »i«ndo 
asombroso que es de esta época también la mayor urea 
en la procura de antecedentes del pasado de América. Y 
llega en esa constancia y tenacidad a los más variados gé- 
neros de cultora histórica: es el revisor meticuloso, el co* 
leccionista de objetos, de documentos; es el copisu simple 
que, con una caligrafía cuidadosa, pone en limpio viejos 
pergaminos; es el filósofo y el crítico que le indicará a Mi- 
tre ana faz preeminente de la vida argentina sugiriéndo- 
le la Historia de Belgrano. Superior en este aspecto 
a los hombres de su generación, Andrés Lamas fué un por- 
tento de dedicación al estudio. No tenía veinte años cuando, 
en 1837, iniciaba la propaganda oontra Rosas en un folle- 
to de réplica a las ideas emitidas por Alberdi, y alcanzaba 
casi el límite de su existencia, pasados los setenta, y aun 
encontraba fuerzas en sn espíritu para acometer y publicar 
una inmensa obra: El Génesis de la Independería de Amé- 
rúa, comenzando el desarrollo del tema con el descubri- 
miento y conquista del Nuevo Mundo. En ese lapso de 
tiempo, más de medio siglo, su actividad es tan múltiple 
que es difícil internarse en ningún período de aconteci- 
mientos patrios sin encontrarse a cada paso oon la figura 
del político que hace la historia, o del autor que la escribe. 



IX 


Lamas fué un erudito en la acepción cabal de la pa- 
labra, y su sabiduría hubo de fundarla en conocimientos 
sólidos y reales. Dominando varios idiomas, poseedor de 
una cultura clásica sorprendente, familiarizado en la litera- 
tura antigua y contemporánea, actual en la evolución del 
pensamiento europeo de su época, pudo guiar su raro tem- 
peramento en orientaciones diversas, siéndole accesibles 
asuntos enteramente opuestos. Así, la Introducción a las 
Obras de Lozano, de la cual dijera Cortés y repitiese Bur- 
meinster que bastaría ella sola para labrar la reputación 
de un sabio, es modelo de saber realmente extraordina- 
rio. En otra faz, su estudio sobre la legislación agraria de 
Rivadavia, desconcertante en su tiempo por el avancismo 
de las ideas, nos ofrece un autor distinto, revelándo el 
economista vigoroso, con entendimiento pleno de la mate- 
ria, dominio éste que demostraría más ampliamente aún 
en la Historia del Banco de la Provincia , en asiduas cola- 
boraciones para revistas especializadas y porción de artícu- 
los financieros publicados en América y Europa. 

Andrés Lamas fué también un pensador y un sociólo- 
go, posiblemente el primero, en el Río de la Plata, en la 
prioridad del tiempo y juzteza de criterio. Su explica- 
ción de Rosas, su juicio respecto a las resistencias que la 
acción de aquél origina, derivando las causas de la irrup- 
ción de las clases campesinas sobre los centros urbanos, 
se adelanta, en varios años, a la tesis desarrollada por 
Sarmiento. No es menos ponderable su famoso libro Agre- 
siones de Rosas, de 1845, en donde señala una variante 
en la doctrina social antes admitida, descubriendo en me- 
dio de las guerras, de las pasiones desenfrenadas y del 
caos de aquella época, una lucha honda y permanente, 
traducida en el campo de la política, de la literatura y de 
las ideas, en un choque violento y sin tregua entre dos 
tendencias, dos escuelas, dos maneras de encarar la solu- 
ción de los problemas nacionales: la una, con el ejemplo, 
la educación y el prejuicio de ayer, vaciado en el molde 
colonial; la otra, con las concepciones nuevas y las teo- 



r ías moderna» que #e abrieron paso al impulso de la re- 
volución y de la independencia. 

Como periodiata e# la figura culminante de esa 
época, ein duda una de laa más rica# on acontecimiento* 
tranccndente* y memorable». Su ploma adquiere variado* 
aspecto»: es innovadora en la manera de concebir el pe- 
riodismo, y #u actuación *n El Iniciador de 1838 señala 
una etapa decisiva; e# moralista, satírica, irónica: anacrónicas 
ÍM Beneficencia, ím Scturil/iltdad, ana Y inane e de fPptten no# 
presentan al escritor amable, elagante, que hace del diario, 
tribuna de crítica de la sociedad y de las costumbres. Pero 
el perfil más acentuado en esa característica de su espí- 
ritu. ea el articulo de combate. Redactor de El Sacúmal, 
en 1830 y luego hasta 1845, os siempre un polemista ardo- 
roso, valiente y eficaz. Su primera campaña le vale un des- 
tierro que comparte con Rivadavia: la segunda, le pro- 
porciona el medio de cimentar el renombre de una hoja 
de publicidad destinada a ser con el í'omerria del Plata, de 
Florencio Vareta, los dos grandes órganos de la opinión 
frente a la tiranía de Rosas. Director de La Suero Era, en 
184b. de El lo necrradar, en 1847, donde actuó como ada- 
lid y portavoz del movimiento iniciado dentro de su partí 
do hacia una evolución civilista para despojarlo a éste del 
carácter personal impreso por sus grandes caudillos militares, 
e» aquí, especialmente, el escritor penetrante, fogoso y com- 
bativo, aptitud»# éstas que pondría de relieve cuando a 
partir de eso# años, en otro escenario, en Río Janeiro, desde 
*-| Jornal do (’ommerrio comenzara la propaganda célebre que 
daría por resultado: primero, su admisión como plenipoten. 
ciario en la Corte de Pedro II: después, la caída de nn mi 
niuterio imperial, y finalmente, la intervención armada del 
Brasil en la# contiendas rioplatenses. 

Y presentamos, con esto, un nuevo aspecto de su persona- 
i idad. Designado Ministro por dos veces y en prolongado* 
período», ante el Imperio del Brasil, Andrés I-ama* adquie- 
re uno de los caracteres con el cual de un modo más ní- 
tido ha pasado a la posteridad. La vastedad de »tw conocí- 



XI 


mientos, su preparación indiscutida en las ciencias histó- 
ricas, jurídicas y sociales, su inteligencia preclara que le 
permite el dominio do intrincados temas de derecho públi- 
co y privado, su talento fino y sagaz, su educación, sus ma- 
neras insinuantes y distinguidas, consagráronlo entre los 
primeros intemacionalistas, vinculando su nombre a trata- 
dos y convenios célebres en la historia diplomática del Bra- 
sil, Argentina y Uruguay. 

Fué en realidad, Andrés Lamas, precioso conjunto de 
facultades superiores. El espíritu de empresa, el temple que 
demostró en momentos aciagos de la historia nacional, le 
merecieron el juicio definitivo de sus contemporáneos, y Sar- 
miento, Rivera Indarte y Juan Agustín Wright prodigáron- 
le, en sentidas páginas, el elogio entusiasta destinado a enal- 
tecer el nombre de quien, desde el difícil cargo deJefe Polí- 
tico de la ciudad, preparó e hizo posible la defensa en los días 
trágicos de 1848. Su celo e inventiva en los instantes supre- 
mos fueron admirables. Genuina expresión de aquel ambien- 
te pleno de valentía, de abnegación y de idealismos, encarnó 
las resistencias contra Rosas en la energía de su conducta, en 
la multiplicidad de actividades y hasta en la realización de 
hermosos pensamientos llevados a la práctica en medio del 
fragor y del estruendo de las armas. Así, la reforma de la 
vieja nomenclatura de las calles de Montevideo, que nada 
decía sino de una vieja tradición contra la cual su espíritu 
pugnaba por levantarse en nombre de los principios susten- 
tados por la revolución emancipadora; la fundación del Ins- 
tituto Histórico y Geográfico, centro augusto de investiga- 
ciones, de difusión de estudios ; el certamen de 1843 ; la 
celebración de las fiestas patrias de 1844, tuvieron como fina- 
lidades principales, la penetración intelectual, el estímulo a 
las generaciones iniciadas en la vida hacia el culto de ideas 
elevadas, el desarrollo de la cultura, el concepto de nacio- 
nalidad y con ellas, la creación de nuevas fuerzas que actuan- 
do en el ambiente, lo mejoraran, engrandeciéndolo. 

Tuvo el doctor Lamas una fe inquebrantable en el por- 
venir de su país, cuya visión contemplara grandiosa, el 



di* «o que, estabilizadas las instituciones. intensificada U 
educación, Abiertos sos puerto» a le inmigración extranje- 
ra, floreciesen su» industria», convirtiéndose los cempos en 
venero» de riqueza* inagotable». Do» de su» mis notables 
trabajo» : /x/ Repúbltra O. tlel tlruguay en ÍHót y "I Matu- 
fíenlo a mi* compatriota m f de 1866, fueron expresión de tan 
generosos sentimiento». Editado en Psría el primero, con una 
dedicatoria a M Thier», con quien mantuviese estrecho trato 
desde la intervención del famoso hombre público en le» Man- 
tos de Montevideo, precedido d* nn prólogo de Amóne 1 «al se- 
lle, constituyen -tía páginas — «ogerente» por la ¿poca de *u 
publicación cuando parecían hacer crisis en el Rio de la Plata 
los nacionalismos exagerados — la esencia de la» doctrina* 
sustentadas después por algunos de sus más ilustres con- 
temporáneo», en favor del progreso social por medio del fo- 
mento de las corriente» inmigratoria». No es menos desta- 
cante, «i bien en otra fase, el Manifiesto a sus compatriota», 
verdadero manual de oiencia política destinado para defen- 
derse, no tanto contra la rudeza de lo» ataques que batían 
blanco de su persona, «ino inspirado en noble» ideale», en la 
convicción de lo» destinos superiores deparados al pala; se 
dirige en él a sus conciudadanos, a la juventud salida de las 
aulas, invitándolos al olvido de («ersonalismo*, de bandería», 
provocando, de esa manera, la organización de nuevos par- 
tidos con programas de ideas que hicieran firme» y perma- 
nente» los gobierno» institucionales. 

Patriota por excelencia, rioplatense en coanto a la emo- 
ción por las glorias comauc» d« los dos pueblos, amen oa- 
no en el sentimiento de la confraternidad internacional, 
Andrés Lamas ajustó sn conducta y sos actos a normas in- 
flexibles de acción. Nombrado Plenipotenciario de la Re- 
pública en 1866 ante ei Imperio del Brasil, debió hacerse 
cargo de la Legación al tiempo de festejarse ruidosamente, 
en Río Janeiro, la captura y rendición de ana ban- 
dera oriental arrancada al heroísmo de los defensores 
de Paysandú. I»"»** no vacila y, subordinando el éxito de 
su misión a la entrega de la gloriosa ens- fta, exige sn de- 



XIII 


votación, volviendo aquélla, con todos los honores, al 
seno de la patria. Años atrás, al pactarse las bases de la 
campaña que terminó en Caseros, el gabinete de Pedro II 
interpretaba esa guerra como una revancha de Ituzaingó 
y pedía el rescate de los trofeos obtenidos en la me- 
morable hazaña. «Ni lo uno ni lo otro *, afirmó el mi- 
nistro uruguayo. La intervención, la alianza, sería para 
derrocar un gobierno que él creía contrario a la tranqui- 
lidad de América, y los estandartes se conservarían donde 
estaban, como símbolos del esfuerzo de los que contribu- 
yeron a afianzar la independencia del país. 

Alma romántica, descentrada un tanto de la realidad, 
plena de sanas concepciones, Andrés Lamas fué un tempe- 
ramento múltiple, cuyo examen ofrece vai’iedad de facetas 
y matices siempre sorprendentes. Hizo versos en su juven- 
tud y sus poesías trascienden, en su estilo, encantos y de- 
licadezas. En la edad madura, mantuvo intacto ese placer 
por la belleza que lo hizo escritor galano, anticuario y co- 
leccionista. Emotivo, fácilmente impresionable ante las ma- 
nifestaciones del arte, no faltan en su extensa bibliografía 
páginas primorosas e inspiradas, y de su estudio sobre el fa- 
moso cuadro de Juan Manuel Blanes Escenas ele la Fiebre 
Amarilla de 1871 pudo decir justamente Monner Sans, que 
realizó, en el papel, otro cuadro tan hondo y sugestivo que 
el uñóse complementa con el otro. 

Amó la verdad y fue apasionado sincero de lo que cre- 
yera una convicción. Algunos de sus trabajos no tuvieron 
sino ese origen. El doctor Carranza, en el prólogo de Agresio- 
nes nos cuenta el motivo inicial de ese libro : una afirmación 
de cierto diplomático francés hecha al doctor Santiago 
Vázquez relativa a la autenticidad de los cargos formu- 
lados contra Rosas, y que, oída por Lamas, le provocó el pen- 
samiento de hacer su prueba documental. Indulgente, be- 
névolo, tolerante con las opiniones ajenas, difícil sería 
presentir en el ardoroso polemista de El Nacional , el fu- 
sionista de 1855. Justo en la distribución de méritos para 
los demás, de gran altura moral, no vaciló en los ins- 



XIV 


tantea culminante* de la Guerra Grande en recordar en- 
tre la* denominación©* de la* calle* de Montevideo el nom- 
bre del jefe del ejército «itíador, llamando (.Ierra a una ría 
principal, en memoria de la acción de arma* de la indepen- 
dencia panada por el coronel don Manuel Oribe. Noble, 
generoso, pu*o lo* tesoro* de *u biblioteca y archivo al aer- 
vicio de cuanto* lo* -olicitaron, y Zinny, honestamente, en el 
comienzo de »u Efemrridiografla, reconoce la imposibilidad 
del esfuerzo de o*a obra y el de la Ilutaría de la Prensa 
del f ’nujuaif, a no mediar el contingente de la- valiosa* 
colecciones * leí doctor Lama* y laa referencia* de *>t tnmer, 
so saber Gentilhombre, gTan señor en todo* lo* ¡nata» te* 
de sn vida «jamé* demostró — dice uno de «u* biógrafos 
ni faina humildad, ni orgullo impío » Pedro S. llame- 
en Etapas de una yran Polltira consigna un rasgo en nna 
página plena de colorido, quizá la mejor del libro. Era 
después de Caseros. Un día en la Legación de Río de 
Janeiro *e anuncia un visitante, y sin mayores presenta- 
ciones, de manos a boca, *e encuentra Andrés Lamas con 
don Pedro de Angelis, el famoso periodista de Rosas, con 
quien la prensa de Montevideo batallara dorante veinte 
año*. La entrevista, entre el polemista de El Sanana! y 
*u opositor del Arrhivo A menea no, se realiza en un tono 
afable, corté*, y lo sorprendente e* que las visitas se 
repiten con la secuela de confidencias y revelaciones de la 
terrible época, encontrando Lamas asi, historiador esta vez 
antes que diplomático, una fuente preciosa de datos y 
noticias ignoradas. 

Una pasióu, casi una monomanía, domina su vida 
entera desde lo* primeros año* hasta los últimos de su 
existencia, y fué la de guardador minucioso, detallis- 
ta de cuanto elemento pudiese servir para la historia de 
América. Su relación directa oon los actores de los suce- 
sos mismos, su trato con mucho* de los héroes de la eman- 
cipación. a quienes él pusiera a tributo con los conttngec' 
tes preciosos de »u* archivo* y de su palabra escrita en 
forma de memoria*, de apunte*, y de autobiografías, la re- 



XV 


presentó, en su tan prolongada actuación política y social, 
la compilación de uno de los caudales más grandes y abun- 
dantes para el estudio y conocimiento del pasado de los 
países del continente. La afición al libro, a la edición 
clásica, al documento original, constituyó una obsesión de 
su mente, y un manuscrito, una carta geográfica, un mue- 
ble, retrato, objeto antiguo y de mérito tuvieron para él los 
atractivos y encantos de las cosas vividas, como si un 
trasunto del espíritu de sus dueños se perpetuase siempre 
en las amarillentas hojas, en las abigarradas caligrafías, en 
la esbeltez de sus líneas o en la tranquilidad de su belleza 
plástica. 

Bibliófilo, archivista, rebuscador, fiel custodio y de- 
positario de títulos y blasones de proceres que vieron en 
él un portavoz avanzado de la posteridad, formó de esa 
vocación íntima una característica especial, y Juan María 
Gutiérrez y Vicente F. López, miembros de la comisión 
que el doctor Lamas presidiera, nombrada para la adquisi- 
ción en Europa de documentos inéditos del período colo- 
nial, hicieron del informe que él redactase el elogio de la 
indiscutible preparación demostrada. 

Nada le envaneció, ni el juicio de sus contemporáneos, 
ni los títulos y dignidades; y la prensa de Buenos Aires, 
al registrar una fiesta celebrada en su honor por los cola- 
boradores de la antigua Revista Nacional, consignaba que, 
acallados los aplausos que como aleteos de gloria saluda- 
ran su presencia, el doctor Lamas, evocando quizá su patria 
y con ella afectos y pesares, dijo: «He pasado una vida de 
penurias, pero toda esa vida no vale la recompensa que 
recibo en este instante» . 

Por tal cúmulo de merecimientos encarnó el doctor don 
Andrés Lamas, en los últimos años de su existencia, la fi- 
gura civil más representativa del Río de la Plata. Sus 
dos perfiles destacantes entonces, como historiador y como 
economista, junto con toda la tradición luminosa de su 
nombre, diéronle el relieve de grande e indiscutida perso- 
nalidad. Conocido, respetado en Chile, en Río .Janeiro, en 



XVI 


Madrid, de cuyas academias e institutos fuese socio corres- 
pondiente; en trato y relación con Rivot, con Hottinger, 
Laveley© y Leroy-Beaulieo, en Francia, del mismo mo- 
do que antes lo hubiese estado con Thiers, con Alejandro 
Dutnas, de quien recibiera en angustiosos días «un abra- 
zo al través del Atlántico», parodiando así, decía el gran 
novelista, la leyenda de Don Juan a orillas del Guadalqui- 
vir, enoomiado por los hombres más eminentes, por Sar- 
miento, que calificara su gestión diplomática de «verdade- 
ro monumento» y a su autor, de * tesoro para los países»; 
por Mitre, quien le discierne los más grandes homenajes 
desde la Presidencia de la República y las columnas de £0 
Xaeión; pensionado en vida por el Cuerpo Legislativo 
Nacional en mérito a sos relevantes y prolongados servi- 
cios al país; objeto de admiración y respeto de los orien- 
tales que a menodo llegan hasta su retiro de Buenos Aires 
para contemplar un último representante de una genera- 
ción de héroes; aclamado por la juventud argentina que 
en ocasión de regocijo y jubileo, le otorga homenajes al- 
tos de consideración; ponderado por el doctor Pedro Goyena 
como uno de los hombres más poderosamente dotados, ad- 
mirándole siempre so palabra y sus escritos; por Mooner 
Saos, como «una de las glorias más puras de la Hispano 
América»; por Nicolás Avellaneda, quien refiriéndote a su 
preclaro talento, dijo: «todos sabemos en el Rio de la Plata 
que wu pluma rejuvenece cuanto toca * ; por el doctor Manti- 
lla, que lo llamó «proyección del espíritu de Moreno y del 
cerebro de Rivadavis» , Andrés Lamas, a mérito y esfuerzo 
propio, consagrado en la fama y el renombre, realizó en vi- 
da uno de esos arquetipos de excepción, cuyo molde las ge- 
neraciones subsiguientes no reprodujeron en el conjunto 
armónico de cualidades tan sobresalientes. 



XVII 


II 


Nació Andrés Lamas en Montevideo, el día 10 de No- 
viembre do 1817, siendo sus padres don Luis Lamas y do- 
ña Josefa Alfonsín (1) 

Si el cuidado atento y las normas y enseñanzas adqui- 
ridas de los padres y parientes modelan el carácter de los 
hijos, pocos hogares como el de Andrés Lamas pudieron 
ofrecer tan elevados ejemplos de rectitud y talento. Su pa- 
dre se señaló por su hombría de bien, y su actuación en 
la Jefatura Política de Montevideo, en las épocas difíciles 
en que le tocara desempeñarse, le significó singular renom- 
bre de funcionario inteligente y honesto. Un hermano de 
éste, fué el sabio sacerdote don José Benito Lamas, pa- 
triota, artiguista y que unía a un espíritu capaz de las 
más grandes abnegaciones, una vasta ilustración realza- 
da por excepcionales dotes de orador. Una hermana, do- 
ña Josefa Lamas, fué la esposa de don Santiago Vázquez, 
personalidad de primera fila entre sus contemporáneos y 
que a justo título, por su prolongada y fecunda participa- 
ción en los sucesos de la independencia y de la organi- 
zación nacional, ha merecido un puesto descollante en la 
historia de la República. 

Con tales mentores y guías, la educación de Andrés La- 
mas fué primorosa y selecta por los principios fundamen- 
tales que formaron su personalidad. Al lado de Santiago 
Vázquez, en cuya casa viviera, recibió, de tan insigne 
maestro, en la edad en que los jóvenes despiertan a las 

(1) José Andrés -Libro XV —Folio 89. — En diez de Noviembre de mil ocho- 
cientos diez y siete: Yo el Doctor D. Juan Ciríaco Otaegui, Teniente del Cu- 
ra y Vicario Dn Dámaso Larrañaga, bauticé solemnemente a José Andrés que 
nació hoy, hijo legítimo de Luis Lamas y de Josefa Alfonsin, naturales de Mon- 
tevideo. Abuelos Paternos Domingo y Francisca Regueira. Maternos Melchor y 
Carmen Domínguez: fué su Padrino José Hermida; y por verdad lo firmé Pr. 
Juan Ciríaco Otaegui. (Archivo de la Iglesia Matriz). 


ii 



XSIII — 


realidades del mando, Im enseñanza» de morelíded, de rec- 
titud, juntamente con loe primerea rudimento* del saber. 

A lo* dies y eeia «Aon ye *u nombre figuraba en la 
prensa del pal*. Fué a tiempo de lea fiesta* de la Jara 
de la Constitución. VA f r ni re r sal de esa fecha, registra 
tina alocución pronunciada en la* solemnidades del día y re- 
fiere que Andrés Lamas la biso representando a la Jante 
de Comercio. Ere entonce* casi on nifto ; indeciso eón res- 
pecto a su porvenir, iniciábase en el comercios pedido de 
mus padree. 

Un abo después, en 1834, ingresaba al Ministerio de 
Relaciones Exteriores en carácter de anxiliar. La carrera, 
a partir de esta época es vertiginosa y, adolescente todavía, 
tra participación inmediata en los negocios públicos y en 
el periodismo, revela facultado* asombrosas de inteligencia 
y fina penetración. Escritor, dnefto de nn estilo caracte- 
rístico, inconfundible, podría decirse qne fué periodista 
desde el primer día de su inclusión en la prensa. De su 
primer ensayo, Vi Sastre, periódico qne no contó sino 
dos número* (Mayo 4 y 7 de 1836), Zinny expresa «que 
el sacudimiento político producido por la publicación origi- 
nó sn caída» . Incorporado e«e mismo abo a VA Snñowú, 
en momeutos críticos, cnando a los sucesos interno* desarro- 
llados en el país mexcláranse ya factores extraños, orientó 
la propaganda emprendiendo una campaba de oposición 
contra el gobierno constitucional. Esta breve set nación ter- 
minó de manera brusca, la imprenta fué clausurada por 
orden superior, su redactor preso y desterrado al Brasil 
(Agosto de 1836). Dias antes on decreto lo había separa- 
do del puesto que ocupara en el Ministerio de Relacione* 
Exteriores. No eran éstos lo* único» perjuicios causados a 
la consecusióu de su carrera tan señaladamente comenza- 
da: en Marzo de ese año habíase inscrito en las aula* de 
jurisprudencia y la expatriación interrumpía también sus 
estudios. 

En Rio Grande primero. Inego en Rio Janeiro, conoce 
los sinsabores de la proscripción. Cinco m es es dora el ale- 
jamiento de la patria, tiempo que emplea en complementar 



XIX 


su cultura. En la capital brasileña frecuenta círculos de 
emigrados políticos argentinos y uruguayos, y, a pesar de 
su juventud, alterna en las ruedas con Lucas J. Obes, con 
el general Alvarez Thomas y con Bernardino Rivadavia, 
en cuya compañía hiciera el viaje desde Montevideo. La 
paz de 1836, después de Carpintería, pone fin a su exilio, 
resolviendo el regreso al país a fines de Diciembre. Su 
desembarco en Montevideo no es fácil: un oficial de policía 
le intima la detención, orden que es modificada luego por 
la de comparecer ante el Ministro don Francisco J.. Mu- 
ñoz, quien lo hace llegar a presencia del Presidente de la 
República, general Manuel Oribe, el cual dispone su liber- 
tad, dándole previamente, severos consejos. . . Verdad es 
que el desterrado político rio tenía aún veinte años. 

Normalizada la situación y vuelto al seno de los suyos, 
Lamas reanuda sus estudios universitarios, concurriendo al 
segundo año de Derecho al iniciarse el período de 1837. 
Asiste a los cursos de Teología y Moral Dogmática, dicta- 
dos por el Dr. José Benito Lamas ; de Derecho Civil, 
por el Dr. Pedro Somellera ; al de Filosofía, del Dr. Alejo 
Villegas y de Matemáticas de don Joaquín Pedralves. 
Su vocación, sus gustos literarios, quedan definidos, puede 
decirse, desdo esa época, y la traducción al castellano — 
que entonces hiciera — de la Ideología de Destutt de Tracy, 
cuyas máximas revolucionarias merececieran las acerbas 
críticas del Dr. Fernández Agüero eu un libro muy en bo- 
ga en aquel tiempo, señalaban sus tendencias innovadoras 
y modernas, las mismas que después desarrollaría en las 
columnas de la prensa. 

Pero si la disciplina filosófica y moral que Lamas se 
trazara habíale marcado un rumbo para su cultura y edu- 
cación, el espectáculo de las cuestiones graves que en 
esos años agitábanse en el país afectando intensamente 
su engrandecimiento, determináronle a una nueva partici- 
pación en la vida pública. Otro Diario es una segunda 
edición del antiguo El Nacional, que edita con el único 
programa de combatir a Rosas, a quien se diera como alia- 



'Jo del gobierno nacional, demostrando la faltedad de la 
tes i* de loa escritor os de Bueno» Airea que veían en «1 
mandatario argentino nn defensor de los ideales ame. 
rícenos. La vida de este periódico fné también breve. Ape- 
nas si aparecen los números del 3 al 10 de Agosto de 1837. 
(/errada 1« imprenta nna vez más, y dispuesta la prisión 
de sn redactor, éste consigne eludir el mandato asilándose 
en el domicilio del cónsul de Portngal Sr. Leitte, donde 
permanece varios meses oculto, conocido sn refugio única- 
mente por dos amigos : el general Nicolás de Vedia y don 
Mignel Cañé. Es de esta época, ya entrado el aAo de 1838. 
y en las circunstancias apuntadas, lo que prueba la fie- 
bre de actividad de Andrés Lamas, la fundación de ¿7 
iniciador, revista cuya importancia transcendente ha si- 
do reconocida en la historia de la prensa de la República 
y del Río de la Plata. So primer ejemplar aparece el 15 de 
Abril, y el artículo explicativo de so propaganda, del mis- 
mo modo que los subsiguientes, en esos meses, pertenecie- 
ron casi por completo a sn redactor y fundador. 

Después, agravados los suceso» políticos y juagada 
casi imposible su permanencia en Montevideo, consiguió 
salir sigilosamente de la ciudad, y puesto en relación con el 
jefe de las fuerzas revolucionarias, se incorporó a éstas, sien- 
do nombrado, por decreto del general Rivera, Auditor de 
(¿tierra del Ejército (.Junio de 1838). Asiste así, a las ojie- 
raciones de la campaña, siendo secretario o intermediario 
obligado en las negociaciones de importancia. Delegado, en 
compañía del corone) Martiniano Cbilavert, para entrevis- 
tarse con el agente extraordinario de la República de Río 
Orando, llegó a solucione» de paz y de armonía con el es- 
tado fronterizo ( Agosto de 1838) Miembro de la Comi- 
sión nombrada por el general Rivera, con Joaquín Suire*, 
Santiago Vázquez, Anacleto Medina y Enrique Martínez, 
celebra la paz con el Presidente Constitucional, general 
Oribe, firmando el Tratado del 21 de Octubre de 1838, y 
redactando la proclama con qoe el vencedor entrara en la 
capital, documento éste, justamente notable por los con ce p- 



xxr 


tos desarrollados y que hacen excepción en la literatura 
militar de la época. 

Otra vez en Montevideo, funda de nuevo El Nacio- 
nal, publicación comenzada el l.° de Noviembre de 1838. 

Fué inmensa la labor realizada desde las columnas de es- 
te diario. Con la colaboración sucesiva de Cañé, Rivera In- 
darte, Alberdi, que iniciaron allí su aprendizaje de escri- 
tores y se consagraron con el nombre que la posteridad les 
ha reconocido, Andrés Lamas aborda en un espacio 
de ocho años consecutivos, todas las cuestiones de interés 
público y nacional ; y, si sus artículos sobre temas políti- 
cos, sociales, históricos, económicos, jurídicos y constitu- 
cionales se reunieran, darían amplio material para nutri- 
dos e importantes volúmenes. Su vigorosa individualidad 
afírmase en estos años, cobrando la fisonomía típica con 
que se le conoció en vida. La multiplicidad de su acción, 
su ingente labor, la variedad de su riquísimo ingenio, le 
permiten penetrar en los asuntos más diversos, ocupar 
diferentes cargos, adoptar iniciativas laudables, dejando 
en todas el rastro indeleble de su indiscutido y extraordi- 
nario talento. Desde 1838 hasta el comienzo del 43, además 
de redactar El Nacional, desempeña sucesivamente los 
siguientes cometidos : Secretario de Gobierno, Relaciones 
Exteriores y Hacienda ( Enero 1839 ) ; Jefe de cuerpo del 
Regimiento de Lanceros de la Independencia, con el grado 
de Teniente Coronel (Setiembre 1839 ) ; Alcalde Ordinario 
de jurisdicción popular (Junio 1840); Agente diplomático 
ante el Vice- Almirante Mackau (Noviembre 1840); Secre- 
tario del Presidente de la República, General en Jefe del 
Ejército en Campaña ( Diciembre 1840 ) ; Juez Letrado del 
Crimen ( Setiembre 1842 ) ; Juez de lo Civil e Intestados 
( Marzo 1843). 

Tal era su foja de servicios al iniciarse en la Repúbli- 
ca el intenso período de lucha social y política que provo- 
ca en el Río de la Plata el gobierno de Buenos Aires de 
don Juan Manuel de Rosas. Derrotado el ejército consti- 
tucional en Arroyo Grande, y pronunciada la invasión del 



XXII — 


General Oribe, el gobierno de Mootevideo prepara la de- 
fen*a de la plaza, que se organiza sólidamente bajo la di- 
rección de Melchor Pacheco y O bes, Ministro de la Guerra, 
y Andró* Lamas, nombrado Jefe Político de la Ciudad 
i Febrero de 1843? 

El juicio que mereciera wtt gestión al frente de ese 
cargo público, difícil en las angustiosas circunstancias de 
aquello* memorables día*, ha tiempo que ha sido consig- 
nado por biógrafos, inemoristas y escritores uruguayos y 
extranjeros ; y lo mismo los contemporáneos como los que 
recogieron la tradición o se ilustraron en las copiosas docu- 
mentaciones de la época, han formulado opiniones tenidas 
por definitivas. Fné, sin duda, óse, uno de los períodos más 
culminantes de la vida de Andró* Lamas, y la posteridad ha 
consagrado su nombre, no ya en la acción que hace posible 
la defensa de la ciudad, sino tambión en realizaciones, en 
emprosas trascendentales, que ejercieron, con su ejemplo, 
una influencia preponderante en la cultnra de las socieda- 
des americanas. De esa época data la fundación del Insti- 
tuto Histórico Geográfico, la solemnización de los aniver- 
sarios gloriosos, la reforma de la nomenclatura de las calles 
de Montevideo, la creación de la primera moneda nacional, 
sus empeño* por la difusión de la instrucción primaria. 

Ministro de Hacienda, nombrado en Marzo de 1844, 
desempeña el elevado cargo hasta Octubre de eee año. 
Presidente de ¡a Asociación Nacional, formada por Manoel 
Herrera y Obes, César Díaz, José María Muñoz, Joaquín 
Sagra y Piríz, Juan Zufriategui y Bartolomé Mitre, redac- 
ta su órgano de propaganda Ist Suero Era. cuyo pro- 
grama político lo constituye el olvido de agravios pasa- 
ios y la corauni lad de esfuerzo» contra la tiranía de Rosa». 
Es de este tiempo también *u inscripción definitiva eti la 
matrícula de abogados. Del expediente respectivo conste 
que, en Enero de 1842, la Academia Teórico - Práctica de 
Jurisprudencia, en virtud de que Andró* Lama* acreditara 
sus estudios universitarios, resolvió su incorporación a la 
misma, previo el examen de ingreso. Cuatro año» más lar- 



XXIII, 


de, el Superior Tribunal de Justicia reconoció que la prác- 
tica profesional había sido llenada por cuanto el interesa- 
do había ejercido por más del tiempo requerido los cargos 
de Juez del Crimen y Juez de lo Civil e Intestados, sien- 
do necesario únicamente el examen general. Realizado ese 
acto ante el Tribunal examinador, compuesto por los doc- 
tores Florentino Castellanos, Valentín Alsina y Juan Cer- 
nadas, y aprobado en los diferentes trabajos de competen- 
cia exigidos, le filé otorgado el título de abogado, pres- 
tando juramento y tomando posesión de estrados, en la 
audiencia plena del Tribuual Superior de Justicia, el 6 de 
Octubre de 1846. 

Miembro fundador del Instituto de Instrucción Pú- 
blica ( Setiembre de 1847 ), el doctor Andrés Lamas es, a 
partir de este tiempo, una de las personalidades que con 
más saneados prestigios se destaca en el escenario del país. 
Nombrado Ministro Plenipotenciario y Enviado Extraordi- 
nario ante el Brasil, en Noviembre de 1847, arranca de 
este momento, un período de su vida tan fecundo como el 
anterior y el que mayormente contribuyó a fijar los des- 
collantes contornos de su fuerte e ilustre personalidad por 
las discusiones ardorosas suscitadas en torno de su actua- 
ción política y diplomática. Autor de la alianza que ter- 
minara con el despotismo de Rosas en el Río de la Plata, 
suscribió, en Río Janeiro, los célebres tratados de Octubre 
de 1851. No es ésta la oportunidad, dentro de una bio- 
grafía destinada a prologar una colección de sus mejores 
obras, para hacer juicio de esta misión. Su historia fide- 
digna aun no ha sido escrita, pero de lo conocido de ella, 
de la suma de antecedentes publicados y de los centenares 
de legajos documentales que el mismo doctor Lamas guar- 
dara a fin de que la posteridad expresase el fallo defini- 
tivo, se deduce claramente que la gestión del Ministro uru- 
guayo fue, en su fondo como en sus procedimientos, abso- 
lutamente inatacable. Cerrada como está la discusión del 
inmenso pleito de fronteras con el Brasil y de jurisdicción 
en la Laguna Merin y Yaguarón después del Tratado de 



1909, lo* firmado* en 1851 no debieran examinarse sino a 
la luz de los sucesos que los produjeron, con los conve- 
nios y protocolos subsiguientes, en donde se exhiben la 
habilidad y el tnlento del plenipotenciario para suavizar 
condiciones impuestas, demostrando que si algunas modifica- 
clone* de orden fundamental escaparon a su acción y te- 
nacidad, del mismo modo le hubiera ocurrido al más sagaz 
y experimentado diplomático. < 1 > 

Al frente de la Legación en el Brasil el doctor Andrés 
Lama* permanece como Ministro do la República casi con- 
secutivamente desde 1847 hasta ya entrado el año 1862. En 
*odo ese espacio de tiempo lleva a término los siguientes 
tratados y convenios: de alianza ofensiva y defensiva en 
unión con el Estado de Entre Ríos ( Mayo 1851 r, de alian- 
za para mantener la independencia de la República Oriental 


(?) Om motivo di Ift* ni(Odgeion«a con al BriáÜ do Oetubft di mn 
tr« *1 Pr*»ldauia Joaquín ñnárwz y «I Mr. don Andrea Unu« «a cambiaran la* 
«traíanla* carta* 


Xúoiivtdio. h de tveubra da Aít 


. W i J-t í • d y** | / aiS/t, 

?*Wíor Ministro Cmfidanríat. 

E*toy «amamanta «atUfacho c >o trabajo* do Vd «o la mut^aqua tan ÍA 
iumenta d***<np*h* acarea da a*a «oblaron f¿líoa honran i Vd y a iiHli 
pai*. Mía caodra ao *d to« coimera: y «monea* ba/w ac dabar 4 * 
y de justicia raclamar para V 4 la parta da gratitud ucwoaí a <4 «a Urna Vd 
tan juato titulo Ko lo («a# Vd ba barbo bajr tanta habilidad como pairtotiamo. 
y yo tango verdadera placar ao racoo^icario y dac tararlo a Vd coa la ««pemlóa 
da o»; ai roclo y amistad 

Puf al Sr Harrara. (naruido mUracionamatna da todo y par él «a 

cuanto ha contribuid ' Vd, da cuanto* modo*, a Ib raaUaaai^a da lo* acornar** 
miam os maravi.i >•«»• **u« auguran ya a auaatra Patria, la coaanHdacb&e da «a 
ladapandtroeta, al alarde lo da •«** libertada* la garantía da m* laya* y b da» 
arrollo dé «i programo Kéiícho a Vd púa* Llagado* a «o* aliara t » fal- 

ca para concluir la obra a* {ñoco iaa principaba* y cuna toaría* dificu l tad a* 
r»Un vaacidaa Para «dio cuan*** Vd caa tal daeldida coapar actúa La pan cP 
mamada an al urdan t#gal an fa notabilidad y vigor da lo* «i-.bi arana aa la 
•agtirldad Individual* ao al r**p*<o propia y ai da h** entran^*, aa la v ardad 
da la* *|ua la iCapubttea, a* *u primaba y an ít/gama na* 

caatdad* y al fu 40a daban lanar lo* trabaja* arénala* da Vi Para oc a a a guir i» 
no ahorra Vd madio* V*> **4a> di«paa*io a t* 4 o» porgan a* «oto aa aaa «t*a 
vao la «alvachVo da U kapobüca y ai pumo da la* «icftñdü barba* Obra 
púa* au a*a c oturapia *ia ana* /b^o caorluyo rallar anda a Vd arn «atlafae 



XXV 


del Uruguay (Octubre 1851); de límites reconociendo el 
uti possidetis del Brasil en los territorios pretendidos ( Oc- 
tubre 1851); de prestación de subsidios (Octubre 1 851 ; 
de comercio y navegación entre los países signatarios (Oc- 
tubre 1851 ) ; de extradición de criminales y devolución de 
esclavos al Brasil ( Octubre 1851 ); de alianza entre los dos 
países y los Estados de Entre-Ríos y Corrientes (Octubre 
1851); modificativo de los límites de 1851 (Mayo 1852 ); 
de cumplimiento y modificación del de comercio y navega- 
ción de 1851 (Diciembre 1854 y Octubre de 1856); revisión 
del Tratado de alianza de 1851 (Noviembre de 1856); revisión 
del mencionado tratado de comercio y navegación ( Enero 
1857); protocolo de navegación fluvial, servicios sanitarios 
en común en el Río de la Plata y navegación de los ríos 
Paraná y Paraguay (Setiembre 1857); navegación del Río 
Yaguarón y servicios de la villa Artigas (Setiembre 1857 y 
Agosto 1858) ; reclamaciones sobre la libre navegación de 
la Laguna Merin y Río Yaguarón ( Setiembre 1858 ) ; tra- 
tado, ad referendum, de alianza entre el Uruguay, Brasil y 
la Argentina, y complementario de la Convención de Paz 


ción y los afectuosos sentimientos con que soy atento seguro servidor y 
amigo. — Joaquín Suórez, 


La precedente carta, y ya celebrados los tratados de Octubre de 1851, fue 
contestada por el Dr. Lamas en los siguientes términos: 

Río Janeiro, Noviembre 7 de 1851. 


Exmo. Señor Presidente: 

La carta que V. E. se sirvió escribirme en 5 de Octubre último, es más que 
una distinción; es una verdadera y muy amplia recompensa. Agradezco esa 
recompensa entrañablemente, y la carta de V. E. que la contiene será un do- 
cumento de honor que legaré a mis hijos. Me considero doblemente feliz al re- 
cibirla, cuanto que ella me es dada por V. E., a cuyas órdenes y con cuya be- 
nevolencia tomé parte en los trabajos que fundaron la defensa memorable de 
Montevideo, a cuyo glorioso término nos ha permitido Dios asistir. Dígnese 
V. E. aceptar mi gratitud por sus bondades y mis congratulaciones por el triun- 
fo de la Independencia y de las instituciones de nuestra Patria. En cualquier 
posición me honraré en acreditar a V. E. los sentimientos de respeto y de 
amistad con que tengo el honor de ser de V. E. muy afectuoso servidor y ami- 
go Q. B. S. M. — Andníft Lamas. 

(Las dos cartas, la primera en su original y la segunda en borrador autó- 
grafo, se encuentran en el archivo de don Domingo Lamas de donde las lie- 
mos tomado ). 



XXVI 


de 1828 ( Enero 2 de 1859 ) ; revi xión del tratado de extradi- 
ción de crimínale* y entrega de eeclavoe ( Setiembre 1868 ). 

Ademé* de dato», podría agregante tina inmensa can- 
tidad de reclamaciones e iniciativas sobre cuestione* inter- 
nacionales, de fronteras, de jurisdición, navegación, viola- 
ciones de territorio*, contrabandos, etc., y que llenan la* 
(«agina* de mucho* volúmenes, publicados algunos por el 
doctor Lama* y otro* todavía inéditos. 

Sintetizar toda esa vasta labor de quince aftos y reducir- 
la a un comentario limitado, es tarea imposible. Cabe *i, 
una afirmación categórica y que se puede hacer sin temor 
de contradicción por lo mismo de la unanimidad de opinio- 
nes de lo* qne fueron su* contem poréneos, adictos a gobier- 
nos o situaciones política* de los distintos partidos del peí* : 
la gestión de Andrés Lama* en el Brasil contribuyó eficas 
y decididamente a la consolidación definitiva de la indepen- 
dencia de Ja República. Esta ee su más grande obra, ya que 
< - a él, al doctor Andrés Lamas, a quien ae debe en parte 
capital el reconocimiento internacional del concepto do nues- 
tra soberanía. 

Su actuación en el extranjero alcanzó proporciones tan fun- 
daméntale* para la vida de la nación que mereció la consa- 
gración al reconocimiento póetumo. F unionista, factor princi- 
pa! y constante en ¡os movimientos de opinión tendientes a 
la extinción de los partidos, atento, desde Rio Janeiro, a las 
lucha* y a los desbordes de las pasiones sucedida* en la pri- 
mera década después de la pas de Octubre de 1851, Lamas 
perfila claramente los lincamientos de una política s a n a, ho- 
nesta, respetuosa de la constitución, precursora de los pro- 
gramas princí pistas que aftos más tarde serian factibles den- 
tro del régimeu de loe gobiernos civiles. Esta orientación de 
su espíritu, expuesta notablemente en 1855, no seria modifi- 
cada en lo sucesivo y su actuación ulterior a los aconteci- 
mientos referidos revelaron su vehemente d es eo de servir a 
io* intereses públicos, pugnando por la pez, por el respeto 
a instituciones, como medio único de alcanzar el engran- 
decimiento de la nación. 



XXYII 


Terminada su misión diplomática, no sin que antes se le 
ofreciese por el Ministerio del doctor Acevedo (Junio de 
1860) una nueva plenipotencia en Inglaterra y Francia, de- 
cidido a alejarse de la vida pública, el doctor Lamas pasó 
a Buenos Aires, donde radicóse temporariamente en cir- 
cunstancias que la política internacional del gobierno de la 
época ( 1862 ) se orientaba en otros rumbos con respecto 
al Brasil. 

Los sucesos de esos años, la revolución del General Flo- 
res contra el Presidente don Bernardo Berro, sus consecuen- 
cias dentro y fuera del país por las agitaciones producidas 
en Montevideo, Buenos Aires, Entre-Ríos y el Paraguay, 
los anuncios de intervención del Brasil, precursores todos de 
intensas y prolongadas luchas, trajeron de nuevo su presen- 
cia al escenario político, si bien esta vez como mediador 
amistoso en la contienda fratricida de 1863. Agente confi- 
dencial en Buenos Aires, firmó el protocolo previo (20 de 
Octubre de 1863 ), que debería terminar con las desinteligen- 
cias surgidas entre las dos capitales del Río de la Plata; des- 
pués, ante el cúmulo de sucesos que se precipitaron en ese 
año y en el subsiguiente y que, como antes, afectaban en lo 
íntimo la independencia nacional, no dudó — al tiempo de 
abrirse las negociaciones iniciadas por los ministros extran- 
jeros Thorton, Saraiva y Elizalde para llegar a un adveni- 
miento entre el gobierno de Montevideo y la revolución— en 
participar, conjuntamente con el doctor Florentino Castella- 
nos, de la representación de la autoridad constitucional acer- 
ca del General Flores. Esta intervención pacifista y patrióti- 
ca del doctor Andrés Lamas se prolonga desde 1863 hasta 
1865. La documentación de sus gestiones para alcanzar 
la paz pública poniendo al servicio del país, abnegada y 
desinteresadamente, todo el caudal de su influencia en el 
Brasil y en la Argentina, y los prestigios de su vigorosa 
personalidad, es conocida y fue ampliamente publicada e his- 
toriada por el mismo doctor Lamas. 

Dos años después, ya producida la guerra del Paraguay 
que nadie como él tratara de evitar atacando los gérmenes 



XXVIII 


de la ementa y azarosa contienda, es nombrado, nna v*z 
más, Ministro plenipotenciario ante el Brasil. Lo* objetivo*» 
de esa misión volvían a ser loa mismo* «le sus gestiones ¿i* 
tenores : sostener loa derecho** del país *m la gravedad deí 
conflicto internacional que alteraba la paz en ©ata*, regio- 
nes d« America, y además conseguir la revisión del Trataoo 
de Límites de 1851, modificando el régimen de la jurisdicción 
ti nica en las agua* limítrofes. Ambos extremos fueron * 1 - 
cansados, y la Legación Uruguaya en Río Janeiro obtu- 
vo todas las satisfacciones debidas en aquello» instantes : 
fíciles para la armonía de las relacione* diplomáticas Ki *ra- 
tado celebrado ad-referendum con el representante de! fnipe* 
rio Antonio Coelho de D'Alhuquvrque ponía de manifiesto 
el reconocimiento del Brasil de nuestros legítimos derechos a 
la navegación en la Laguna Merin y el Río Yaguarón, criterio 
éste supeditado entonces, en cuanto a su aceptación absoluta, 
a una clinsnla condicional, pero destinado a prevalecer en 
el Tratado de 1909, del cual el de 1857, seria antecedente 
categórico © irrebatible. 

Andrés Lamas fué el pacificador de 1872 y la paz de ese 
afto, que dio término a la revolución de Aparicio, fué casi su 
obra exclosiva. Agente diplomático del gobierno constitucio- 
nal en Buenos Aires (Noviembre de 1871), su mediación con 
loe comisionado* de la revolnción, Cándido Jaanicó, Vázquez 
Sagastume, Salvaftach, Estanislao Camino, tuvo como la de 
1863 los siosabores y alternativas originados por las infb-xt- 
bílidades de los partidos y de sus hombres dirigentes. El 
pacto de Abril culminó sus e»fnerzos ten abnegada e ilimita- 
damente prodigados por la iranqnilidad de la República. y 
U* elecciones de ese afto, que 11# varón a la Representación 
Nacional a los ciudadanos más distinguido» por «rus virtudes 
y talentos, constituyó ©I resultado de ana evolución polí- 
tica y social, a la cual Andrés Lemas había contribuido en 
parte fundamental. 

Después, su larga e intensa vida pública poeata e incoe 
dicíonal mente al servicio del país, termina Su actuación 
en el Ministerio de Hacienda, en 1875, carece de nna finalidad 



XXIX 


política, y su labor, generosa y fecunda como todas las suyas, 
tiene como único objeto conjurar los desastres de una situa- 
ción financiera a que había sido llevada la nación por con- 
secuencia de errores e imprevisiones de la época. 

Alejado desde entonces de los sucesos, retiróse a Buenos 
Aires, no a descansar, sino para consagrarse por entero a 
sus estudios de historia y de economía, amenudo interrum- 
pidos pero nunca dejados de mano. La Revista del Rio de la 
Plata (1872-1877), hermosa publicación histórica y literaria 
que fundara con Juan María Gutiérrez; La Revista de Cien- 
cia Política dirigida por su hijo don Domingo Lamas y 
Xueva Revista de Buenos Aires de Vicente y Ernesto Que- 
sada ( 1881-1888 ) son motivo de sus afanes y predileccio- 
nes, y sus páginas ostentan eruditos y magistrales artículos 
del privilegiado escritor. Surge así, de ese período de tran- 
quilidad espiritual, la obra « Bernardino Rivadavia y su 
tiempo » (1881), libro de inmenso valer y que bastaría 

para cimentar la fama de un historiador, como saldrían a 
luz enseguida diversos estudios de indiscutible mérito: Los 
Trofeos de la Reconquista, El Escudo de Armas de la Ciu- 
dad de Montevideo y la Historia del Banco de la Provincia, 
trabajos todos definitivos y a los cuales es difícil agregar 
una referencia más o rectificar un solo juicio 

Son sus últimos días. Llegaba ya a los 73 años, y si 
bien una seria enfermedad al corazón empezaba a minar 
su rudo organismo, todavía encontraba energías en su es- 
píritu para acometer la realización de una grandiosa obra: 
El Génesis de la Revolución e Independencia de la Amé- 
rica Española comenzando desde las épocas primeras del 
descubrimiento y conquista del continente. Iba a ser, ese su 
libro, el definitivo y donde pondría todo el tesoro de su 
saber, de su talento y de sus nutridas bibliotecas y archi- 
vos, « verdaderas minas de oro » en materiales y noticias 
para la historia del pasado americano, valga la expresión 
familiar con que su dueño llamara a esas cuantiosas co- 
lecciones documentales. El doctor Francisco Moreno, director 
del Museo de la Plata, a cuyo pedido escribiera el hermo- 



XXX 


ho estadio, concurría cotidianamente a «n cata y la* vo- 
lada» se empleaban en la búsqueda de antecedente*, en la 
elección de la* lámina* que adornarían la obra, en la pre- 
paración y arreglo de lo* manuscrito*. Así llegó el 22 de 
Setiembre de 1891. Esa noche el doctor Moreno encontró 
como siempre al eminente publicista en *u mesa de traba- 
jo, rodeado de su* libro*, escribiendo con la a vides y el 
entusiasmo de *ns mejore* día*. Se había encontrado en- 
fermo al atardecer, pero el ansia de terminar nn cáptenlo 
del Génesis le indnjo a proseguir todavía la tarea. De 
pronto, nn malestar intonso reclamó la p re* ene i* de su 
médico el doctor Ovejero, quien trató en vano de pro- 
vocar ana reacción. El mal no pudo ser detenido, y aun 
cuando el doctor Andrés Lamas llegó todavía a incor- 
porarse, un ataque brusco a la* 2 de la tnaflans del día *23 
le produjo la muerte, sorprendiéndole ésta delante de su 
escritorio, de pié, rodeado de su esposa dofla Teléefora 
Sometiera de Lamas, y de sns hijos, dofla Luisa Lamas de 
Saavedra, don Pedro y don Domingo Lamas. 

Una honda impresión cansó la noticia en las dos már- 
genes del Plata, y loe diarios de Montevideo y de Buenos 
Airee, sin excepción de idea* políticas y filosóficas, hicieron 
el elogio de so extraordinaria personalidad, coincidiendo 
en la apreciación, cierta, qn* transcurridos loe aftoe la pos- 
teridad consagraría al doctor Andrés Lamas como usa de 
las figura* más gloriosa* de su época. Adherido el Gobierno 
de la República a la* exequias tributadas en conceptuoso te- 
legrama que lleva las firma* del Presidente de la República 
doctor Julio Herrera y Obes y de sus Ministros Carlos Ma- 
ría Ramírez, Manuel Herrero y Espinosa, Juan A. Caparro 
y generales Lui» Eduardo Pérez y Podro Callorda, el féretro 
cubierto con la* bandera* uruguaya y argentina, precedido 
de numeroso cortejo, formado en gran parte por personali- 
dades dr las más representativas, Carlos Pellagriní, Barto- 
lomé Mitre, Agustín de Vedia, Aristóbuio del Valle, Lui* V. 
Varela, Carlos M. Morales, general Julio A Roca, Dardo 
Rocba, general Arredondo, Manuel A. Montas da Oca, Joan 



XXXI 


A. G-olfarini, Carlos Guido Spano, Bernardo de Irigoyen, 
Mariano Varela, Bonifacio Lastra, Francisco Uriburu, José 
Ignacio Garmendia, etc., fue conducido al cementerio Nor- 
te de la ciudad de Buenos Aires. Allí, al inhumarse los res- 
tos, presente el Ministro de Relaciones Exteriores argentino 
doctor don Eduardo Costa, se pronunciaron dos discursos; el 
uno, por el Ministro plenipotenciario doctor don Ernesto 
Frías, en representación del Gobierno y del pueblo de la Re- 
pública Oriental del Uruguay; el otro por el doctor Angel J. 
Carranza, en nombre de los intelectuales argentinos. 


III 


Para el presente volumen de los escritos selectos del 
doctor don Andrés Lamas se han escogido dos géneros 
distintos de sus trabajos más notables. Corresponden al pri- 
mero, aquéllos que hacen referencia a sus ideas sociales, 
políticas e históricas emitidas durante la época de la tira- 
nía de Rosas: «La Impugnación a Alberdi» de 1837; el 
programa de «El Iniciador» de 1838; el Prólogo a la pri- 
mera edición de las poesías de Adolfo Berro, de 1842; el 
discurso inaugural de la fundación del Instituto Histórico 
y Geográfico, de 1843, y Antecedentes a la reforma del 
plan de Nomenclatura de las calles de Montevideo, tam- 
bién de 1843. A la segunda serie pertenecen los prólogos 
respectivos a las publicaciones que hiciera Lamas de las 
obras, de igual título, del Padre Guevara y del Padre Lozano: 
«Historia de la Conquista del Paraguay y Río de la Plata». 

La vigorosa personalidad del crítico y gran historiador 
se revela ampliamente en la lectura de sus producciones, 
tanto en aquellas destinadas a dar un concepto de fondo 
sobre los sucesos desarrollados durante gran parte del siglo 
xix, como en los otros, en los cuales, si se pone en evidencia 
el pensador, es la erudición intensa, su rasgo dominante. 



XXX II 


No senos oculta que dentro del primer grupo de estas 
obras, y por la identidad de propósitos que las une, debería 
ir incluido uno de los más característicos estudios del doc- 
tor Lamas : Agresiones de Rosas contra la Independencia de la 
República Oriental del Uruguay , en donde desarrolla el au- 
tor su concepción histórica y social sobre la personalidad de 
Rosas y las causas que produjeron su prolongada permanen- 
cia en el poder. Este es el tema o fundamento, en verdad, de 
la primera parte de los escritos que ahora se publican, y su 
complemento debería ser el estudio citado, pero la exten- 
sión del mismo, la diversidad de materia abarcada, que al 
abordar la faz política de los sucesos se aleja de sus aspectos 
sociales a los cuales los anteriores se refieren exclusivamente, 
nos han forzado a prescindir en el presente volumen de su 
inclusión, dejándolo para uno de los subsiguientes. No obs- 
tante, siendo una la tesis sobre Rosas, los partidos, las luchas 
en el Río de la Plata y los medios de conjurar las profundas 
perturbaciones producidas por los acontecimientos surgidos, 
nos referiremos sin distinción a las ideas del doctor La- 
mas, emitidas en el conjunto de sus escritos, desde 1837 a 1845. 

La aparición de Rosas en el escenario del Río de la 
Plata, su entronización en el poder como Gobernador de 
Buenos Aires y tirano argentino, son concomitantes con 
un despertar de fuerzas, de idealidades políticas y sociales 
lentamente elaboradas en las dos márgenes y que, ges- 
tadas en el choque violento de la independencia uruguaya 
contra el centralismo de Buenos Aires, se aprestaron, des- 
pués de 1830 — alcanzados los primeros fines de la árdua 
contienda — ala organización institucional de los respecti- 
vos países, absolutamente soberanos ambos. 

Una generación nueva educáb'* se entonces en las aulas 
universitarias, y testigos sus maestros, tanto en el « San 
Carlos» de Buenos Aires, como en la «Casa de Estudios» de 
Montevideo, de los excesos de la revolución, de las conse- 
cuencias a que había llevado a los pueblos el desenfreno de 
las pasiones, en contacto, ellos mismos, con las escuelas fran- 
cesas que dieron fundamento a los ensayos y a las constitu- 



XXXIII 


ciones juradas, iniciaban a los jóvenes en las modernas filo- 
sofías, en las que ellos llamaban pomposamente «las nuevas 
enseñanzas del siglo» . Cuando Esteban Echeverría vuelve a 
Buenos Aires, después de prolongada estada en Europa, en- 
cuentra el ambiente pronto, entre sus antiguos compañeros 
de claustro, para iniciar lo que él creyera una revolución en 
las ideas. Surge así de El Salón Literario, centro intelec- 
tual de la juventud porteña, el Fragmento Preliminar al Es- 
tudio del Derecho , de Juan Bautista Alberdi, como aparecería 
dos años después, editado en Montevideo, El Dogma Socia- 
lista del mismo Echeverría. Los dos trabajos, en su fondo, 
en sus aspectos característicos, no son sino la aplicación, en 
el Río de la Plata, de doctrinas conocidas y divulgadas en 
Francia. Alberdi, discípulo de Lerminier, reedita la In- 
troducción al Estudio del Derecho del ilustrado profesor de la 
Sorbona y, aplicando sus ideas sociales al ambiente america- 
no, preconiza una reforma en la legislación, por medio 
de una evolución lenta, realizada por el pueblo, sin revo- 
luciones, sin trastornos, dejando tan solo que ella fuese 
la obra del tiempo y de una mejor educación del espíritu 
público. Es la transformación pacífica de la sociedad 
por ella misma, por sus propios elementos, actuando 
de por sí, tal como la prenunciaran las doctrinas idealistas de 
comienzos del siglo xix. La obra sería inmensamente larga, 
y Alberdi creía que a ella habría de llegarse en el transcurso 
de varias generaciones. El mal de la sociedad en que viviera, 
suponía hallarlo, el autor del Fragmento Preliminar, en la 
tradición española que había viciado las leyes y las institucio- 
nes. Era esto lo que había que modificar, y la tarea de él y 
de sus contemporáneos debía ser la de promover la indepen- 
dencia intelectual y moral, completando así la labor de los 
que realizaron la independencia política de la antigua me- 
trópoli. 

El Dogma Socialista de Esteban Echeverría se parece, 
en cuanto a sus tendencias finales, al Fragmento Prelimi- 
nar de Alberdi. La necesidad de la reforma social, los pro- 
cedimientos aconsejados son semejantes. Difieren tan solo 

ni 



XXXIV 


en que Echeverría, en contacto más directo con la filosofía 
francesa por su prolongada permanencia en Paris, intentaba 
realizar en su país la modificación del ambiente usando los 
moldes adoptados por los socialistas utópicos de Europa. Al- 
berdi es un discípulo deLerminier; Echeverría lo es de Saint 
Simón y de Leroux y lo mismo que éstos creíaen los postulados 
de solidaridad, igualdad y fraternidad que el autor del Dog- 
ma aplicaba a su patria, incitando al olvido de partidos, 
de antagonismos, a la unión estrecha y cerrada de las dos 
fuerzas de opinión, unitarios y federales. Los procedimientos, 
los medios para obtener el ideal de la felicidad pública están 
calcados en la misma escuela saintsimoniana o en sus conti- 
nuadores, y El Dogma Socialista usa de palabras simbólicas 
con el significado que Leroux les atribuía: Igualdad, por jus- 
ticia social; Libertad , por los derechos del hombre; Fraterni- 
dad, como los deberes para con la sociedad. 

Hay un punto exacto de contacto en los dos ensayos so- 
ciales de Alberai y de Echeverría, por lo demás común con 
los autores de las doctrinas que los inspiraron, y lo mismo 
que Enfantin y Michel Chevalier preveían en Napoleón III 
el hombre providencial que llevaría a término la gran obra 
de la reforma social, sus discípulos de este lado del Atlánti- 
co creían firmemente en llosas y en su sistema de gobierno 
como el medio para obtener la transformación ansiada, sin 
luchas, sin trastornos, en una larga evolución, lenta y pacífi- 
ca. Echeverría afirmaba sin recato alguno su fe rosista, y en 
las solemnidades de Julio de 1837, festejadas por el grupo 
de El Salón Literario, había dicho en un banquete conme- 
morativo: «Brindo porque bajólos auspicios de la Federación 
lleguen a realizarse las esperanzas de Julio y el gran pensa- 
miento de la revolución de Mayo». Alberdi. teorizando sobre 
la tiranía y sus resultados en su Fragmento Preliminar , ex- 
clamaba: «El señor Rosas no es un déspota que duerme sobre 
las bayonetas mercenarias; es un representante que descansa 
sobre la'buena fé y el corazón del pueblo. Así, si el despotismo 
tuviera lugar entre nosoti’os, no sería el de un hombre, sino el 
despotismo de un pueblo». 



XXXV 


Cuando Juan Bautista Alberdi publicó el Fragmento 
Preliminar, Andrés Lamas le salió al encuentro, y su répli- 
ca Impugnación a Alberdi es la negación más rotunda de 
todo lo artificial y exótico que tenía el opúsculo del celebra- 
do escritor argentino. Como él, creía Lamas en la tarea reser- 
vada a los hombres de su generación de constituir los países 
en que vivieran, complementando la inmensa obra de los que 
afianzaron en Ayacucho la independencia americana; pero 
lejos de subordinarse al programa trazado de la evolución pa- 
cifista, era un convencido de la acción, aún de la violencia, 
especialmente contra Rosas, contra la tiranía sobre la cual 
nada podía edificarse y dentro de cuyos principios básicos 
resultaba imposible el perfeccionamiento social. La nueva 
teoría, no desarrollada todavía con la extensión alcanzada 
después, conviértese así, en Lamas, en teoría política, per- 
diendo en absoluto el carácter quimérico, irrealizable y sin 
aplicación dentro del ambiente ríoplatense, tan inferior en- 
tonces, por el estado de su cultura, comparado con el de las 
viejas sociedades europeas. Otra educación intelectual, otras 
fuentes de estudios llevaban a Lamas a esa concepción, y él, 
discípulo a su vez de Gribbon, de Cousin, de Sismondi — en la 
faz éste de historiador, — con una penetración más grande y 
más fuerte de la de su contendor ocasional, buscaba la trans- 
formación de los sentimientos del pueblo atacando directa- 
mente a la tiranía y al sistema de gobierno de ella derivado. 

El programa de El Iniciador de 1838, tiene alguna se- 
mejanza con el Fragmento Preliminar de Alberdi, pero la 
coincidencia espiritual lo es tan solo en aquello absolutamen- 
te local y de aplicación extricta a las sociedades americanas. 
Lamas decía, en efecto, al presentar al público la famosa re- 
vista destinada a marcar una etapa definitiva en la literatu- 
ra nacional: «Cuando las sociedades principian a erguir su 
cabeza como naciones, se abre un campo sin límites a sus es- 
fuerzos. La condición vital es la independencia política, pero 
adviértase que ella no es más que la primera. Dos cadenas 
nos ligaban a España: una material, ominosa; otra invisible, 
incorpórea, que está en nuestras legislaciones, en nuestras 



XXXVI 


costumbres, en nuestros hábitos y que a todo imprime el se- 
llo de la esclavitud y desmiente nuestra emancipación abso- 
luta. Aquélla pudimos hacerla pedazos con el vigor de nues- 
tros brazos y el hierro de nuestras lanzas: ésta es preciso que 
desaparezca también, si nuestra personalidad internacional 
ha de ser una realidad: aquélla fué la misión de nuestros pa- 
dres ; ésta es la nuestra. Hay que trabajar para la Patria, 
hay que conquistar la independencia inteligente de la Na- 
ción: su independencia civil, literaria, artística, industrial, 
porque las leyes, la sociedad, la literatura, las artes, las in- 
dustrias, deben llevar, como nuestra bandera, los colores na- 
cionales y, como ella, ser testimonio de nuestra independen- 
cia y nacionalidad». 

Obsérvese que no es ésta la tesis de Alberdi. Mientras 
el esclarecido escritor argentino preconizaba principios se- 
mejantes pero que, en fuerza de las fuentes de origen, llevá- 
banlo hacia deducciones y consecuencias meramente de doc- 
trinarismos jurídicos, la de El Iniciador plantea de inme- 
diato la causa de los males que afligían entonces a las socie- 
dades, creyendo encontrarla en una supervivencia de las 
ideas predominantes en el tiempo de la colonia y que la re- 
volución emancipadora no había modificado. Difiere aún, 
cón la de el Fragmento Preliminar, en que en éste se supone 
una evolución larga, pacífica, para llegar a cambiar única- 
mente las normas de derecho que es a lo que aspiraba Alber- 
di, siguiendo las escuelas de Lerminier y de Savigny. El pen- 
samiento de Lamas es otro, y, al aplicar el criterio a la socie- 
dad en que vive, a la política de los gobernantes argentinos y 
uruguayos, Rosas y Oribe, lo adopta como arma de combate 
contra los sistemas imperantes, convirtiendo la tesis en un 
principio concreto, en un postulado al cual deben someterse 
los que, como él, pensaban en la necesidad déla regeneración 
social por medio de la lucha, del movimiento y del esfuerzo. 

Es así que Alberdi y sus compañeros de El Salón Lite- 
rario, aún expulsados de Buenos Aires por Rosas e incor- 
porados algunos de ellos a la redacción de El Iniciador, 
prosiguen desde Montevideo sus programas ilusorios y ro- 



XXXVII 


mánticos de la evolución pacifista, de la armonía general, pa- 
ra alcanzar el ensueño de la nacionalidad grande y tran- 
quila del futuro. Esteban Echeverría todavía en 1839 pro- 
clamaba las bases de esa idealidad dando a luz El Dogma, 
Socialista , bien que la publicación, como el mismo autor lo 
reconociera años después, en 1847, encontrara en aquella opor- 
tunidad por único comentario el sarcasmo y la ironía en los 
salones de la sociedad montevideana, frecuentados entonces 
por la emigración argentina. 

En cambio el programa de El Iniciador, convertido en 
tesis social y política, pasa de aquella revista a El Nacio- 
nal que fundara Andrés Lamas para combatir a Rosas, y 
son sus principios rotundos, categóricos, los que se oponen 
desde las columnas del famoso diario a los avances de la ti- 
ranía. Rosas es así el representante genuino de las ideas an- 
tiguas, despóticas, atrasadas, contemporáneas del régimen 
colonial. Montevideo, sus hombres dirigentes, la emigración 
argentina que fluye constantemente a sus playas en busca de 
libertades, lo son de las ideas nuevas, de las que han sobrevi- 
vido al través de todos los desastres, las que hicieron el gran 
movimiento emancipador de 1810. 

Andrés Lamas, filósofo de la sociedad en que vive, ac- 
tor en los acontecimientos desarrollados, da fundamento a su 
acción con lo que para él constituye sus convicciones más 
íntimas. Ellas se reflejan en la prensa, en el libro, en hermo- 
sas realizaciones que lleva a cabo desde los cargos públicos 
desempeñados y cuyos objetos y finalidades son : hacer prác- 
tico el postulado de El Iniciador, de educar, de civilizar, 
de contribuir al progreso y al engrandecimiento nacional. El 
prólogo a las poesías de Adolfo Berro, en la soltura y fineza 
de estilo en que está redactado ; en las ideas que desarrolla, 
elogiando a los novadores Berro y Echeverría, porque ellos 
incorporan a los gustos de la época las nuevas formas de la 
literatura francesa , relegando al olvido el clasicismo frío y 
hueco de la educación española; el examen que hace de los 
fines de la revolución independiente que no terminó con la 
guerra, sino que aun proseguía en otras esferas, en los sentí. 



XXXVIII 


mientos, en las costumbres, en la moral política ; el choque 
que describe de aquellas tendencias y filosofías anticuadas 
con las modernas, propagadas en Europa y América con el 
siglo xix y que hicieron pasar a los hombres de su genera- 
ción, bruscamente, de Saavedra a Rousseau, de la teología es- 
colástica al materialismo de Tracy, de Fray Luis de Grana- 
da a los arranques ateos de Voltaire y Holbach; en fin, la es- 
peranza que abriga de la formación de una literatura ameri- 
cana, nacional, porque no faltan, dice, los motivos y los ele- 
mentos inspiradores, todo perfilaría en este hermoso estudio, 
publicado en 1841, la voluntad de Andrés Lamas de encauzar 
las corrientes del pensamiento ríoplatense en lo que él y su 
partido creyeron eran factores de adelanto, de civilización. 

No es inferior, en este orden de propaganda cultural, la 
nueva nomenclatura de las calles de Montevideo, llevada a la 
práctica e inaugurada en el aniversario de la revolución de 
independencia, el 25 de Mayo de 1848. Llamábanse hasta 
entonces, las vías de la ciudad, con las denominaciones cono- 
cidas del tiempo colonial: San Carlos, San Fernando, San 
Felipe, San Pedro o calle del Portón, etc. Andrés Lamas, 
entonces Jefe Político, no por un deseo de simple mutación 
en lo que era ya tradición arraigada, sino para batir a 
fondo esa tradición que nada decía sino del recuerdo de 
los días de la opresión colonial, sustituyó esos nombres 
por los de : Sarandí, Rincón, Las Piedras, 25 de Agosto, 
18 de Julio etc., para que el pueblo se educase en el res- 
peto y rememoración permanente de las grandes jornadas 
que generaron la independencia y la nacionalidad. 

La fundación del Instituto Histórico y Geográfico, sus 
planes sobre reforma de la educación primaria, a los cuales 
asoció a Esteban Echeverría haciéndole intérprete de sus 
ideas, son consecuencias de sus idealismos expuestos en 1837 
y que seis años después adquirirían en su espíritu la fuerza 
de convicciones definitivas. Con la difusión de los estudios 
históricos y geográficos, con las orientaciones nuevas en ma- 
teria de enseñanza, Andrés Lamas no pretende la creación 
de organismos de índole científicos o programas de interés 



XXXIX 


pedagógico, sino que sus propósitos van más lejos, entendiendo 
difundir la cultura ; desentrañar el pasado para que sirva de 
lección a las nuevas generaciones ; formar acervos documen- 
tales que utilizarían los futuros historiadores ; investigar y 
demostrar las fuentes de producción económica, y educar a 
los jóvenes en tendencias y orientaciones espirituales que 
hagan de ellos elementos aptos al fin primordial del en- 
grandecimiento de la República. 

Fue recién en 1845 que Andrés Lamas, después de ha- 
ber recorrido una de las etapas más intensas de su vida, esta- 
ría en condiciones de dar un determinado criterio de los acon- 
tecimientos en los cuales él fuera testigo y agente principal. 
Montevideo, constituido en baluarte contra Rosas; refugio 
de porción de intelectuales’ argentinos, escapados de la tira- 
nía, que viven y se incorporan a la sociedad ; centro de 
las reclamaciones anglo-francesas contra los despotismos del 
gobernante de Buenos Aires ; asediado por un ejército, mitad 
oriental, mitad español y argentino, pero que levanta como 
bandera, junto con los nacionalismos exaltados, la reconquis- 
ta de pasadas situaciones ; defendido a su vez por otro ejérci- 
to, en idéntica proporción de orientales, de italianos, france- 
ses y de residentes extranjeros que desde el principio han 
hecho suya la causa de la defensa, se ofrecería a Andrés La- 
mas, en la exhibición délas diferentes fuerzas que actuaban, 
como espléndido escenario para concretar sus teorías, destina- 
das a dar el fundamento histórico y social de la ardorosa con- 
tienda debatida tan larga y porfiadamente en el Río de la 
Plata. 

Andrés Lamas expuso esas ideas en los primeros capítu- 
los de su libro Agresiones de Rosas contra la Independencia, 
de la República Oriental del Uruguay , que aparecieran 
fragmentariamente en El Nacional de Junio de 1845. Si 
su tesis es realmente notable porque condensa el pen- 
samiento de sus anteriores trabajos y de sus proyectos y 
realizaciones como hombre público, no lo es menos por el 
procedimiento científico empleado para destacar y perfilar 
la personalidad de Rosas, señaladamente interesante cuando 



XL 


el método sociológico puesto en práctica para caracterizar 
aquella actuación, aun no había sido divulgado por las 
escuelas históricas contemporáneas. 

Rosas, para Andrés Lamas, es un producto netamen- 
te colonial. Para explicarlo, pues, desciende al estudio del 
medio colonial, donde cree encontrar, en la ausencia de 
libertades políticas, de pensamiento, en la sujeción férrea 
al despotismo civil y religioso, los elementos básicos cons- 
titutivos de aquella sociedad. Afirma, enseguida, la profun- 
da perturbación causada en los espíritus, por el hecho de 
la revolución emancipadora y el vértigo que debiera pro- 
ducir la filosofía del siglo xvm introducida sin una pre- 
paración previa en la antigua colonia española, la cual 
habíase mantenido impenetrable, por su fanatismo y la 
altivez de su carácter, al movimiento filosófico de Europa. 
« Las ideas nuevas vinieron a ser así, dice Lamas, una 
máquina de guerra, y aquellas se arrojaban de tropel al 
fondo de la sociedad, para sacudirla, conmoverla y batir 
el fondo de las ideas antiguas » . Explica el origen de 
los partidos, que nacieron con la revolución, por las 
exageraciones naturales de los principios, por la incompre- 
sión de las ideas fundamentales y su inexperta aplicación, 
lo que dió amplio campo para las ambiciones personales. 
Las guerras civiles habían sido, por tanto, la continuación 
de las guerras de independencia, y en las dos, expresa, 
« han intervenido las tendencias enemigas que existían en 
el seno de las sociedades : la tendencia absolutista y retróga- 
da , emanación de las tradiciones seculares de la colonia, y la ten- 
dencia democrática y progresiva de la Revolución » . 

Andrés Lamas avanza todavía sus concepciones y pro- 
cediendo con certero juicio examina la acción de los par- 
tidos y los factores que hicieron posible la creación de la 
personalidad de Rosas y su prolongada permanencia en el 
poder. Reconoce la superioridad de la fuerza surgida déla 
revolución, aun cuando acepta que sus inspiradores o di- 
rigentes, « como los gigantes de la fábula quisieron escalar 
el cielo de la civilización dotando a los pueblos de liber- 



XLI 


tades más latas que las que "su estado podía soportar. Sus 
reformas — agrega — chocaron intereses y preocupaciones, 
aumentando así la tendencia absolutista; ésta era débil y 
su triunfo no podía prevalecer sino a expensas de los 
errores del adversario o afirmada en sus bases colonia- 
les, imposible de restablecerse de nuevo, principalmente en 
aquélla que importaba el aislamiento y secuestro de estas 
regiones al comercio de la civilización. » 

Tal es el punto examinado en sus antecedentes his- 
tóricos, para caracterizar a Rosas. Lamas compara su ac- 
ción con la del tirano Francia en el Paraguay y establece 
que éste aisló su pais, pero lo hizo en la oportunidad po- 
sible. El aislamiento del Paraguay fuó una continuación 
pura y simple del aislamiento colonial. Rosas, procedien- 
do del mismo modo, produjo una conflagración, un tras- 
torno completo. Es ésta la primera causa histórica y social 
para singularizar la tiranía, y su exposición le obliga a con- 
sideraciones de orden económico que Lamas desarrolla a 
fin de fundamentar su verdadero alcance. El segundo de los 
factores, en la enunciación, es el espíritu de localismo , «tan 
pronunciado — dice — en la raza española, y susceptible 
de ser instrumento poderoso de mejora y Civilización o de 
atrazo o Barbarie . » Rosas explotó, aumentó, exageró esos 
sentimientos en las provincias argentinas, suscitó guerras 
entre ellas, las debilitó y así obtuvo el centralismo de 
Buenos Aires, por la superioridad de los recursos físicos 
y morales de ésta. El tercero de los factores señalados es 
la exaltación de los sentimientos religiosos. Andrés Lamas 
concede importancia especialísima a este carácter para ex- 
plicar la personalidad del tirano argentino. Estudia las 
creencias filosóficas en la época colonial, y establece que 
el principio religioso era un elemento originario en la or- 
ganización de la familia, pero señala a la vez que el ex- 
travío de sus dogmas lleva a problemas árduos en la consti- 
tución de las sociedades. «Las reformas eclesiásticas de Ri- 
vadavia durante la administración de Rodríguez — expresa — 
produjeron una escisión violenta en las creencias, hacien- 



XLII 


do surgir el antiguo fanatismo colonial. Rosas tomó en sus 
manos esa bandera; revivió las acusaciones contra los auto- 
res de las reformas, y recurriendo a las tradiciones colonia- 
les, que son sus códigos, se declaró él «campeón delafé» 
y sus enemigos, «enemigos de Dios». 

Pero Andrés Lamas todavía agregaba en complemento 
de su tesis nuevos factores derivados de las luchas de civili- 
zaciones distintas, de las diferencias étnicas de las socieda- 
des, de los resultados del aislamiento comercial, traducidos, 
estos últimos, en un empobrecimiento y debilidad de las 
poblaciones que las hacían aptas para los gobiernos de 
fuerza y los largos despotismos. « Rosas — dice — detuvo 
materialmente la obra de la civilización que de las ciu- 
dades derramábase a los campos, para producir la reacción 
por las costumbres de las tribus nómades, por los restos 
incultos de las costumbres coloniales; afirmó y exaltó en 
grado máximo los sentimientos nacionalistas, caracteres és- 
tos tan fuertemente pronunciados en la raza española, y 
produjo así la antipatía al elemento extranjero, el odio al 
europeo; cerró los puertos y clausuró los ríos interiores al 
comercio y a la navegación, creando de esa manera una 
causa negativa de progreso, de florecimiento moral e in- 
dustrial. » 

No es de repetir el comentario sugerido ante esos as- 
pectos con que Lamas perfila la extraordinaria personali- 
dad del tirano y que, desarrollados en un sentido inverso, es 
decir, por el aumento de las comunicaciones con el exte- 
rior, las facilidades a la navegación y al acceso de las co- 
rrientes de inmigración, el intercambio material, la difusión y 
el incremento de la cultura, deberían dar por consecuencia 
el engrandecimiento y mayor perfección moral. 

Rosas, para Andrés Lamas, fué un heredero directo 
del absolutismo español, y los medios de que se valió para 
alcanzar el poder, para ejercer su política despótica y 
permanecer en el gobierno durante tan largos años, había- 
los encontrado en el fondo do la sociedad en que vivie- 
ra, donde aun permanecían intactas las tradiciones albo- 



XLIII 


radas en tres siglos de conquista y colonización. Las 
reacciones que suscita, las guerras sin término, las exal- 
taciones de ideas adversas que provoca y estimula, no 
son sino la consecuencia de un choque violento entre dos 
principios opuestos, el de la colonia y el de la revolu- 
ción, el del pasado y aquél en que descansaba la idea- 
lidad nueva de progreso y civilización. 

Cierta o aparente, la doctrina histórica y social, es 
ella la más comprensiva de los grandes acontecimientos 
desarrollados en el Río de la Plata, surgidos con la re- 
volución emancipadora y que llenan una parte conside- 
rable del siglo xix. Sarmiento que conociera la tesis de 
Lamas durante su residencia en Montevideo en 1846, la 
incorporaría a su libro Vida de Facundo Quiroga , sugi- 
riéndole nuevos capítulos, agregados en ediciones pos- 
teriores, o le serviría de tema central para su Recuer- 
do de Viaje impreso en Valparaíso años después. Esteban 
Echeverría también la adoptaría para sí, y cambiando el 
significado del Dogma Socialista reeditaría ese ensayo 
en 1846, precedido entonces de La Ojeada Retrospecti- 
va, en la que se vierten conceptos idénticos a los ex- 
puestos por Andrés Lamas. Finalmente, Juan Bautista 
Alberdi abjurando, como sus compañeros de El Salón 
Literario , de los principios netamente rosistas, en época 
posterior, y en uno de sus estudios más notables, sinte- 
tizaría su pensamiento sobre las guerras de la Confedera- 
ción Argentina, diciendo: « Con Rosas cayó por segunda 
vez el régimen colonial ». 

Los dos estudios incluidos al final del presente volu- 
men y que lo constituyen los prólogos respectivos a las 
obras del P. Guevara y del P. Lozano, han sido justa- 
mente elogiados antes de ahora por la sana crítica, y el 
comentario que hiciéramos resultaría supérfluo. Acaso en 
ninguno de sus trabajos se ha revelado con mayor intensi- 
dad uno de los aspectos más destacantes del doctor Lamas: 
su inmensa preparación en las materias de historia ameri- 
cana y ciencias afines. De más enjundia el prólogo a la Histo- 



XLIV 


ría del Paraguay y Río de la Plata del P. Guevara, especial- 
mente cuando estudia la actuación de las Misiones Jesuí- 
ticas y afirma conceptos que después han sido referidos por 
modernos autores, la «Introducción» a la obra de Lozano de- 
muestra, en la vastedad de temas abarcados, en el lujo de citas 
tomadas de fuentes originales, en su mayor parte textos an- 
ticuados, la verdad del dictado de sabio con que le conocie- 
ron las generaciones de escritores e intelectuales contempo- 
ráneos-de los dos países del Plata. 

El Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay al 
elegir la personalidad del doctor don Andrés Lamas para 
formar con un grupo de sus escritos el primer volumen 
de la Biblioteca de Autores Nacionales, no sólo rinde ple- 
no homenaje a los merecimientos de una actuación tan 
extraordinaria, sino que sintetiza en los rasgos salientes 
de esa vida ilustre los extremos de s'u programa de acción. 
Nadie como Andrés Lamas, fundador del Instituto de 1843, 
pudo encarnar en las orientaciones predilectas de su es- 
píritu los propósitos de la corporación actual, que como 
los perseguidos por él larga y ardorosamente son ahora 
por la mayor difusión cultural, por el amor a la verdad, 
y a los estudios históricos, para derivar del exacto cono- 
cimiento de los héroes y de sus glorias, las virtudes y 
la fuerza de la raza. (3) 


Pablo Blanco Acevedo. 


(3) No debemos terminar este prólogo sin dejar constancia de nuestro reco- 
nocimiento a los Sres. Domingo Lamas y Raúl Montero Bustamante, por la 
colaboración prestada, para la publicación del presente volumen. 



IMPUGNACION A LA OBRA DE D. J. B. ALBERDI 


Por ANDRES DAMAS 


Montevideo, Julio 27 de 1837. 

Hoy ha llegado a nuestras manos un Fragmento 
preliminar al estudio del Derecho , escrito en 
Buenos Aires por D. J. B. Alberdi ; su autor pre- 
vée y quiere abrir el camino a una revolución 
americana, en Legislación y Jurisprudencia, que 
haga el complemento de la Independencia que 
conquistamos . 

Revolución que aplaudiremos, y cuyo primer 
grito nos gustaría que saliera de Buenos Aires 
de Buenos Aires ¡si! que es la ciudad inmortal de 
Sud América, que es la cuna de nuestra regene- 
ración política, y que no ha mucho era el empo- 
rio de la civilización y de la IÁbertad americana: 
de Buenos Aires ¡si! porque a la que ha tenido la 
gloria de que sus armas abatieran los pendones 
orgullosos de más de un Rey desde el Plata al 
Rimac, y desde este a Ituzaingó, a la que fué el 
núcleo de la Independencia, parece que el desti- 
no debe reservarle el honor de ser también la pri- 
mera en cuyo seno se eleve el astro luminoso que 
ha de guiarnos en la reforma o suplantación de 



— 2 


las instituciones y principios admitidos proviso- 
riamente entre el desorden y la algazara de los 
primeros momentos de la nueva vida política a 
que entramos el año de 1810. 

Hemos abierto, pues, con una disposición harto 
favorable el libro del señor Alberdi. 

Pero en las pocas páginas que hemos recorrido, 
encontramos materia para temer que este autor 
se pierda envuelto entre el torrente de las cir- 
cunstancias e influencias que lo rodean: pocas pá- 
ginas hemos leído, repetimos, pero ellas nos sumi- 
nistran más de un dato para suponer que él no 
está en el sendero que debe conducirnos a la con- 
quista de una forma de civilización propia. ¡A la 
conquista del Genio Americano ! 

El que busca la verdad, debe estar lejos de la 
influencia ominosa de los intereses y de los tiem- 
pos: la filosofía pocos mártires contará, sino se 
invoca más que para investigar los medios de 
consolidar lo que existe .... 

El faro de la verdad no ilumina con los rayos 
de su luz pura e inefable el sendero que ha cru- 
zado el señor Alberdi: si él no se hubiera con- 
tentado con llevar por guía los pálidos destellos 
del sofisma, de las ideas retrógradas y de los in- 
tereses del momento; él habría encontrado el Tem- 
plo augusto donde está el destino del Pueblo 
Americano: habría visto allí, que nuestro destino 
no es, ni puede ser, el de vivir para las cadenas 
y para la ignominia; que en nuestras Repúblicas 
la existencia de un Poder absoluto es, sin reme- 
dio, eventual y efímera; que no hemos roto la ca- 



— 3 


dena que nos ligaba al León de Castilla, para re- 
cibir la coyunta de un hombre que poniendo su 
planta criminal sobre el seno despedazado de la 
patria, se eleva sobre ella y nos dé el sosiego de 
los esclavos; que esa no es la paz que deseamos; 
que vale más libertad peligrosa, que apacible es- 
clavitud; que el remedio de la anarquía no puede 
ser dictadura, porque para el cuerpo político lo 
mismo que para el físico, la muerte no es reme- 
dio de mal alguno, sino el último resultado de to- 
dos ellos; que la democracia es una necesidad ame- 
ricana, y necesidad del momento, porque entre 
nosotros todo está dispuesto para el gobierno de- 
mocrático, para el gobierno de los principios po- 
pulares. En América no hay Toris, no hay ultras, 
no hay aristocracia nobiliaria y clerical; las tra- 
diciones históricas nos favorecen; la sangre de 
una generación ha caído sobre nuestras cabezas 
como un bautismo de libertad; desde la cuna, la 
igualdad fué la deidad de nuestro culto. Las ma- 
sas, sino adelantadas en civilización, lo están 
bastante en la escuela Republicana. Concluyamos: 
habría visto filosóficamente; lo que necesitamos, 
es establecer un gobierno según el voto Nacional, 
y que este voto no encierra otra cosa que el de- 
seo de ver consolidado un gobierno en que la ley, 
esto es, la expresión de la voluntad de la mayo, 
ría, le garanta desde el primero hasta el último 
miembro de la sociedad, los derechos, las garan- 
tías y las libertades que le pertenezcan; un go- 
bierno que marche en el sendero trazado por la 
Ley, que sea justo, que siga el impulso progresivo 



- 4 — 


del siglo, que no capitanée a una fracción de 
la sociedad, y que promoviendo proficuamente los 
intereses generales, contribuya con su ejemplo a 
moralizar las masas, a prepararlas para un ma- 
yor grado de libertad, y para la introducción 
paulatina de nuevas mejoras. Tales son las ne- 
cesidades de los pueblos Americanos: Libertad y 
Constitución , y no Dictadura ; orden y paz , pero 
no la quietud de los Esclavos ; garantías para to- 
dos i, y no saíigre, proscripciones y anatemas sin 
fin. 

La misión de nuestros Padres concluyó desde 
que en los campos de Ayacucho se rompió el úl- 
timo eslabón de la cadena metropolitana; la que 
a nosotros nos cabe ahora, entendemos, como el 
señor Alberdi, que es la más lenta, la más inmen- 
sa, la más costosa, porque en ella necesitamos de 
todo el desarrollo de nuestra inteligencia, pero es- 
te desarrollo necesita verdadera libertad para ex- 
presar el pensamiento. Si el pensamiento está en- 
cadenado, si hay un hombre que aprovechándose 
de nuestras continuas oscilaciones políticas, o por 
una serie de casualidades, se eleva hasta sobre el 
pensamiento mismo, ¿cómo podrá desarrollarse 
la inteligencia?... ¿cómo podrá hacerse la conquista 
del génio Americano?... 

He ahí, que allí donde no pueda ejercerse una 
libertad absoluta, no puede ni pensarse en salir 
del estado en que nos hallamos; la misión de la 
nueva generación será nula, desde que las con- 
cepciones de la facultad intelectiva deban vaciar- 
se en una forma dada; no habrá discusión, no se 



— 5 — 


buscará lo mejor sino lo que más le plazca al que 
con un bastón de hierro los encamina a todos por 
la ruta que él designa. He ahi, repetimos, que 
para hacer esa revolución moral, que para pensar 
en ella, necesitamos Libertad y no dictadura. 

Provocar, pues, a una lucha, como lo hace el 
señor Alberdi, cuando sus adversarios no pueden 
descender a la arena, cuando las mejores inteli- 
gencias están enervadas, es lo mismo que pro- 
clamarse el valiente de los valientes cuando se 
tiene una espada en la mano entre mil hombres 
perfectamente amarrados ; no hay libre discusión, 
luego no puede aspirarse a establecer una forma 
de civilización propia y conveniente. TJn genio 
con grillos y esposas , no es el genio Americano. 
Un genio cubierto de sangre y de lágrimas, no 
es el genio de la civilización. 

Esa consideración es poderosa: vale para que 
no se extrañe si la parte de la doctrina que im- 
pugnamos, no ha encontrado a su simple enun- 
ciación en el programa, más hábiles impugnado- 
res que nosotros, y vale también para demostrar 
que no puede haber un provechoso desarrollo de 
la inteligencia, allí donde el pensamiento está su- 
jeto a las exigencias de la política 

Pertenecemos a la generación a que pertenece 
el señor Alberdi ; somos aún más jóvenes que él, 
e infinitamente menos instruidos; quizás estamos 
en el error al pensar que no llenaremos nuestra 
misión americana si conviniendo con Napoleón — 
en que todo gobierno que no ha sido impuesto 
por el extranjero es un gobierno Nacional, — le da- 



— fi- 


mos tanta latitud a este concepto, y pensamos 
tan desfavorablemente de nuestras masas, que de- 
jando para nuestros nietos el alcanzar la demo- 
cracia, nosotros ( ¡ los hijos de los hombres del 
año X ! ) reconocemos que el Gobierno que nos con- 
viene es un gobierno dictatorial, un gobierno ab- 
soluto, tanto o más absoluto que el de los Bor- 
bolles. 

Quizás estamos en el error, decimos otra vez, 
pero el medio de salir de él será exponer nues- 
tras ideas en refutación a las del señor Alberdi : 
y tal es la tarea que nos imponemos como un tri- 
buto que le consagramos al Pueblo Oriental en- 
tre cuyos hijos tenemos el honor de contarnos. 

Nada de solidaridad con las faltas y extravíos 
de nuestros predecesores; que una gratitud mal en- 
tendida no nos pierda . . . mu}^ bien, conforme. 
¡No más tutela doctrinaria que la inspección se- 
vera de nuestra historia próxima ! Nada de plagio ! 
nada de imitación ! ¡ Bien señor Alberdi, esto to- 
mado así, absolutamente, es el voto del entusias- 
mo : un voto, si usted quiere, propio de nuestra 
juventud, ¿pero es el voto de la razón ? ¿ la histo- 
ria de los otros pueblos, la historia del género 
humano, nuestra historia anterior al año X, no 
deben consultarse, no deben estudiarse ? 

Lamentamos, ¡ y cuánto ! esas importaciones in- 
discretas de cuanto se hace en otras partes, ese 
ridículo vestido que nos hemos puesto con remien- 
dos de toda clase, esa manía de juzgar nuestra 
situación política por las teorías del mundo anti- 
guo, y de copiar al pié de la letra hasta las fór- 



— 7 — 


muías europeas: sentírnosla necesidad de romper 
la cadena con que las inteligencias americanas, 
se lian sujetado a las concepciones de las inteli- 
gencias del otro lado del Atlántico : pero somos 
de opinión, que allá se hace mucho bueno, que 
las conquistas del genio son una propiedad del gé- 
nero humano , que no es mengua imitar lo que 
necesitamos, y que es preciso buscar en los gran- 
des modelos lo mucho que nos hace falta y em- 
peñarnos en aclimatar en estas tierras clásicas 
,de la Libertad, el fruto de los progresos, que la cul- 
tura de la razón ha producido en la de aquellos 
que vivieron antes que nosotros. Damos el primer 
paso, somos inexpertos, no seremos sabios con solo 
quererlo; ¿no seria demencia proclamarnos su- 
periores a todo ejemplo anterior para regular 
nuestro destino? . 

O acaso, ¿después de veintisiete años de tra- 
bajos por la Libertad, es preciso pensar en con- 
solidar un movimiento retrógrado que tiene la no- 
vedad de producir un Poder que aparece con el 
brillo fascinador de una nueva creación porque 
su imagen está casi perdida entre el polvo de los 
Siglos de la edad media ? 

La historia nos dirá, donde está el molde del go- 
bierno actual de Buenos Aires ; investigaremos des- 
pués de haberlo conocido cual fué la causa que 
lo produjo, y contrayéndonos a nuestros países, 
examinaremos entonces la historia contemporánea, 
veremos sus sucesos, juzgaremos a sus hombres y 
a sus cosas, y deduciremos si dos causas diferen- 
tes pueden dar resultados iguales. Este parangón 



— 8 — 


histórico no puede proscribirse sensatamente . 
Las lecciones de la historia no deben confundirse 
entre el polvo que merece la rutina de la Escue- 
la doctrinaria. 

No sabemos el tiempo que nos dejarán nuestras 
ocupaciones, para desempeñar el corto trabajo que 
nos proponemos, pero oportunamente anunciare- 
mos la forma en que él haya de ver la luz pú- 
blica. j Ojalá nuestro ejemplo sea emitado por 
aquellos que pueden llenar cumplidamente el ob- 
jeto que no haremos más que indicar! 



Montevideo, Abril 15 de 1838. N.o 1. T. I 


EL INICIADOR 

Periódico de todo y para todos 


« Bisogna riporsi in via » 

« Es necesario ponernos en camino » 

Del Italiano 


INTRODUCCIÓN 

Tal vez parecerá estraño que cuando el ruido 
de las armas sólo es interrumpido por los him- 
nos fúnebres del dolor y por los gemidos del llan- 
to, aparezca el anuncio de un ensayo periódico, 
puramente literario y socialista: tal vez se fulmi- 
ne sobre nosotros una mirada desdeñosa al ver- 
nos ocupados de las letras cuando la política lle- 
na todas las cabezas, conmueve todos los cora- 
zones : que importa ! esa extrañeza y ese desdén 
serán injustos: la injusticia no puede desalentar- 
nos. Los espectáculos, las calles, los bailes, los 
paseos, atestan el empleo de muchas horas ¿sólo 
faltarían estas para sembrar para el pueblo? — Un 
pueblo ignorante no será libre por que no puede 
serlo : un pueblo para ser ilustrado es necesario 
que cultive las ciencias, las artes : que tenga una 
razón, una conciencia propia : que sepa como , 
porqué y para qué vive. Esta verdad ha fijado 



— 10 — 


fuertemente nuestra atención: la vemos olvidada; 
queremos recordarla, y con este ánimo vamos a 
publicar un folleto que será el papel de todos los 
que tengan algo útil que decir. 

El estado de nuestro país, hoy, es un inciden- 
te del momento, una cosa precaria, una desgra- 
cia fugitiva : al paso que, en el corazón de la 
sociedad co-existe con ella una necesidad tan sa- 
grada como la Patria, tan venerable y santa co- 
mo la humanidad: — necesidad de progreso, de 
luz, de movimiento intelectual. Mil voces, mil 
brazos, se ocupan de cambiar aquel malestar 
del momento : ni un esfuerzo se le tributa a esta 
urgencia jefe, a esta exigencia fundamental. Y es 
preciso tributárselo, si hemos de pensar en des- 
empeñar por nuestra parte el programa que pre- 
sentó la América el 25 de mayo de 1810 

Cuando las sociedades principian a erguir la 
cabeza como Naciones se abre un campo sin lí- 
mites a sus esfuerzos, a la observación y examen 
de todas las condiciones y necesidades de su exis- 
tencia soberana La primera de estas necesida- 
des, la condición vital, rey, es la independencia 
política, y los derechos y respetos que le son 
anexos; esta es la época heroica de los Pueblos: 
la época en que pelean con el escudo de Dios, en 
que el clarín de la guerra es para ellos el eco de 
la gloria. — Pero adviértase, que no es más que la 
primera , que cumplida no se ha hecho todo, que 
queda aún mucho que hacer: — queda una tarea 
lenta, indispensable, costosa, que es el comple- 
mento de la otra. Dos cadenas nos ligaban a la 



— 11 


España : una material, visible, ominosa : otra no 
menos ominosa, no menos pesada, pero invisible, 
incorpórea, que como aquellos gases incompren- 
sibles que por su sutileza lo penetran todo, está 
en nuestra legislación, en nuestras letras, en nues- 
tras costumbres, en nuestros hábitos, y todo lo 
ata, y a todo le imprime el sello de la esclavi- 
tud, y desmiente nuestra emancipación absoluta. 

Aquella pudimos y supimos hacerla pedazos 
con el vigor de nuestros brazos y el hierro de 
nuestras lanzas: esta es preciso que desaparezca 
también si nuestra personalidad nacional ha de 
ser una realidad; aquella fué la misión gloriosa 
de nuestros padres, — esta es la nuestra — 

Nos abruman aún pesos que la Joven España 
no puede sufrir, y que quiere arrojar con celo, 
con patriotismo, con el espíritu del progreso . 

No es aventurado decir, que poco hemos ade- 
lantado en esta tarea: parece que la sombra de 
nuestros laureles ha enervado nuestras faculta- 
des. Nuestros ensayos gubernativos han absorvi- 
do todo el tiempo : todo se ha dejado para des- 
pués, y esta es la clave que nos explica la causa 
de que nuestra sociedad, sea, en algunos respec- 
tos, el triste pleonasmo de la sociedad colonial. 

Hay en que trabajar para la Patria, y la Ju- 
ventud no debe estar ociosa ; el ocio en un Re- 
publicano es un crimen capital: el egoísmo una 
infamia : la indiferencia una impiedad ; hay nada 
menos, que conquistar la independencia inteligen- 
te de la Nación: su independencia civil, litera- 
ria, artística , industrial; por que las leyes, la so- 



— 12 — 


ciedad, la literatura, las artes, la industria, de- 
ben llevar como nuestra bandera los colores na- 
cionales, y como ella ser el testimonio de nues- 
tra independencia y nacionalidad. 

Los Editores de este papel, estarán bien satis- 
fechos si logran que estas indicaciones sean aten- 
didas por la Juventud ; ella debe atenderlas, por 
que debe tener la conciencia de sus deberes. En- 
tre la cuna y el sepulcro no hay gran distancia : 
nuestro tránsito sobre la tierra es breve, y todo 
hombre tiene una misión que llenar. Jóvenes ! no 
espereis a la vejez porque ella es tan helada 
como los rigores del invierno : tan fria como 
la tierra de las sepulturas. Trabajemos para la 
sociedad: su horizonte intelectual es muy estre- 
cho ; veamos si podemos dilatarlo, veamos si po- 
demos hacerles comprender a todos que él es in- 
finito >, que no tiene términos lo mismo que los 
progresos de la humanidad. Algunas costumbres 
ridiculas, exóticas, se conservan con aquella res- 
petuosa devoción con que un anticuario guarda 
sus inútiles sarandajas ; probemos mostrarle que 
son un anacronismo vergonzoso ; que la sociedad 
americana, inteligente, republicana, plebeya, reli- 
giosa, no puede ser la sociedad vieja, ruda, es- 
clava, fanática, del tiempo de las colonias ; mos- 
trémosle los mismos escritos de esa España tan 
venerada para que entiendan todos que por allá 
ya se hacen tiras cosas que por estas tierras se 
conservan inmaculadas ; producciones tales ocu- 
parán siempre, un lugar distinguido en nuestras 
columnas. Pasan ignoradas por el pueblo las 



13 — 


grandes novedades inteligentes que ocupan el 
mundo culto : esos adelantos, esas bellezas, son 
el patrimonio universal : que no sean perdidas 
para nosotros, que sean populares sus noticias. 
Sirvan de entretenimiento, si se quiere, porque 
eso deja su resultado . 

Con estas miras vamos a llenar las columnas 
de un folleto de 24 páginas, en 4.° mayor, que 
aparecerá los días 15 y 30 de cada mes, y que se- 
rá a la vez la tribuna que le ofrecemos a la Ju- 
ventud, y la ofrenda que le presentamos al pue- 
blo . Las columnas son de todo y para todos, sin 
más condición que el derecho de una humilde 
censura que nos reservamos: ella será tan dulce, 
tan tolerante, como nuestros principios ; su título 
es la responsabilidad que contraeremos con el 
público. 

Nuestro pensamiento es darle una publicación 
útil y amena; no queremos engañarle, y le con- 
fesamos que sabemos bien poco, pero deseamos 
saber y estudiaremos escribiendo como otros es- 
tudian sin escribir, y muchos otros no estudian: 
estos se aprovecharán del fruto de nuestras ta- 
reas. 

Un libro no es hoy la vida de un hombre: po- 
co importa que digan que somos ignorantes, si 
nos conceden que emitimos algunas verdades. 
Seánle provechosas a la sociedad y llámesenos 
como se quiera: somos demasiado pequeños ante 
un objeto tan colosal; demasiado patriotas para 
pararnos en melindres de amor propio. 

Por ahora nuestro folleto se ocupará en su 



— 14 — 


mayor parte con producciones extranjeras; poco 
a poco serán reemplazadas con nacionales. El cé- 
lebre Fígaro llenará algunas columnas con sus 
artículos no publicados en los dos tomos reim- 
presos en esta capital; pueden servir como de 
apéndice a esa colección. 

Las ulteriores mejoras que pensamos introducir 
en nuestro folleto serán la obra del tiempo, y de 
la protección con que el público lo favorezca. 



De «BI Nacional de Montevideo, de 30 de Setiembre de 1841. 


ADOLFO BERRO 


Cuando se nos anunció la muerte de 
este poeta, nos pareció que se nos arre- 
bataba una parte de nuestro porvenir. 

Víctor Hugo . 


Muy amargos son los días en que vivimos y a 
muy amargas pruebas nos sujeta la Providencia. 

Condenados al espectáculo de estas luchas im- 
pías en que la barbarie, desbordándose del de- 
sierto, ha conquistado en su pujanza ciudades que 
le sirvan de trono y hordas frenéticas que hacen 
vacilar sus altares, estrellándose en unas partes 
con el positivismo que todo lo reduce a aritmética, 
y sofoca con sus helados raudales el fuego de los 
más sagrados sentimientos y de las más santas as- 
piraciones; y tocando en otros con esa insana e 
infecunda anarquía de ideas que nada crea, que 
nada sanciona y que se revuelve vacilante entre 
ruinas, si escapamos por fortuna de los brazos de 
la duda, y nos recogemos a buscar un momento 
de soláz, a la sombra de nuestras banderas tan 
reciamente combatidas por la tempestad; en el 
lugar de un hermano casi siempre encontramos 
una tumba, donde dejamos un vaso lleno de es- 



— 16 — 


peranza y de vida, la muerte nos arroja un es- 
queleto, como si, con los huesos de los buenos, 
quisiera escribirnos sobre el cenotafio de los már- 
tires, una horrible profecía! . . . 

Si ella hubiera de realizarse, felices los que 
mueren! Las carcajadas de los verdugos y los ayes 
de las víctimas no penetran la loza de los sepul- 
cros. 

Pero si, como lo creemos, la causa de la huma- 
nidad es invencible; si la barbarie y la tiranía 
pueden batallar, pero no vencer; si el sol de nues- 
tros estandartes, casi eclipsado en estos dias de 
vértigo y de expiación, ha de volver a lucir tan 
explendente como en los días homéricos de nues- 
tros padres, cuan triste es nacer en medio de las 
tinieblas; desear la luz y no verla un sólo instan- 
te; idolatrar la libertad y sentir el ruido de las 
cadenas; buscar las aras de la concordia y de la 
fraternidad y verlas en el polvo, y oir por todas 
partes el horrible clarín de la discordia que toca 
a degüello a las puertas de nuestro hogar; tener 
un alma de poeta, un corazón rebosando en amor 
a la humanidad y al preludiar la lira para llorar 
con los afligidos, y consolar a los que caen, sen- 
tir que la muerte nos la arrebata, y desfallecida 
doblar la frente en el seno de la tumba, sin haber 
visto realizarse una sóla de nuestras esperanzas, 
ni cumplirse uno sólo de nuestros votos! 

Cuando se extingue así una inteligencia supe- 
rior, se mezcla a nuestros tristísimos dolores los 
que debe haber sufrido el pobre moribundo. Llo- 
ramos por él con el llanto que derramamos por 



— 17 — 


la patria, y por más que adoramos los altos de- 
cretos del que todo lo dispone, cuando vemos que 
se nos arrebatan tantas esperanzas aún en flor; 
cuando muere uno de estos hombres puros, que 
ni siquiera ha salpicado el lodo de los partidos, 
y que se anunciaban como apóstoles de mejores 
días y de glorias más tranquilas que las que nos- 
otros alcanzamos, nos parece, según la expresión 
del célebre lírico de nuestros días, que se nos arre- 
bata una parte de nuestro porvenir; y entonces 
solo lanzamos un grito de desesperación. 

Y no es más que este grito desesperado lo 
que podemos ofrecer, en este momento, sobre la 
tumba que acaba de abrirse para recibir a nues- 
tro amigo ADOLFO BERRO. 

Joven poeta de veinte y tres años, miembro dis- 
tinguidísimo de esa porción de la juventud nacio- 
nal que honra nuestros estudios de derecho; hom- 
bre de corazón noble y de inteligencia elevada; 
de carácter suave y lleno de virtudes y talentos 
que realzaba con una modestia tan apreciable co- 
mo poco común, era Adolfo Berro una de las más 
bellas y fundadas esperanzas de la República. Su 
patria, su familia, sus amigos, nunca lo llorarán 
bastante. 

El sincero dolor que nos ha dominado, al sa- 
ber su pérdida, y que apenas nos deja coordinar 
nuestras ideas, nos hace dejar para otro dia el 
rendirle un homenaje más digno de su memoria. 


2 



— 18 — 


Poesías de Adolfo Berro 


INTRODUCCION 


Publicada al frente de la primera edición, por el Dr. Andrés Lamas 


No pueden registrarse las páginas de este libro 
sin que despierten altas y profundas emociones, 
se abra el pecho a nobles esperanzas y nos trans- 
portamos con el pensamiento a días de más ven- 
tura para la patria; pero sí, como sucede, nos asal- 
ta ]a idea de que el soplo de la muerte ha seca- 
do la inteligencia superior que las anima, que esa 
música armoniosa y severa que da recogimiento 
al alma y altura a la mente es el último canto 
del cisne que plega sus alas y modula una des- 
pedida, necesitamos de todo el poder de nuestras 
más sinceras convicciones, para levantar el ánimo 
del dolor que nos inspira la pérdida del hombre, 
del amigo, del ciudadano, a la tranquila atención 
que demanda la obra del poeta. 

Tristísimo honor sería el que nos ha cabido 
si sólo debiéramos a la memoria de Adolfo Berro, 
una melancólica elegía, pálido eco del sentimien- 
to individual, que pasaría inapercibido entre las 
magníficas ovaciones que le ha decretado el apre- 
cio público; palabra incompleta de una verdad que 
no cabe en el idioma, porque, como ha dicho un 



— 19 — 


hombre de corazón, las teorías, las doctrinas, los 
sistemas se explican: los sentimientos se sienten. 

Al poner este volumen en manos del público, 
conocemos que es otro nuestro deber; y nos dis- 
ponemos a cumplirlo, refugiándonos en nuestra 
conciencia para buscar en ella el apoyo que nos 
niega nuestra limitada capacidad y los estudios 
especiales que hemos cultivado. 

Adolfo Berro nació en Montevideo el día 11 
de Agosto de 1819, en el seno de una familia 
muy considerada, no sólo por los servicios que su 
jefe ha rendido al país, y por las distinciones que 
ellos le han merecido, sinó principalmente, por 
una práctica constante de todas las virtudes, de 
esas virtudes que sirven a la sociedad desde el si- 
lencio del hogar doméstico, y son fuente de sóli- 
da y legítima felicidad. 

La educación moral empieza desde que pode- 
mos contraer hábitos, es decir, en la cuna. Las 
primeras impresiones suelen decidir el destino de 
toda una vida, porque la moral para ser sólida, 
ha de ser hábito antes que fruto del estudio y ex- 
periencia. Asi, es que el niño Berro gozó, desde 
luego, y aprovechó extensamente, esta esencialí- 
sima educación, que tan bien se avenía con las 
tendencias de que el cielo le había dotado; y de 
muy pocos años se hacía notable por su espíritu de 
orden, por la exactitud en su raciocinio y por una 
modestia que, más tarde, no pudieron arrancarle 
los merecidos y seductores elogios que a sus ta- 
lentos se tributaron por personas cuyo voto es ca- 
paz de arrojar la simiente de la vanidad en ca- 
bezas que el tiempo haya sazonado. 



— 20 — 


Dotado de esta educación importante, en que 
se armonizaba tan completamente su tempera- 
mento con los ejemplos domésticos, recibió Adol- 
fo toda la enseñanza que por entonces ofrecían 
los mejores profesores de Montevideo; y en 1836 
al abrirse en esta capital las cátedras de estudios 
mayores, se halló en estado de incorporarse al 
aula de derecho civil que regenteaba el Doctor 
Don Pedro Somellera. 

En los bancos de aquella aula tuvimos la for- 
tuna de conocerlo. Adolfo, dotado de verdadero 
talento, que acrecía diariamente del modo en que 
este don supremo se desenvuelve y perfecciona, por 
la meditación y el estudio, se distinguía mucho 
en el de derecho, no sólo por la aplicación y el 
método con que procedía en esta, como en todas 
sus tareas, sino también por la cabal inteligencia 
de la razón y espíritu de la ley, que es, como di- 
ce el sabio autor de las partidas, el verdadero sa- 
ber de las leyes. No emitimos una opinión perso- 
nal únicamente. Su catedrático, juez más idóneo 
que nosotros en el caso, preguntado, cuáles eran 
sus más aventajados discípulos, los clasificó en 
unos exámetros latinos, diciendo de Berro: mens 
legum Adolfus. 

A los conocimientos teóricos que allí adquiría 
unió la práctica en el bufete del Doctor D. Flo- 
rencio Varela, hábil abogado y literato de vasta eru- 
dición y exquisito gusto, que, ligado a la familia de 
Berro por vínculos estrechos, se complacía en cul- 
tivar aquella inteligencia privilegiada. A la tierna 
solicitud que en esto ponía Varela se refiere Adol- 



— 21 


fo en los versos que le dirigió con motivo de la 
muerte de su excelente hermano Rufino: 


Florencio amigo, que de tiernos años 
Amar me hiciste la virtud austera 
Y acá en mi mente derramaste ansioso 
Blandas ideas. 


Adolfo había llegado a aquella sazón en que 
los años nos empujan sobre los caminos de la vi- 
da social, y un nuevo expectáculo se ofrece a nues- 
tros ojos. Berro, era uno de esos hombres predes- 
tinados a verlo todo de una vez, a distinguir las 
llagas a través de las flores que las cubren, a oir 
los ahogados gemidos que se escapan en medio de 
las risas y de los himnos, a no detenerse en la 
epidermis de la sociedad. ¿Quién puede calcular 
las impresiones, los dolores que aquejarían aquella 
alma en el momento en que el espléndido manto 
que viste el mundo a nuestros ojos de niño, se 
convierte en paño negro empapado de llanto? 

Berro, lleno de la fortaleza de la virtud, e ilu- 
minado por su inteligencia, tenía la conciencia de 
sus deberes. No podía ser de otro modo, porque 
Dios no prodiga los dotes que le concedió, para 
que se extingan en estériles gemidos. Tal vez ese 
tinte melancólico que tanto interés daba a su pá- 
lido rostro, era hijo de la tristeza que produce la 
contemplación de esas hondas miserias, hermana- 
da con los duelos domésticos que ha vestido su 
hogar, desde los tempranos días en que su valien- 
te hermano Don Ignacio rindió la vida por la pa- 
tria, en los gloriosos campos de Ituzaingó. 



— 22 — 


Muy serias tareas ocupaban su ánimo. La in- 
fame tiranía ejercida en ia raza de color, no po- 
día dejar de sacudirlo fuertemente; el corazón y 
la justicia la condenan con horror. Un homenaje 
tributado al talento de Berro por el Superior Tri- 
bunal de Justicia, nombrándolo asesor del defen- 
sor de esclavos en 1839, y que él aceptó y desem- 
peñó con un saber y una elevación que bastarían 
para ilustrar su nombre, le dió ocasión de cono- 
cer en todos sus inauditos detalles la opresión que 
pesa sobre esos míseros hombres, que la perver- 
sidad humana quiere transformar en bestias. Se 
consagró entonces a promover la aplicación del 
remedio radical de esa lepra de nuestra sociedad. 
La emancipación y la mejora intelectual de 
las gentes de color ; y escribió un proyecto, que 
tenemos a la vista, para alcanzar esos fines por 
medio de la asociación , consultando, en todo ello, 
los derechos de la humanidad y los bien enten- 
didos intereses morales, políticos y económicos de 
la República. 

Alejado de nuestras luchas civiles, se consa- 
gró a servir positivamente a su país ; y extendió 
sus meditaciones sobre la educación popular . Tra- 
bajos de verdadera conciencia, que favorecen tan- 
to a su carácter como a su corazón : que lo lle- 
naban completamente. En el delirio que precedió 
a su muerte, llamaba a don Cándido Juanicó y 
hablaba de unos papeles que a este le pertene- 
cían. Eran los apuntes sobre la educación de nues- 
tro pueblo! 

En uno de esos momentos en que , como lo dice 



— 23 — 


en una nota sobre el Azahar , nuestra alma nada 
encuentra en el mundo que le satisfaga , la conmue- 
va, se puso a borrajear mil ideas incoherentes y es- 
cribió sus primeros versos, a que siguieron poco 
después los de la magnífica composición titulada 
El Esclavo. 

Adolfo los guardaba con un esmero particu- 
lar: estas inspiraciones eran su secreto. Una ca- 
sualidad burló sus precauciones, y una hermana 
suya, que lo había sorprendido, dijo a su cuñado 
don Jacobo Varela, que Adolfo hacía versos. 

Extrema era la consideración y el cariño de 
Berro por Varela, y sin embargo no pudo éste 
conseguir, sin mucho esfuerzo, que le confiase sus 
poesías. Consintió en ello al fin y en que se mos- 
trasen a don Florencio. A esto se debe su publi- 
cación, hecha por este último, y los elogios que 
decidieron la vocación de Berro a este género de 
literatura. Su modestia natural no conocía lími- 
tes; era una de las cualidades que más lo distin- 
guían, y tanto, que en unos exámenes de derecho, 
el presidente del acto, doctor don Julián Alva- 
rez, creyó que debía hacer de ello pública reco- 
mendación. 

Adolfo se sentía morir : se sentía hundir en el 
sepulcro y esclamaba : 


Morir! sin que entre el polvo los tiranos 
Haya visto en el mundo de Colón, 
Demandando al Eterno en mis plegarias 
Para los abatidos el perdón ! 



— 24 — 


El cielo lo había decretado de otra suerte: en 
la noche del 28 al 29 de Septiembre de 1841, las 
puertas de la eternidad si abrieron para recibir- 
lo, dejándonos en el suelo las hojas de ese libro, 
a que vamos a contraer nuestra atención. 

Una grave cuestión se nos ofrece desde luego : 
oímos hablar frecuentemente de la literatura na- 
cional — ¿existe? — ¿ha podido existir? 

Si la literatura es la expresión de la sociedad, 
como desde Bonald acá se ha repetido de tantos 
modos, será necesario que nos demos cuenta del 
estado de nuestro pueblo si queremos aproximar- 
nos a una solución atinada . 

No debemos buscar nuestro origen literario en 
los días en que, colonos de la España, dormíamos 
a los píés de sus leones: las colonias no tienen 
una vida propia, y para colmo de desdicha, el 
astro de nuestra metrópoli se había eclipsado : 
eran pasados los tiempos en que sus armas y sus 
vates hacían y cantaban cosas dignas del brazo y 
del ingenio de aquella hidalga nación. Es justo 
abandonar las preocupaciones y el idioma de los 
campos de batalla. No hay nación alguna que 
haya puesto menos trabas al desarrollo intelec- 
tual de sus colonias ; solo en las suyas se encuen- 
tran rastros de una enseñanza superior. Si lo 
que entónces se enseñaba casi no merece los ho- 
nores de la ciencia, es, al menos, cuanto ella po- 
seía. 

La emancipación de las colonias, en su oportu- 
na estación, es una de esas leyes naturales que 
los hombres no pueden contrariar. Los pueblos de 



— 25 — 


la antigüedad, dice un escritor español, O) cono- 
cieron esta verdad mejor que los modernos; y así 
las metrópolis dejaban independientes a sus hijas 
apenas podían estas sostenerse sin su auxilio ; 
siguiendo la ley de la naturaleza que reclama la 
independencia de los hijos cuando ya no necesi- 
tan de los padres. 

En nuestros tiempos las naciones lo entienden 
de otro modo y la independencia de las colonias 
demanda sangrientas hecatombes ; si no conocié- 
ramos el vilísimo egoísmo que hace necesario este 
culto de sangre, tal vez pudiéramos decir que, en 
nuestros días no alcanza ninguna colonia su car- 
ta de emancipación sin haber probado su tem- 
ple y su vigor para lidiar, vencer y conquistarla ; 
es decir, sin que acredite su derecho que en este 
caso es rigorosamente su fuerza. 

Amaneció el día homérico de 1810; y nuestros 
gloriosos padres lidiaron, vencieron y sellaron la 
acta inmortal que agregó diez naciones al plano 
geográfico del mundo. De entonces hemos visto 
contar la era de las nuevas sociedades america- 
nas, sin duda predestinadas por las leyes de la 
humanidad a reasumir una civilización más com- 
pleta que la que hoy conoce la tierra. Pero cuenta 
que nacer no es formarse : que hay un período de 
embrión, de in certidumbre, de vacilación, entre el 
primer vagido del niño y la primera palabra del 
hombre; período de extravío, delirio, de crimen 
también, si el freno de una educación acertada ola 


( 1 ) D. Alberto Lista. 



— 26 — 


pujanza del genio, no ponen a raya los fogosos 
ímpetus de la juventud inexperta y ardiente. 

Las cuestiones pues, de que nos ocupamos vie- 
nen a encerrarse en esta pregunta : ¿ lian alcanza- 
do las nuevas sociedades americanas aquel mo- 
mento en que las facciones mudables, oscilantes 
del niño, se pronuncian y toman los rasgos que 
han de distinguir la fisonomía del adulto ? Con 
solo contar los días que nos separan del día in- 
mortal la cuestión se resuelve en buena parte ; y 
si tendemos la vista a todo lo que nos rodea, si 
nos miramos a nosotros mismos rodando en alas 
del huracán, salpicados de lágrimas y de sangre, 
sin tener donde sentar el pié, hemos de sentir, 
poderosamente, que nuestros pueblos no han en- 
trado todavía en aquel período de aplomo y de 
vigor en que se desemboza y fija el carácter de 
las sociedades. 

Acontece ahora en la nuestra lo que en todas 
las que se hallan en su caso, porque las leyes que 
rigen al mundo moral son tan constantes, tan 
uniformes, como las que gobiernan al mundo fí- 
sico. Desquiciados los arrimos de la antigua so- 
ciedad, resfriadas sus creencias, mal avenida con 
sus antiguos hábitos, abandonada a impulsos ex- 
céntricos, accidentales, contraditorios, la sociedad 
es un caos ; no tiene fisonomía alguna moral y 
la literatura no puede ser su expresión porque no 
tiene expresión el caos* 1 ). 

Las ideas que acabamos de emitir están en gér- 


(1) D. Javier de Burgos. 



— 27 — 


men, como casi todas las que contendrá este es- 
crito, cuyas regulares proporciones tememos ex- 
ceder; son susceptibles, y quizá requieren, más 
detenidas aclaraciones ; pero, tales como están, 
las juzgamos bastantes para concluir que no he- 
mos tenido ni podido tener literatura nacional 
en la acepción plena y ajustada de estas palabras. 

Hemos tenido, sí, ensayos literarios, más o me- 
nos felices, como hemos tenido ensayos políticos ; 
pero dominando en unos y otros, como era natu- 
ral que sucediera, las tintas del elemento extran- 
jero, preponderante en nuestra condición política : 
el de la conquista primero ; el de las ideas que 
adoptamos, particularmente las exaltadas por la 
revolución francesa, después. Esto explica, si no 
disculpa, el que se hayan perdido tantas vigilias en 
pálidas copias, en borradas imitaciones de ins- 
tituciones y sistemas que no son los nuestros ; que 
han engendrado violentas convulsiones, o desapa- 
recido por ese marasmo que aqueja a las plantas 
extrañas y las condena a una muda postración. 

Historiar la marcha de esos ensayos, buscando 
su enlace con el pensamiento político que ha 
trabajado a nuestros pueblos, es el proceder que, 
según lo que alcanzamos, ha de conducirnos a se- 
ñalar el lugar que merezca la obra que nos ocupa. 

Sentidas quejas se han escapado contra la sú- 
bita y no preparada importación de instituciones 
políticas : confesamos que grave daño debe haber 
ocasionado ; no diremos que no ha podido obrar- 
se con más acierto, pero sí, que, atenta las cir- 
cunstancias de nuestra emancipación era muy di- 



— 28 - 


fícil que acaeciera de otro modo; difícil encajo- 
nar el torrente que se desborda ; difícil no fasci- 
narse con una luz llena y resplandeciente, y en 
aquellos momentos de animación, no entregarse, 
cuerpo y alma, sin discusión ni examen, con la 
confianza del ciego entusiasmo, a las colosales 
ideas que habían obrado el cambio más prodigio- 
so de los tiempos modernos, hecho vacilar tantos 
tronos y arrancado de raíz privilegios opresores, 
estableciendo la igualdad del hombre, la libertad 
de la inteligencia, de la tierra, del trabajo, de la 
industria. 

Difícil era, repetimos, señalar el linde en que 
debiera contenerse el espíritu ansioso de noveda- 
des y mejoras ; y dado caso que se acertara en 
ello, difícil hacerlo respetar. La revolución nos 
había colocado sobre un plano inclinado, y el im- 
pulso fué tan vigoroso, que pasamos, de un salto, 
en política, de Saavedra a Rousseau ; en filosofía, 
del enmarañado laberinto de la teología escolás- 
tica, al materialismo de Destut de Tracy ; de las 
religiosas meditaciones de fray Luis de Granada, 
a los arranques ateos y al análisis enciclopédi- 
co de Voltaire y de Holbach. Ya no fué enton- 
ces, cuestión política solamente : entraron en cho- 
que violentísimo todos los elementos sociales, y co- 
mo la fuerza material es impotente para suprimir 
hábitos y creencias tradicionales, cumplió la re- 
volución política en Ayacucho, dejando la social en 
su aurora. Los sangrientos crepúsculos de la gue- 
rra civil son una consecuencia lógica de estos an- 
tecedentes. 



— 29 


La literatura debió someterse a la influencia 
que se enseñoreaba del campo de las ideas; pero 
la musa francesa que había asistido a las satur- 
nales de aquella revolución portentosa, que vestía 
el gorro frigio, y evocaba las sombras de Mara- 
tón y Salamina, cuando la Europa entera se des- 
plomaba sobre ella, no podía traernos sino las for- 
mas del genio griego que la esclavizaba. La poéti- 
ca de Aristóteles era su decálogo. Esta innovación 
era de poca monta. Desheredada la raza austría- 
ca del trono de España, por la muerte del imbé- 
cil Carlos II, y sentado en él un nieto de Luis 
XIY, los pirineos abatieron sus frentes altaneras 
y el ingenio español, pervertido por el cultera- 
nismo en el siglo XVI, vino a postrarse ante la 
influencia gálica, que este es el hecho que repre- 
sentan Luzán y los otros llamados restauradores 
de la poesía castellana en el siglo XVIII. Se soli- 
daron, pues, entre nosotros las formas aristotéli- 
cas decoradas por Boileau y algún otro de sus 
continuadores ; y encerrando a nuestros ingenios 
en estrechos carriles, detuvieron el vuelo, que tal 
vez, habría desplegado el genio americano, en el 
momento en que hundiéndose el edificio colonial, 
brillaba entre sus ruinas la espada popular y tre- 
molaba en las crestas de los Andes la enseña de 
la libertad de un mundo. Grandioso espectáculo, 
a que servía de teatro una naturaleza desconocida : 
desiertos sin horizonte, montañas que tocan a las 
nubes, llanuras que se doblan como las olas del 
mar, iluminadas por un cielo que vaciaba sus co- 
lores en nuestras banderas. 



— 30 — 


Todo era nuevo ; nuestra manera de guerrear, 
la indocilidad de nuestros caballos que han co- 
nocido la libertad y como que luchan con las 
bridas que los sujetan, la apostura de nuestros 
ágiles ginetes, sus especiales vestiduras, las armas 
de que se sirven ; esas luchas en que inexpertos 
ciudadanos que llevaban el pecho descubierto, al- 
zaban por despojos, en la punta de la lanza, pe- 
tos abollados, relucientes cimeras y estandartes, 
en cuyos dominios siempre había sol que los alum- 
brase, y que iban a encerrarse vencidos en un 
pedazo de Europa ! Escenas que no se parecían a 
ningunas otras; victorias conseguidas rompiendo 
audazmente las leyes estratégicas, más importan- 
tes, sin duda, que las leyes de la poesía acadé- 
mica a que se sacrificaban las altísimas y nue- 
vas inspiraciones que debía producir un drama 
de tanta altura y novedad. 

Narramos un hecho, y no queremos — ni como 
quererlo! — negar la nacionalidad relativa de los 
férvidos cantores de la guerra de la Independen- 
cia: suyas son esas cintas celestes y blancas que 
coronan las liras de Varela, de López, de Lafinur, 
de Hidalgo, de Lúea; sus himnos durarán tanto 
como el recuerdo perenal del Cerrito, de Maipú, 
de Chacabuco, de Ituzaingó ; y decimos esto para 
acreditar nuestro sincero respeto a los nombres 
que invocamos nosotros, hombres de ayer, que no 
hemos llevado una piedra al edificio de la Patria, 
ni agregado una hoja a su corona. 

Mientras que el arte seguía este camino entre 
nosotros, una gran mudanza literaria se operaba 



— Bi- 


en Europa, y derramaba una nueva luz que debía 
proyectarse en nuestras playas, con tanta más 
fuerza cuanto es más directa la influencia del pen- 
samiento francés. Trazemos ligeramente la imá- 
gen de esta lucha, ya que se han traído a nues- 
tra casi desierta arena literaria las clasificaciones, 
soberanamente absurdas, de clásicos y románticos. 

Ocioso sería hoy empeñarse en demostrar la in- 
conveniencia de algunas reglas, acomodadas a los 
gustos de las antiguas sociedades, y sujetas, por 
lo mismo, a las alteraciones que necesariamente 
producen los tiempos y las condiciones de otra ci- 
vilización. Esta inconveniencia ha quedado fuera 
de cuestión, y un escritor remarcable por su mo- 
deración, autor de una de las varias imitaciones 
del Edipo de Sófocles, confiesa con lisura que nada 
más acertado ni conveniente que dejar a la ima- 
ginación un vastísimo espacio para que campee 
con desahogo, sin hostigarla a seguir paso a paso 
las huellas de los antiguos (D. 

El arte que sacrificaba el fondo a la forma ; que 
menospreciando los tesoros de la verdadera reli- 
gión — aún después de colocados a tan buena luz 
por el célebre Chateaubriand — no profesaba más 
culto que el de los impúdicos dioses del paganis- 
mo ; que cuando la sociedad se agitaba, se con- 
vulsionaba, se despedazaba, permanecía tranquilo 
como un lago de agua muerta, cuya superficie no 
rizan las iras del huracán desatado, era plena- 


( 1 ) Martínez de la Rosa. — Obras Literarias. 



— 32 — 


mente extranjero a la sociedad, y estaba herido 
de muerte por su misma esterilidad. 

No lo comprendieron así algunos de sus sacer- 
dotes, apegados a los envejecidos preceptos a ma- 
nera de numismáticos, cuya ciencia se encierra 
entera en la explicación de antiguos bustos y ge- 
roglíficos. No advirtieron, como casi nunca lo ad- 
vierten los poderes establecidos, que todas las 
fórmulas sociales deben seguir la marcha del pue- 
blo, plegarse a sus necesidades, amoldarse a los 
hechos que se realizan , y que el medio más segu- 
ro de hacer imposible las revoluciones es compren- 
der aquella necesidad y hacerle de buen grado los 
sacrificios que reclame O). 

De consiguiente, se trabó dura guerra entre los 
novadores que escribieron en su bandera : libertad 
para el arte , y los que alzaban irascibles el an- 
tiguo pendón ; desde entonces la suerte estuvo ti- 
rada y la revolución debía recorrer todas sus faces. 

Los excesos del llamado romanticismo fueron un 
resultado natural y que estaba en relación con 
la tenacidad de sus contrarios. La escuela rival, 
extrema, se reasumió en la forma ; para ella las 
reglas eran todo Su antagonista, en desquite, dijo, 
que las reglas eran nada. Cada uno de estos ban- 
dos se apropió un pedazo de la verdad, que está 
en la índole de toda parcialidad exagerada — 
casi todos lo son por desgracia — no poseer sino 
verdades incompletas y mezcladas con el error. 
Tenían razón los llamados clásicos en sostener 


(1) Nuevos ensayos de política y filosofía por Mr. Ancillón. 



— 33 — 


algunas reglas, que serán tan eternas como la fá- 
brica del mundo, porque están tomadas de la in- 
variable naturaleza, y teníanla los románticos en- 
despedazar preceptos y clasificaciones, mudables 
por su carácter de convención y especialidad, y 
destinados a renovarse y perfeccionarse con la 
sociedad. 

Pero en esas horas no se discute, se pelea: 
para meditar y razonar, es menester detenerse y 
recoger el ánimo, y el que se detiene es derriba- 
do en el polvo de las ruedas del carro revolucio- 
nario Esta es una ley constante de todas las re- 
voluciones : los extremos se acercan en esos mo- 
mentos calorosos, porque se anda el camino a paso 
de ataque y, en el ansia de la victoria, las dis- 
tancias vencidas se encojen y nunca se cuenta 
haber avanzado bastante. 

Sin embargo, el triunfo de los novadores era un 
hecho que debía consumarse, porque habían toma- 
do por su cuenta satisfacer necesidades verdaderas 
que sus enemigos desconocían o despreciaban ; es 
decir, era en su origen una legítima revolución y 
no uno de esos miserables motines hijos de la pa- 
sión estrechos como ella, que suelen escandalizar 
al mundo con sus alaridos impotentes. Pero, había 
llegado más allá de su objeto, y al apagarse los fue- 
gos enemigos, se dejó ver sobre el campo de batalla 
un monstruo diforme, acabada personificación de 
una literatura nacida en medio de los vivaques y nu- 
trida con la cólera de los combatientes : fenómeno 
descomunal, sirviéndonos de la imágen de un poeta 
muy distinguido, que si pudiera convertirse en ente 



— 34 — 


animado, sería adecuado protagonista de la epo- 
peya de otro Milton . ( 1 ) 

Literatura excepcional, transitoria, hija de la 
resistencia que debía extinguirse con ella en todo 
lo que tenía de violenta y exagerada. 

Muy temprano apareció en las orillas del Plata 
el espíritu innovador; cuando recien acababa Víc- 
tor Hugo de dar a la escena su primer drama 
“Hernani” ya publicaba don Esteban Echeverría 
sus Consuelos. El momento era oportuno. La gue- 
rra de la independencia había terminado; y des- 
pojadas nuestras liras de la pasión guerrera que 
las ennoblecía y nacionalizaba, necesitaban armo- 
nizar su entonación con el estado de nuestro pue- 
blo, que apuraba el cáliz de la desgracia y estaba 
menesteroso de doctrina y de verdad. 

El libro del Sr. Echeverría abrió una nueva épo- 
ca; es el punto en que se separa de nosotros el 
arte antiguo, para dar plaza al arte de nuestro 
día: se esconde de nuestra vista la poesía pueril, 
mero objeto de pasatiempo y solaz, abdican su 
imperio las sensuales deidades del paganismo, y 
raya en el horizonte un brillante crepúsculo de 
esa poesía, instrumento de mejora social, poesía 
de verdad, de sentimiento, que se alza a la con- 
templación de elevadísimos objetos. Pero era un 
crepúsculo, nada más: no tienen los Consuelos to- 
das las condiciones que debe reunir el arte nue- 
vo. Bien lo conoció el clarísimo ingenio de su au- 
tor, según se vé de una de las notas de su libro, 


(1) Maury : autor de la Espagne Poétique. 



— 35 — 


y lo expresó, mejor que pudiéramos hacerlo, un 
literato argentino de merecida y envidiable repu- 
tación. (!) 

A los Consuelos siguieron las Rimas del mismo 
autor, vistiendo las galas, que con mano tan li- 
beral, brinda al artista nuestra naturaleza fisica. 
Este es el mérito sobresaliente de esta obra. El 
Sr. Echeverría parece que se había inspirado con 
esas misteriosas armonías que producen los árbo- 
les del desierto, sacudidos por el viento de la Pam- 
pa; y sus Rimas tienen el colorido local que es 
una de las condiciones que ha de asumir la poe- 
sía americana. El género descriptivo debe adqui- 
rir en América una existencia llena de energía y 
novedad, si lo realza y anima el pensamiento so- 
cial, la idea civilizadora, que debemos pedir a to- 
das las obras del talento. 

Repetidos ensayos se han sucedido a los del 
Sr. Echeverría, y muchos nombres nuevos he- 
mos saludado. Las prensas periódicas del Plata, 
señaladamente la de Montevideo, que tan alto rol 
desempeña en el movimiento civilizador de estos 
países, ha entregado a la circulación numerosas 
composiciones poéticas, cuyo análisis no cabe en 
este cuadro. Entre ellas aparecieron, en los últi- 
mos tiempos, las de Adolfo Berro, que nos toca 
examinar . 

Para hacerlo con mediano acierto, hemos inten- 
tado bosquejar los antecedentes literarios de núes- 

(1) D. Juan María Gutiérrez en el discurso que corre al frente de 
la segunda edición de los Consuelos . 



— 36 — 


tro país, y vamos a reasumirlos. El origen de las 
naciones, siempre está envuelto en un velo poéti- 
co; y si buscamos su cuna siempre encontraremos 
al pié de ella, la sombra del bardo religioso o del 
bardo guerrero. Estos cantares trasmitidos por la 
tradición oral o escrita, son las primeras páginas de 
su historia, el reflejo de la sociedad; por eso Ossian 
es la expresión de un pueblo; por eso los cronistas 
españoles han tomado de los antiguos romances 
las noticias de que han formado sus narraciones, y 
los consultan para estudiar y comprender las ideas 
del siglo de que proceden. Pero entre nosotros no 
existe esta poesía indígena, porque no somos un 
pueblo original ni primitivo. La espada de la con- 
quista aniquiló a los antiguos señores de estos paí- 
ses, o los encerró en el desierto con sus hábitos y 
recuerdos: y aunque su idioma se habla en gran 
parte del litoral de nuestros grandes ríos interiores, 
no es por eso menos cierto que un abismo sin ori- 
lla separa a la raza indígena de la raza conquista- 
dora. Lo pasado es una estatua europea colocada 
en las agrestes soledades americanas: no la inte- 
rroguemos, que no tiene voz para nosotros. La revo- 
lución no ha podido sustraernos instantáneamente 
a este vínculo de familia que nos liga a la Europa; 
vínculo que hace más estrecho la civilización ade- 
lantada que ella posee. 

Hemos sentado, también, que la literatura no ha 
podido constituirse, después de la revolución, porque 
no se ha constituido la sociedad. La literatura, como 
todas las fórmulas sociales, tiene algo de general 
que pertenece a la humanidad, a todas las socieda- 



— 37 — 


des, a todos los hombres y cuya patria es el mundo. 
Pero, si no nos engañamos, la literatura, para ser 
la expresión de un país dado y ser útil a determi- 
nada sociedad, debe realizar la misma operación 
que el legislador que va a constituir a su pueblo . 
Hay ciertos derechos, que llamaremos divinos, por- 
que emanan de las necesidades irresistibles con que 
Dios nos ha dotado. Estos derechos no los dan las 
constituciones, los consignan ; pero la misión de los 
que las redactan es, después de declararlos, modi- 
ficarlos sin tocar a su esencia y conformarlos a las 
especialidades morales, geográficas e históricas del 
país que van a constituir : de manera que, ya 
que no entra en nuestra desgraciada condición 
una perfección absoluta, produzcan el mayor gra- 
do de felicidad posible, que este es, en suma, el 
objeto a que deben dirigirse todas las instituciones 
humanas. Todo, pues, lo que tiene la humanidad 
de general en sus instintos supremos, en sus ne- 
cesidades universales, pertenece a la poesía de to- 
dos los países : las singularidades de cada uno de 
ellos, los modos en que por esas singularidades se 
traducen o modifican aquellos instintos, constitu- 
yen lo que nosotros entendemos por legislación, 
por arte nacional . 

Hemos dicho que esas especialidades no se dis- 
tinguen aún entre nosotros, y creemos que no han 
de pronunciarse, en su totalidad, en mucho tiem- 
po, porque han de ser, principalmente, el resul- 
tado de esa copiosa población, de varios hábitos, 
que hoy afluye en particular a nuestro país ; pero 
aún en este estado no puede dejar de sobresalir 



— 38 — 


algún sentimiento, alguna necesidad ; y la litera- 
tura que lo penetre y lo explique, que ponga el 
dedo sobre nuestras llagas, será literatura nues- 
tra, de ese día, de ese dolor, de esa esperanza 
que nos embarga. 

La época en que apareció Berro le imponía muy 
serios deberes ; el arte empezaba a tomar tintes 
locales, y las sociedades americanas llegaban a la 
sazón, en que habiendo cosechado larga y costo- 
sa experiencia, en medio de sus convulsiones, era 
natural que abrigasen algún pensamiento, algún 
deseo poderoso que satisfacer. 

La guerra civil le daba a la América sus amar- 
guísimos frutos. A la algazara del motín, sucede 
el petrificante espectáculo de los cadalsos y las 
proscripciones en masa : la apoteosis ya no se ob- 
tiene arrancando banderas enemigas para colgar 
la techumbre de los templos, sino presentando el 
pecho al plomo del verdugo : en vez del campo de 
batalla, el cadalso : en lugar del héroe, el mártir. 

Pero aquí, el lugar se estrecha ; la lucha se 
agota, porque la anarquía y la tiranía no tienen 
porvenir : el dominio pleno es para ellas un sínto- 
ma de muerte. Todos sus extravíos, todos sus de- 
litos, su violencia sobre todo, sirven a hacer más 
rápido su descenso. Caen porque deben caer, como 
cae la piedra arrojada en el vacío . 

Ese desorden que sobre todo pesa, que a todos 
lastima, que separando al hombre por la violencia 
o el tedio, de la vida externa de la sociedad lo con- 
centra en su vida íntima, como para llorar en sus 
propios infortunios los infortunios públicos, lo lia- 



— 39 — 


ma a mejores ideas, a meditaciones severas : com- 
para, analiza, y la mano del crimen entronizado o 
de la anarquía delirante, lo empeña en el estudio 
de los males que lo aflijen. Su individualidad se 
transforma entonces, si disecada ya por el vicio no 
se ha convertido en un cadáver . 

Esas transformaciones no pueden encerrarse en 
el hogar deméstico ; una fuerza invisible las empu- 
ja : el hombre se siente obligado e impelido por su 
instinto, por una voz interior, a extender y hacer 
dominar en rededor suyo la mudanza, la mejora que 
ha experimentado interiormente. No a otra causa 
se debe los grandes reformadores O. 

Creemos que no existe actualmente en nuestros 
países, un hombre honrado, una cabeza inteligen- 
te que no háyá sido aquejada por el agudísimo 
dolor que ocasiona el desorden moral, la anar- 
quía material que produce ese desorden, la tira- 
nía de uno o de muclios de resulta de la anar- 
quía; y el hombre huye del dolor instintivamen- 
te. Y como así nos explicamos las reacciones hacia 
el orden que engendra el exceso del desórden : 
como sobre estas bases reposa nuestro firme con- 
vencimiento de que esos caciscazgos que tiznan y 
azotan a los pueblos americanos, y cuya aparición 
concebimos perfectamente, son colosos con pies 
de arcilla, a medida que sus tendencias inmorales 
se desarrollan y sus proporciones se agrandan, los 
vemos bambolear sobre sus menguados apoyos : y 
apartamos la vista, indeliberadamente, para bus- 

(1) Mr. Guizot. — Histoire genérale de la civilisation en Europe, 



— 40 — 


car el símbolo de los días que van a venir ; po- 
nemos el oído para escuchar la palabra que nos 
revela el sentimiento, las ideas íntimas, que se 
esconden en el seno de la sociedad. 

Así es que cuando le oímos exclamar a nues- 
tro poeta : 


Y por que bajan al llano 
Esas huestes iracundas 

Y en contiendas infecundas 
Sangre dán y hacen correr ? 

Por qué quieren sus caudillos 
Con el hierro de la lanza, 

Do virtud tan solo alcanza 
Alcanzar ellos también. 


Pareciónos escuchar la voz de todos los buenos 
ciudadanos, el grito de horror a la guerra civil, 
y Berro expresó, para nosotros, un sentimiento 
general, destinado a dominar y extenderse en to- 
do el terreno que esas luchas han yermado. 

Es indudable, en nuestro sentir, que esas ex- 
clamaciones son los síntomas del descrédito en 
que, después -de tantos ensayos sangrientos, han 
debido caer las utopías de los ideólogos que han 
querido constituirnos a priori, las promesas de los 
ambiciosos, las miras estrechas de nuestras ban- 
deras y parcialidades ; y que la reacción que de- 
be postrar a esos poderes tiránicos, incubados por 
la guerra civil, ha de tomar nuevas veredas. No 
ha de recurrir a las transiciones violentas, sin es- 
trellarse con los hechos consumados y los intere- 
ses establecidos ; ha de anunciarse retrocediendo 



— 41 


insensiblemente de las constituciones, a los cate- 
cismos ; de los jurados a las escuelas ; de la ar- 
diente polémica de los partidos, a la predicación 
evangélica del párroco ilustrado y patriota; en 
una palabra, de las bayonetas a las ideas y a las 
labores industriales. Si este retroceso que presen- 
timos, que nos parece lógica e históricamente na- 
tural, es una mera ilusión, una quimera, no que- 
remos despojarnos de ella : la defenderemos, como 
una madre defendería al hijo que estrecha en su 
pecho palpitante. 

La reacción en que confiamos, esa hija de las des- 
gracias de que ofrece la América triste espectácu- 
lo, será, como todas las obras de verdadera civi- 
lización, penosa y lenta : no tendrá esa gloria es- 
trepitosa que suenan las trompetas del conquista- 
dor y del guerrero, y requiere, por lo mismo, 
hombres de alta inteligencia, sólidas creencias y 
virtuosa abnegación. 

Berro, no dió solo un lamento, se asoció a un 
programa. — Moralización de la familia, cuyos vín- 
culos desata sacrilegamente la guerra civil. — En- 
señanza popular. Asociación de todos, para hacer 
lo que a todos conviene, y puso mano a la obra 
con sano corazón e indisputable talento. 

La muerte que nos lo arrebató en flor, le dejó 
vivir muy cortos días y profanaríamos su memo- 
ria, con una torpe adulación, si le atribuyéramos 
a sus tareas un desarrollo que no pudieron al- 
canzar. Pero ese que señalamos es el pensamiento 
que anima todas sus obras, a él pertenece el fon- 
do de las poesías que examinamos ; y si esto es 



— 42 — 


cierto, como positivamente lo es, Berro merece 
uno de los primeros rangos entre los poetas ame- 
ricanos, porque es de los que mejor lian com- 
prendido la misión eminentemente social que la 
poesía debe desempeñar entre nosotros . 

Hemos advertido el influjo normal y poderoso 
que ha ejercido en nuestros ensayos el pensa- 
miento europeo ; y, si no nos equivocamos, ha de 
haber resaltado, entre otras, la necesidad de estu- 
diar detenidamente el estado social de nuestros 
pueblos para no aumentar combustible a la hogue- 
ra en que arden y precipitarles del punto a que 
los arrastra la mana del desengaño, tomando, de 
nuevo, lo que corresponde a exigencias muy dis- 
tintas de las nuestras. ¿ Qué sería hoy, entre nos- 
otros, que producirían, por ejemplo, las tentati- 
vas de realizar los sistemas societarios de Owen, 
Saint-Simón o Fourier? Ellos traen su origen en 
una causa peculiar de la sociedad europea : sien- 
te ella que la base de su actual civilización fla- 
quea y se arroja a buscarla por senderos desco- 
nocidos. Achaques de una sociabilidad gastada, 
males de una vida dilatadísima, cuya expresión 
no puede dejar de ser más que un sonido ininte- 
ligible para pueblos que le pertenecen, por en- 
tero, al porvenir, que solo necesitan asentar el pie, 
para crecer y desenvolverse. 

La literatura francesa, que nos es tan familiar, 
cuenta por órganos, ingenios de primera clase, y 
tiene muchos puntos de atracción para los espíri- 
tus jóvenes, para las imaginaciones ardientes, que 
debe cautivar, desde luego, por la altura y no- 



— 43 — 


vedad de su entonación, por la bizarra desenvol- 
tura de sus formas ; corresponde, en general, a 
la situación que hemos indicado, 3^ ofrece visibles 
riesgos, que encontramos un gran mérito en salvar. 

Porque, en efecto, Hugo, Dumas, Balzac, Jor- 
ge Sand, Federico Soulié, el mismo Lamartine, 
después de la publicación de Jocelyn y la Chute 
d'un Auge, esa literatura escéptica y descreída 
que cuestiona o vacila cuando se le pregunta por 
Dios, por sus altares, por las leyes que rigen al 
hombre y al universo, o contesta con el Hamlet 
de Shakespeare palabras ! palabras ! nada más 
que palabras! ¿Tiene un solo eco que responda 
a nuestras necesidades ? Si la hacemos caer en el 
corazón de nuestro pueblo, ¿qué podrá inducir 
sino trastornos, que habrá de engendrar sino ca- 
tástrofes? Nosotros creemos que es preciso huir 
tanto de la literatura atea, como de la literatu- 
ra pagana ; de la desesperación de Byron, como 
de la inapeable fatalidad de Sófocles. 

La base de todo pensamiento fecundo, el fun- 
damente de toda opinión, de toda ciencia, de to- 
da fé, es la religión. La falta de un dogma re- 
ligioso cualquiera, es la causa matriz de la ins- 
tabilidad de las creencias de la época actual, el 
motivo radical de la bajeza de sus sentimientos 
y necesidades, la razón íntima y secreta de todas 
las perplejidades, tristezas y miserias contempo- 
ráneas. Es patente que cuando las naciones no 
tienen un dogma explícito que ilumine su inteli- 
gencia, una fé viva y ardiente que vivifique su 
alma y aliente su voluntad, están en la imposi- 



— 44 — 


bilidad moral de poseer una literatura importan- 
te y profunda, verdaderamente digna de tal nom- 
bre. La irreligión en la humanidad origina la 
anarquía en las ideas, el desorden en los senti- 
mientos y el caos en la literatura ( 1 ). 

Ninguna esperanza completa de mejora pode- 
mos abrigar, sino robusteciendo la creencia reli- 
giosa. Berro lo comprendió perfectamente; su es- 
píritu religioso, es decir, su espíritu trascenden- 
tal alzó el vuelo hasta la causa primera, para 
buscar en el principio de toda verdad, de to- 
do orden, de toda belleza, de toda justicia en 


El Dios que la luz sea, dijo y fué, 


el lazo de oro que liga al cielo con la tierra, al 
hombre con su Creador, y proclama la ley de 
Cristo como base de toda mejora, como fuente de 
toda esperanza, en la forma en que la conoce- 
mos, en su forma más pura y más cabal: el ca- 
tolicismo. 

Las opiniones literarias de Berro, están íntima- 
mente unidas a sus ideas morales : la pureza, . la 
sencillez, la verdad en el arte, como en la vida, 
la sobriedad, el buen gusto, la propiedad en las 
formas artísticas, como en las acciones sociales. 

Confiesa él, en su prólogo, que no tiene siste- 
ma ; y en esto representa el legítimo resultado de 
la última lucha literaria. La belleza no es indi- 


(1) C. CORTÉS. De la literatura actual. 



— 45 — 


gena de ninguna escuela : los sistemas literarios, 
como las formas políticas, ya no se clasificaran en 
lo futuro por lo que son en sí mismos, sino por 
el buen empleo que se haga de sus preceptos en 
las obras a que se apliquen. 

La tolerancia en esto, como en todo, constitu- 
ye la verdadera libertad; y esta es la que necesi- 
taba el arte, y no el licencioso desenfreno, propio 
de las medianías, que, viendo desechadas algunas 
reglas que observaron los antiguos, desprecian, 
sin conocerlas, sus obras inmortales ; cierran los 
libros, y sin alimentar su inteligencia con el es- 
tudio de los altos maestros de todas las escuelas, 
se dan a cubrir de escombros el campo de la li- 
teratura. 

Las composiciones de Berro reúnen todas las 
condiciones que constituye la belleza de la forma : 
claridad, sencillez, unidad simbólica, proporción 
en las partes, correspondencia entre el estilo y 
el asunto. La variedad de metros, de que se abu- 
sa tanto, sólo la admite cuando la inspiración la 
reclama. Domina sobre todo, en el conjunto de 
sus obras, esa candidez inimitable que parece hija 
de la naturaleza. 

Bien quisiéramos, si este escrito no fuera ya tan 
extenso, entregarnos a señalar algunas de las 
pruebas de este juicio ; pero cualquiera las halla- 
rá, abundantísimas, a la simple lectura del ma- 
yor número de las composiciones que encierra el 
volumen. 

Más que en honor de nuestro amigo, en honor 
de la Patria, colocamos en la siguiente página, 



— 46 — 


con todas las esperanzas que ella inspira, el acta 
de la Juventud Oriental , decretando un sepulcro 
a la memoria de Adolfo Berro, 


A. Lamas. 


Montevideo, 1842. 



PLAN V ANTECEDENTES DE LA NOMENCLATURA 

DE US CALLES DE MONTEVIDEO 

Por el doctor Don ANDRÉS LAMAS 


(De «El Nacional», 25 de Mayo de 1843). 


PARTE OFICIAL 

Departamento de Policía. 


Montevideo, Mayo 21 de 1843. 

Tengo el honor de elevar a V. E. el proyecto 
de nomenclatura para las calles y plazas de Mon- 
tevideo. 

El plan adoptado reposa sobre una base com- 
pletamente nacional, y V. E. encontrará en los 
pliegos adjuntos las razones que me han decidido 
a la elección de cada uno de esos nombres. 

Al paso que me he apresurado a rendir homena- 
ge a las glorias nacionales, que están ya fuera del 
dominio de la discusión y son objeto de respeto 
y amor para todos los hijos de esta tierra, me he 
abstenido de tocar los nombres de contemporá- 
neos ilustres y de sucesos que deben esperar su san- 
ción de la opinión tranquila e ilustrada de nuestros 
venideros. Cuando desaparezcan las pasiones y los 



— 48 — 


intereses que ha creado la revolución, para dar 
campo a los fallos severos e imparciales de la 
historia, Montevideo, tendrá muchas y bellas ca- 
lles que ofrecer a los nombres de los guerreros, 
de los magistrados, de los hombres públicos que 
han trabajado y consolidado la independencia y 
la libertad de la Patria, sin desertar su bandera 
en los duros trances y tribulaciones con que la 
Providencia ha querido poner a prueba la pure- 
za y la verdad de sus creencias y de sus sacri- 
ficios. Sería una injusticia quitarle a los hombres 
que realmente merecen ese homenaje el derecho 
a esperarlo de la posteridad. 

En materia de nomenclatura es preciso hacer; 
sobrado se ha discutido. Así es que luego que 
una resolución del Gobierno fije la de las calles 
de Montevideo, usaré de la autorización que me 
ha conferido, para realizarla inmediatamente. 

El orden y gobierno de la ciudad, la buena 
recaudación de varios impuestos, el comercio y el 
decoro mismo de esta población, reclaman no solo 
que las calles tengan nombre, sino número las 
puertas. Realizaré, pues, simultáneamente, en uso 
de esa misma autorización, la numeración de las 
puertas, siguiendo el sistema que explica una de 
las hojas que acompañan esta nota, si el Gobierno 
lo sanciona con su aprobación. 

Dios guarde a V. E. muchos años. 

Andrés Lamas. 


Al Exmo. Señor Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores 
don Santiago Vázquez. 



— 49 - 


Programa de la nomenclatura de las calles y plazas de 

Montevideo 

Montevideo se divide en ciudad vieja y ciudad 
nueva y estas en cinco secciones; está circunda- 
da por la playa, arenales, rampla de las bóvedas 
y orillas del Plata, que da nombre a todo este 
ámbito de la ciudad ; por el costado E. desde don- 
de arranca la calle del lbicuy hasta adonde termi- 
na la calle de los Médanos en la Playa de San- 
ta Bárbara, después de pasar por entre la pro- 
piedad de Masini, y cortar la parte O. de la ca- 
ñada que limita la de los herederos de don Ma- 
nuel Vidal. 

Tiene dos Mercados ; uno, el principal, que es 
la antigua Cindadela , que queda con este nombre, 
y otro llamado mercado Chico , al que se dá el 
nombre tradicional de Mercado de Sostoa en me- 
moria del ciudadano que en los tiempos primiti- 
vos donó ese local para tal objeto. 

La plaza central de la Nueva Ciudad llamada 
de Cagancha conserva su nombre, la contigua al 
mercado de la Ciudadela por la parte E., se lla- 
mará de la Independencia , y la de la Matriz, en 
la antigua ciudad, de la Constitución , en memo- 
ria de que allí la juramos solemnemente el 18 
de Julio de 1880. 

La calle de la Ciudadela, que a derecha e iz- 
quierda parte de la plaza de la Independencia 


4 



— 50 — 


por contra el fondo E. del Mercado, proyectando, 
aproximadamente, la línea de la antigua fortifica- 
ción, divide la ciudad vieja de la nueva. 

La del Rincón , hasta ahora San Gabriel, que 
sale de la esquina E. de la casa del Gobierno y 
termina en la calle de la Ciudadela donde em- 
pieza la de Mercedes , y las de Solis y Alzaybar , 
que son las que se llamaban de Santiago y San 
Agustín, cortando la ciudad N. O. S. E., son las 
que dividen la vieja en tres secciones. 

La 1. a contenida entre las orillas del Plata por 
el N., la calle del Rincón por el S., la de la Ciu- 
dadela por el E., y por el O la de Solis. 

La 2. a entre la calle del Rincón por el N., las 
orillas del Plata por el S., la de la Ciudadela por 
el E. y la de Alzaybar por el O. 

La 8. a entre las calles de Solis y Alzaybar por 
el E. y las riberas del Plata por todos los demás 
vientos. 

La calle del 18 de Julio que parte de la Sali- 
da del Mercado por entre la plaza de la Inde- 
pendencia con dirección al E., atravesando la de 
Cagancha hasta terminar en la de los Médanos, 
divide la nueva en dos secciones; la 4. a al sud 
de dicha calle y la 5. a al N. 

Atraviesan la 1. a sección de N. a S. y en esta 
dirección también la 2. a , las calles : 

De Z AVALA Antes San Francisco. 

' Misiones » San Felipe. 

> Los Treinta y Tres ' San Joaquín. 

» ITUZAINGÓ » San Juan; termina en la calle de la 

Brecha en la 2. a sección. 



— 51 — 


De las Cámaras . . . . 
Del Cerro 

» Juncal 


» l.° de Mayo . . . . 


Antes San Fernando. 

Que pasa por el costado O. de la Casa de 
Policía. 

Que pasa por delante del mercado; por el 
S. termina en la de Ciudadela y por el 
N. en la orilla del Plata. 

La que está frente al Fuerte: desemboca 
eD la de 25 de Mayo y da nombre a 
las tres calles laterales que forma ese 
edificio. 


De E. a O. atraviesan la 1. a y en esta direc- 
ción también la 3. a 


La del 25 de Agosto. . 


» de las Piedras. . . 


» del Cerrito . . . . 
» de 25 DE Mayo. . . 
» * Rincón 


Que se apoya por el E. en la Dársena y 
pasa por delante de las Bóvedas y por 
costado Sud de la Aduana, a salir a la 
orilla del Plata. 

Que apoya por el E. en la de la Ciudadela 
y pasa a espaldas de la Dársena, cos- 
tado de San Francisco y demás que se 
llamaba de San Miguel. 

Antes San Luis. 

» San Pedro. 

» San Gabriel, que es la divisoria. 


La 2. a sección es atravesada de N. a S. como 
la 1. a por las calles: 


De ZAVALA Antes San Francisco. 

» Misiones » San Felipe. 

» Treinta y Tres. . . * San Joaquín. 

» ITUZAINGÓ > San Juan, hasta la de Brecha. 

¿ LAS CÁMARAS .... » San Fernando. 

DEL Cerro Que pasa por el costado 0. de la Policía. 

» Bacacay Que corta las manzanas números 13 y 14 

frente a la Policía. 


» Juncal Que pasa frente al Mercado y termina por 

el N. en la orilla del Plata y por el S. 
en la de la Ciudadela. 



— 52 — 


Del E. a O. y en esta dirección también a la 
3. a la atraviesan las calles: 


Del Rincón Antes San Gabriel, que es la divisoria y 

no llega a la 3. a Sección. 

» Sarandí » San Carlos. 

De Buenos aires .... » San Sebastian. 

» La Reconquista . . » San Ramón. 

» Santa Teresa ... » Del Portón Nuevo. 

» Yerbal Que empieza por el O. en la de los 33 y 

termina en la Ciudadela. 

» CamaCUÁ * comienza en la del Yerbal por el O. y 

termina en la de la Ciudadela donde 
coincide esta con la de Canelones. 

» La Brecha * comienza en la calle de las Cámaras 

dividiendo las manzanas 34 y 35 y 
termina en el Cubo del Sud sobre la 
manzana 50. 


La 3. a es atravesada de E. a O. por las calles 
expresadas en la 1. a y 2. a sección, menos la del 
Rincón y más la de Washington, antes San Diego, 
y de N. a S. por las de Solis y Alzaybar que la 
dividen de la 1. a y 2. a 


De Colon 

» Pérez Castellanos . 

» Maciel 

Del Guaraní 

De Patagones 


Del Yacaré 


Antes San Benito. 

* San Vicente. 

» Santo Tomás. 

» San José. 

El antiguo recinto desde el Fuerte de San 
José a la calle de Santa Teresa donde 
coincide la del Guaraní. 

Que atraviesa al sesgo las manzanas 99 
y 100. 


La 4. a contenida entre la calle del 18 de Julio 
por el N. y las orillas del Plata por el Sud, la de 



— 53 — 


los Médanos por el E. y la de la Ciudadela por el 
O. La atraviesan de E. a O. las calles: 


De San José 

» SORIANO 

* Canelones 

» Maldonado . . . . 

Del Miní 

De San Gabriel . . . . 

» Valles 

Del Durazno 

Isla de Flores . . . . 


Que sigue hacia el S. de la del 18 de Julio 
y termina en el Cementerio Inglés. 

Que le sigue y termina en la de Santa Lu- 
cía. 

» le sigue y termina en la de los Mé- 
danos. 

>' le sigue al Sud. 

» corta la manzana 23. 

Entre las de la Ciudadelay la Florida, fren- 
te al Cementerio Viejo. 

Al Sud del Cementerio Viejo, entre las ca- 
lles de la Florida y de los Andes. 

La que sigue al Sud de la de Maldonado. 
» » » » * » » » 


La misma sección es atravesada de N. a S. y 
en esta dirección también la 5. a 


Por la calle de la CIUDADELA que las divide de la vieja ciudad. 

Por la de la FLORIDA, que atraviesa la Plaza de la Independencia. 

Por la de los ANDES, que le sigue al E. 

De la Convención . . . Que le sigue al E. 

Del Ara pe y » » » » » 

» Dayman » » » » » 

» Río Negro .... * » * » » 

» Queguay '> » » » » 

» IBICUY » atraviesa la Plaza de Cagancha. 

» CUAREIM » le sigue al E. 

» Yí » le sigue al E. 

* YAGUARÓN » entra en la Plazoleta del Cementerio. 

La del Ejido » le sigue al E. 

La del Santa Lucía . . » atraviesa solo la 4. a sección desde la 

calle del 18 de Julio hasta la de Isla 
de Flores. 

La de los Médanos . . Límite de la ciudad. 



54 — 


La 5. a sección es atravesada de N. a S. por las 
mismas calles de la anterior, con excepción de la 
del Santa Lucía, y tiene además la 

DEL OLIMAR Que empieza en la del 18 de Julio y termi- 

na en la de Paysandú. 


La cruzan de E. a O. las calles 


Del 18 de Julio . . 
De la Colonia . . . 
De Mercedes . . . 
Del Uruguay . . . 
De Paysandú . . . 
Del Cerro Largo . 
Orillas del Plata 
Del Miguelete . . 


Que es la divisoria. 
Que la sigue al N. 


» 


» i) » » 

Que da principio en la playa y pasa por el 
costado S. de la quinta de las Albaha- 
cas, hasta la calle de los Médanos. 


La 1. a sección es compuesta de las manzanas 
números 1, 2, 3, 16, 17, 18, 19, 20, las bóvedas 21, 
22, 23, 24, 37, 38, 39, 40, 41, 42, 43, 44, 45, 55, 56, 
57, 58, 59. El muelle, la Capitanía del Puerto, 60, 
61, 62, 63, 64, 75, 76, 77, 78, 79. La Aduana 80. 

La 2. a sección es compuesta de las manzanas 
números 4, Mercado 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14, 
15, 25, 26, 27, 28, 29, 30, 31, 32, 33, 34, 35, 36, 37, 
47, 48, 49, 50, 51, 52, 53, 54, 65, 66, 67, 68, 69, 70, 71, 
72, 73, 74. 

La 3. a sección es compuesta de las manzanas nú- 
meros 81, 82, 83, 84, 85, 86, 87, 88, 89, 90, 91, 92, 93, 
94, 95, 96, 97, 98, 99, 100, 101, 102, 103, 104, 105, 106, 
107, 108, 109, 110, 111, 112, 113, 114, 115, 116, 117, 
118, 119,120, 121, 122, 123, 124. 



— 55 — 


La 4. a sección comprende las manzanas núme- 
ros 164, 165, 166, 167, 168, 169, 170, 171, 172, 
163, 14, 19, 20, 23, 13, 15, 18, 21, 24, 128, 128 bis, 

12, 16, 17, 22, 25, 127, 127 bis, 30, 29, 28, 27, 

26, 126, 126 bis, 40, 41, 42, 43, 44, 125, 125 bis, 

49, 48, 47, 46, 45, 123, 124, 60, 61, 62, 63, 64, 

122, 121, 69, 68, 67, 66, 65, 119, 120, 80, 81, 
82, 83, 84, 118, 117, 89, 88, 87, 86, 85, 116, 114, 
108, 109, 110, 111, 112, 113, 145, 146, 147, 148, 
144, 143, 142; contienen el Cementerio General 
y el Inglés, y los terrenos destinados para corra- 
les del abasto público. 

La 5. a sección comprende las manzanas núme- 
ros 156, 157, 158, 159, 160, 161, 162, 2, 5,6, 135, 
135 bis, 1, 3, 4, 7, 136, 136 bis, 11, 10,9, 8, 137, 
137 bis, 31, 32, 33, 34, 138, 138 bis, 39, 38, 37, 
36, 35, 35 bis, 50, 51, 52, 53, 54, 54 bis, 55, 55 
bis, 56, 57, 58, 59, 70, 71, 72, 73, 74, 97, 97 bis, 
79, 78, 77, 76, 75, 98, 98 bis, 90, 91, 92, 93, 94, 95, 
95 bis, 96, 96 bis, 99, 100, 103, 104, 107, 106, 
155, 154, 153, 141, 140, 139, 152, 151, 150, 149; 
contienen además el muelle de Valentín y las 
calles proyectadas sobre la orilla del río. 

En la explicación de las manzanas de estas dos 
secciones se ha seguido el orden en que están nu- 
meradas. Se ha debido conservar esa númeración 
por que a ella se refieren los títulos de propie- 
dad de todos esos terrenos. 

Las tablas de la Primera Sección son fondo 
blanco, letras negras. 

Las de la 2. a fondo café, letras blancas. 

Las de la 3. a fondo negro, letras blancas. 



— 66 — 


Las de la 4. a fondo amarillo, letras negras. 

Las déla 5. a fondo plomo obscuro, letras blancas. 
Las tablillas llevan en su extremo superior a 
la derecha el número de la sección, y a la izquier- 
da el de la manzana. 


MOTIVOS QUE HAN DECIDIDO LA ELECCIÓN DE ESOS 

NOMBRES 

De Colón (Cristóbal). — El sacó a la América 
de la noche profunda en que yacía olvidada. La 
descubrió y de él data su civilización. La pobla- 
ción actual de América debe reconocer a Colón 
como su patriarca. Una injusticia dió a otro el 
honor de que su descubrimiento se distinguiese 
con su nombre. Montevideo, como todos los pue- 
blos americanos, debe consagrar un recuerdo du- 
radero a ese grande hombre. 

De Solis (Juan Díaz de). — Célebre cosmógra- 
fo que dió a conocer completamente nuestro mag- 
nífico río de la Plata. Dejó con su sangre escri- 
to su nombre en la topografía del país. 

De Zabala (D. Bruno Mauricio de ). — Fundó 
a Montevideo en 1726. —Ilustre fué el que puso 
la piedra fundamental de Montevideo. Nuestra po- 
blación no debe su raíz a uno de esos aventure- 
ros que abordaban las costas de América y cla- 
vaban su bandera al ocaso. Zabala comprendió 
el error de sus predecesores y sus representaciones 
a la corte de España sobre el descuido con que 
se miraba este punto, capital para la dominación 



— 57 — 


del Río de la Plata, son de raro mérito. Zabala 
era digno de dar origen a nuestra patria. Caba- 
llero leal, intrépido, pundonoroso, ilustre en las gue- 
rras europeas, defendió este terreno de la codicia 
de Portugal y venció a los franceses que al man- 
do del capitán Estevan Moreau trataron en 1720 
de establecerse en Castillos. Zabala amaba a su 
ciudad; se arraigó aquí y sus descendientes aún 
viven en la casa paterna, en la misma calle que 
hoy lleva su apellido . 

De Alzaybar ( D. Francisco ). — Principal po- 
blador de Montevideo. Obtuvo franquicias y una 
protección que dió impulso a esta población. La 
defendió con ardor y suceso contra las pretensio- 
nes fiscales de los empleados de la real hacienda 
de Buenos Aires El nombre de Alzaybar está 
ligado a todas las empresas que en los tiempos 
primitivos dieron crecimiento a Montevideo . 

De Maciel ( D. Francisco Antonio ). — Fundó 
el Hospital de Caridad y edificó con fondos su- 
yos la iglesia de ese nombre, por cuyo frente pa- 
sa la calle a que se dá su apellido. Era la per- 
sonificación del hombre sensible y filantrópico. Su 
fin correspondió a su vida: murió peleando por 
la tierra contra los ingleses en 1807. Su muerte 
causó en esta ciudad un duelo público. 

De Pérez Castellanos ( El doctor don Manuel 
José). — Donó los elementos para la formación de 
nuestra biblioteca pública, y una casa para ella. 
Este servicio importantísimo hecho a la instruc- 
ción y al porvenir de la inteligencia nacional, 
merece un monumento de gratitud. 



— 58 — 


De Washington. - Este no es un nombre céle- 
bre de la República Oriental, ni del Río de la 
Plata, ni de ninguno de los pueblos hispano - ame- 
ricanos. Pero Washington es el grande institutor 
del gobierno republicano representativo, único ca- 
paz de echar raíces en nuestro continente. La 
Europa no presenta virtud tan sensible y tan in- 
mensamente benéfica para la libertad de los ame- 
ricanos y de la humanidad entera. Es el coloso 
de patriotismo, ante cuya memoria se humilla el 
guerrero, el magistrado, el hombre público de todo 
pueblo libre. Nos pertenece como Colón, como él 
nos ha hecho el bien, y con motivos más puros, 
como a él debemos honrarle. 

Del Guaraní. — Este era el nombre de la tribu 
que ocupaba el territorio Oriental en tiempo de 
la conquista. Justo era consagrar un recuerdo a 
los que nos precedieron en este suelo ; a la tribu 
altiva y vigorosa, que ha dejado las huellas de 
su inmensa conquista en la nomenclatura del país, 
que se estiende desde la boca del Uruguay hasta 
el Orinoco . 

De la Brecha. — Se ha colocado este nombre 
para conservar la tradición de la que abrieron los 
ingleses en 1807. Está exactamente en la parte 
de la antigua fortificación, que describe la irre- 
gular calle que hoy existe donde se alzaba el mu- 
ro que desmoronó el cañón británico. 

En esa lucha la población de Montevideo no 
fué feliz, pero desplegó grande virtud patriótica 
y fue como un ensayo para sus posteriores ha- 
zañas. 



— 59 


De la Reconquista. — Recuerda la gloriosa re- 
conquista de Buenos Aires del poder británico en 
1806, en que la población de Montevideo tuvo 
una bella parte, y que mereció a esta ciudad el 
nombre de Reconquistadora con que coronó su 
esfuerzo la corte de España. Casi no hay familia 
de Montevideo que no pueda gloriarse de haber 
tenido un pariente entre los héroes de aquel me- 
morable triunfo. 

De San José. — Recuerda la victoria ganada 
por las armas patriotas al mando del General 
don José Artigas, el 26 de Abril de 1811, contra 
las fuerzas realistas del teniente coronel Busta- 
mante. 

De las Piedras. — Recuerda la victoria alcan- 
zada por las armas patriotas al mando de los 
jefes don José Artigas y don Benito Alvarez, el 
18 de Mayo de 1811, contra las realistas que 
acaudillaba el jefe español Posadas. 

Del Cerrito. — Recuerda la victoria obtenida 
el 31 de Diciembre de 1812, por el Greneral don 
José Rondeau contra las tropas realistas manda- 
das por el Mariscal don Gaspar Vigodet, gober- 
nador de Montevideo. 

Del Rincón. — Recuerda la victoria alcanzada 
el 24 de Setiembre de 1825, por las tropas Orien- 
tales al mando del Greneral don Fructuoso Rive- 
ra sobre las brasileras imperiales, regidas por el 
coronel Jardín. 

Del Sarandí. — Recuerda la victoria obtenida 
en la Orqueta del Sarandí el 12 de Octubre de 
1825, por las tropas Orientales al mando del Ge- 



— 60 — 


neral don Juan Antonio Lavalleja, sobre las im- 
periales al mando del coronel Bentos Manuel Ri- 
veiro. 

De Ituzaingó. — Recuerda la victoria alcanza- 
da el 20 de Febrero de 1827, en Ituzaingó, te- 
rritorio brasilero, por el ejército republicano al 
mando del General don Carlos María Alvear con- 
tra el grande ejército imperial regido por el Ge- 
neral Márquez de Barbacena. 

Del Juncal. — Recuerda la victoria naval ob- 
tenida el 9 de Febrero de 1827, por la escuadra 
patriota al mando del General don Guillermo 
Brown, contra la imperial a las órdenes del jefe 
de escuadra don Jacinto Roque de Sena Pereira. 

De Misiones. — Recuerda la audaz toma de los 
siete pueblos de Misiones el 23 de Abril de 1828, 
por el General don Fructuoso Rivera, que espulsó 
de ellos a los imperiales. 

Del Cerro, — Recuerda el victorioso ataque 
del Cerro, el 9 de Enero de 1826, por las fuerzas 
patriotas a las órdenes del coronel don Manuel 
Oribe, contra las imperiales. 

Santa Teresa. — Recuerda el victorioso ataque 
de Santa Teresa, el 31 de Diciembre de 1826, por 
los patriotas al mando del coronel don Leonar- 
do Olivera, contra los imperiales. 

De Patagones. — Recuerda la victoria alcan- 
zada por las armas patriotas, el 7 de Marzo de 
1827, al mando de los jefes don Santiago Jorge 
Bysson y don Martín Lacarra, sobre las fuerzas 
imperiales de mar y tierra mandadas por el jefe 
James Sheperd. 



— 61 — 


Del Yacaré, Bacacay, Yerbal, Camacua, San 
G-abriel, Valles, Laguna Miní. — Nombres de 
lugares ilustrados por lances gloriosos de las ar- 
mas de la República, en la campaña del Brasil 
en los años de 1827 y 1828. 

Del 18 de Julio. — El 18 de Julio de 1830, el 
día en que juramos el Código Constitucional que 
consolida los grandes beneficios de la Independen- 
cia, que asegura los derechos del ciudadano y que 
es la base de nuestro progreso, bien merecía, y 
se consagra a su memoria la más hermosa calle 
de Montevideo. 

Del 25 de Agosto. — El 25 de Agosto de 1825 
las tropas del Imperio del Brasil ocupaban las pla- 
zas fuertes y casi el todo de nuestro territorio. 
Escasísimo era el número de los bravos que regi- 
dos por los generales D. Juan Antonio Lavalleja 
y don Fructuoso Rivera llamaban a las armas al 
patriotismo nacional; pero fuertes en su concien- 
cia y en la santidad de la causa de la patria, sus 
representantes se colocaron intrépidamente entre 
la victoria o la muerte. Todo oriental se compla- 
ce en recordar la célebre acta del 25 de Agosto. 

Del 25 de Mayo. — Es el día de América. El 
pensamiento de Independencia y libertad surgió 
en él en toda su pureza. Ese dia para todo ame- 
ricano es providencial y digno su recuerdo de un 
culto de veneración y amor. El tiempo que pase 
lo hará más santo: porque cada nuevo día mues- 
tra la nueva civilización que creó, marchando a 
grandes destinos. 

Del I.° de Mayo. — Recuerdo al l.° de Mayo 



— 62 — 


de 1829, en que esta capital, libre ya de la domi- 
nación estranjera, recibió en su seno al gobierno 
Nacional. 

De los Treinta y Tres. — Recuerdo de los trein- 
ta y tres patriotas orientales que el 19 de Abril 
de 1825 se arrojaron valientemente a las playas 
de su patria y dieron el grito de libertad. 

De la Convención. — Recuerda la firmada en 
Río de Janeiro el 27 de Agosto de 1828, entre 
los Plenipotenciarios de la República Argentina y 
los del Imperio del Brasil, por la que estas dos 
Potencias, bajo la mediación de la Gran Bretaña, 
reconocen y declaran la soberanía e independen- 
cia del Estado Oriental del Uruguay. Las ratifi- 
caciones de este pacto de honor y de justicia, que 
consagra el inalienable derecho que tiene nuestro 
país, como todo pueblo independiente, para cons- 
tituirse y gobernarse como juzgue más convenien- 
te a sus intereses, necesidades y recursos, fueron 
canjeadas en Montevideo el 4 de Octubre de 1828. 

De la Florida. — El nombre de este pueblo bien 
merece un recuerdo especialísimo; allí se instaló 
el 20 de Agosto de 1825 la primera Legislatura 
del Estado, que cinco días después proclamó su 
independencia. 

De Mercedes. — En memoria del primer pueblo 
del Estado en que, en 1811, se proclamó en ar- 
mas la libertad del país. 

De las Cámaras. — En honor del Poder Legis- 
lativo del Estado. 

De Buenos Aires. - En recuerdo de este pue- 
blo ilustre en la historia general del Rio de la Pla- 
ta y en la particular de este país. 



— 63 — 


De la Ciud adela. — Para conservar el recuerdo 
de nuestras antiguas fortificaciones, cuya línea in- 
dica aproximadamente la calle a que se da el nom- 
bre de la Ciudadela que dominaba esas obras. 

Del Ejido. — Para conservar la tradición del 
antiguo Ejido de Montevideo, por cuya línea pasa 
la calle a que damos ese nombre. 

De los Médanos. — Este nombre es tomado de 
los que existen en los extremos de la calle que 
sirve de término a la ciudad. Esos médanos son 
célebres en las guerras de la independencia del 
país. Entre muchos recuerdos gloriosos, se cuenta 
el del ataque que el Gobernador Elío hizo a las 
baterías en ellos establecidas en 1811 , y en el que 
fué completamente rechazado. Este suceso aniqui- 
ló las últimas esperanzas de aquel hombre tenaz 
y emprendedor. 

De Canelones, Colonia, Soriano, Paysandú, 
Cerro Largo, Maldonado, Durazno. — Nombres 
de los Departamentos del Estado, que no han sido 
mencionados con algún otro motivo; y en testimo- 
nio de la estrecha fraternidad que liga a los pue- 
blos de la República. 

Río de la Plata, Uruguay, Rio Negro, Cua- 
reim, Arapey, Ibicuy, Dayman, Queguay, Yí, Ya- 
guarón, Olimar, Santa Lucía, Miguelete, Isla 
de Flores. — Nombres tomados de la topografía 
del Estado, y que en gran parte, son indígenas. 
Los objetos a que pertenecen deben recordarse siem- 
pre porque están ligados en ellos grandes gérme- 
nes de prosperidad futura con gloriosas tradicio- 
nes. No hay uno sólo de esos ríos que no haya 



— 64 — 


visto sus aguas mezcladas con sangre oriental; que 
no se haya conmovido en su lecho al estrépito de 
nuestros potros y al estridor de nuestros sables. 
Todos han sido testigos de alguna proeza. El Ibi- 
cuy, por ejemplo, vió azotarse en sus aguas un 
puñado de orientales, que desnudos, con el sable 
en la boca, pasaron a derribar el estandarte im- 
perial que flotaba en las Misiones Orientales, de- 
cidiendo con este acto audaz el término de la lu- 
cha con el Brasil. 

De los Andes. — Al dar a una de nuestras ca- 
lles el nombre de ese magnífico rasgo de la Amé- 
rica Meridional, se ha querido consagrar con él 
un hermoso recuerdo de gloria nacional . Los An- 
des han visto abrirse a sus pies desde la Cuesta 
de Chacabuco hasta las faldas del Chimborazo y 
•del Condorkandí, los más gloriosos campos de ba- 
talla de la guerra de la independencia Sud- Ame- 
ricana. En ninguno de ellos dejaron de brillar las 
espadas del Rio de la Plata, y en muy pocos las 
de su margen oriental. La memoria de estos va- 
lientes orientales es la que especialmente quere- 
mos conservar. 

Del Paraná, Paraguay. — Al llamar dos de 
nuestras calles con los nombres de estos ríos, par- 
ticularmente del primero, se ha querido fijar sobre 
ellos y conservar viva la atención pública, y en 
especial de la generación que se levanta. Se la 
convida a que estudie el destino que preparan a 
su patria esos espléndidos raudales en sus relacio- 
nes con el Plata y el Uruguay, que se colocan en- 
tre los nombres tomados de la geografía del país. 



— 65 — 


Verá nacer al Paraná en las regiones auríferas 
del Brasil, y correr en una dirección que, en ge- 
neral, puede considerarse al Oeste desde su naci- 
miento hasta la ciudad de Corrientes, donde se 
une al Rio Paraguay, y desde aquí al Sur hasta 
desaguar en el Plata. Le verá abrirse diversos y 
multiplicados caminos con la parte más importan- 
te de este Continente, y observará que su curso 
en el sentido de los meridianos, le hace recorrer 
países tan variados en temperamento como en pro- 
ducciones; circunstancia rarísima, hecho que casi 
puede llamarse excepcional en la geografía uni- 
versal, donde no se ve repetido muchas veces; y 
comprenderá sin esfuerzo, el inmenso porvenir de 
riqueza que esos ríos prometen a los pueblos del 
Río de la Plata y, singularmente, a Montevideo, 
destinado por el cielo a ser uno de los emporios, 
sino el primero del comercio e industria de estas 
regiones. 


Montevideo, Mayo 21 de 1843. 


Andrés Lamas. 



— 66 — 


Sistema de numeración para las puertas de la ciudad 


La numeración de las puertas de Montevideo 
principia : en las calles que corren de E. a O., 
por el extremo Oeste. 

En las que corren de N. a S., por el extremo 
Norte. 

La numeración de la ciudad antigua termina en 
la calle de la Cindadela , que la divide de la nue- 
va; y allí arranca la numeración de las puertas 
de esta en el orden de la anterior. 

En una y otra, los números impares se colo- 
carán a la derecha de la calle, y los pares a la 
izquierda. 

Cuando suceda encontrarse una cuadra que en 
su totalidad o en su mayor parte, esté sin edifi- 
car, se reservarán en la Receptoría de Policía, 
los números que se consideren necesarios para 
ella, con objeto de entregarlos al propietario lue- 
go que edifique ; y la numeración continuará en 
la cuadra siguiente, como si estos números hu- 
bieran sido colocados. 

Todo propietario que abra una nueva puerta en 
las cuadras edificadas, tienen la positiva obliga- 
ción, que se consignará por una resolución especial, 
de colocar en el momento de abrirla el número 
de la puerta inmediata anterior, agregando al nú- 
mero la primera letra del alfabeto, si es una, la 
primera a una, y la segunda a otra si son dos; 



- 67 — 


y así sucesivamente. Esto mismo se hará cuando 
sean insuficientes los números reservados para al- 
guna cuadra que hoy se halle sin edificar. 

Las tablillas que contengan los números serán 
iguales a los que ahora repartirá la Policía, y se co- 
locarán sobre la puerta, en el centro de esta, como 
va a verificarse. 

La conservación de los números, es de cargo de 
los propietarios. 

Montevideo, Mayo 21 de 1843. 

Andrés Lamas. 


Ministerio de Gobierno. 


Montevideo, Mayo 22 de 1843. 


En la comunicación con que el señor J efe Político 
adjuntó al Superior Gobierno, el programa de la 
nomenclatura de esta capital y la numeración de 
las puertas de ella, el Gobierno con esta fecha ha 
expedido el siguiente decreto : 

(( El Gobierno ha examinado con detención e in- 
terés las laboriosas tareas que el Jefe Político y 
de Policía ha consagrado al arreglo de la nomen- 
clatura de las calles, tantas veces intentada y aún 
pendiente; aprueba en el todo el sistema y su apli- 
cación y resuelve se lleve a efecto, así como la nu- 
meración propuesta para las puertas, recomendan- 
do la mayor prontitud en la ejecución, con el objeto 
de que, si es posible, en el día Aniversario del que 



— 68 — 

dió mérito a tantos recuerdos, se vea consagrado el 
presente: Comuniqúese al señor Jefe Político con in- 
serción de este decreto para su satisfacción, y pu- 
blíquese todo el 25 de Mayo». 


SüÁREZ. 

Santiago Vázquez. 


El que se transcribe a V. S. con los programas 
respectivos para el cabal cumplimiento de lo que 
se dispone. 

Dios guarde a V. S. muchos años. 

Santiago Vázquez. 

Señor Jefe Político y de Policía del Departamento don Andrés 

Lamas 


Departamento de Policía. 

Cúmplase, acúsese recibo. 


Lamas. 


Montevideo, Mayo 23 de 1843. 

Tengo el honor de elevar a V. E. el proyecto 
de una asociación literaria con el nombre de Ins- 
tituto Histórico y Geográfico Nacional. 



69 — 


Las asociaciones son el gran motor de los pro- 
gresos del siglo : ellas dan nombre a las más pre- 
ciosas conquistas de la civilización contemporánea 
y la que propongo a la ilustrada consideración 
de Y. E. creo, hace mucho tiempo, que es una ne- 
cesidad nacional bajo diversos aspectos. 

Por su faz literaria será una completa novedad. 
Estas regiones no han sido estudiadas en ningún 
sentido : todo está por explotar y la Europa poco 
más sabe de ellas que merezca apreciarse, que lo 
que le han dicho Azara y D’Orbigni. El miste- 
rio que envuelve nuestra naturaleza física, es co- 
mún a nuestra historia, generalmente desconoci- 
da, hasta de gran parte de los hijos de estas re- 
giones. — Promover el gusto por estos estudios, co- 
nocer y valorar las condiciones geográficas de 
nuestro país, los destinos a que ellas lo llaman ; 
organizar su estadística, sin cuyo pleno conoci- 
miento es imposible establecer sobre bases sólidas 
ningún sistema de administración y de rentas, 
son de los primordiales objetos del Instituto. 

Formar un depósito de manuscritos, libros, ma- 
pas, etc., pertenecientes a la historia antigua y 
moderna de estas regiones, es otro de sus encar- 
gos. Así se salvarán preciosísimos documentos, per- 
didos totalmente para nosotros, porque están con- 
denados a una oscura destrucción o a salir al ex- 
tranjero, donde no son cabalmente estimados por 
su mismo aislamiento. Este depósito especial lleva- 
do a la altura que puede dársele, es capaz, por sí 
solo, de dar celebridad literaria al pueblo america- 
no que lo posea. 



70 — 


Si el establecimiento echa raíces, como confia- 
damente lo espero, él podrá en adelante abrir al- 
gunas cátedras, regenteadas por individuos de su 
seno, donde la historia y los principios de admi- 
nistración puedan ser explicados sobre bases y 
datos nacionales. Podrá también tratar de resu- 
citar en su posible pureza la lengua guaraní que 
hablaron los señores de este país antes de la con- 
quista : el estudio de sus costumbres, la historia 
política y militar de aquella nación interesante. 
El conocimiento de esa lengua, puede ser, con el 
tiempo, un medio de ensanchar el terreno que 
domina nuestra actual civilización : ella se habla 
con pocas alteraciones, en las últimas clases de 
la gente de nuestra campaña y en el inmenso 
litoral del Paraná, Uruguay y Paraguay. 

Grande interés y utilidad ofrece el estableci- 
miento, si se le considera bajo otro punto de vis- 
ta más inmediato. La reunión de todos los hom- 
bres de letras que tenga el país, llamados a des- 
pojarse, en las puertas del Instituto, de sus pre- 
venciones y colores políticos, para entrar a él a 
ocuparse tranquilamente, en objetos de interés 
común y permanente, empezará por aproximarlos 
y acabará tal vez por nivelar las opiniones to- 
das y reunirlas en el centro de la utilidad y la 
gloria de esta Patria, en que tanto noble, bello y 
útil puede ejecutarse. 

Confío, señor Ministro, en que la creación del 
Instituto y en momentos como los actuales, será para 
muchos un objeto de solaz para el espíritu agi- 
tado por las duras escenas de las guerras, y para 



— 71 


todos una prueba de las miras civilizadoras del 
Gobierno, que se empeña en echar fundamentos 
de grandes edificios sociales, cuando todo cons- 
pira a minar los elementos de la sociedad. 

Espero que el Superior Gobierno, a quien Y. E. 
se dignará elevar este proyecto, le acogerá con 
patriótico celo, y que V. E. sabrá apreciar el es- 
píritu que me guía al proponerlo. 

Tengo el honor de ser, señor Ministro, de V. E. 
muy obsecuente servidor. 


Andrés Lamas. 


Al Exmo. Señor Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores, 
don Santiago Vázquez. 


Bases del Instituto Histórico y Geográfico Nacional 

Artículo l.° Se establece una asociación de hom- 
bres de letras bajo la denominación de Instituto 
Histórico y Geográfico Nacional. 

Art. 2.° El Gobierno toma al Instituto bajo su 
especial protección, en cuanto dependa de sus 
atribuciones, y oportunamente propondrá a la H. 
Asamblea General que lo coloque bajo la protec- 
ción de la República. 

Art. 3.° Los objetos principales de los trabajos 
del Instituto, son la Historia y la Geografía del 
Río de la Plata, especialmente de la República. 



— 72 — 


La Estadística General de esta última es tam- 
bién un objeto accesorio. 

Art. 4.° El Instituto se dividirá, por consiguien- 
te, en tres secciones: 1. a de historia; 2. a de geo- 
grafía; 8. a de estadística. Cada sección compren- 
derá su ramo en todas sus relaciones. 

Art. 5,° El Instituto se compondrá de socios 
fundadores, socios de número y socios correspon- 
sales. En la constitución o reglamento del cuer- 
po, se arreglará el modo en que cada socio, se- 
gún su clase, ha de contribuir al sostén del es- 
tablecimiento. 

Art. 6.° Los socios fundadores serán veinte. El 
Gobierno nombrará, desde luego, ocho de ellos, y 
en seguida hará el nombramiento de los restan- 
tes, hasta completar el número a propuesta de los 
ocho primeros, que se reunirán para hacerlo, tan 
pronto como puedan después de nombrados. El 
Gobierno extenderá los diplomas de todos los so- 
cios fundadores tan luego como los nombre. 

Art. 7.° Los socios de número y los correspon- 
sales serán nombrados por el Instituto, a propues- 
ta de tres, al menos de los fundadores : y la mis- 
ma corporación les extenderá sus diplomas. El 
número de estos socios es ilimitado. 

Art. 8.° El Gobierno creará y dotará una mesa 
de estadística, que se organizará bajo la dirección 
del Instituto del que será dependiente. 

Art. 9.° Queda igualmente colocado bajo la di- 
rección y especial cuidado del instituto, el archi- 
vo general. Los empleados de éste, aunque con- 
tinúen siendo dotados por el tesoro nacional, se 



— 73 — 


considerarán empleados del Instituto en las cla- 
ses, con los goces y responsabilidades que hoy 
tienen. 

Art. 10. El instituto tendrá la inspección de la 
comisión topográfica , y será obligación de esta 
dar, de oficio, al Instituto los informes y datos 
topográficos, estadísticos o de otra naturaleza que 
él le pida . 

Art. 11. El Instituto dará así mismo al Poder 
Ejecutivo los informes que este le pida, sobre ob- 
jetos de su competencia, por conducto del Ministe- 
rio de Gobierno. Esos informes se tendrán siempre 
por actos oficiales. 

Art. 12. El Instituto desde el momento de su 
primer instalación, se ocupará en reunir toda 
clase de libros, memorias, manuscritos, documen- 
tos, mapas, dibujos o pinturas de trajes y cos- 
tumbres, medallas, retratos, autógrafos y otros 
objetos relativos a la Historia , a la Geografía , y 
a la Estadística de la América del Sud, así anti- 
gua como moderna, dando siempre preferente 
atención al Río de la Plata y especialísima al 
territorio de la República. 

Art. 13. Reunirá así mismo en su depósito un 
ejemplar, al menos, de todo libro, folleto, perió- 
dico u otra cualquiera producción impresa ; co- 
mo también de cada dibujo o lámina, que haya 
aparecido, o en adelante apareciere, en las im- 
prentas y talleres de la República 

Art. 14. Los objetos, de cualquier clase, que 
individuos particulares depositen en los archivos 
del Instituto, sin hacerle donación de ello, perte- 



74 — 


necerán siempre a sus dueños. Los que el Insti- 
tuto adquiera por compra, donación u otro tí- 
tulo, pertenecerán a la Corporación; y en caso 
de que ésta deje de existir, por cualquier motivo 
que sea, pasará a la Biblioteca Nacional, como 
propiedad pública. 

Art. 15. Los Socios Fundadores , desde el ins- 
tante de su nombramiento, se constituirán en 
comisión permanente hasta la instalación del Ins- 
tituto y se ocuparán : 

1. ° En formar un proyecto de reglamento o 

constitución del Instituto. 

2. ° En abrir relaciones con el extranjero, sobre 

objetos de su competencia. 

3. ° En procurar, recibir, clasificar y conservar 

los libros, manuscritos, mapas y todos los 
demás objetos que pueda descubrir, y obte- 
ner de la generosidad de sus actuales posee- 
dores. 

4. ° De vigilar en la conservación del Archivo 

General, de ordenar y dirigir el arreglo del 
mismo por sus propios empleados, que de- 
ben ejecutar las instrucciones de la Comi- 
sión del Instituto . 

5. ° En hacer la elección de los Socios de Número, 

que crean conveniente elegir, antes de la so- 
lemne instalación del Instituto. 

6. ° En preparar todo lo necesario para esa ins- 

talación, debiendo el Presidente de la mis- 
ma Comisión presidir las sesiones preparato- 
rias del Cuerpo todo . 



— 75 — 


Art. 16. La Constitución o Reglamento, que 
menciona el párrafo l.° del artículo anterior, de- 
berá comprender, a más del régimen de las sesio- 
nes del Instituto, las distribuciones de los traba- 
jos y los métodos más oportunos para : 

1. ° Estudiar la historia y la geografía de la 

parte del mundo a que contrae sus tareas. 

2. ° Difundir los conocimientos históricos y geo- 

gráficos en todas las clases. 

3. ° Promover en la juventud el gusto por esos 

estudios, y ofrecerle fuentes puras, en que 
beba sus conocimientos . 

4. ° Hacer, en memorias o discursos, aplicaciones 

de los conocimientos geográficos y de los 
datos estadísticos, a las necesidades y mejo- 
ras del comercio, de la navegación, de la 
industria y de la administración de la Re- 
pública. 

5. ° Señalar y adjudicar uno o más premios anua- 

les a trabajos análogos a los objetos del Ins- 
tituto . 

6. ° Abrir y ensanchar, cuanto posible sea, sus 

relaciones con el extranjero para la adqui- 
sición de todas clases de objetos y materia- 
les, relativos a las tareas de la corporación. 

Art. 17. El Instituto agregará a sus trabajos 
algunos jóvenes de los que más se distingan en 
sus estudios preparatorios, a los que ocupará en 
copiar, arreglar y cuidar los documentos y mate- 
riales de los archivos del Instituto ; de tal mane- 



— 76 — 


ra, que se vayan formando los necesarios conoci- 
mientos, para aumentar el número de los socios 
o reemplazar a los que vayan desapareciendo. 

Art. 18. Luego de instalado el Instituto, la Co- 
misión de los socios fundadores , de que habla el 
artículo 15, le dará cuenta de todos sus trabajos, 
le entregará todos los objetos que hubiere reuni- 
do y quedará disuelta. 

Art. 19. Todas las comunicaciones que el Ins- 
tituto tuviere que hacer al Gobierno o a cuales- 
quiera Corporaciones Nacionales, las dirigirá por 
el Ministerio de Gobierno, que les dará la conve- 
niente dirección. 

Art, 20. El Gobierno destinará oportunamente 
un local cómodo y decente para las sesiones del 
Instituto, su Biblioteca y demás anexidades. 


Montevideo, Mayo 23 de 1843. 


Andrés Lamas. 


Ministerio de Gobierno. 


Montevideo, Mayo 25 de 1843. 


En la nota de fecha 23 de este, con que acom- 
paña el señor Jefe Político el proyecto de una 
Asociación Literaria con el nombre de Instituto , 
Histórico y Geográfico Nacional , que somete a la 
aprobación del Gobierno, ha recaído el Decreto 
que sigue : 



— 77 — 


Se aprueba en todas sus partes el proyecto que 
expontáneamente ha elevado el señor Jefe Polí- 
tico, para la creación del Instituto Histórico y 
Geográfico Nacional : se declara que el Gobierno 
ha visto en ese pensamiento una prueba muy hon- 
rosa de las miras patrióticas y elevadas de su au- 
tor ; y deseando solemnizar del modo que las cir- 
cunstancias lo permiten, este día de gloriosa me- 
moria para la América, decreta en él la creación 
de aquel Gran Establecimiento, depósito de los 
recuerdos y monumentos, de las hazañas y glorias 
que ilustraron la Causa de la Independencia de 
estas Regiones. Ténganse todos y cada uno de 
los artículos del proyecto, como resolución del 
Gobierno a cuyo fin se publicarán el día de hoy 
en este Decreto. 

Y para cumplir con lo dispuesto en el artículo 
6.°, el Gobierno nombra socios fundadores del 
Instituto Histórico y Geográfico Nacional , a los 
señores don Melchor Pacheco y Obes, Andrés La- 
mas, Teodoro Miguel Yilardebó, Manuel Herrera 
y Obes, Cándido Juanicó, Florencio Yarela, Fer- 
mín Ferreira, José Rivera Indarte. 

Extiéndanseles los diplomas en forma, sellados 
con el sello del Gobierno, firmados por el Presi- 
dente de la República y refrendados por el Mi- 
nistro Secretario en el Departamento de Gobierno. 


SüÁREZ. 

Santiago Vázquez. 



— 78 — 


Lo que se transcribe al señor Jefe Político para 
su conocimiento y demás efectos. 

Dios guarde a V. S. muchos años. 

Santiago Vázquez. 

Sefior Jefe Político y de Policía del Departamento, don An- 
drés Lamas . 



INTRODUCCION 


a la 

HISTORIA DE LA CONQUISTA DEL PARAGUAY 
RIO DE LA PLATA Y TUCUMAN 

Escrita por el P. José Guevara 

Por DON ANDRES LAMAS 


I 

El P. José Guevara nació en Rocas, Castilla 
la Nueva, el día 11 de Marzo de 1719 C 1 ): entró 
en la Compañía de Jesús el 12 de Marzo de 1734, 
y profesó el 30 de Agosto de 1752. 

Distinguiéndose por su talento y por su ins- 
trucción, dictó filosofía en el Colegio Máximo de 
Córdoba, y relativamente joven, fué elegido para 
sustituir al famoso P. Pedro Lozano en el cargo 
de cronista de la Orden en la Provincia del Pa- 
raguay. 

Después de esa elección hizo varios viajes: es- 
tuvo en la Asunción, en Corrientes, en Santa Fé, 
en Buenos Aires y en Mendoza; luego en Tucu- 


(1) D. Pedro de Angelis dice, equivocadamente, que nació en 1720. 
Las noticias que aquí damos son tomadas de documentos auténticos. 



mán y Salta: ignoramos el objeto preciso de esos 
viajes, pero suponemos que ellos se relacionarían 
con su misión histórica. 

En 1766 ya existían copias de su historia ; pero 
él se ocupaba todavía de la revisión que había 
emprendido cuando se verificó el estrañamiento 
de su Orden. 

Su persona y sus papeles fueron secuestrados 
en la estancia Santa Catalina, jurisdicción de Cór- 
doba, que era donde estaba residiendo. 

El doctor don Antonio Aldao, nombrado por 
el Gobernador Bucarelli para recibirse de los ar- 
chivos de la Compañía, llevaba orden especial de 
remitir a Buenos Aires el manuscrito del P. Gue- 
vara, como lo hizo. 

El mismo Guevara fué trasladado a esta ciu- 
dad, desde donde se le embarcó en la fragata 
española ((Venus», que se hizo a la mar en el 
mes de Setiembre del año 1767. 

Llegado a puerto español pasó a Italia. 

Allí se le acogió con distinción; escribió dife- 
rentes libros, y falleció siendo canónigo de Spello 
el 25 de Febrero de 1806. O) 

Apesar del secuestro del manuscrito de su his- 
toria en Santa Catalina, el P. Guevara tenía otro 
en Italia. 

El P. Hervás, al tratar de la Lengua pampa 
y de sus afinidades con la querandi o kerandi , 


( 1) D. Pedro de Angelis dice, — cual fue la suerte del P. Guevara 
después de la espulsión; donde y como acabó sus días, lo ignoramos 
igualmente. (Discurso prel. a la historia del P. Guevara.) 



— 81 — 


habla de los manuscritos del Abate don José Gue- 
vara, que había leído. G) 

Y tanto el P. Caballero < 1 2 ) como recientemen- 
te los P.P. Backer, ( 3 4 ) afirman que el P. Gue- 
vara trabajaba en su historia y no la había dado 
por concluida. G) 

Como se verá en la noticia de sus obras, que 
damos en seguida, el P. Guevara había variado 
el título que llevan las copias de su historia que 
quedaron entre nosotros. 

OBRAS DEL P. JOSÉ GUEVARA 

Dissertatio Antiblasiana, seu Blasius admoni- 
tor in Blasium Commonitorem. (Venetiis, 1775, 
typis Tornee Bettinelli ). 

Dissertatio histérico-dogmática de Sacrarum ima- 
ginum cultu religioso quatour epochis complectens 
dogma et disciplinam Ecclesise super Sanctas ima- 
gines. ( Fulginise, 1789, typis Jesualdi Fojí, in4.°). 

Dissertazioni sopra gli oracoli nella quale si fa 
manifestó contra Fontanelle che ií demonio ebbe 
parte negli oracoli degli antichi. ( Foligno (sin fe- 
cha) in 8.°). 

(1) Catálogo délas lenguas, etc. Por el M. D. Lorenzo Hervás. 
Madrid, 1800. t. 1. 

( 2 ) Bibliotecas Scriptorum Societates Jesu. Supplementa. Riosdado 
Caballero. Roma 1814-16. 

(3) Bibliothéque des écrivains de la Compagnie de Jesús. 7 vol. 
Liege, 1853-61. 

(4) Dicen hablando del P. Guevara — «il fut designé par ses supó- 
rieurs pour écrire l’histoire du Paraguay: mais les malheurs qui acca- 
blérent l’ordre *ne lui permirent pas de réaliser ce projet». 


6 



— 82 — 


Risposta aH’anónimo della lettera sopra la vi- 
cinanza del giudizio universale ( Foligno, 1790, 
Grio Tomassini, in 8.° ). 

INÉDITAS 

Historia natural, política , eclesiástica y jesuí- 
tica del Paraguay , in folio, 2 volúmenes. 

Vida dall’illmo Sig Dr. Bernardino Cárdenas 
in fol. — Disertación sobre la fe, que se debe a 
las . . . y escritos del mismo Illmo. Cárdenas, in- 
formándolo todo con cédulas R., con audiencias, 
testigos y sus mismos originales escritos ( in folio ). 

De abusu superstitioso rerum Sacrarum ( in 8.°, 
8 volúmenes). 


II 


Hemos considerado inédita la Historia del Pa- 
raguay, Río de la Plata y Tucumán, por el P. 
José Gruevara, porque lo que con ese título ha 
publicado don Pedro de Angelis d) no es más 
que una selección, y hecha con tal libertad que 
en lo mismo que ha elegido no ha respetado el 
texto, ni aún el estilo del autor. 

Principia por truncar la obra, suprimiendo como 


(1) Col. de Obras y Documentos relativos a la historia antigua y 
moderna del Río de la Plata — tomo II. 



— 83 — 


lo declara todo lo relativo a las Misiones jesuí- 
ticas : adultera el plan de la parte de la obra 
que publica ; hace en ella, sin declararlo, todas las 
supresiones, agregaciones y correcciones de fondo 
y de forma que le parecieron convenientes pa- 
ra vaciar la historia y al autor en un molde 
suyo. 

Para dar idea de la abundancia de las supre- 
ciones, basta recorrer algunas de las páginas de 
esta edición, teniendo a la vista la del señor de 
Angelis. 

Por ejemplo, ha suprimido todo lo que se contie- 
ne en esta edición — desde la línea 17 pág. 2. a 
hasta las dos primeras líneas, inclusives de la 
pág. 3. a ; — desde la línea 30 de la pág. 5. a 
hasta la línea 30 de la pág. 6. a ; desde la 23 de 
la pág. 10 hasta la línea 19 de la pág. 11; — des- 
de la línea 29 de la pág. 14 hasta línea 32 de 
la pag. 15; — desde la línea 33 de la pág. 19 
hasta la línea 35 de la pág. 21 ; — desde la línea 
25 de la pág. 73, a la línea 24 de la pág. 77. — 
Así en lo demás, hasta el fin. 

Llenas las últimas páginas citadas, el índice de 
las plantas medicinales del Paraguay, en Espa- 
ñol y Guaraní, que no admitía Angelis en su 
edición. 

Con la misma arbitrariedad con que suprime, 
agrega lo que le ocurre. 

Tratando de la ciudad del Barco, dice Gue- 
vara ( pág. 277 de esta edición ): 

(( Aguirre entró en recelos de poca seguridad 
en aquel sitio, y pasó la ciudad del Barco, sobre 



— 84 


el río Dulce, mudándole el nombre del Barco, en 
Santiago del Estero ». 

Angelis ( pág. 124), dice: — «El mismo Agui- 
rre entró en recelo de poca seguridad en aquel 
sitio, y pasó la ciudad del Barco, sobre el río 
Dulce, mudándole el nombre en el de Santiago 
del Estero por un estero que allí hace el río. 
Esta sita en 28 grados escasos de latitud y 25 
de longitud, según el mapa de la provincia que 
se estampó en el año 1132. 

Dice Guevara, hablando de la ciudad de San- 
tiago : 

« Antiguamente tuvo más lustre, esplendor y 
riqueza. La labranza de la cera y el beneficio 
añil, maniobras en que se ocupaban los indios 
de encomienda, especialmente los tonocotas y 
diagitas, solicitaban en crecido número a los 
mercaderes peruanos » . 

« Ellos se llevaban los efectos necesarios para 
el consumo y dejaban el oro y la plata que 
cargaban y con que enriquecían la Ciudad y 
Provincia. — Alguna noticia del esplendor y lus- 
tre tendría Juan Díaz de la Calle, cuando a la 
ciudad de Santiago, señaló escudo de armas 
etco) (pág. 227 de esta edición). 

Angelis suprime este párrafo y cambiando no 
solo la redacción, como también los hechos, lo 
sustituye con el que sigue: 

a En otro tiempo fué Santiago , asiento de los 
Señores Gobernadores y Obispos, pero hoy es un 
puro esqueleto de ciudad, sin lustre , sin esplendor, 
ni formalidad , en lo material . » 



— 85 — 


En medio de tanta miseria, Juan Díaz de la 
Calle, señala a Santiago, un escudo etc. (pág. 
124 de la edición de Angelis). 

Hablando de las poblaciones de la Rioja, escri- 
be Guevara: 

((Aumentóse el número de ellas con el alza- 
miento de las Tabasquiniquitas y Mogas. Se em- 
peñó el victorioso Tejeda en nuevos descubrimien- 
tos, tirando más al Poniente y arrimándose a la 
ciudad de Todos Santos con la conquista de los 
Escalonites y Iamanaes , que pretendió agregar a 
la ciudad de Córdoba. » ( pág. 361 de esta edición). 

El señor Angelis dió nueva redacción a este 
pasaje, agregándole lo que va subrayado. 

(( Contribuyó a la prosperidad de la Rioja el al- 
zamiento dé los Tabasquiniquitas y Mogas, si- 
tuados en la falda de la serranía que cae al po- 
niente de Córdoba ; porque vencidos y derrotados 
por Tristán de Tejeda, valeroso y afortunado ca- 
pitán , pidieron la paz y ofrecieron vasallaje. Con 
su auxilio se empeñó este jefe en nuevos descubri- 
mientos, tirando al poniente, y arrimándose más 
a la ciudad de Todos Santos con la conquista de 
los Escalonites y Iamanaes, que pretendió agregar 
ala ciudad de Córdoba.» (pág. 167. ed. Angelis ). 

Las determinaciones geográficas que añade el 
señor Angelis en los párrafos que acabamos de 
copiar pudieran ser útiles, pero no han sido he- 
chas por el P. Guevara, y por consiguiente, no 
era lícito darles su nombre, ni colocarlas bajo su 
responsabilidad. 

La parte relativa al descubrimiento de nuestro 



— 86 — 


río por Juan Díaz de Solis, ha sido también aco- 
modada por el señor Angelis, quitando y ponien- 
do lo que le ha parecido. 

Ha suprimido los argumentos con que contesta 
el P. Guevara la prioridad del descubrimiento de 
este río que algunos escritores antiguos han adjudi- 
cado a Américo Yespucio ; pretensión que en nues- 
tros días ha renacido en las investigaciones de 
Varnhagen sobre los viajes del célebre cosmógra- 
fo que ha dado su nombre a esta parte del mundo. 

El P. Guevara caracterizó a los Charrúas en 
estos términos : 

« Nada menos que eso pensaban los infieles 
Charrúas, nación pérfida y de intenciones reser- 
vadas, que entonces se dilataban por la costa sep- 
tentrional del Paraná hacia el Uruguay, y tiran- 
do al Oriente hacia las cabezadas del Río Negro. 
Al presente discurre por el comedio que dejala la- 
guna Iberá , el Paraná y Uruguay. Viven de lo que 
cazan y hurtan para tener con que vivir. Visten pie- 
les de venados y tigres , de las cuales hacen mantas 
y tipois, que cuelgan del hombro con alguna decen- 
cia y poco reparo contra las inclemencias del tiem- 
po. Saltean los caminantes , les roban lo que llevan 
y a veces les despojan de la vida. No se sabe que 
conozcan a Dios , pero es constante que en sus bo- 
rracheras invocan al demonio. 

« Son grandes inventores de engaños y traicio- 
nes, disimulando el mayor engaño y traición que 
urden con el mayor beneficio que alcanzan, (pág. 
132 de esta edición). 

Angelis ha suprimido todo lo que va subraya- 



— 87 — 


do, limitándose a decir : que Solis no conocía el 
genio pérfido de la nación, (pág. 80, ed. Angelis). 

Nos haríamos enojosos aglomerando más prue- 
bas de las adulteraciones y mutilaciones que ha 
sufrido el manuscrito del P. Guevara al pasar 
por las manos del señor Angelis. 

Las que hemos dado bastan para establecer que 
no ha sido respetado bajo ningún aspecto; y lo 
peor es que no lo ha sido, porque el señor An- 
gelis se propuso hacer un P. Guevara que, según 
su criterio , tuviera prendas poco comunes en nues- 
tros historiadores y realzadas por un lenguaje fá- 
cil, correcto y elegante , en el que no había podido 
hallar los defectos que le nota Azara, cuyos sar- 
casmos son inmerecidos. ( Discurso preliminar, 
pág. VI). 

Para ajustarlo a ese ideal, se ha intentado 
contrahacer al P. Guevara, que era hombre de su 
tiempo y de su estado ; y tratando de despojarlo a 
él y a su obra de las preocupaciones y de los sen- 
timientos que reinaban en la sociedad de su tiem- 
po, se ha preconcebido un anacronismo inútil, por- 
que lo que ha quedado de la obra del P. Guevara 
en la misma edición del señor Angelis, bastaría 
para probar que su autor vivía, como todos sus 
contemporáneos, en la atmósfera moral de su época 
y en la atmósfera local de la Orden religiosa a 
que pertenecía . 

Lo que el señor Angelis pretendía quitarle al 
P. Guevara es, precisamente, lo que constituye el 
valor esencial de estas crónicas. Su mérito consis- 
te en la fidelidad con que reflejan una época dada, 



- 88 — 


revelando ingenuamente el espíritu que animaba 
a la sociedad, las fuerzas que la trabajaban, las 
direcciones en que obraban, los resultados que 
producían . 

Cada época y cada estado social tiene también 
formas y gustos literarios que le son propios y de 
que no pueden emanciparse, absolutamente, los 
hombres que en ellas viven y en ellas escriben; 
pero el señor Angelis que quiso cambiar el espíri- 
tu del P. Guevara, también intentó darle un es- 
tilo que acabase de singularizarlo entre los escri- 
tores de su tiempo en estos países. 

Con este propósito ha corregido la redacción del 
autor y aún cambiándola por la suya en muchos 
pasajes. En alguna parte le ha dado más clari- 
dad y corrección al estilo, pero a precio de ha- 
cerlo desigual. 

Y no siempre han sido felices las enmendatu- 
ras del señor Angelis, por ejemplo : — hablando 
de los enanos, el P. Guevara dice — « que aspi- 
ran a ser hombres y nunca salen de hombreci- 
llos)). (Pág. 13 de esta edición). 

El señor Angelis solo cambia una palabra; en 
lugar de hombrecillos, pone embriones (Pág. 3, 
ed. Angelis). 

La frase del P. Guevara es de mal gusto, pero 
es verdadera, porque hombrecillo es diminutivo 
de hombre , y un enano será siempre un hombre 
diminuto. 

Embrión , es cosa muy diversa, porque es feto, 
rudimento ; y decir, como lo hace Angelis, que 
los enanos «no saldrán de embriones», es escri- 
bir pura y simplemente un absurdo. 



— 185 — 


más lamentable, ninguno nos ha dejado noticia 
alguna sobre su persona, ni sobre las ocurrencias 
de su vida. 

Así es que cuando la posteridad, encontrándo- 
se con su nombre y con las obras que han con- 
tribuido a ilustrarlo, le ha abierto el panteón de 
los nombres ilustres, no ha sabido ni donde ni 
cuando empezó, ni donde ni cuando se extinguió 
la vida del hombre que lo llevaba, d) 

Somos nosotros los primeros que por una feliz 
casualidad, podemos decir que el P. Pedro Lozano 
nació en Madrid el 16 de Setiembre de 1697, en- 
tró a la Compañía de Jesús el 7 de Diciembre de 
de 1711 y profesó el 15 de Agosto de 1730 (*). 

Por una carta suya, fechada en Córdoba a 8 de 
Abril de 1749 y dirijida a D. Antonio de Zebre- 
ros Suares de Cabrera, sabemos que tenia un her- 
mano en Madrid, de nombre Pablo, muy dado a 


(1 ) La Biographie Univer selle ( Michaud) tanto en la primera 
como en la nueva edición, registra el nombre de Lozano; pero no de- 
signa el lugar, la fecha de su nacimiento ni la de su muerte. 

En la nueva edición, en que el artículo de Lozano fué ampliado por 
Mr. Alfredo Demersay, se indica como fuente que debe consultarse, la 
obra de los P. P. Backer, publicada en Liége con este título Bibliothé - 
que des écrivains de la compagnie de Jésus; pero en el año en que se 
publicaba esa indicación, los P. P. Backer no habían escrito una sola 
línea sobre Lozano. Muy posteriormente han registrado ese nombre en 
el tomo 6.° de su Biblioteca (impreso en 1861), reduciéndose a un solo 
renglón en que nos dicen que Lozano era jesuíta español . 

(2) Tomamos esta noticia de un cuaderno original que ha pertene- 
cido al archivo de la Compañía de Jesús en el Paraguay, que ahora 
existe en nuestra colección de Mss. y que lleva el siguiente título : 

«Catálogo general de los sujetos de la Compañía de Jesús de esta 
Provincia del Paraguay, dispuesto en orden alfabético, año de 1745. Y 
los que tuvieron a la márgen esta señal + han muerto en ella». 



— 89 — 


III 

El primero que ha acusado y comprobado las 
inauditas infidelidades que acabamos de demos- 
trar, ha sido el señor don José Manuel Estrada; 
y con ese motivo hizo un juicio crítico del P. Gue- 
vara, que sustituimos al nuestro en merecido ho- 
menaje a la prioridad, al talento y a la compe- 
tencia de su autor. 

Habla el señor Estrada. 

«Con razón, pues, podría decirse, que la his- 
toria de Guevara permanece inédita. La edición 
adulterada de Angelis no vale el nombre de tal . 

«El Padre Guevara era un buen escritor, pero 
de su tiempo; y ese carácter escepcional, con que 
el Sr. Angelis lo ha hecho conocer, es una pura 
ficción de su fantasía. 

«Haber desfigurado este libro y el carácter de 
su autor, y haber hecho que el pueblo no conoz- 
ca la historia que sabe escribió el P. Guevara, es 
efecto de ese insensato amor a la forma con el 
sacrificio del pensamiento y de la verdad de los 
documentos antiguos. Este sacrificio deja pen- 
diente la opinión pública entre dos juicios opues- 
tos, como la falta de integridad en la revelación 
de un secreto deja suspenso entre dos amenazas 
el Antioco de una de las mejores tragedias de 
Corneille. — Los juicios opuestos son los de los se- 
ñores Angelis y Azara. Busquemos la verdad sin 
envenenarnos como Cleopatra. 



— 90 — 


((Pendiente la opinión general entre los que 
vertieron los señores Angelis y Azara sobre el li- 
bro del P. Guevara, en tanto que la imprenta no 
lo ponga en todas las manos, es sin duda útil 
buscar a la luz de la crítica sana, la verdad so- 
bre el carácter del historiador jesuíta, y de esta 
vez podemos aplicar sin temor el adagio latino, 
in medio est virtus. 

«Guardan efectivamente ambos críticos los es- 
treñios. El Sr. Angelis rodea de todos sus elogios 
el nombre del P. Guevara, mientras que el Sr. 
Azara dice í 1 ): «Los Jesuítas conociendo los de- 
fectos de la historia de Lozano quisieron hacerla 
corregir e hicieron este encargo a uno de ellos 
llamado Guevara, tan pequeño de espíritu como de 
cuerpo , según me lo han asegurado personas que 
lo han conocido y tratado. Realmente, a la época 
de la espulsión de los jusuítas, se halló en el Co- 
legio de Córdoba una historia manuscrita, de la 
que algunas personas han sacado copia, imaginán- 
dose que debía ser la mejor porque era la última. 

«Ella es una copia de la de Lozano; la sóla 
diferencia entre una y otra consiste en que el úl- 
timo parece haberse esmerado en escribir con ma- 
yor pureza, y, apesar de ello, escribe peor. Este 
suprimió algunas sátiras para sostituir otras aún 
más insípidas ; omite puntos esenciales subrogan- 
do otros, que no lo son, e insertó la historia del 
Tucumán que no tiene relación alguna con la 
del Río de la Plata. 


(1) Viajes por la América Meridional. (Introducción). 



(( En los libros escritos por hombres de parti- 
do, decía Labruyere, hay que sufrir el disgusto de 
no hallar siempre la verdad. No es de extrañar que 
don Félix de Azara, el pensador, que no se atrevía 
a decir si los indios americanos pertenecían a la 
raza humana; el filósofo, que encontraba ajusta- 
do a las nociones del derecho y útiles a la salud 
de un continente el sistema de las encomiendas, 
la civilización de las malocas y la conquista aven- 
turera, encuentre insípidas las sátiras de Lozano 
y de Guevara, y pierda la calma del crítico hasta 
ser mordaz con el primero y tildar la belleza fí- 
sica del segundo; que no creemos que hiciera gala 
de una gallardía, con que tampoco sabemos, 
si tuvo la naturaleza la previsión de dotarle. El 
naturalista se dejó vencer de sus habitudes e in- 
clinaciones, y no pudo dispensarse de echar una 
mirada sobre el físico del buen jesuíta. 

«Asegura el señor Azara, que la historia de Gue- 
vara no es otra cosa que una copia de la de Lozano. 

((De esta última no correimpresa sino una par- 
te, la titulada « Historia de la Compañía de Jesús 
en la Provincia el Paraguay » y forma dos volú- 
menes infolio. Hemos estudiado este libro rarísi- 
mo con otro objeto. . . 

((Esta parte se limita a lo que promete su título: la 
que encierra la parte política está todavía inédita, (O 

« Solo podemos juzgar, pues, de la parte de Gue- 
vara que se refiere a los jusuítas, y como esta fué 


(1) El Sr. Estrada escribía en 1863; y la historia civil de Lozano, 
entonces inédita, solo principió a imprimirse en el año 1873. 



completamente suprimida en la edición del señor 
Angelis, nos vemos obligados a que se nos crea 
bajo nuestra palabra, que a lo menos es sincera 
y viene de un ánimo sin prevenciones. 

«Entendemos, en efecto, que es el P. Pedro 
Lozano el verdadero analista, que ha trabajado su 
historia sobre documentos originales formando, a 
costa de una gran laboriosidad, el libro en que 
han bebido todos los que después de él se han 
ocupado de la época que abrazó. Sólo un siglo 
comprende su voluminoso trabajo original. Con su 
historia bajo los ojos cree uno asistir a los me- 
nores pasos de los establecimientos jesuíticos en 
estas regiones; tal es la escrupulosidad con que 
se refiere todo. Sin embargo,' lo superabundante 
de sus narraciones, la gran extensión dada a epi- 
sodios de menor importancia y el andar dificilí- 
simo con que marcha, distraen por las noticias 
insignificantes que agrupa, de los verdaderos he- 
chos saltantes que es preciso recojer entre esa 
crónica minuciosa con no pequeño trabajo. Si a 
esto se agrega la falta de colorido de los cuadros, 
lo difuso del estilo, que ha hecho de este libro, y 
sea esto dicho sin menoscabar el mérito del la- 
borioso analista, una cédula real en dos tomos, 
se vendrá en conocimiento de la falta de vida y 
de animación de que adolece, tan necesaria en la 
historia; y de la razón porque el P. Lozano es 
una penosísima lectura, que jamás podrá ser em- 
prendida sino por la decisión de estudiarlo (b. 


(1) Téngase presente que 'el Sr. Estrada se refiere siempre, en todo 
este juicio a la «Historia de la Compañía de Jesús». 



— 93 — 


(( Popularizar a Lozano, dándole la vida que le 
falta, descartando todo lo que tiene de menor 
importancia, o mejor dicho, escribir una historia, 
valiéndose de los datos reunidos por él con una 
constancia digna de ser agradecida muy sincera- 
mente por la posteridad, fué tal vez pensamien- 
to que entró en la mente de los superiores de su 
Orden y la empresa no era por cierto menos me- 
ritoria que la de Lamartine en su Historia de 
Turquía. 

«¿Hizo esto el P. Guevara? 

«Es indudable que la mayor parte de las no- 
ticias consignadas por Guevara provienen de esa 
fuente, no tanto sin embargo que en algunos 
puntos no discrepe de Lozano, — pero es en deta- 
lles, poquísimas veces, y siguiéndolo paso a paso 
en todo lo de bulto. Hay episodios en que usa 
casi las mismas palabras de aquel, mientras agre- 
ga en otros tal cual noticia (*) . . . < 1 2 ) 

«Hemos deseado señalar esta diferencia para 
notar que no siempre marchó Guevara sobre la 
huella de su predecesor, y también, que al sepa- 
rarse de ella nunca fué en hechos culminantes 
sino accesorios, pudiendo asegurar que no bebió 
sus noticias sinó en aquella fuente. Ha economi- 
zado también el Padre todas las abundantes no- 
ticias biográficas con que Lozano enriqueció su 
obra y con las cuales ha dado a conocer a la 


(1) Siempre refiriéndose a la parte de los Jesuítas. 

(2) Aquí pone el Sr. Estrada dos ejemplos que demuestran y con- 
firman lo que dice. 



— 94 — 


posteridad los varones ilustres que figuran en su 
historia. El canónigo Xarque W y el P. Macho- 
ni en sus biografías se han servido no poco de 
las noticias recogidas por el P . Lozano, bien que 
aumentadas con buena parte de trabajo original; 
pero ni Guevara ni Charlevoix han tomado nada 
de los rasgos biográficos, acaso por disminuir la 
estensión de sus obras. 

((.... Si la historia ha ganado en amenidad y 
galanura lo que ha perdido en abundancia al pa- 
sar por las manos del P. Guevara, es cuestión 
difícil de resolver. Entre un estilo desanimado, 
pero natural, y un hablar amanerado y repulido, 
hay una relación bastante análoga a la que guar- 
da la palidez de una mujer con la falsa vivaci- 
dad del colorete a que recurre la otra.» 

«... .Hasta aquí parece tener razón el Sr. 
Azara, salvo en el tono de desprecio con que ca- 
lifica de copia el trabajo de Guevara. No: la his- 
toria del P. Guevara no es una copia; es un es- 
tracto bien hecho de la de Lozano: es una his- 
toria formada con abundante cosecha de noticias 
reunidas por la infatigable laboriosidad del céle- 
bre analista: Guevara ha reducido a más cómo- 
das dimensiones el voluminoso trabajo de aquel, 
sin duda con el intento de popularizarlo y hacer 
su lectura fácil a todo género de personas, y lás- 
tima grande es no tener conocimiento exacto de 
su intención, lo que por otra parte no es de es- 


(1) «Insignes Misioneros del Paraguay», Pamplona 1687. 

(2) «Las siete estrellas de la mano de Jesús», Córdoba, 1732. 



— 95 — 


trañar, sabiendo el tiempo que ha permanecido 
el manuscrito sin otros visitantes que la polilla, 
y el que puede haber corrido en manos de co- 
pistas poco avisados. 

«Pero donde se ha manifestado a las claras la 
pasión del Sr. Azara, es cuando de un solo golpe 
hiere a ambos Padres y después de haber deni- 
grado a Lozano, dice que Guevara sustituyó 
algunas sátiras de aquel por otras más insípidas. 
El Sr. Azara llama «sátiras insípidas a las jui- 
ciosímas reflexiones y a las humanas quejas de 
estos escritores sobre el bárbaro sistema de las 
malocas y de las encomiendas, fundado por el 
Gobernador Domingo Martínez de Irala.» <*) 

«La lucha sostenida contra ese ensayo feudal, 
es una corona para los jesuítas, y solo la ciega 
pasión del Sr. Azara, que llega a sostener < 1 2 ) las 
yanaconas como preferibles al sistema de gobierno 
observado en las Misiones por los padres de la 
Compañía, ha podido mover su pluma a hacer 
tan mordaces cargos contra esos historiadores. 
No es del caso examinar el principio político de 
las reducciones; pero el peor gobierno imaginable 
es preferible a aquel que se funda en la esclavi- 
tud de una raza, para cuya dominación se abusa 
de las ventajas de la civilización, que sólo deben 
emplearse en el desarrollo personal y social de 
la criatura humana. 


(1) Rui Diaz, libro III, cap. I. 

(2) Véanse los capítulos de su viaje relativos a los sistemas de 
conquista y población. 



— 96 — 


((.... Basta para el presente caso decir, que 
en el entusiasmo febril del Sr. Azara por las 
injusticias de la conquista aventurera, está la causa 
de su enemiga contra los historiadores de que 
venimos hablando. No puede perdonarles que se 
hayan constituido eco de la humanidad envilecida 
y de la razón degradada, para defender el derecho, 
tantas veces reconocido por los reyes de España 
contra el servicio personal, condenado en las 
ordenanzas de 1611 y en la recopilación de 
Indias. Lozano y Guevara no hacían otra cosa 
que defender el derecho humano y las eternas 
máximas de la justicia: la voz del mundo entero 
y la omnipotencia de la libertad, que habla 
aunque no la queremos oir, vibraba en sus labios, 
y no con ((sátiras insípidas», sinó robustecidas 
por la razón y amamantadas por la verdad. 

((Frió calculador de la naturaleza, el Sr. Azara 
no 'bebía inspiraciones y entusiasmo en la con- 
templación de sus grandes obras: no dejaba 
brillar al exterior las santas vehemencias del 
sentimiento, y parece que a sus ojos el derecho 
no fuera r más que una palabra, y el indígena de 
América no tuviera otra importancia que la de 
una pieza zoológica. Imperdonable falta en el 
hombre del siglo XVIII que había leído el «Es- 
píritu de las leyes» y la «Disertación sobre los 
delitos y las penas». 

«No hay tales «sátiras insípidas» ni en Lozano 
ni en Guevara: hay verdades que cada cual ha 
dicho a su manera, pero tan claras, tan vaciadas 
en el sentimiento, que si alguna vez se inclina 



- 97 — 


uno a olvidar los defectos del estilo, es cuando 
vé su generoso esfuerzo por llevar a todos los 
ánimos el convencimiento de las simpáticas opi- 
niones que han herido al Sr. Azara, hasta cegarlo, y 
encontrar de más la historia de Tucumán en un 
libro que se llama «Historia del Paraguay, Río 
de la Plata y Tucumán». 

«Entre las opiniones de los Sres. Angelis y 
Azara está la verdad sobre el P. Guevara: in 
medio est virtus. Ni es enemigo de la con- 
quista, como el Sr. Angelis pretende, ni sus 
sensatas reflexiones son «sátiras insípidas» como 
afirma el célebre naturalista. El P. Guevara da 
lo que tiene: un rayo de justicia llegado hasta él 
a través de la atmósfera de preocupaciones y de 
intereses que lo rodeaban; — sigue el curso osci-' 
lante de las opiniones políticas de su orden en 
América; ni su editor tenía el derecho de trun- 
carlo para enaltecerlo, ni su crítico debió dejarse 
llevar de la pasión para herirlo con mordacidad. 

«Como escritor guarda también el término me- 
dio entre ambas opiniones. Ha reasumido a Lo- 
zano con habilidad, pero escribiendo tan desagra- 
dablemente como aquel, y ni es un mal copista, 
ni es un autor de primer orden. 

«El P. Guevara participaba de los errores de 
su época, pero acredita su excelente corazón. 
Estas cualidades relucen en su libro. Poco original 
en las investigaciones: partidario de la verdad 
cuando la encuentra; fácil en creer prodigios si 
cree que puede mezclarse en ellos la omnipoten- 
cia: severo y reservado cuando solo se trata de 


7 



— 98 — 


la humana voluntad; el P. Guevara nos dejó un 
libro, que es un monumento de la época: la re- 
fracción de las ideas que lo dominaban, sencillo 
y celoso misionero con buenas dotes de historia- 
dor, que es lamentable no cultivara en trabajos 
más nuevos y corrigiendo su estilo. 

«El P. Guevara con Lozano por guía observó 
el cuadro de la conquista y de cierta época de 
la vida colonial; desde las ventanas de un colegio 
de la Compañía, refirió sus impresiones y noticias 
en papel de orlas doradas, y corriendo los años, 
el Sr. Azara, por su parte quiso cubrirlo con un 
puñado de la tierra, que examinaba, al paso que 
algo más tarde el Sr. Angelis, lápiz en mano, lo 
levantó hasta donde pudiera descender la grave 
Clio y coronarle con laurel de sempiterna frescura. 
La serpiente Amp alaba y el indio del Hembay 
reclaman contra la apoteosis: la raza americana 
defendida se empeña en limpiarle el polvo, que 
le arrojó la mano del renombrado Comisario. Sin 
abrumarnos la celebridad de los nombres, nos 
hemos puesto en medio de los combatientes, se- 
ñalando el camino, que toca al primer editor de 
Guevara andar del todo, y mostrando el libro y 
el autor como son, colocar las cosas en su lugar, 
dando a cada uno lo suyo.» 


Agosto de 1863. 


José Manuel Estrada. (1) 


(1) Revista de Buenos Aires. Tomo I. Buenos Aires 1863. 



— 99 


IV 


El Sr. Estrada anduvo, en el trabajo que en 
parte dejamos reproducido, casi todo el camino 
que le señalaba al primer editor de la historia^ 
del P. Guevara. 

Es cierto, como lo deja establecido el Sr. Es- 
trada, que el P. Guevara tuvo por guía la historia 
de la Compañía de Jesús en estos países, escrita 
por el P. Lozano e impresa en Madrid en 1754 
y 1755; por lo cual, la mayor parte de las noti- 
cias que ha «consignado provienen de esa fuente, 
no tanto sin embargo, que en algunos puntos no 
discrepe de Lozano, pero es en detalles, poquí- 
simas veces, y siguiéndolo paso a paso en todo 
lo de bulto; y que hay episodios en que usa casi 
las mismas palabras de aquel, mientras agrega 
en otros tal cual noticias.» 

Aquí, solo debemos añadir que ninguno de los 
historiadores de los jesuitas posteriores a Lozano 
ha podido dejar de hacer lo que hizo Guevara; 
porque la historia no es, en su fondo, más que 
la narración de los sucesos pasados: la forma en 
que se narren, las apreciaciones que de ellos se 
hagan, las enseñanzas que se estraigan, pueden 
ser diversas : y es en esto en lo que cada escritor 
puede ser original y dejar estampado el sello de 
su personalidad. 



— 100 — 


Pero respecto a los hechos, desde que el his- 
toriador los encuentra averiguados y establecida 
su verdad, como, en cuanto a ellos, no le es dado 
inventar ni suprimir, no le es posible dejar de 
guiarse por el que primero los investigó y los 
consignó. 

Eso hizo Guevara ; eso han tenido que hacer 
los otros que historiaron a los jesuítas de estas 
Provincias, porque el grande trabajo de Lozano 
es una fuente histórica que hace autoridad, desde 
que escudriñó bien y ordenó cronológicamente 
todos los hechos importantes del período de que 
se ocupaba. 

En cuanto al espíritu con que escribió Gueva- 
ra, no podía dejar de ser el mismo de Lozano, 
porque era el de la Orden religiosa a que los 
dos pertenecían. 

Su método histórico era el de los cronistas de 
su tiempo. En ese tiempo, ya Bossuet había ini- 
ciado una grande reforma en el arte de escribir 
la historia, tomando los hechos como manifesta- 
ciones externas de la realización de una idea que 
los inspira y los encadena. La idea generadora 
de Bossuet, servida por su majestuosa elocuen- 
cia, despojaba a los hombres de toda influencia 
propia en los acontecimientos humanos, presen- 
tándolos como agentes mecánicos de los desig- 
nios de la providencia divina, que los dirigía y 
lós determinaba. 

Reforma fundamental, porque cambiaba la idea, 
como lo fué, por los filósofos del siglo xviii, que 
le devolvieron al hombre su libre albedrío, su res- 



— 101 — 


ponsabilidad y su acción ingénita en la elabora- 
ción de su propio destino, ha producido la escue- 
la moderna y ha hecho de la historia una cáte- 
dra de enseñanza experimental. 

Pero ni Lozano, ni Guevara, ni ninguno de los 
cronistas del siglo pasado, intentaron levantar el 
vuelo a esas altas regiones, que son las de la 
historia ; se conservaron en los límites de la cró- 
nica propiamente dicha, esto es, narraron crono- 
lógica y ordenadamente los sucesos ; y aunque 
tenían la idea y, sobre todo, el sentimiento del 
providencialismo, que les hacía admitir, bajo tan 
variadas formas, las influencias sobrenaturales en 
los sucesos que narraban, no los coordinaban y 
subordinaban como Bossuet a una dirección úni- 
ca y a una síntesis suprema. 

Son, pues, simplemente cronistas y no histo- 
riadores, en la acepción elevada que hoy debe- 
mos dar a este título. 

Pero en ninguna otra forma hubieran podido 
sernos útiles, porque la de la crónica es la úni- 
ca en que caben todos los hechos, cualquiera que 
sea su índole, con amplitud y con los detalles 
que muchas veces los caracterizan. 

Sin las crónicas, y sin las comprobaciones a que 
ellas nos guían y estimulan, no tendríamos his- 
toria: y eso constituye su principal mérito. 

El del estilo es muy secundario en este géne- 
ro de composiciones. En las puramente literarias, 
tiene tanta importancia que muchos libros sólo han 
alcanzado la celebridad por la magia del estilo: 
pero en las crónicas, aunque la belleza del esti- 



— 102 — 


lo siempre es apreciable, lo esencial es la inves- 
tigación prolija, el conocimiento de los hechos y 
lo inteligible de la narración. 

Hay condiciones del estilo que dependen del 
temperamento, de las calidades intimas del escri- 
tor, lo que le hizo decir a Buffon que el estilo 
era el hombre ; pero aún bajo este aspecto, el 
hombre está sometido a las condiciones del tiem- 
po y del medio social en que vive. El estilo es 
perfectible como el hombre, como la sociedad, 
como el arte; de manera que un estilo será ner- 
vioso, por ejemplo, cualquiera que sea su gusto, 
bueno o malo. 

El estilo descolorido de Lozano y el amanera- 
do de Gruevara pueden relacionarse con su orga- 
nización física; pero el mal gusto, que les era 
común, dependía, en mucha parte al menos, de 
la educación literaria y de los gustos de su épo- 
ca y de su país. 

Hemos querido manifestar nuestra opinión en 
este punto, al admitir, como dejamos admitida, la 
del señor Estrada en cuanto al estilo de los dos 
últimos cronistas de la Compañía de Jesús en 
estas Provincias. 

El señor Estrada es severo, pero justo, con D. 
Félix de Azara, cuyos méritos y servicios a la geo- 
grafía y a la historia natural de estos países le 
han dado merecido renombre. 

El señor Azara estaba muy lejos de ser bené- 
volo, con nada ni con nadie ; y su carácter, que 
lo hacía agresivo, oscurecía no raras veces su cri- 
terio. 



— 103 — 


Agregábase a eso que era partidario del siste- 
ma de los conquistadores, como lo diremos en 
otro lugar ; enemigo, por consiguiente, de los Je- 
suítas, a quienes negaba sistemáticamente los ser- 
vicios más reales y los méritos más evidentes. 

Su juicio sobre los cronistas de la Compañía, 
estaba viciado, y la intemperancia de su lengua- 
je lo comprueba. 

Veamos a los Jesuítas en la arena de la con- 
quista y no les rehusemos la justicia que les nie- 
ga el distinguido geógrafo, que tan mal los trata. 


V 


Para justificar una de las importantes supre- 
siones que ha hecho en la obra del P. Guevara, 
dice el señor Angelis que el autor, « fiel a su man- 
dato había enlazado los acontecimientos políticos 
con los de la Compañía de Jesús ; de cuyos deta- 
lles ha prescindido por hallarse registrados en la 
voluminosa obra que con este mismo título (!) y 
objeto dió a luz el P. Lozano». 

Puede escribirse, como lo hizo el P. Lozano, 
una historia separada de la de la Compañía de 
Jesús ; pero ninguna historia de la conquista y 
de la civilización del Río de la Plata será com- 


(1) El título no es el mismo, como dice el señor Angelis, porque 
no es la historia del Río de la Plata, sino la de la « Compañía de 
Jesús». 



— 104 — 


pleta, ni aún comprensible, en alguna de sus épo- 
cas, si se suprime en ella la personalidad y la 
acción de los Jesuítas. 

El P. Lozano que había escrito in extenso la 
Crónica de la Compañ¿A en estas Provincias, cre- 
yó, sin duda, que podía alijerar la historia civil 
con simples referencias a aquel su trabajo ante- 
rior, en lo cual, a juicio nuestro, se equivocaba, 
porque en cierto período ha sido tan íntima la 
vinculación que ha existido entre los actos de la 
Compañía y los sucesos políticos de estas Colo- 
nias que, desprendiéndolos absolutamente, nos en- 
contraríamos con efectos cuyas causas ignorába- 
mos o con causas cuyos efectos no podríamos 
apreciar. 

Por otra parte, la Historia de la Compañía de 
Jesús del P. Lozano que debía tenerse presente 
para leer con aprovechamiento su Historia Civil, 
que tan recientemente hemos publicado, es, para 
los lectores actuales, un libro muy raro y que les 
seria casi imposible consultar. 

La obra del P. Guevara, que ahora damos ín- 
tegra, llena ese vacío ; y bajo este aspecto, pue- 
de considerarse como un complemento de la del 
P. Lozano. 


El rol de la Compañía de Jesús en la conquis- 
ta de estos países, es altísimo ; porque ella repre- 
senta en nuestra historia uno de los dos sistemas 
ensayados para someter y civilizar a los indíge- 



— 105 — 


ñas ; y esto, que era entonces una cuestión pri- 
mordial, es todavía hoy una cuestión de primer 
orden. 

La conquista fué emprendida por hombres de 
guerra y por aventureros que venían a buscar 
predominios y riquezas personales. Ellos no reco- 
nocían más medios que los de la fuerza; y así 
queda dicho que no estaban preparados para di- 
fundir la civilización de que procedían. 

Empleaban, pues, únicamente la fuerza para 
adelantar la ocupación de las tierras y la sumi- 
sión de los indígenas, que no eran, para ellos, 
más que instrumentos de trabajo de que se apo- 
deraban, como de cosa conquistada, para la ex- 
plotación de las minas en los países auríferos, para 
la ganadería y la agricultura en las extensas lla- 
nuras del Río de la Plata o en las florestas tropi- 
cales del Paraguay. 

Estas apropiaciones de tierras y de hombres, 
que eran la compensación que se tomaban, con 
su propia mano, de las fatigas y de los cos- 
tos de la empresa, vino a ser un hecho legal por 
el establecimiento de las llamadas ((Encomien- 
das», que eran, a la vez, la remuneración de los 
servicios prestados y la base de la colonización 
laica. 

Autorizaron las leyes dos clases de encomien- 
das, la de los llamados ((Yanaconas» y la de los 
«Mitayos». 

Los encomenderos que adquirían para sí y para 
sus herederos, dentro de dos generaciones, el traba- 
jo de los indígenas que les eran adjudicados, tenían, 



— 106 — 


además de la obligación de alimentarlos y ves- 
tirlos, la de instruirlos en la religión católica : 
pero ni esta condición especial ni las leyes gene- 
rales de Indias que, desde Isabel la Católica, fue- 
ron siempre, en cuanto a los indígenas, justas y 
filantrópicas, eran respetadas y cumplidas. 

La verdad del hecho era que los indígenas, so- 
metidos por la fuerza, quedaban reducidos a es- 
clavitud ; y que, como esclavos, estaban obligados 
a trabajar para los encomenderos. 

Como por estos medios no se coloniza, porque 
la fuerza que encorva o comprime encona y ale- 
ja, los indígenas violentados se alejaban, tan pron- 
to como podían, de la tierra en que eran oprimi- 
dos, e iban a incorporarse a los que hostilizaban 
o depredaban a los conquistadores, defendiendo 
su libertad natural por la fuerza, la astucia o la 
distancia. 

El sistema de someter y colonizar por la fuer- 
za, era la guerra : y de él no podía esperarse sino 
la guerra crónica, que se ha prolongado hasta 
nuestros días. 

Sin las Reducciones fundadas por diversas ór- 
denes religiosas, y sin la fusión de las razas, ini- 
ciada desde los primeros días de la conquista, 
por la falta de mujeres españolas y por el atrac- 
tivo que tenía para las indígenas la raza conquis- 
tadora, no hubiera permanecido ninguno de los 
núcleos de población de origen indígena que 
quedaron en el territorio de estas Provin- 
cias : núcleos , por otra parte, de población atra- 
sada, en los que, al fin, predominaron en los 



— 107 — 


mismos españoles y en sus descendientes muchas 
de las malas costumbres y de los vicios de los 
indígenas. 

Pero en presencia y a la par de la conquista 
laica, que era simplemente material, apareció el 
régimen blando y atrayente de la conquista es- 
piritual, como la denominó el célebre P. Ruiz 
de Montoya. 

La fuerza es repulsiva ; el racionalisno no tie- 
ne acción sobre las inteligencias adormecidas ; 
sólo el sentimiento religioso, innato en todo hom- 
bre, avivado y propagado por las maravillas de 
la creación, tiene acceso, atracción y poder aún 
entre los más rudos salvajes. 

Este medio se ensayó por individuos de diver- 
sas órdenes religiosas : pero el ensayo extenso y 
fundamental fué el que hizo la Compañía de 
Jesús. 

Su organización, que absorbía en un sólo pen- 
samiento y en una sóla voluntad todas las indi- 
vidualidades que entraban en su seno, le daba 
un poder eficiente por la concentración de todas 
las fuerzas en una acción única. 

Ella estaba preparada para ejercer esa acción 
en todas las esferas humanas, porque, con las in- 
dividualidades, había absorbido todos los conoci- 
mientos de su tiempo. 

En la historia de las naciones cristianas se con- 
serva la memoria de la influencia ejercida por 
sus políticos y sus diplomáticos: la bibliografía 
universal registra los nombres de sus escritores 
y de sus hombres de ciencia ; y los anales de las 



— 108 — 


bellas artes recuerdan todavía a Jacobo Courtois 
(llamado por los italianos Cortesi ) pintor de re- 
nombre europeo ; a Andrés Pozzo, también pin- 
tor, a quien debió su arte, en una época de de- 
cadencia, los progresos que hizo en la perspecti- 
va; que era arquitecto notable, y que dejó como 
ejecutorias de su mérito la famosa Capilla de 
San Ignacio en el Colegio de Roma, y el libro 
que escribió sobre los principios arquitectónicos ; 
3 T a Daniel Segers, que embelleció muchos tem- 
plos con sus pinturas, y tuvo celebridad en el 
mundo por sus cuadros de flores, que eran el en- 
canto de la alta sociedad de su época, por la 
transpariencia, por el movimiento natural, ini- 
mitable de las hojas, por la inspirada distribu- 
ción de las sombras. 

Poseyeron poetas y músicos de nota ; y, en bre- 
ves palabras, en todas las artes liberales y me- 
cánicas, desde las más elevadas hasta las más 
humildes, tuvieron maestros y obreros. 

Ellos los llevaban adonde iban: en la Amé- 
rica entera se encuentran los ' templos y los co- 
legios levantados por sus arquitectos y decorados 
por sus artistas ; y esas fábricas son los miliarios 
de su itinerario, tan extenso como la América 
misma. 

Entre los que vinieron al Río de la Plata se 
encuentra el jesuíta Prímoli, arquitecto distin- 
guido, que aprovechó la aptitud de los guaraníes 
para proveerse de auxiliares, transformándolos, 
fácilmente, en hábiles oficiales de albañilería, de 
carpintería y de herrería, para las grandes construc- 



— 109 — 


ciones que hizo en las Misiones y en nuestras 
ciudades, en esta misma de Buenos Aires. O) 

Con estos elementos ellos eran, en todo, supe- 
rior a los conquistadores : los conquistadores te- 
nían el poder de violentar, ellos el de catequi- 
zar ; los conquistadores sabían poco, los Jusuítas 
mucho ; la acción de los conquistadores no tenía 
cohesión ni obedecía a un plan de conducta inal- 
terable, al contrario, era ocasional, incierta, in- 
termitente, anárquica, como lo es siempre la de 
los poderes inspirados por propósitos y codicias 
personales ; la de los Jesuítas era fija, siempre 
entera, siempre invariable, sin solución de conti- 
nuidad; los conquistadores tenían el temple y el 
valor del soldado, los Jesuítas el valor y el tem- 
ple de los mártires. 

El sacrificio de la individualidad que convertía 
a los hombres en meros instrumentos de los altos 


(1) El P. Carlos Gervasoni, en carta dirigida al P. Comini, escrita 
en Buenos Aires el 9 de Junio de 1729, después de decir que la Igle- 
sia y Colegio de los Jesuítas en esta Ciudad podían estar en cualquiera 
de Europa, gracias a la diligencia y a los talentos del hermano Prí- 
moli, — agrega -«este hermano incomparable, es infatigable. El es el ar- 
quitecto, el maestro, el albañil de la obra, y es preciso que así sea, 
porque los españoles no entienden de nada de esto, además de que 
ocupados únicamente en ganar, poco les importa el resto. El es el ar- 
quitecto que construyó la Catedral de Córdoba de Tucumán, nuestra 
Iglesia de aquel Colegio, la de los Padres Reformados de San Fran- 
cisco aquí en Buenos Aires, la de los PP. de las Mercedes, y anda 
siempre de aquí para allá ». 

De los libros del Ayuntamiento de esta Ciudad consta que le pidió 
al Superior de la Compañía sus arquitectos, para hacerse cargo de la 
obra del Cabildo de Buenos Aires; y el superior les mandó a Prímo- 
li y a Smith, que fueron los que hicieron el plan del edificio y diri- 
gieron la construcción del Cabildo. 



— 110 — 


designios de la Compañía, los hacía aptos, por la 
voluntaria y absoluta abnegación de sí mismos, 
para las más arriesgadas empresas y para sacri- 
ficios casi humanamente imposibles. 

En la historia de la conquista nada hay más 
bello, más imponente ni más edificante, que las 
imágenes délos Jesuítas que apoyados en un bas- 
tón, coronados por la cruz, con el breviario deba- 
jo del brazo, y sin más propósito que el de atraer 
a los salvajes al gremio de su Iglesia, penetra- 
ban resueltamente los misterios de una natura- 
leza agreste y desconocida, sin que los detuvieran 
los bosques casi impenetrables, los torrentes casi 
invadeables, los peñascos altísimos, las tierras ba- 
jas y cenagosas que se hundían debajo de sus 
piés, arrostrando todas las fatigas y todas las in- 
clemencias ; entregando su vida a las fieras como 
iban a entregarla a los salvajes; no retrocedien- 
do ante el martirio, y aceptándolo tranquilamen- 
te en el servicio y para gloria de su religión. 

Y nada más respetable tampoco, que la con- 
ducta personal de los Jesuítas en contacto con 
las costumbres depravadas de los conquistadores: 
ninguna livianidad, ninguna lujuria los manchó ; 
y la casta severidad de su vida, fué una de las 
bases más visibles de la autoridad que ejercieron 
sobre los neófitos de sus reducciones. 

No abonamos sus propósitos mundanos en el 
pasado, ni nos contamos entre sus partidarios en 
el presente; pero cuando los encontramos en la 
historia Americana, nos inclinamos reverentemen- 
te ante ellos como ante los más verdaderos y más 



- 111 — 


animosos apóstoles de la civilización en la época 
de la conquista. 

Ellos demostraron, lo que ya habían sabido los 
griegos y los romanos, que es la religión, y no 
la fuerza ni las abstracciones de la razón huma- 
na, el poder elemental que obrando sobre el hom- 
bre inculto, lo atrae, lo amansa, lo mejora, lo 
civiliza. 

Las Misiones Jesuíticas del Paraná y del Uru- 
guay lo comprueban : lo que no pudo hacer la 
espada del soldado, lo hizo la cruz del Jesuíta. 

Ahí están los indígenas, domeñados suavemente 
por la unción del misionero, y prontos para reci- 
bir las enseñanzas de la civilización superior, en 
cuyos dominios habían entrado. 

Atendidas las necesidades primordiales del es- 
tablecimiento; cubiertas las primeras habitacio- 
nes y puestas en cultivo las tierras para proveer 
con sus productos a la alimentación y a las ne- 
cesidades de la comunidad ; levantada la iglesia 
para los servicios divinos, y metodizada la dis- 
tribución de la doctrina, los Jesuítas fueron cam- 
biando radicalmente las costumbres de los neófi- 
tos, principiando por asignarle al hombre todos 
los trabajos que exigían mayor vigor corporal o 
que debían ejecutarse lejos de su habitación, y 
dejando a la mujer dentro de ella, al lado de sus 
hijos, ocupada en las labores propias de su sexo ; 
en mano del hombre ponían el hacha para el des- 
monte y la azada para la sementera ; en las de 
las mujeres el huso y cierta porción de algodón, 
que se repartía semanalmente; los niños pertene- 



— 112 — 


cían a la comunidad que se encargaba de educar- 
los, pero concluidas las lecciones del día, volvían 
al lado de sus padres, con los que vivían, para 
conservar las afecciones y los vínculos de la familia. 

Estudiando el carácter y las aptitudes de sus 
neófitos, para aprovecharlas convenientemente en 
los diversos servicios, los Jesuítas tuvieron, en 
breve tiempo, entre los guaraníes, músicos, canto- 
res, doraderos, pintores, grabadores en madera y 
en cobre, fundidores, curtidores, tejedores, borda- 
dores, albañiles, carpinteros, aserradores, herreros, 
hojalateros, calígrafos y tipógrafos, pues tenían 
imprenta, siendo ellos los primeros que la introdu- 
jeron en estos países. 

Al comienzo, la tierra se trabajaba en común, 
de manera que los productos del trabajo, eran, 
como la tierra misma, propiedad de todos. 

La tierra es la propiedad de todos los hombres 
y a todos pertenece por derecho natural. 

Pero el producto de la inteligencia o del tra- 
bajo de cada individuo es propiedad individual. 

Los Jesuítas, reconociendo estos principios, co- 
rrigieron el régimen agrario de las misiones, esta- 
bleciendo lo siguiente : 

A cada jefe de familia se le adjudicaba una frac- 
ción de tierra suficiente para su uso, en la cual po- 
día cultivar cereales, algodón, y cuanto le convi- 
niese. Esta tierra, que llamaban Abamba , o propie- 
dad particular, era, en efecto, propiedad suya, 
mientras podía cultivarla, pero luego que la vejez 
se lo impedía o en caso de muerte, el terreno pa- 
saba a otro ocupante, apto para trabajarlo. Los 



— 113 — 


bueyes, etc., les eran emprestados de los bienes 
comunes. 

Una área estensa, llamada Tupamba, o pose- 
sión de Dios, era cultivada para la comunidad, 
una parte para cereales y legumbres, y la otra 
para algodón. Todos los habitantes tomaban par- 
te igual en este trabajo en épocas fijas; y los pro- 
ductos se depositaban en el granero común, para 
alimentar y vestir a los inválidos y enfermos, a 
las viudas y a los huérfanos de ambos sexos. 

De ese fondo común, salía lo necesario para pagar 
los tributos que eran debido a la autoridad real. 

Así estaban establecidas las bases de un orga- 
nismo social: organizada la familia, provista la 
educación de las nuevas generaciones; reconocido 
el principio de la propiedad sobre el producto 
del trabajo individual y aprovechadas las aptitu- 
des personales de manera que produjeran la di- 
versidad de servicios, que es condición esencial 
de consolidación y de progreso. 

El gobierno civil de esta colectividad, fué va- 
ciado en el molde del régimen municipal de las 
ciudades españolas. 

Su Cabildo se componía de un corregidor (!) 
dos Alcaldes, un Alcalde de hermandad, que era 
el que tenía jurisdicción sobre los negocios rura- 
les, cuatro Regidores, ^ un alguacil mayor, ( 1 2 3 ) 
un Procurador y un Secretario ( 4 ). 


(1) En Guaraní llamado «Poroquaitara» (qui agenda jubet). 

(2) Llamados «icabildoiguara» (que pertenece al Cabildo). 

(3) «Ibirararuzú» (primus Ínter sos qui manu virgam praeferunt). 

(4) Llamaban a este funcionario «Quatiaapabara», el que pinta. 


8 



— 114 - 


Estos municipales eran electos anualmente por 
la comunidad, pero el Rector podía desaprobar 
la elección e indicar otras personas, lo que le 
daba, de hecho, el poder electoral de manera que 
ese Cabildo no era más que el reconocimiento de 
un derecho social y el comienzo de una educa- 
ción. 

El gobierno efectivo estaba en los Padres de 
la Compañía y no podía estar en otra parte, por 
un tiempo más o menos largo. 

Los salvajes, en el estado de la naturaleza, son 
niños con el crecimiento físico y la fuerza del 
hombre. Puer robustus, según la expresión de 
Hobbes. 

Como a un niño no puede confiársele sensata- 
mente el gobierno de si mismo, tampoco podían 
dárselo a los guaraníes en el estado en que los 
tomaron los Jesuítas. 

Principiaron a tratarlos como niños, rodeando 
de atractivos infantiles todos los objetos a que 
pretendían aficionarlos: la música, por ejemplo, 
que los arrobaba en la Iglesia, los conducía al 
trabajo. Precedidos de la música, marchaban ale- 
gremente como infantes, a las tierras que iban a 
trabajar como hombres. 

Esta situación explica y, dentro de ciertos lí- 
mites, justifica, la reglamentación minuciosa de 
los actos de los neófitos, llevada, como fué, has- 
ta los más íntimos y naturales. 


Ipsi scripturam non norant, sed a pictura, quam rudi quodam modo 
norant scripturae nome accommodarunt. («Peramas», de Administrado- 
ne, etc., S. S. 216, nota). 



115 — 


Pero esta reglamentación debió ir relajándose 
y desapareciendo a medida que la razón se des- 
pertaba y que los hábitos se formaban. 

Si así no se hiciese, ella contrariaría el fin que 
la explicaba y podía justificarla: sustituiría la in- 
movilidad al progreso, y haría meramente auto- 
mático, lo que debía llegar a ser libre y con- 
ciente. 

En este punto, los Jesuítas desconocieron de 
hecho en el régimen de sus Misiones, la ley hu- 
mana, que es ley de desarrollo y de perfecciona- 
miento y habiendo creado un organismo social, 
lo atrofiaron por la inmutabilidad de las condi- 
ciones primitivas en que lo mantuvieron. 

La obra del catequismo estaba hecha, y desde 
que los guaraníes, acomodados a la vida social, 
habían adquirido, además, los conocimientos agrí- 
colas e industriales que le dan fijeza y condicio- 
nes de bienestar y prosperidad, la misión de los 
catequizadores había tocado, sino ultrapasado, sus 
límites más extremos. 

Faltábale a ese cuerpo social, el ambiente de 
la vida civil, que los Jesuítas no pudieron darle. 
No dependía esto de falta de inteligencia, que la 
tenían clara, extensa y bien nutrida, sinó de la 
naturaleza del gobierno teocrático, que es ante 
todo, y sobre todo, un poder espiritual, en cuya 
altísima esfera no caben las concesiones, los en- 
sanches y las flexibilidades que requieren los ne- 
gocios temporales. 

Dentro de las prácticas que les imponía el ré- 
gimen teocrático de las misiones, los guaraníes no 



— 116 — 


podían llegar a ser agentes libres; y sin la liber- 
tad de sus agentes, es imposible el progreso hu- 
mano í 1 ) . 

Aquí resalta la razón y la necesidad de la se- 
paración de los dos poderes que nos gobiernan 
sobre la tierra: los dos concurren a un mismo 
fin, pero por medios esencialmente diversos, como 
diversa es su naturaleza. Acertar con el límite 
que debe separarlos, — definirlos bien, — respetar- 
lo, sería resolver el problema más elevado del 
organismo social. 

Y como esto que es verdadero, bajo el aspecto 
más alto y más general de la inmensa cuestión 
que acabamos de indicar, lo es también en el caso 
especial de que venimos ocupándonos, podemos 
concluir que las misiones Jesuíticas, han dejado 
demostrado, arriba de toda duda, la eficiencia de 
la acción religiosa para catequizar a los salvajes, 
atraerlos y acomodarlos a la vida social; pero 
también que los medios que alcanzaron ese mag- 
nífico resultado, no son idóneos para el desarro- 
llo de una sociedad civil. 


(1) Un historiador inglés, apreciando los trabajos de los Jesuítas 
en las Misiones del Paraná y del Uruguay, exclama: — «Si los Jesuítas 
hubieran puesto más alto su punto de mira, pronto se hubieran conta- 
do los guaraníes entre las naciones civilizadas». ( R. Southey. — His- 
tory of Brazil). 

Pero los Jesuítas les dieron todo lo que podían dentro del régimen 
teocrático, que era el de su instituto; y Mr. Southey lo reconoce cuan- 
do, en otro pasaje, dice— que les dieron el «Sumum bonum» como ellos 
lo entendían, esto es, cuanto podía hacerlos buenos y felices en la ser- 
vidumbre espiritual. 

El régimen propio de esa servidumbre, manteniendo la vida conven- 
tual, escluyó la vida y, por consiguiente, el progreso civil. Esto fué todo. 



— 117 


VI 


Las Misiones Jesuíticas, establecidas en territo- 
rios pertenecientes a la soberanía temporal de la 
Corona de España, estaban sometidas de derecho 
y debían regirse por sus leyes : pero si esto su- 
cediera efectivamente, el régimen teocrático no 
podía subsistir y la Compañía de Jesús tenia que 
abdicar su gobierno. 

Para conservarlo, e invocando, con motivos 
muy plausibles, la necesidad de preservar a sus 
neófitos de las depravaciones y de las codicias 
brutales de los encomenderos, bajo cuyas inspi- 
raciones se ejercían las funciones del poder tem- 
poral, trataron de cerrarles la entrada de los pue- 
blos que habían formado, por todos los medios 
humanamente posibles. 

Primero, levantaron entre sus pueblos y los es- 
pañoles, la barrera del idioma, que es poderosa. 
El guaraní, fué el idioma de las misiones. No se 
enseñaba el español. 

Después, trataron de impedir todo trato y co- 
mercio individual entre sus neófitos y los espa- 
ñoles, aunque sacrificando el adelantamiento de 
la agricultura y de la industria de sus pueblos, 
que sólo podía verificarse estimulando a los pro- 
ductores por el provecho que les daría la libre 
venta o permuta de sus exedentes. 



— 118 — 


Ultimamente, habiendo tenido permiso real para 
tener y usar armas en defensas de las agresio- 
nes de los salvajes enemigos, organizaron mili- 
cias, relativamente numerosas, y las adiestraron 
para las funciones de guerra bajo la dirección y 
el mando personal de los P. P. de la Compañía. 

Crearon así un Estado dentro del Estado ; y 
pudieron conservarlo como lo habían hecho, por 
su consumada habilidad, por la influencia, en cier- 
tos períodos preponderante, que tuvieron en la 
Corte de los Reyes de España, y por el poder 
material que acumularon. 

El rey o sus delegados en estos países tuvie- 
ron que recurrir a los Jesuítas, para realizar con 
su cooperación obras públicas importantes, para 
combatir al extranjero o para reprimir sediciones, 
imponiendo por la fuerza el respeto de la auto- 
ridad real. 

Encontramos a las milicias Guaraníes encami- 
nándose a Castillos para hacer reembarcar a los 
franceses que habían aportado a aquella ensena- 
da ; al puerto de Montevideo para expulsar a los 
portugueses, que allí principiaban a establecerse ; 
a la Colonia del Sacramento, cuyas fortificacio- 
nes salpicaron con su sangre ; a Villa Rica para 
cástigar a los portugueses que la saquearon; a 
la Asunción y a otros puntos, para restablecer y 
mantener el pendón real. 

Vemos a los Guaraníes trabajando en los edi- 
ficios públicos de la Asunción, de Corrientes y de 
Sante Fé : levantando los muros de la fortaleza 
principal de Buenos Aires y los fortines del Ria- 



— 119 


chuelo y de Luján; rodeando de murallas y de 
fuertes el recinto de la ciudad de Montevideo, 
en cuya fundación fueron tan útiles; y concu- 
rriendo a la edificación de templos en las prin- 
cipales ciudades del litoral y en alguna del inte- 
rior, como Córdoba. 

La importancia de estos distintos servicios ex- 
tendió la acción, e hizo sentir el poder y la in- 
fluencia de los Jesuítas en las localidades más 
apartadas, agrandando el teatro de la lucha a 
que desde el comienzo las había condenado el 
antagonismo radical que existía entre el sistema 
de los encomenderos y el que ellos implantaron 
en sus Misiones. 

De ahí, los conflictos frecuentes y muchas ve- 
ces graves, con las autoridades temporales, cuya 
acción entorpecían y cuyos propósitos e intere- 
ses contrariaban; con los Obispos, cuya jurisdic- 
ción y facultades menoscababan; con las otras 
órdenes religiosas, mal avenidas con la prepon- 
derancia de la Compañía, y que hacían causa co- 
mún con los Diocesanos y con los encomenderos. 

Estos conflictos ocupan, por siglo y medio, las 
páginas de la historia de estas Provincias, oca- 
sionando contraversias tan ruidosas como las del 
Obispo D. Bernardino de Cárdenas ; tumultos tan 
serios, como los de los Comuneros del Paraguay, 
con escenas tan dramáticas y sangrientas como 
las que tuvieron por protagonista al Oidor D. 
José de Antequera; sucesos internacionales de 
tanta gravedad, como la sublevación contra el 
tratado de límites de 1750. 



— 120 — 


Sin oir a los Jesuítas ninguno de estos sucesos 
puede ser apreciado, ni fallarse con ciencia y con- 
ciencia los pleitos históricos que sobre ellos se es- 
tablecieron; y solo puede oírseles, leyendo sus 
crónicas. 

Por otra parte, no puede conocerse la socie- 
dad en que aquellos hechos se produjeron, sin el 
auxilio de las crónicas de las órdenes religiosas 
que militaron en la Conquista. 

Los fanatismos, las supersticiones y las candi- 
deces que en esas crónicas abundan, entraron en 
la sociedad que formaba la conquista, a la par y 
mezclada con el espíritu altanero, indisciplinado 
y codicioso de los Conquistadores seglares ; fue- 
ron creencia, y por serlo influyeron en las cos- 
tumbres y en los hechos sociales, y, estos hechos, 
sin el conocimiento del espíritu que los anima y 
produce, son efectos sin causa apreciable. 

Además de esto, que es genérico, en las cró- 
nicas de los Jesuítas está, y palpitante todavía, 
la lucha que sostuvieron para redimir a los indí- 
genas de la esclavitud a que los reducían los 
conquistadores y los encomenderos. 

Por cálculo de ambición, como dicen sus ene- 
migos, o sabe Dios porqué, el hecho es que ellos 
sostuvieron el derecho humano; y que más con- 
secuentes que el célebre Obispo de Chiapa, P. 
Bartolomé de las Casas, lo sostuvieron en* abso- 
luto. 

Las crónicas de los Jesuítas son escritas, sin 
duda, con el espíritu y con el criterio de la par- 
cialidad a que pertenecían; así como los historia- 



— 121 — 


dores seglares, desde Ruy Díaz de Guzmán has- 
ta Azara, inclusive, representan el espíritu y el 
criterio’ de los conquistadores y de los encomen- 
deros. 

Ni los unos ni los otros podían ser imparciales, 
como no lo son nunca, aún queriéndolo, los que 
narran sus propios actos, o los de la parcialidad 
con cuyas pasiones o intereses se han identificado. 

Así, en nuestro caso, los que investiguen la 
verdad, deben leer los historiadores españoles a 
la luz de las crónicas de las Ordenes religiosas, 
y recíprocamente estas a la luz de aquellos. 

El que no lo haga, se quedará en tinieblas. 


Con tal convicción, y siendo el fin de estas 
compilaciones salvar y vulgarizar el conocimien- 
to de nuestras fuentes históricas, hemos dado 
preferente atención a las crónicas de la Compa- 
ñía de Jesús, que se encontraban inéditas 

Principiamos por la historia civil del P. Pedro 
Lozano, que fué el grande analista de la Compa- 
ñía en estas Provincias. 

Síguele ahora el P. José Guevara, que es el 
último de los cronistas de la Provincia Jesuítica 
del Paraguay. 

Si nos es posible continuar este género de pu- 
blicaciones, vendrá después la primera edición 
española de la obra del P. Martín Dobrizhoffer, 
sobre los Abipones, que trae noticias históricas y 
copiosas observaciones sobre los indígenas, la fau- 



— 122 — 


na y la flora de estos países; teniendo algunas 
de estas especial interés porqué las relaciona con 
los ensayos hechos en las tierras del Chaco, de 
culturas tan importantes como las de los taba- 
cos, del algodón y del arroz. 

Y concluiríamos, con la primera edición espa- 
ñola de la Historia del Paraguay por el P. Pe- 
dro F. X. Charlevoix. 

Esta historia, muy recomendable por el méto- 
do y por el estilo, ha sido traducida al latín, 
anotada y continuada por el célebre Dominico 
Muriel U). 

Además de las numerosas anotaciones con que 
aclara, corrige o completa el texto de Charlevoix, 
y de los cuatro libros que adelantan la historia 
con los sucesos ocurridos desde el año de 1750 
al de 1767, el P. Muriel, agrega, como compro- 
bación, algunos documentos y escritos de la ma- 
yor importancia. 

Es, pues, este Charlevoix con todas las agre- 
gaciones que le ha hecho el P. Muriel, el que 
nos proponemos dar en español. 

Y con estas cuatro obras, — Lozano — G-uevara — 
Dobrizhoffer y Charlevoix, — suponemos que que- 
daría bien llena la sección que les corresponde a 
los Jesuítas en todas las bibliotecas históricas del 
Río de la Plata. 


(1) Historia Paraguajensis Petri Francisci Xaverii de Charlevoix, 
ex Gallico Latina, cun Animadversionibus et Suplemento, Venettis, 
1779. Apud. F. Sansoni— in fol., pág. II— 608, 



VII 


No anotamos al P. Guevara, ni anotaremos a 
los otros cronistas que intentamos publicar, por 
las mismas razones que nos han decidido a re- 
servar las anotaciones que hicimos a la historia 
del P. Lozano, y que estaban prontas para la 
imprenta cuando se suspendió esta Biblioteca , 
por los motivos expresados en el prospecto de su 
segunda serie. 

El tiempo transcurrido desde que las escribi- 
mos, nos ha demostrado que nuestro trabajo era 
prematuro, porque entre los documentos disper- 
sos del desgraciadamente perdido archivo de la 
Asunción, nos han venido algunos que le dan 
razón a Lozano en puntos en que se la negába- 
mos. 

Y algo así debe sucederles a los que escribi- 
mos historia o anotamos a los historiadores an- 
tiguos con documentos que adquirimos o conoce- 
mos al acaso, aislados, sin correlación, incomple- 
tos o fragmentarios. 

En esta situación, que es la verdadera, lo de 
mayor importancia, ante todo y sobre todo, es la 
adquisición y la coordinación de documentos, en- 
tre los que colocamos a los cronistas, porque 
ellos son los que han de darle a nuestra historia 
las bases firmes de que todavía carece . 



— 124 — 


Esta que indicamos es la labor que singularmen- 
te corresponde al período de preparación en que 
nos encontramos. 

Por fortuna, los tiempos le van siendo más fa- 
vorables que los que nosotros hemos vivido. 

El Archivo de Indias, en Sevilla, nos ha abier- 
to sus puertas de par en par; y ese archivo, que es 
único para nosotros, en cuanto al descubrimiento , 
no ha sido consultado hasta ahora por ninguno 
de nuestros cronistas antiguos o de nuestros his- 
toriadores modernos. 

Las copias de documentos que allí se han to- 
mado y que existen entre nosotros, no han disi- 
pado, y estamos convencidos de que no disiparán, 
las oscuridades en que está envuelto el descubri- 
miento del Río de la Plata. Con ello podremos 
llegar a hipótesis más o menos plausibles; pero 
hasta ahora no hemos visto anunciada la apari- 
ción de ninguno de los que pueden establecer de- 
finitivamente la verdad; y quizá no aparezcan en 
largo tiempo, si un hombre nuestro, suficiente- 
mente preparado, no se traslada a los archivos 
españoles y se consagra a rastrearlos en la in- 
mensa aglomeración de papeles que ellos encie- 
rran. 

El gobierno español no se ha limitado a abrir- 
les a los Americanos su Archivo de Indias: les 
ha dado, además, un ejemplo y un estímulo, pu- 
blicando a su costa y bajo la dirección de su Mi- 
nisterio de Fomento, el magnífico libro que lleva 
por título «Cartas de Indias)); y exhibiendo sobre 
las mesas del Congreso Americanistas, reciente- 



— 126 — 


mente reunido en Madrid, más de ochocientos 
manuscritos de los que guarda el Archivo de Se- 
villa, relativos a los descubrimientos y a las con- 
quistas Americanas. 

Pero tanto aquel libro como esta exhibición 
manifiestan que aquellos papeles no tienen el ór- 
den y la clasificación conveniente. En el libro 
se publica, acompañada del fac-símile del autó- 
grafo, una de las más importantes cartas de Ira- 
la, pero puede considerarse trunca porque le fal- 
tan los documentos a que se refiere y que acom- 
pañaba en testimonio, quedando los originales en 
el archivo de la Asunción. Por fortuna, estos ori- 
ginales, que son de los pocos que se han salvado, 
están en nuestro poder y el documento puede 
completarse; pero esto no altera el hecho, que 
prueba lo que decimos. 

Sobre los documentos exhibidos en el Congre- 
so de Americanistas, bastará indicar que entre los 
relativos al Río de la Plata no menciona el ca- 
tálogo ninguno perteneciente al descubrimiento o 
a la expedición de D. Pedro Mendoza, primer 
fundador de Buenos Aires. 

Respecto a la Conquista, en el Archivo de In- 
dias podríamos recuperar, y con creces, lo perdi- 
do en la Asunción ; pero aunque es cierto que 
los esfuerzos de los particulares no podrán, por 
sí solos, hacer lo que necesitamos para disipar las 
oscuridades en que están envueltos el descubri- 
miento y los primeros tiempos de la conquista; 
también lo es que a nuestros sucesores sólo les 
faltará un gobierno que, comprendiendo su mi- 



— 126 — 


sión histórica, haga sentir en el exterior su ac- 
ción directa, empeñosa y bien preparada para ad- 
quirir lo que de allí necesitamos, sin sobrecargar- 
nos, por incompetencia, de papeles inútiles; y que 
cumpla el tan olvidado deber de organizar el 
grande Archivo del Virreinato que existe en Bue- 
nos Aires en casi completa inutilidad, sobre ba- 
ses que consulten y concilien, con la seguridad 
de los papeles, el servicio de la historia, de la 
administración y de los particulares. 

Entre tanto, las Provincias de Córdoba y San- 
tiago del Estero, adelantándose a la Capital, han 
acordado la impresión de los libros de sus anti- 
guos Cabildos. Córdoba ha publicado el primero, 
que comprende desde su fundación hasta el año 
de 1587; y los de Santiago, están ya copiándose 
todos, y casi al terminar la impresión del primer 
volumen. 

La publicación de estos libros, que tanto honra a 
las autoridades provinciales que la han emprendido, 
y los documentos antiguos que continúa publi- 
cando el benemérito Sr. D. Manuel Ricardo Tre- 
lles, en la Revista de la Biblioteca Pública de 
Buenos Aires, podrán servir para comprobar y 
rectificar, en la parte correspondiente, a los an- 
tiguos cronistas como los P.P. Lozano y Gueva- 
ra; y a medida que vayan apareciendo nuevas 
series de documentos fehacientes, se irá ensan- 
chando la esfera de esos estudios, hechos con 
convicción y con mano segura, llegando a resul- 
tados durables. 



— 127 


Expuestos los motivos que determinan y justi- 
fican el aplazamiento de nuestras anotaciones; 
indicados los vacíos que tenemos en nuestra do- 
cumentación histórica y los archivos a que debe- 
mos recurrir para llenarlos; manifestada, por fin, 
la esperanza de que la apertura del Archivo de 
Indias y la publicación que se ha iniciado en las 
Provincias de los libros de los Cabildos, aumen- 
ten nuestros escasos medios de comprobación y ' 
de crítica histórica, no podemos dejar de decir 
que lo que nos proponíamos hacer con la histo- 
ria de Lozano, y que tenemos hecho, es un tra- 
bajo útil, pero no una condición de este género de 
publicaciones. 

El estudio y la anotación prolija de una larga 
serie de crónicas y de documentos antiguos, sería 
un trabajo benedictino que demandaría, en algu- 
nos casos, más de una vida ; y por este trabajo, 
que puede hacerse con más comodidad sobre los 
impresos, quedarían privados del conocimiento de 
los inéditos el público y los estudiosos por lar- 
guísimo tiempo, y los manuscritos correrían todos 
los riesgos a que están expuestos, especialmente 
en manos de particulares. 

Es por esto, sin duda, que estas compilaciones 
se publican generalmente sin anotación alguna en 
países en que los estudiosos no tienen en las bi- 
bliotecas y en los archivos todos los elementos 
que pueden serles necesarios ; en que esos traba- 
jos son compensados, en que la literatura es una 
profesión que les da a unos medios de subsistencia, 
a otros existencia cómoda, a algunos riqueza. Eso 



188 


que allá no se hace, ¿cómo podríamos hacerlo 
nosotros en nuestros países donde estas tareas no 
ofrecen compensación alguna, clonde los estable* 
cimientos públicos no nos facilitan ningún ele* 
mentó para estos estudios, donde tenemos que 
esforzar nuestra evocación y nuestro patriotismo, 
para ir salvando con sacrificios personales, por 
medio de la imprenta, y rodeado de la más gla- 
cial indiferencia, los materiales dispersos de nues- 
tra historia nacional? 

En prueba de que en otros países no se hace 
en efecto, lo que a nosotros se nos ha exigido, 
citaremos algunas compilaciones notables de ma- 
teriales históricos. 

Desde la compilación de Grynaeus. que es la 
primera de viajes en América, < 1 > hasta la última 
colección de viajes ¿cuántas son las que están 
anotadas v concordadas? 

m- 

De todas las compilaciones de la historia Ame- 
ricana, principiando, si se quiere, por los Histo- 
riadores primitivos de Indias , publicados por Bar- 
cia * 2 * ¿ cuál es la que viene estudiada y anota- 
da como ha pretendido hacerlo ? 

En los veinte volúmenes de la célebre colec- 
ción americana de Ternaux-Compans, * 3 * no se en- 
cuentra una sola nota. 


(1) Xott* Oria*, regioiiTSD ac infrlirviB retener» meo mgmtmmn, 
pie,— B * a)m 153X. 

(ti Hiatonadorw prnattaroa de las lfidiu OoadeoUiw, erte-, por 
A adré* Gobsáí«s de Barría, 3 roL, Madrid, 1743 

(3) Váyase* Reiatiow el Mernoim ortamaus pour aamr a ílua- 
toir* de la dpccpurerte d* J Aji>enqup, par Hemi Teraau — 30 toL — 
Pan*. JI37 4L 



— 129 — 


Entre los muchos trabajos históricos publica- 
dos en la Revista trimensal del Instituto Históri- 
co Geográfico del Brasil, G) este ilustrado cuerpo 
no ha hecho nada de lo que aquí se ha preten- 
dido. 

El señor Barros Arana, cuyos estudios espe- 
ciales pudieran, en verdad, tomarse como mode- 
los, es uno de los laboriosos literatos que publi- 
can la colección de Historiadores de Chile, < 2 ) y 
ninguno de esos historiadores está anotado; lo que 
prueba que él mismo reconoce la dificultad, sino 
la imposibilidad, de colocar a una compilación 
general, en las condiciones de un estudio espe- 
cial o monográfico. 

Pasando de los extraños a los nuestros, nos 
encontramos con los seis volúmenes de la Colec- 
ción Angelis< 1 2 3 ) que no tienen, además délos bre- 
ves proemios, más trabajo del editor que el In- 
dice geográfico e histórico de la Argentina ; y 
con los tres tomos de la Biblioteca de nuestro 
querido Florencio Varela( 4 )que no contienen más 
anotaciones que las que hizo el doctor don Pedro 
Somellera al Ensayo Histórico de la Revolución 
del Paraguay de los SS. Rengger y Longchamp. 


(1) Revista trimensal do Instituto Histórico e Geográfico do Bra- 
zil. — 40 vol. 

(2) Colección de Historiadores de Chile y Documentos relativos a 
la Historia Nacional. — Santiago, 1861 y siguientes. 

(3) Colección de obras y documentos relativos a la historia anti- 
gua y moderna de las Provincias del Río de la Plata, por don Pedro 
de Angelis. — 6. vol. Buenos Aires, 1835-1837. 

(4) Biblioteca del Comercio del Plata.— 3 vol., Montevideo, 1845-46. 


9 



— 130 — 


Cuando resolvimos la publicación de la Biblio- 
teca, entraba en el cálculo de recursos la protec- 
ción oficial que se dispensaba comunmente, y con 
la cual podía hacerse, como deseábamos, una edi- 
ción esmerada, tipográficamente lujosa e irrepro- 
chable. 

Por desgracia, nos faltó, a la vez, la protec- 
ción esperada y el desahogo personal, y la im- 
presión tuvo que realizarse en condiciones más 
humildes. 

No pudimos hacer lo que deseábamos ; pero 
hacemos lo que nos es posible. 


Para esta edición de la historia del P. Gueva- 
ra, nos servimos de una copia antigua, en dos 
volúmenes, que compramos hace muchos años. 

Considerando las Crónicas como documentos, 
creemos que deben ser respetadas hasta en sus 
incorrecciones; y hemos establecido como condi- 
ción este respeto, al entregar el manuscrito a los 
Editores de la obra, que son los que corren con 
su corrección tipográfica. 


Andrés Lamas 



INTRODUCCION 


a la 

HISTORIA DE LA CONQUISTA DEL PARAGUAY 
RIO DE LA PLATA Y TUCUfflAN 

Del F. Pedro Lozano 

Por DON ANDRES LAMAS 


I 

El P. Pedro Lozano gozaba entre sus contem- 
poráneos la reputación de hombre docto y de es- 
critor diligente y erudito. 

De esto dan testimonio todos los escritores de 
su tiempo, que por algún motivo le nombran; y 
el mismo Padre Gruevara, que alguien ha supues- 
to émulo suyo, al dar noticia de los historiadores que 
le precedieron, se expresa en los siguientes términos : 

((El último que trabajó la historia fué el eru- 
ditísimo P. Pedro Lozano, sujeto versadísimo en 
todo género de lectura, lleno de noticias sagra- 
das y profanas, varón de los que raras veces pro- 
duce la naturaleza para admiración de los siglos ( 1 )». 

(1) Historia Mss. de la Conquista del Paraguay, Río de la Plata y 
Tucumán, escrita en Córdoba del Tucumán por el P. José Guevara. 

Tomamos este párrafo de la copia manuscrita que poseemos, y que 
fue una de las que consultó don Pedro de Angelis para su edición de 
esta obra, porque este señor ha hecho, como tendremos ocasión de re- 
petirlo, esta y otras supresiones de mayor extensión e importancia. 



— 132 — 


Su nombre, conocido de los historiadores, via- 
jeros, geógrafos, naturalistas, es frecuentemente ci- 
tado por los que se han ocupado de estos países d) 

(1) Pinelo — Epit. de la Bib., O* y Occidental — 3 tomos, Ma- 
drid, 1737. 

Murillo Velarde — Geografía Histórica, t. IX, de la América. Ma- 
drid, 1752. 

Charlevoix. — Histoire du Paraguay, 3 t. París, 1756. 

C. Morelli ( Muriel ) Fasti novi orbis — Venetiis, 1776. 

Gumilla — El Orinoco ilustrado — 1 vol — Madrid, 1745. 

Dobrizhoffer, Hist. de Abiponibus — 3 vol. — Viena, 1784. 

Jolis — Saggio sulla Storia del gran Chaco — Forentia, 1789. 

Peramas, de Vita et Moribus, 2 vol. Forentia, 1791, 1793. 

Hervas y Panduro — Historia de la vida del hombre — 8 vol. Ma- 
drid, 1789-97. 

Hervas y Panduro — Cat. de las lenguas — 6 vol. — Madrid 1800-5. 

Azara — Voy. dans l’Amérique Méridionale — 4 vol. et. atl. Pa- 
rís, 1809. 

Funes-Ensayo de la Hist. 3 vol. — B. Aires, 1816,17. 

Southey — Hist. of Brazil — 3 vol. Londres, 1810. 

Southey — Tale of Paraguay, id. id. id. 

Warden-Chronol, historique de l’Amérique 10 vol. — Paris, 1826-44. 

D’Orbigny — Voy. dans FAmérique Méridional. — 9 vol. París, 1834-47. 

Roulin — Mem. pour l’histoire du Tapir — París, 1835. 

W. Robertson — His. d’Amérique, traducción de La Roquette, 2. vol. 
Paris, 1845. 

Alvear — Reí. geog. e histórica de Misiones — Col. Angelis tomo 4,° 

Flores — Carta al Marqués de Valdelirios. — Id. id. id. 

Tomajuncosa — Descripción de las Misiones de Tarija. — Col. An- 
gelis, tomo 5.o 

Navarrete — Bib. Marítima Española — 2 vol. — Madrid — 1851. 

Demersay. Hist. phy. ec. et pol du Paraguay — 2vol — París, 1860 

Helpe - The Spanish conquest in America — 4 vol. Londres 1855. 

M. de Moussy — Descrip. geog. et Stat, de la C 3 Arg. París 1860 
— 1864. 

Colmeiro — La Bet. y los Botánicos Hispano — Lusitanos Madrid 
1858. 

Magariños Cervantes — Estudios sobre el Río de La Plata. — 1858. 

A. Izabelle — Sebastian Gaboto — Montevideo 1862. 

Gay — Hist de la Rep Jesuítas do Paraguay — Río de Janeiro, 1863. 

González Llana — Hist. de las Rep del Plata — Madrid, — 1863. 

Biographie Universelle ( Michaud 1. a y 2. a edic ). 



— 133 — 


y la obra histórica, que nos cabe la honra de 
dar a la estampa, aun permaneciendo inédita, ha 
sido la fuente de los historiadores posteriores. O) 

Pero lo que mejor demuestra el alto concepto 
en que era tenido el P. Lozano entre sus mismos 
consocios, es el hecho de que, después de haber 
desempeñado el cargo de cronista de su Orden, 
se le confiara la redacción de las reclamaciones 
de la Compañía de Jesús contra el tratado de 
límites celebrado entre las coronas de España y 
Portugal en el año de 1760. 

Para tratar este asunto, tal vez el de mayor 


Telégrafo Mercantil, rural, político, económico, e historiógrafo del 
Río de la Plata ( primer periódico de Buenos Aires ) 1801 - 2. 

Celebridades Argentinas — ( introd. del Gral Mitre ) Buenos Aires, 
1857. 

Domínguez — Historia Arg. — Buenos Aires, 1861. 

Vicuña Mackena — Revista del Pacifico, tomo 5.° — Valparaíso — 

1861 

(1) La historia del P. Guevara, es muy poco más que un extenso 
compendio de la del Padre Lozano ; son escasas las noticias y las apre- 
ciaciones nuevas que ha añadido. 

D. Félix de Azara, apesar de la poca benevolencia con que trata 
a Lozano, confiesa que lo consultó y lo utilizó. Hablando de Lozano y 
de Guevara, dice : « Aun que yo conozco los defectos de los citados au- 
tores he tenido que valerme de ellos. ( Descrip. hist. del Paraguay y 
Río de la Plata. Madrid, 1847. t. l.° pág. 8 y 9 del prólogo del autor). 

El doctor don Julián de Leiva recurre a Lozano en sus anotacio- 
nes de Azara. 

El Dean D. Gregorio Funes declara que sigue principalmente al P. 
Lozano. ( Ensayo de la Historia Civil del Paraguay, Buenos Aires y 
Tucumán. Ed. de 1816, t, l.o pág. VI). 

El Dean Funes ha sido, a su vez, la fuente de historiadores pos- 
teriores. 

Don Juan Manuel La Sota, en lo que dejó impreso de su « His- 
toria del territorio Oriental del Uruguay», cita la inédita de Lozano, 
a quien seguía, la estracta en alguna parte y copia varios párrafos lite- 
ralmente. 



134 


importancia y, sin duda, el más delicado y espi- 
noso que tuvieron los jesuítas en estos países, se 
congregaron, en la ciudad de Córdoba, los Padres 
más autorizados entre los que se encontraba Lo- 
zano, y la elección que de él hicieron nos pare- 
ce la más cumplida ejecutoria del mérito que le 
reconocían, O) 

Tal elección lo designaba como hábil entre los 
más hábiles, pues era sabido que eran siempre 
los más idóneos los encargados de la dirección y 
el manejo de los asuntos de aquella Orden, en- 
tonces tan poderosa; y por consecuencia, esa apa- 
rición del P. Lozano en los grandes negocios de 
la Compañía y en la escena política del Virreina- 
to acreció su reputación y generalizó su nombre 
tanto en América como en Europa. 

Pero apesar de estas circunstancias le ha ca- 
bido a Lozano el mismo destino que a casi todos 
nuestros historiadores primitivos: ninguno de sus 
coetáneos ha escrito su biografía, y lo que es 

(1) En el prólogo del Diario del P. Henis , dice Angelis: 

«Luego que se traslucieron en Córdoba las cláusulas de este trata- 
do (el de 1750) el P. Barreda, Provincial entonces, reunió una con- 
sulta para exponer al Virrey y a la Audiencia los perjuicios que se in- 
ferían a los derechos de la Corona, de la Compañía y de los Pueblos. El 
P. Lozano que fué encargado de redactar este oficio , nada omitió para 
producir el convencimiento, y el P. Quiroga, que disfrutaba el concepto 
de cosmógrafo, formó un mapa en que según se dijo, desfiguró el terre- 
no para hacer más irresistibles los argumentos de los Consultores *. 

Demersay, tratando de la resistencia de los pueblos de las Misio- 
nes del Uruguay a la ejecución del tratado de 1750 dice : 

«Les Missionaires qui dans un mémoire habilement rédigé par le 
P. Lozano , avaient fait a S. M. C. d’énergiques représentations contre 
cette disposition furent accusés d’avoir fomentó la révolte». 

(Alf. Demersay. Hist. phisique, econ. et pol. du Paraguay). 



— 136 


libros y estudios clásicos, y que era individuo de 
de la Biblioteca Real O) . 

Respecto a este hermano suyo, encontramos en 
el Diccionario de los hijos ilustres de aquella cor- 
te, las noticias que vamos a transcribir, por que 
ellas nos indican que en la familia de nuestro 
historiador se cultivaban las letras. 

«Pablo Lozano (D.) individuo de la real Biblio- 
teca de S. M. , hijo de Don Juan Antonio Loza- 
no, vecino de Madrid, es sujeto que ha dedicado 
y dedica sus continúas fatigas en la literatura y 
erudición; no obstante que por su demaciada mo- 
deración no puedo extenderme en señalarlas par- 
ticularmente. Tiene conocimiento de las lenguas 
Latina, Griega, Hebrea y Arábiga. Déla 1. a dió a 
luz una obra con el título de Colección de laspar- 
tes más selectas de los mejores A. A. depura la- 
tinidad, con notas castellanas : Madrid, 1777, tres 
tomos en 8.° mayor. De la Hebrea tengo noticia de 
unos versos impresos al nacimiento de los Infan- 
tes gemelos ; y de la Arábiga de una composición 
poética del mismo asunto, y la traducción de la 
Tabla de Cebes ( 1 2 ) » . 

Esta noticia nos permite suponer que el P. Lo- 


(1) La carta a que nos referimos y que queda autógrafa en nues- 
tra colección, dice. 

« Tuve carta nueva de mi hermano Pablo de 24 de Enero, y queda- 
ba con buena salud, continuando con aprovechamiento el estudio de los 
clásicos de la Biblioteca de S. M., en la cual tiene puertas abiertas, co- 
mo que es de la casa.» 

(2) Hijos de Madrid, ilustres en santidad, dignidades, armas, cien- 
cias y artes. Diccionario Histórico por el orden alfabético de nombres, 
etc., su autor don Joseph Antonio Alvarez y Baena. — Madrid, 1789-91. 
4 tomos en 4.° 



- 137 — 


zano hizo sus primeros estudios en Madrid, don- 
de estaba avecindada su familia, pero no sabe- 
mos si Jos continuó en alguna otra parte de Euro- 
pa después que, cumplidos sus 14 años, entró en 
la Compañía. 

También ignoramos el año en que vino a la 
América. Pero leyendo con atención sus escritos, 
encontramos algunos datos que nos autorizan pa- 
ra establecer que Lozano llegó al Río de la Pla- 
ta antes o en el año de 1717, por que al con- 
cluir en 1745 su gran trabajo histórico llevaba, 
según su propio testimonio, 28 años de residen- 
cia en la entonces llamada Provincia del Tacu- 
mán ; y como en aquel año solo contaba 20 de 
edad, podemos también deducir que fué en estos 
países donde, auxiliado por los estudios prepara- 
torios que haría en Europa, adquirió la vasta ins- 
trucción de que nos ha dejado tan irrefragables 
testimonios. 

Según la nota que encontramos al pié de su 
nombre en una relación manuscrita de los escri- 
tores de la Compañía, el P. Lozano dictó filoso- 
fía y teología en la Universidad de Córdoba O). 

No podemos determinar la fecha del majisterio 
de Lozano, pero sabemos que en 1730 ya era Cro- 

( 1 ) La nota dice: « Petrus Lozanus — Navigavit in Americana et 
profitetur «Philosophiam Theologiam in Cordubensi Academia». 

Esta noticia puede talvez encontrarse en algún otro documento que 
no conocemos, porque en el artículo de la Biographie Universelle que 
dejamos citada, se dice « On V y jugea bientót digne de remplir une 
chaire dans le collége alors fort célébre de Cordova de Tucuman } oú il se 
róunit aux P. P. Quiroga, Cardiel, Falconer, et plus tard au P. Gue- 
vara.» 



— 138 — 


nista de la Orden en su Provincia del Paraguay, 
y esto nos inclina a creer que su nombramiento 
de Catedrático fuera anterior a ese año, pues el 
de cronista era encargo de mayor importancia. 
Pero sea o no acertada tal conjetura, el hecho 
de haber sido elejido cronista y de tener escrita 
su Discripción corográfica del Chaco en el año de 
1780, es decir a los 33 de su vida, demuestra que 
Lozano, sin duda generosamente dotado por la 
naturaleza, fué asiduo en sus estudios y adquirió 
temprano ciencia y reputación. 

Lozano residió habitualmente en Córdoba, en 
el Colegio Máximo de su Orden y en la hacien- 
da de Santa Catalina O); pero por las noticias 
que hemos recojido en la lectura de sus escritos, 
sabemos que viajó mucho dentro de estas Pro- 
vincias. 

Estuvo en las Misiones del Paraguay, hacien- 
do el viaje desde Córdoba a Santa Fé, recorrien- 
do a Corrientes y pasando en año de seca el pan- 
tano de Neembucú. 

Descendió el Paraná en balsa hasta el puerto 
de las Conchas; y se sirvió de muchas observa- 
ciones propias en la discripción de ese río. 

En otro viaje llegó hasta el Alto Uruguay, y 
y bajó por este río pasando, también en balsa, su 
grande arrecife. 


(1) La larga residencia de Lozano en la ciudad de Córdoba, ha sido 
invocada como una circunstancia que le dá autoridad tratándose de esa 
ciudad . 

Véase el núm. 8 del t. IV del Telégrafo Mercantil de Buenos Aires, 
publicado el 20 de Junio de 1802. 



— 139 — 


En las márgenes de ese río y en las de su tri- 
butarios el Cuareim y el Negro, recogió petrifi- 
caciones. 

Visitó la ciudad de Buenos Aires en diversas 
épocas, y en varios de sus escritos se refiere a 
los adelantamientos que habia notado personal- 
mente en esta población. 

Examinó por si mismo los archivos de Santia- 
go del Estero, Tucumán y Salta. 

Recorrió los llanos de Cuyo; subió a los Andes, 
y a bastante altura, para que las nubes, extendi- 
das a sus pies, velasen todo cuanto había deja- 
do en las planicies. 

En la descripción de los Andes mezcla sus pro- 
pias emociones a las reminicencias de sus lectu- 
ras y al misticismo de su tiempo y de su estado. 

Si estos viajes no tenían por objeto conocer el 
país y adquirir noticias y documentos, este fué, sin 
embargo, el único resultado que él mismo nos se- 
ñala. 

Y nos parece que no podrían tener otro, por 
que Lozano se nos presenta siempre con residen- 
cia fija en Córdoba y exclusivamente consagrado 
a trabajos literarios ; y estos trabajos son tantos, 
tan continuados y tan extensos que no dejan es- 
pacio para suponer otra ocupación ; por el con- 
trario, solo merced a una diligencia y laboriosidad 
extrema ha podido llegarle el tiempo para legarnos 
los escritos que en seguida vamos a relacionar. 

Los últimos de que tenemos noticia son los re- 
ferentes al tratado de 1750; y desde la fecha de 
los ruidosos sucesos a que dió lugar la ejecución 



— 140 — 


de ese tratado, hasta la fecha de la expulsión de 
los Jesuítas, que se verificó en estos países en el 
año de 1767, no volvemos a dar con rastro al- 
guno del P. Lozano. 

Desaparece de nuestra escena y no vuelve. 

Hemos registrado cuidadosamente el catálogo 
de los Jesuítas de estas Provincias en 1767 y 
los documentos relativos a su estrañamiento y en 
ninguno damos con el nombre de Lozano O). 

Había muerto o se había ausentado antes de la 
fecha de aquel grande acontecimiento. 

Nos parece que si la muerte del renombrado Je- 
suíta hubiera tenido lugar en estos países, alguna 
noticia o indicio se encontraría en los numerosos 
y diversos papeles que hemos consultado ; y esto 
nos induce a conjeturar que regresó a Europa an- 
tes de la expulsión. 

En apoyo de esta conjetura podría suponerse 
que se trasladó a Europa para atender a la publi- 
cación de sus grandes obras históricas, porque no 
conocemos escrito ni acto suyo en estas Provin- 


(1) Tenemos originales y firmadas por el Gobernador Bucarelly, las 
listas de los P. P. embarcados en los diversos buques en que salieron de 
este Río para Europa. 

Entre los que llevaba la fragata Venus, encontramos los siguientes 
nombres conocidos en nuestros anales literarios: 

Del Colegio de Córdoba — Joseph Guevara, natural de Recas en To- 
ledo, do 47 años; Thomas Falconer, de Manchester, en Inglaterra, de 66 
años; José Peramas, de Mataré en Cataluña, de 34 años; Gaspar Xuares, 
de Santiago del Estero, de 37 años. 

Del Colegio de Belen — Joseph Quiroga, Jabal, de 60 años. 

Entre los de la Fragata Esmeralda, iban ( traidos de las Misiones 
del Paraguay) Martin Dobrizhoffer, natural de Grats, en Styria, de 4 9 
años y D. Joseph Sánchez Labrador. 



141 — 


cías posterior al año de 1752 (fecha de los rela- 
tivos al tratado de 1750), y su historia de la Com- 
pañía de Jesús en el Paraguay se imprimió en 
Madrid en 1754 y 1755. 

En Madrid se encontró también, como adelante 
diremos, una copia de su Historia Civil, que es la 
que ahora editamos, con correcciones o agregaciones 
de su puño, lo que podría tomarse como indicio 
aunque leve, de que ese manuscrito estaba en sus 
manos, pues parece natural que para enviarlo a 
tan larga distancia hiciera recopiar las páginas 
que alteraba y no las afease con tiras de papel 
superpuestas. 

Por último, tenemos un libro suyo ( la traduc- 
ción de los Ejercicios de San Ignacio) impreso 
en Madrid en 1788. 

Pero nada de esto es concluyente. Las licen- 
cias para imprimir su Historia de la Compañía, 
aparecen solicitadas y obtenidas por los P. P. 
Bruno Morales e Ignacio Altamirano, lo que pue- 
de inducirnos a creer que, al menos cuando se 
solicitaron, el autor no estaba presente aun que 
bien pudo cometer a otros estas diligancias pré- 
vias, sin perjuicio de ir más tarde a atender per- 
sonalmente la publicación de su obra. 

No juzgamos probable que remitiese el manus- 
crito de la Historia Civil en el estado en que lo 
hallaron en Madrid; pero no es de ninguna ma- 
nera imposible que lo hiciera. 

Y en cuanto a la traducción de los Ejercicios 
de San Ignacio, como la primera edición de esa 
obra póstuma del P. Carlos Amb. Cattaneo fué 



— 142 


hecha en Roma en 1724, Lozano pudo hacer la 
versión en los años en que sabemos vivía en es- 
tos países, quedar inédita y ser publicada des- 
pués de sus días. 

No podemos, pues, determinar ni la fecha ni 
el lugar de la muerte del P. Lozano. 

Conservamos la esperanza de que en adelante, 
cuando se pongan al alcance de los estudiosos los 
papeles dispersos en toda la extensión de estos 
países, y les sean más accesibles los de los ar- 
chivos europeos, se adelantarán y complementa- 
rán los trabajos que, con tan escasos elementos, 
inician los hombres de las generaciones que aho- 
ra viven. 

Pero si queda definitivamente ignorado el pe- 
dazo de tierra en que se ha perdido el polvo de 
los restos mortales del P. Lozano, su nombre vi- 
virá entre nosotros perdurablemente, por que fué 
uno de los obreros más diligentes de nuestra his- 
toria, y la historia, solícita y cariñosa para los 
que la sirven, repara los olvidos y los descuidos 
contemporáneos. 



— 143 — 


II 

Los escritos del Padre Lozano, de que tenemos 
conocimiento o noticia, son los siguientes: 

IMPRESOS 

l.° (( Descripción chorográphica del terreno, ríos, 
árboles y animales de las dilatadísimas provin- 
cias del gran Chaco Gualamba; y de los ritos y 
costumbres de las innumerables Naciones Bárba- 
ras e infieles que le habitan; con una cabal re- 
lación histórica de lo que en ellas han obrado 
para conquistarlas algunos gobernadores y minis- 
tros reales ; y los Misioneros Jesuítas para redu- 
cirlas a la Fé del verdadero Dios. Escrita por el 
Padre Pedro Lozano, de la compañía de Jesús, 
choronisfca de su Provincia del Tucuman. — La 
cual ofrece y dedica a las religiosísimas Provin- 
cias de la misma Compañía de Jesús de Europa, 
el Padre Antonio Machoni, natural de Cerdeña, 
Rector del Colegio Máximo de Córdoba del Tu- 
cuman, y Procurador General a Roma por su Pro- 
vincia del Paraguay. — Año de 1733. — En Córdo- 
ba (de España) en el colegio de la Assumpcion: 
por Joseph Santos Balbás.» 

Este vol. en 4.° antiguo, contiene la dedicato- 
ria de su editor el Padre Machoni, que llena cinco 
páginas; la licencia, censuras, privilegio y tasa, 
ocupan ocho, y cinco el prólogo y protesta del au- 



— 144 — 


tor, todas sin numeración; sigue la obra que tie- 
ne 485 pág. numeradas, y cinco de índice sin fo- 
liar. — Le acompaña un mapa con el siguiente título. 

(( Descripción de las provincias del Chaco y con- 
finantes según las relaciones modernas y noticias 
adquiridas por diversas entradas de los Misione- 
ros de la Compañía de Jesús, que se han hecho en 
este siglo de 1700. — (lo. Petroschi, sculp. ) 

Este es el primer Jibro monográfico que se ha 
publicado sobre el Chaco. 

En algunos de los que le precedieron, como, por 
ejemplo, en el del D . Xarque y en el del P. Fer- 
nández O), se encuentran noticias del Chaco, pero 
breves y generales, como que solo se daban para 
bosquejar, a grandes rasgos, la escena de los su- 
cesos que iban a narrarse. 

Por el contrario, en el del P. Lozano es. principal 
lo que en los otros solo era accesorio, porque él se 
propone la descripción completa, detallada, minu- 
ciosa de aquel extenso territorio, de sus produc- 
ciones naturales y de las tribus indígenas que lo 
habitaban. 

Para hacerlo tenía a su disposición los archi- 
vos en que estaban encerradas las noticias y los 
conocimientos adquiridos en todas las exploracio- 
nes y en todos los estudios hechos en el Chaco. 


(1) Doctor Francisco Xarque, Insignes Misioneros de la Compa- 
ñía de Jesús en el Paraguay, etc. 1 vol. en 4.° — Pamplona, 1687. 

J. Patricio Fernández. — Relación historial de las Misiones de los 
indios que llaman chiquitos, que están a cargo de los P. P. de la Com- 
pañía de Jesús de la Provincia del Paraguay. — 1 vol. in. 4.° Ma- 
drid, 1726. 



— 14 


En esos archivos se encontraban los diarios de 
las expediciones terrestres y fluviales que se ha- 
bían emprendido por los misioneros, especialmen- 
te para abrir y mantener comunicación entre sus 
reducciones del Paraguay, Paraná y Uruguay con 
las de Moxos y Chiquitos. 

Estaba allí una obra inédita del licenciado Luis 
de Vega, que tenía por título Relación del Chaco , 
de la que Lozano hace aprecio, sin duda porque 
Vega, que navegó el Bermejo, describía de visu. 
La cita como autoridad, y copia de ella párrafos 
enteros. 

Tañía a mano, y cita, las cartas del padre Oso- 
rio, célebre misionero del Chaco, muerto por los 
Chiriguanos, escritas, en su mayor parte, en el 
año de 1630, y a las que se daba suma importancia. 

Como las de Osorio, debían estar en el archivo 
las cartas y relaciones de los otros misioneros, 
que en diversos tiempos y por diversas direccio- 
nes, penetraron en el Chaco. 

El cartulario de estos misioneros debió contener 
noticias y descripciones parciales sobre la topo- 
grafía, la hidrografía, los productos y los habi- 
tantes del inmenso territorio que recorrían; y de 
cierto, que no sería este el menos rico de los ve- 
neros que en aquel archivo podrían explotarse. 

Además de las descripciones parciales, existían 
trabajos generales sobre algunos ramos, como los 
del P. Montenegro, renombrado cirujano y herbo- 
lario, citado por Lozano, y que nos ha dejado un 
tratado, todavía inédito, sobre las plantas y ár- 
boles de estas provincias, ilustrado con láminas. 


10 



No está citado el P. Seguismundo Asperje, tam- 
bién médico y herbolario distinguido, pero sus es- 
tudios deben haber sido utilizados por Lozano, es- 
pecialmente en cuanto al uso de las plantas me- 
dicinales de la flora indígena. 

Para el aprovechamiento de estos preciosos ma- 
teriales no podía faltarle a Lozano el concurso 
oral de algunos de los mismos misioneros: el P. 
Montenegro era su compañero en Córdoba, y el 
P. Machoni, editor de este libro, misionero infa- 
tigable, su amigo íntimo y su colaborador. 

La colaboración de este Padre está revelada 
en la censura del P. Maestro Cristóbal de Palma, 
que corre al frente del mismo libro, y en la que 
al encarecer el mérito del editor, dice, textual- 
mente, que Machoni es acreedor a los mismos elo- 
gios que el autor por haberle suministrado mu- 
cha erudición de noticias de aquellas dilatadas 
provincias del Chaco , medidas todas con sus piés. 

Podemos, pues, considerar el libro de Lozano 
y el mapa que lo acompaña, como el resúmen de 
todos los conocimientos sobre el Chaco que has- 
ta el año de 1780, en que fué escrito, habían ate- 
sorado los jesuítas. 

Este es un grande mérito, y el mismo Lozano lo 
hace resaltar al decir que — «a ruego de personas 
celosas ha formado esta descripción de las pro- 
vincias del Chaco, valiéndose de las noticias anti- 
guas y modernas que se habían podido recojer hasta 
entonces, y estaban olvidadas en los archivos». 

La descripción de Lozano fue por mucho tiem- 
po, el único libro de estudio sobre el Chaco : de 



— 147 — 


él tomó Charlevoix las noticias qne dá sobre ese 
territorio en su conocida historia del Paraguay, 
y de Charlevoix las tomaron otros. 

Solo muchos años después, en 1789, contesta 
el P. Jolis la exactitud de algunas de esas noti- 
cias; O) pero aun hoy merece consultarse el li- 
bro del P. Lozano. 

2. ° — a Historia o vida del jesuíta Lizardi. Impresa 
en Salamanca en 1141 y reimpresa en Madrid 
en 1862.}) 

No hemos podido ver este libro, pero sabiamos 
por Peramas y por Charlevoix que Lozano habia 
escrito la vida del P. Julián Lizardi. El títu- 
lo, lugar y fecha de impresión que le damos, son 
tomados, literalmente, de las (( Biografías y Catá- 
logo de obras Vasco -Navarras, publicados por D. 
Nicolás de Soraluce y Zubizarreta en un cuader- 
no impreso en Victoria en 1871.» 

3. ° — a Carta del P. Pedro Lozano sobre el esta- 
do de las Misiones del Paraguay , Córdoba, 1141 , 
in 4.°» 

La noticia de este libro, que no hemos visto, 
está tomada del Catálogo de D. Pedro de An- 
gelis, en cuya biblioteca se encontraba < 1 2 3 ). 

4. ° — (( Carta de P. Pedro Lozano , de la Compa- 
ñía de Jesús , al P. Bruno Morales , de la misma 

(1) Jolis. — Saggio sulla storia del gran Chaco, ya citado. 

(2) Peramas, dice: « Petrus Lozanus, qui eadem illa classe navi- 
gavit, istud Smithi refert in Vita Juliani visum Lizardi, quae dudum 
edita in lucem est. 

(De Vita et moribus sex sacerdotum Paraguaycorum.) 

(3) Angelis, colección de obras impresas y manuscritas que tratan 
principalmente del Río de la Plata. Buenos Aires, 1853. 



— 148 — 


Compañía } residente en Madrid , con fecha de Cór- 
doba del l\iraguay a de Noviembre de 1740 , » 
— Impresa, sin designar el lugar de la impre* 
sión, en 56 pág. en 4.° 1 747. » 

D. Martín Fernández do Navarreto sustanciad 
contenido do esta carta en los siguientes térmi- 
nos : 

(( Las 27 primeras páginas refieren lo que, des- 
de que el P. Bruno salió do allá (que según el 
contexto debió sor a finos do 1745) habia ocurri- 
do, ya próspero, ya adverso, con las tribus do in- 
dios confinantes; sus costumbres y religión; coo- 
peración evangélica de los Misioneros de la Com- 
pañía por atraerlos, etc. El resto de la carta des- 
de la pág. 27, exceptuada parte de la 54 y las 
dos postreras, que se contraen a ciertos P. P. 
Misioneros sus consocios, contieno en su primer 
período la determinación del Rey para que se 
hiciera un reconocimiento de toda la costa de 
Buenos Airos al Estrecho de Magallanos, desig- 
nando para esta expedición al padro José Quiro- 
ga, acompañado de otros dos Misioneros Jesuítas, 
para que si hallasen indios que los recibiesen de 
paz, se quedasen estos dos entre ellos a predi- 
carlos el Evangelio: la salida de Cádiz, con ese 
objeto, del bergantín «San Antonio» do ocho ca- 
ñones, al mando del capitán D. Joaquín Oliva- 
res, llevando por piloto mayor a D. Diego Vare- 
la, vizcaíno, y por segundo a D. Basilio Ramírez, 
sevillano; y el celo de los Gobernadores de Buenos 
Aíres en el apresto do todo lo necesario al viaje. 
Sigue luego el Diario de osta navegación, empe- 



— 149 — 


zando por el 5 de Diciembre de 1745, en que se 
embarcaron los P. P. Misioneros, víspera del día 
en que se hicieron a la vela, y concluyendo en 4 
de Abril siguiente , que anclaron de regreso a tres 
leguas de Buenos Aires. 

Llegaron hasta los 52.° 28. s sin que ni al ir ni 
al volver hallasen indios en cuantos parajes ba- 
jaron a tierra, aun internándose algunas leguas, 
ni tampoco ninguno en que pudiera interesar ha- 
cerse población alguna, ni hubiera medios para 
conservarlas. El P. Lozano, que no fué en esta 
expedición, valiéndose probablemente del Diario 
de alguno de los pilotos, o del que llevaría el P. 
Quiroga, que trabajaba con ellos como facultati- 
vo, hace descripciones y determina latitudes y lon- 
gitudes, especial o más detenidamente de Puerto 
Deseado y bahía de San Julián, y descubre inexac- 
titudes de las cartas marítimas y de las noticias 
de algunos extranjeros acerca de aquellas cos- 
tas (D. 

Esta carta, que Navarrete supone impresa en Ma- 
drid, es pues, la primera edición del Diario del 
viaje a la costa del mar Magállanico en 1745. 

La segunda es la que se encuentra entre las 
piezas justificativas del tercer tomo de Charlevoix, 
con el siguiente título: 

« Journal d'un voyage le Ion g de la cóte déla 
mer Magellanique, depuis Buenos Ayrés jusqu' a l’en- 
trée du Détroit de Magellan ; Tiré des observa- 
tions des Peres Joseph Cardiel et Joseph Quiroga , 


(1) Navarrete. Bib. Marítima Española, ya citada. 



— 160 — 


de la Compagnie de Jésus; par le Pére Fierre Logano 
déla méme compagnie U).» 

Este título es lo único que Charlevoix pone en 
francés: el texto del diario está en español. 

De este texto se sirvió Prevost en su historia 
de los viajes, < 1 2 ) Burney para la noticia que dá 
del viaje de los P. P. Cardiel y Quiroga < 3 ) y D. 
Pedro de Angelis para la nueva edición que hi- 
zo en su Colección traduciendo al español el tí- 
tulo que le dió Charlevoix < 4 ). 

5.° — a Extracto de una carta del P. Pedro Lozano 
de la Compañía de Jesús , al P. Bruno Morales , de 
la misma Compañía , procurador en la corte de Ma- 
drid. Escrita en Córdoba del Tucumán a l.° de 
Marzo de 11 41. y) 

Esta carta, que contiene la descripción del tem- 
blor de tierra que se hizo sentir en Lima en la 
tarde del 28 de Octubre 1746, fué traducida al 
francés y publicada en el tomo 27 de la primera 
edición de las Lettres édi fiantes et curieuses, Pa- 
rís, 1747 a 1776. 

Se encuentra, vuelta ya al español, en el to- 
mo 15 de la traducción que hizo de esas cartas 
el P. Diego Davin, Madrid, 1756. 

También hallamos en el tomo 9.° de la segunda 
edición francesa, París, 1781 ; en la hecha en 


(1) Charlevoix. Hist. du Paraguay. 

(2) Prevost. Hist. gen. de voyages, ou nouvelle collection de toutes 
les relations dos voyages qui ont ótó publiées jusqu’á preósent ( avec la 
continuation par de Querion et de Surgy) París, 1746-89; 20 vol. in 4.°. 

(3) Burney, A Chronological history of the voyages and discove- 
ries in the South Sea or Pacific Ocean. London, 1817, 5 vol. folio. 

(4) Angelis, col. ya citada T. I. 



— 151 — 


Toulouse en 1810-11, y en la publicada bajo la 
dirección de M. L. Aimó Martín en París en 1843. 

6. ° — a Capitulo de carta del P. Pedro Lozano al P. 
Juan de Alzóla sobre los Césares que dicen están po- 
blados en el Estrecho de Magallanes . » 

Esta carta se encontraba en el archivo de la 
Residencia de Montevideo, según consta del in- 
ventario hecho después del extrañamiento, í 1 ) y 
fué publicada por Angelis entre los derroteros, 
viajes y documentos relativos a la ciudad encan- 
tada o de los Césares, que se creía existente en 
la cordillera del Sud de Valdivia. < 2 ) 

7. ° — « Historia de la Compañía de Jesús en la Pro- 
vincia del Paraguay , escrita por P. Pedro Loza- 
tío , de la misma Compañía .» 

Dos tomos in folio, impresos en Madrid, en la 
imprenta de la Viuda de Manuel Fernández y 
del Supremo Consejo de la Inquisición: el l.° en 
el año de 1754 y el 2.° en el de 1755. 

El primer tomo contiene seis páginas sin nu- 
meración, en las que se encuentran las aproba- 
ciones, licencias, fé de erratas, y el prólogo del 
autor; 760 páginas de texto mumeradas y 7 de 
índice. 

El segundo, dos páginas sin numeración, 832 
numeradas de texto e índice. 

En todo, 1607 páginas in folio. 

( 1 ) Indice de los papeles de los colegios de San Ignacio y Betlen 
de esta ciudad (Buenos Aires y de los de la Residencia de S. Phelipe 
de Montevideo. Formado por D. Marcos Joseph de Riglos. Buenos Aires, 
Abril de 1774. (Manuscrito). 

(2) Angelis. Col. citada tomo 1.® 



152 — 


Como lo indica su título, esta obra es la cró- 
nica de la Compañía de Jesús en su provincia del 
Paraguay. 

Principia con la entrada de los Jesuítas por el 
territorio Tucumano, en el año de 1586, con tí- 
tulo de misión, enviados por la Provincia Jesuí- 
tica del Perú, que fué la matriz de las que su- 
cesivamente fundó la famosa Compañía en la par- 
te ocupada por los españoles en la América Me- 
ridional. 

Narra los progresos de estas misiones, depen- 
diente del Perú ; y como fueron tales, y tan 
extenso el territorio en que se realizaban, die- 
ron lugar a que el P. General Claudio Aquaviva 
resolviese en 1604 la fundación de una nueva 
provincia jesuítica , independiente de la del Perú, 
encargando de esta fundación, como primer pro- 
vincial, al P. Diego de Torres. 

Esta provincia se fundó definitivamente en 1607, 
comprendiendo el territorio de las gobernacio- 
nes políticas de Chile, Tucumán, Río de la Pla- 
ta y Paraguay ; y la historia del P. Lozano lle- 
ga hasta fines del año de 1614, término del pro- 
vincialato del P. Diego de Torres. 

Después de indicar el deseo, que había existi- 
do siempre, de que esta historia fuera escrita en 
español, deseo que no satisfizo el P. Nicolás del 
Techo escribiendo la suya en latín, O) el P. Lo- 


(1) Nicolai del Techosocietatis Jesu, Historia provincice Para - 
quarice Soc Jesu . Loedii, 1673, in fol. 

Este libro no ha sido vertido al español. No conocemos más tra- 



— 1B3 — 


zano nos dá sobre los trabajos de sus anteceso- 
res y sobre las fuentes de que se sirvió para el 
suyo, muy preciosas noticias que debemos repro- 
ducir in- extenso. 

«Esta razón, dice Lozano, movió al venerable 
padre Juan Pastor, Provincial de esta Provincia, 
a dedicarse con infatigable diligencia a revolver 
los monumentos antiguos, no sólo en estos países, 
sino también en el Perú, y logró tan bién sus 
desvelos, que pudo dejar compuesto (cuando pa- 
só a mejor vida el año de 1658) dos tomos en 
folio, que ignoro el motivo porque no se dieron 
a la prensa. Valióse mucho de ella, o en la ma- 
yor parte, para la suya latina el padre Techo, y 
no se trató más de imprimir la del padre Pastor. 
Ni tampoco hubo quien se empeñase o en prose- 
guir la expresada o en emprenderla de ñuevo, 
quizá recelando que su fatiga corriese igual for- 
tuna, que fué estar arrinconada en un archivo, 
si no comida de la polilla, puesto a lo menos en 
casi total olvido. » 

(( Sin embargo, el deseo, ya dormido en los más, 
despertó en el padre Lauro Núnez, provincial dos 
veces de esta Provincia, y se avivó más todavía 


ducción que la inglesa, que está inserta en el 4.° vol. de la Coll. de 
voyages de Churchill. Londres, 1704. 

El apellido del Techo , que se dá el mismo autor, y con el que le 
nombra Lozano, por que con él se le conocia en la Orden, y se le co- 
noce en la historia de estos paises, no es el de su familia : su verda- 
dero apellido es Du Toict , pero como sus consocios españoles no lo pro- 
nunciaban correctamente, lo españolizó y se llamó Del Techo . 

Du Toict o Del Techo, nació en Lille en 1611, vino a estas pro- 
vincias en 1649 y murió en ellas en 1680. Llegó a ser Provincial. 



— 154 — 


en su sucesor el padre Simón de León, que mu- 
rió Visitador de nuestra Provincia de Ohile, y 
ambos pusieron los ojos en el padre Pedro Cano, 
destinándole para el empleo de historiador del Pa- 
raguay, por la satisfación que se tenia de que su 
elegante facundia y grande diligencia desempe- 
ñarían cabalmente esta confianza; pero fatigado 
u oprimido del gravísimo peso de muy molestos 
escrúpulos con que el Señor labró a este siervo 
suyo la corona, y agravado después de sus acha- 
ques, apenas pudo dar paso en el asunto, sin ha- 
bér dejado escritos más que dos o tres capítulos 
y las cartas anuas de esta Provincia desde el año 
de 1690 hasta el 1700, en que dió espécimen de 
su gran talento. — Después el padre Luis de la 
Poca, provincial dos veces de esta Provincia, se- 
ñaló el propio asunto por los años de 1715 al 
padre Juan Bautista Peñalva ; y a favor del acier- 
to de esta elección abogaba la pluma de oro de 
este sugeto, dotado del cielo de habilidad para 
todo ; pero la escasez de sugetos obligó a dete- 
nerle en la cátedra de Prima de esta Universidad 
de Córdoba, en que leía la Sagrada Teología, con 
gran crédito y estimación, sin poderle exhonerar 
hasta que los achaques le cargaron de modo que 
hubo de dejar la cátedra y quedar con menos 
fuerza que la que requiere el afan de escribir la 
historia. » 

«Esta, por fin, se me encomendó a mi, con 
harto rubor y repugnancia mía, por conocerme des- 
tituido de las prendas necesarias para satisfacer 
a lo que requiere esta empresa; pero por cerrar- 



— 155 — 


se todas las puertas a mis representaciones, me 
fue forzoso obedecer ; y ya que no me he desem- 
peñado como quisiera por no poder más, tengo 
el consuelo de haber obrado solo por obediencia. 
No ha dejado de ser dificultosa, aun en lo ma- 
terial, por que si bien me ayudaron no poco los 
trabajos del padre Pastor, del padre Techo y de 
otros, ha sido todavía no poco lo que he necesi- 
tado inquirir en muchos papeles antiguos, con so- 
brada fatiga i 1 *.» 

De estas noticias se deduce que esta historia 
de la Compañía de Jesús en estas provincias tie- 
ne toda la autoridad que le dan los estudios he- 
chos por los distinguidos varones que precedieron 
en esta labor al P. Lozano, y el que este hizo 
sobre los mismos documentos. 

La obra es abundante en noticias biográficas, 
y está escrita con claridad y reposo. 

8.° — Máximas eternas propuestas en lecciones 
para quien se retira a los ejercicios espirituales de 
San Ignacio. Obra póstuma escrita en italiano 
por el padre Carlos Ambrosio Cataneo , de la Com- 
pañía de Jesús , traducida al español por el padre 
Pedro Lozano , de la misma Compañía. Con licencia. 
En Madrid En la imprenta de Joseph Otero , año 
de 1788. A cosía de la Peal Compañía de impre- 
sores y libreros del Peino. 

Este libro encierra 432 páginas in 8.° 


(1) P. Lozano en el prologo de la historia que nos ocupamos. 



INÉDITOS 


1 — Historia de la conquista de la Provincia 
del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán, es- 
crita por el padre Pedro Lozano, de la Compa- 
ñía de Jesús. 

Dos gruesos volúmenes in folio. El l.° de nues- 
tra cópia tiene 1230 páginas y 1468 el 2.°, en to- 
do, 2698. 

Este Mss. es el que ahora publicamos. 

2. ° — Diccionario Histórico índico por el P. Pe- 
dro Lozano , de la Compañía de Jesús. En 6 tomos. 

Este Mss. se encuentra relacionado en el in- 
ventario de los papeles del Colegio Máximo de 
Córdoba; y no hemos podido adquirir sobre él 
ninguna otra noticia. 

3. ° — Traslado de una carta do padre Pedro 
Lozano, assisttente no collegio de Córdoba da pro- 
vincia do Paraguay, para o Padre Luiz Tavares, 
assisttente no collegio do Rio de Janeiro. — E de 
Córdoba, 12 de Janeiro de 1739. — Dd noticias das 
provincias da companhia na América Hespanhola. 

Códice C. X. V. 2- 15, n. N.° 11. 

Esta noticia la copiamos textualmente, y por 
consiguiente en el idioma en que se encuentra, del 
Catálogo dos manuscritos da Biblioteca Pública 
Eborense, ordenado por el bibliotecario H. da 
Cunha Rivara, y publicado por la imprenta Na- 
cional de Lisboa en 1850, en un vol. in fol. 



- 167 - 


4 . ° — Carta del padre Pedro Lozano sobre diez- 
mos 1741. — Autógrafo. 

5 . ° — Observaciones sobre el manifiesto publica- 
do por el padre Vargas Machuca. Autógrafo del 
P. Lozano. 

6 . ° — Varios apuntes autógrafos del P. Lozano. 

La noticia de estos tres autógrafos, la toma- 
mos del catálogo de la importante colección de 
manuscritos que vendió don Pedro de Angelis al 
gobierno del Brasil. 

En el mismo catálogo se encuentra registrado 
el siguiente documento: 

(( Protesta contra una provisión de la Audien- 
cia de la Plata. (Importante para la biografía del 
padre Pedro Lozano).)) 

Estos papeles deben encontrarse en la Biblioteca 
Pública de Rio de Janeiro, a donde pasaron, en su 
mayor parte, los comprados a Angelis ; pero aun- 
que hicimos la diligencia, no pudimos consultarlos. 

Especialmente el último, fué buscado con mu- 
cho interes; pero no se dió con él. 

7 . ° — « Representación hecha por parte de la Pro- 
vincia Jesuítica del Paraguay al Sr. Virrey del 
Perú y a la Real Audiencia de Charcas , pi- 
diendo se suspenda la ejecución del tratado ajus- 
tado entre las Magestades Católica y Fidelísima 
en 13 de Enero de 1750 , en cuanto se refiere a 
la entrega de los siete pueblos de las Misiones 
que tiene fundadas en la Banda Oriental del 
Uruguay , para cuyo logro se alegan histórico y 
legalmente los derechos que tal entrega menos- 
cabaría o desconocería y y se manifiestan los pe- 



— 158 — 


ligros que entraña favoreciendo las miras usur- 
padoras de los portugueses ; dando tiempo con 
la solicitada suspensión para que S. M., mejor 
informado, mande, como tiene de costumbre, res- 
petar los derechos adquiridos, y pueda precaver 
los peligros inminentes en que quedaría coloca- 
do este Virreynato, tanto en sus fronteras del Pa- 
raguay como en las de Potosí y todo el Perú . » 

Este documento esta fechado en Córdoba del 
Tucumán, a 12 de Marzo de 1751. 

8 .° — a Representación que hace al Rey N. S. 
en su Real Consejo de Indias el padre provin- 
cial de la Compañía de Jesús de la provincia del 
Paraguay con algunas reflexiones sobre las in- 
felices y funestas resultas, moralmente ciertas, 
opuestas al servicio del Dios y del Rey N. S., 
que se siguen del tratado entre las Magestades 
Católicas y Fidelísima sobre la linea divisoria de 
los Estados de las coronas de España y Portu- 
gal en Asia y Avnérica, por lo relativo a la en- 
trega de los siete pueblos de las Misiones a los 
Portugueses, con las tierras adyacentes a los di- 
chos pueblos que tiene la Provincia del Paraguay 
a la Banda Oriental del Rio Uruguay. i > 

Esta representación está fechada en Buenos 
Aires a 29 de Abril de 1752 O). 

Estos dos documentos, redactados por el P. Lo- 

( 1 ) De este documento tenemos una copia coétanea, cuyas últi- 
mas fojas son fuera de toda duda, de puño y letra del mismo P. Lozano. 

Según la nota que tiene al reverso, este papel perteneció a alguno 
de los archivos de la Compañía, pues dice Archivo General , Gaveta 9, 
Leg . 1. 



— 169 — 


zano, son de la mayor importancia, porque en ellos 
están concentrados con lucidez todos los argu- 
mentos de hecho, de derecho y de entendida y 
previsora política con que se combatía el trata- 
do de 1760. 


III 

Al ejecutar el estrañamiento de los Jesuítas, 
se encontró en el Colegio Máximo de Córdoba un 
ejemplar de la Historia inédita del P. Lozano, 
que probablemente era el que debió depositarse 
en la sección del archivo en que se conservaban 
los trabajos de los cronistas de la Provincia. 

Según don Félix de Azara, este manuscrito, que 
formaba un solo volumen, vino a Buenos Aires 
y lo poseía el Dr. D. Julián de Leiva (D. 

No dice Azara, ni hemos tenido medio de ave- 
riguar, si el manuscrito era o no autógrafo ; ni si 
fué el mismo que, años después, tuvo entrada en los 
estantes de la Biblioteca Pública de Buenos Aires* 2 ). 


Los documentos relativos al tratado de 1750 se conservaban reuni- 
dos en el Archivo de Simancas en los legajos número 7347, 7375, 7378, 
7381 y 7451. 

Es probable que actualmente se encuentren en el Archivo de In- 
dias de Sevilla. 

(1) El P. Jesuíta Lozano escribió en el Tucumán la historia del 
descubrimiento y conquista del Río de la Plata, la cual se halló en su 
Colegio, manuscrita en un volúmen que posée D. Julián de Leiva en 
Buenos Aires — Azara, obra y tomo citado. 

( 2 ) El Mss. debia estar en poder del Dr. Leiva antes de la sa- 
lida de Azara de estos paises, lo que se verificó a fines de 1801. 

La creacción de la Biblioteca pública por el primer Gobierno Pa- 
trio, fué promovida en Setiembre de 1810. 



— 160 — 


El que estuvo en esta Biblioteca fué considera- 
do autógrafo, y, según un documento oficial, te- 
nía el siguiente título : / 

(( Historia de la provincia del Paraguay, Rio de 
la Plata y Tucumán, escrita por el P. Pedro Loza- 
no, de la Compañia de Jesús. — Comprende desde 
el descubrimiento de dichas provincias, con la se- 
rie de Gobernadores e Ilustrísimos Sres. Obispos, 
hasta el año de 1736. En folio, conteniendo 745 
páginas, en pergamino ( 1 ). 

Nos inclinamos a creer que este ejemplar era 
el mismo que poseía el Dr. Leiva, porque no 
consta que en Córdoba existiera más que uno. 

En todo caso, ni el Dr. Leiva, ni la Biblioteca 
de Buenos Aires, poseyeron completa la obra de 
Lozano, puesto que no tuvieron más que un so- 
lo volumen, que sería el primero ( 2 K 

Además de ese volumen que tendría inestima- 
ble valor sí, como se creía, era autógrafo, pero 
que, desgraciadamente, ya no existía en la Biblio- 


( 1 ) Gaceta Mercantil de Buenos Aires, núra. 3149, fecha 25 de 
Noviembre de 1833 2. a página, col 3. a , bajo el rubro — Interior — Do- 
cumentos Oficiales. 

(2) Para creerlo, tenemos los siguientes fundamentos — l.° el nú- 
mero de páginas que ocupan los dos tomos de la obra, y que es difi- 
cilísimo, si no imposible, reunir en un solo volumen manejable — 2.° el 
hecho de que Azara, que conocia el ejemplar del Dr. Leiva, forma car- 
go al P. Guevara de que al correjir a Lozano ingiera sin venir al ca- 
so la historia del Tucumán , cargo, que de cierto, no le haría, si hu- 
biera conocido integralmente la obra de Lozano cuyo 2. a vol. es la his- 
toria del Tucumán; y por fin, la declaración que hace el mismo Loza- 
no en su Proemio de que «ocurrió tanto que decir que si bien a un 
volumen quería reducir todo la materia, salió tan crecido que le pa- 
reció conveniente dividirlo en dos. 



- 161 — 


teca en el año de 1852, O) se han conocido tres 
copias íntegras de toda la obra. 

La que nos sirve para esta edición pertenecía 
a D. José María Cabrer, ( 1 2 > y fuó comprada por 
el Gobierno de la República Oriental del Uru- 
guay, en el año de 1834, por la suma de quinien- 
tos pesos fuertes. Es una copia esmerada y bien 
conservada, pero de más de una mano. 

Existía otra copia en la Asunción del Paraguay, 
que habrá desaparecido con el archivo público 
que la guardaba < 3 U 

La tercera fue traída de Europa a Chile, don- 
de se encuentra, < 4 ) por el Sr. D. Benjamín Vi- 
cuña Mackenna. 

Dice este señor haber comprado el manuscri- 
to en Madrid, calle de las Carretas, en la libre- 
ría de Sánchez, quien lo había rematado hacia 
poco tiempo en una testamentaria. 


(1) El Dr. D. Juan María Gutiérrez, que conocía el volúmen de 
Lozano y siempre habia juzgado importante su publicación, la promo- 
vió en el año de 1852, siendo Ministro del Gobierno de Buenos Aires; 
pero al buscar el manuscrito en la Biblioteca, ya no se le encontró. 
Hasta hoy se ignora el destino que le dieron. 

(2) D. José M. Cabrer fué segundo Comisario e Ingeniero en la 
demarcación de límites de 1777. Coleccionó los más preciosos documen- 
tos inéditos para la historia de estos países; y todos los de su colec- 
ción eran apreciados por la inteligencia y el esmero con que cuidaba 
de garantir su autenticidad y corrección. 

( 3 ) Debimos la noticia de esta copia al general paraguayo, D. 
Francisco Solano López, a su paso por la corte del Brasil. Conocía la 
copia que había pertenecido a Cabrer, y nos aseguró que la de la Asun- 
ción estaba también dividida en dos tomos, pero que la letra era mu- 
cho más antigua. 

(4) La posee actualmente el Sr. D. Gregorio Beeche, distinguido 
bibliófilo americano y Cónsul General de la República Argentina en 
Chile* 


11 



— 162 — 


El librero Sánchez, según el mismo Mackenna, 
no sabía lo que vendió, <( porque ignoraba el ex- 
traordinario valor de esta obra inédita, pues creía 
que eran solo los manuscritos de la historia ya 
impresa de las Misiones del Paraguay. » 

Esta copia, como la de Cabrer, está dividida en 
dos fuertes volúmenes, pero tiene correcciones y 
notas añadidas en trozos de papel o intercaladas 
en el texto d>. 

El Sr. Vicuña Mackenna, después de dar cuenta 
de esta obra de Lozano, que califica de famosa 
y de monumental, se pregunta : ¿ cómo es que una 
obra que ofrece tan considerable interés, escrita 
por un autor tan competente, fué dejada inédita 
por sus diligentes y altos protectores? 

Cree el Sr. Mackenna que el célebre Azara es- 
plica satisfactoriamente esta circunstancia, dicien- 
do que habiéndose presentado el manuscrito a los 
PP. del Colegio de Córdoba, estos lo encontraron 

(1) El Sr. Vicuña Mackenna dice, en el artículo ya citado, que esas 
correcciones son de víanos del autor ; y funda esta aseveración en que per- 
sonas que vieron el original en Buenos Aires , de cuya Biblioteca Públi- 
ca ha desaparecido posteriormente, le aseguraron que la letra de las 
correcciones es la misma de Lozano, cuya firma y rúbrica aparecen 
además en varios párrafos, dando mayor autenticidad al manuscrito. 

Es verdad que se creía que el volumen que existió aquí era autó- 
grafo, pero también lo es que ese punto todavia es cuestionable y que 
no podría decidirse sino por confrontaciones hechas en presencia del 
volumen que ha desaparecido. 

Debemos también observar que la letra del P. Lozano es semejan- 
te a la de otros consocios suyos, y esto a punto de exigir grande aten- 
ción para distinguirlas; y por último, que poseyendo en cartas y docu- 
mentos autógrafos del P. Lozano varias firmas suyas) ninguna está 
acompañada de rúbrica, lo que nos ha hecho suponer que no la usaba. 

En el tomo de notas y adiciones daremos el fac se/nil de su letra 
y firma. 



— 163 


tan mordaz y tan encarnizado contra los españo- 
les , que no quisieron consentir en su impresión. 

El Dean Funes admite también esa explicación; 
y él, lo mismo que el Sr. Mackenna, piensa que 
lo que Azara llama mordacidad puede conside- 
rarse como una prueba de independencia O). 

Pero aunque esto honraría y recomendaría al 
P. Lozano, no podemos dejarlo correr porque no 
lo tenemos por verdadero ( 2 K 

(1) «Después que ya no se teme proferir la verdad, convendrá to- 
do el mundo que la crítica más amarga contra estos aventureros no 
sale de los límites que señala el juicio y la equidad. Esta es la que el 
Sr. Azara llama mordacidad, y lo que en mejor sentido debe mirarse 
como la divisa de un escritor que no supo prostituir su pluma a la 
adulación, aun cuando el miedo hacia temblar; es pues, la primera cen- 
sura el mejor título que lo acredita.» {Funes: Hist: tomo y pág. citados. 

Aunque su juicio (el de Azara) no favorece la imparcialidad his- 
tórica de la obra, creemos nosotros que su misma crítica ) redundaría 
hoy en elogio de la independencia del autor , pues fueron sus mismos 
patrocinantes, los jesuítas, los que se opusieron a darla a la estampa. 

( Vicuña Mackenna y artículo citado ). 

(2) En la Biographie Universelle (nouv. ed. de Michaud), en el 
artículo Lozano, supone el Sr. Demersay que la única historia escri- 
ta por Lozano es la de la Compañía de Jesús, cita la edición de Ma- 
drid, y concluye que Azara se equivoca al tomarla por inédita. 

En seguida, Demersay agrega, magistralmente, que la fecha de esa 
edición (que data en 1753) aniquila las suposiciones de Azara, que dá 
como inspiradas por el despecho. 

Estas son las palabras: « La date de sa publication, 1753, met au 
néant toutes ces suppositions inspirées par le dépit». 

Si Demersay hubiera leído con detención a Azara, como debió leer 
a los PP. Backer antes de referirse a ellos, en cuanto a detalles (que 
no dan) sobre la vida de Lozano, habría visto que Azara conocía la 
historia publicada, puesto que la cita, y que no podía equivocarla con la 
inédita, porque como él lo dice, aquella era la historia de la Compañía 
de Jesús y esta la del Descubrimiento y Conquista del Río de la Plata , 

Pero Demersay no ha leído con atención, al menos para ese artículo 
obre Lozano, ni aún la carátula de los libros que cita ; si lo hubie- 
a hecho, siquiera habria visto que citaba equivocadamente el año de 
la edición de la Historia de la Compañía , que no es, como dice y re- 
pite, el de 1753, sinó los de 1754 y 55. 



— 164 


La explicación de Azara, que fácilmente se ocu- 
rriría a cualquiera de los que tenían por irrepro- 
chable la conducta de los conquistadores, o que 
intentara lisonjearlos, no reposa en ningún tes- 
timonio fehaciente. 

La historia del descubrimiento y conquista, que 
es la que quedó inédita, fué escrita como intro- 
ducción a la de la Compañía de Jesús en estas 
Provincias O. 

Aquella quedó concluida, según lo declara el 
autor, en 1745, y esta se publicó en Madrid, co- 
mo ya va dicho, en 1754 y 55; por consiguien- 
te, si en la que fué impresa se encuentra en ma- 
yor grado que en la que quedó inédita lo que 
Azara llama mordacidad contra los españoles, re- 
sulta evidente que su explicación de este hecho 
es absoluta y palmariamente falsa. 

En la Historia de la Compañía de Jesús, que 
fué la impresa, y que el mismo Azara cita, en- 
contramos lo que vá a leerse : « la Provincia del 
Tucumán necesitadísima por extremo, en aquella 
sazón, de quien desvastase la rudeza de sus na- 
turales, más incultos que los mismos inmensos 
bosques de que abunda, y alumbrase las espesas 
tinieblas de ignorancia en que estaban misera- 
blemente envueltos aún los mismos españoles que 
la poblaban; y que en vez de servir de guías a 
los indios con sus cristianas costumbres para en- 
caminarlos al Paraíso, les eran tropiezo y fomen- 
taban su ruina espiritual con sus vicios escanda - 


(1) Así lo declara el mismo Lozano en un pasaje de su prólogo. 



165 — 


losos , además de las continuas vejaciones con 
que ejercitaban su sufrimiento ». 

«... En tan grande falta de doctrina — ¿que mu- 
cho que se hubiesen encastillado los vicios muy de 
asiento? Reinaban principalmente las injusticias, 
originadas por la insaciable codicia de riquezas, 
y la lascivia fomentada de frecuentísimas ocasio- 
nes, y de la misma abundancia del terreno ame- 
no y fecundo ». 

Tratando de los encomenderos, dice que « se 
arrogaron un dominio despótico sobre los mise- 
rables indios, que aunque las encomiendas eran 
numerosas como no les redituaban los crecidos 
intereses que les pintaban su ambición, a causa 
de ser la tierra falta de minerales, que se gozan 
en otros países, anhelando solo a enriquecer más 
cada día, sin atender, a las repetidas órdenes de 
su Monarca ni a las leyes de la justicia, ciegos 
del interés atropellaron con la conciencia y con la 
reputación: dos frenos, sin cuyas riendas queda 
el hombre a solas con su naturaleza, y tan in- 
dómito y feroz en ella como los brutos más ene- 
migos del hombre». 

Hablando de los casamientos que hacían cele- 
brar entre impúberes para conservar a las jóve- 
nes indígenas a su servicio, acusa a las mujeres 
españolas «de ser las que atizaban a sus mari- 
dos a semejantes desafueros, por hallarse bien 
servidas, siendo causa de que se encendiese en- 
tre los encomenderos el fuego de la discordia so- 
bre materia tan escandalosa, con alborotos mu- 
chas veces fatales a la República». 



— 166 — 


Refiriéndose al vicio de la embriaguez, afirma 
que (( estaba tan válido entre los naturales que 
causara asombro, pues aún sus mismos amos, que 
los habían de contener, les daban amplia licen- 
cia para juntarse a sus borracheras ; lo que más 
admira es que los mismos Curas callaban, y lo 
permitían sin atajar por medio alguno vicio tan 
detestable y ageno de toda razón». 

Después de señalar las tiranías, los escándalos 
y las corrupciones de que eran víctima los natu- 
rales, hace sentir que ellas no tenían remedio 
eficaz ni de cerca ni de lejos. 

No le tenían de cerca, porque, por ejemplo, las 
ordenanzas dictadas por el Gobernador D. Gon- 
zalo de Abreu con el preciso objeto de moderar 
los excesos de los encomenderos, «eran considera- 
das, por los varones más sabios del Perú, como 
sumamente gravosas a los miserables indios, y, 
por consiguiente, injustas ; y sin embargo, excla- 
ma, por ellas se gobernó más de treinta años la 
Provincia de Tucumán, canonizada la injusticia 
por autoridad pública, y apoyada la codicia en 
una ley nada justa que los tenía reducidos a una 
servidumbre poco menor que si fuera esclavitud »(D. 

No le tenían de lejos, porque las leyes de In- 
dias y las Reales Cédulas que reglamentaban o 
recomendaban su ejecución, eran letra muerta, 
sin fuerza para contener los desmanes, para enfre- 
nar las codicias, para evitar las corrupciones, para 


(1) Todos estos pasajes se encuentran en el lib. l.° del tomo l.° 
de la Historia de la Compañía de Jesús por el P. Pedro Lozano, im- 
presa en Madrid, como queda relacionado, en 1754 y 55. 



— 167 


reprimir los vejámenes, las opresiones, las iniqui- 
dades. 

Este juicio, pronunciado por la América ente- 
ra tan luego como revindicó su derecho y su pa- 
labra para juzgar la legislación colonial, era el 
que expresaba el P. Lozano, más de sesenta años 
antes de la revolución Sud Americana, con las si- 
guientes palabras: 

«Ni aunque con grande empeño se esforzó a 
atajar estos desórdenes el celo católico del Sr. 
D. Felipe Segundo, dando a este fin varias ins- 
trucciones a los gobernadores, y aplicando dife- 
rentes medios, pudo conseguir algún remedio de 
consideración, porque todo perdía su fuerza en la 
distancia, al modo que la flecha se deja caer a 
la vista del blanco cuando se aleja demasiado de 
la mano que la despide; y toda la seguridad de 
los apremios, con que la ejecución del remedio se 
esforzaba quedaba siempre desarmada a vista de 
la diferencia que existe entre la especulación y 
la práctica, sin lograr fruto de ninguna dili- 
gencia de cuantas se hicieron para poner en ra- 
zón al gobierno de esta Provincia» O). 

El P. Lozano no ha escrito en ninguna de sus 
obras, censuras más generales, más directas, ni 
más acerbas ; y desde que tales censuras se die- 
ron a la estampa en fecha posterior a la de la 
historia que quedó inédita, ya es inútil decir que 
no es en ellas donde ha debido buscarse, ni don- 
de puede encontrarse, la explicación del hecho 
que nos ocupa. 


( 1 ) Lozano: Historia, tomo, y libro citados. 



— 168 — 


Para explicarlo, bastarían las dificultades ma- 
teriales que entonces existían para imprimir li- 
bros sobre materias de Indias. 

Eran proverbiales estas dificultades para toda 
clase de libros, puesto que proverbiales eran las 
estrecheces, que a veces rayaron en indigencias, 
en que vivieron los más claros ingenios españo- 
les ; y D. Antonio de León Pinelo nos dice que 
de toda la literatura española « lo más olvidado 
y abatido eran los libros de Indias » d>. 

«Los gastos de la imprenta, agrega el abate 
Molina, son también excesivos, por lo cual pocos 
quieren aspirar a la fama de escritores» ( 1 2 ). 

Estos crecidos costos de la impresión y la fal- 
ta de público que los sufragase, eran, en verdad, 
.obstáculos bastantes serios; pero para compren- 
der la singular indiferencia del público español 
de Europa por los libros que trataban de Amé- 
rica, y que lejos de serle enojosos debieran te- 
ner para él los mayores atractivos, necesitamos 
figurarnos la existencia, tanto en el público co- 
mo en el gobierno, de cierto sentimiento repul- 
sivo de todo cuanto pudiera darle al extranjero 
cualquier especie de conocimiento o de noticia 
sobre el Nuevo Mundo, de cuyo acceso querían 
apartarlo, cada día con mayor empeño y quizá 
con mayor motivo. 

Esa indiferencia no existía en ultramar: por 


(1) Pinelo: Epitome de la Bib. O. y Occidental, Ed. principe, Ma- 
drid, 1629. 

(2) Molina : Comp. de la Hist. Geog. Natural y Civil de Chile, 
Trad. española, 2. a parte Madrid, 1795. 



- 169 - 


el contrario, los libros tan olvidados y abatidos 
en España, eran buscados en América con avidez O). 

Pero aparte de que el transporte de los libros 
encarecía mucho las ediciones, y limitaba, por 
consiguiente, su colocación, ningún autor tenía 
la certeza de que se permitiera la circulación de 
su obra en América. En más de un caso esa cir- 
culación fué prohibida, después de estampada la 
obra; siendo de los más notables el de la Histo- 
ria del Peni por Diego Fernández , el Palentino. 

El Consejo de Indias permitió que esta obra se 
vendiera en España, pero prohibió que se trajera 
a América un solo ejemplar; y esta resolución 
se expidió después de terminada la impresión < 1 2 ). 

La imprenta se introdujo en Méjico en 1532, 
según el cronista Gil González Dávila ( 3 ) y te- 


(1) «En España son bien raros los libros de autores americanos, ya 
sean de los impresos allá, ya de los que se imprimen acá, lo que atri- 
buimos a la suma aplicación de aquellas gentes que transportan y re- 
tienen allí infinidad de libros, apurando y consumiendo las más copio- 
sas impresiones» Mohedano, (los PP . Rafael y Pedro Rodríguez) His- 
toria literaria de España desde su primera población hasta nuestros 
días . Madrid, — 1779 91, 10 vol 4. a peq. 

Estos mismos PP. añaden que a pesar de toda su diligencia no ha- 
bían podido encontrar en España ni en la Historia natural y moral de 
las Indias del P. Acosta, ni aún completas las Décadas de Herrera. 

El mismo Gobierno Español, cuando para satisfacer un pedido de 
Catalina II de Rusia, necesitó loa vocabularios y grámaticas de len- 
guas americanas que se habian impreso en España, en la misma Cor- 
te de Madrid, tuvo que pedirlos a América. (Vease la Real Orden que 
publicamos en el núm, 6 de la Revista del Río de la Plata , de l.° de 
Abril de 18 72. 

(2) La primera y segunda parte de la Historia del Perú por Die- 
go Fernández, fueron impresas en Sevilla, por Hernando Díaz en 1571; 
2 tomos in fol. 

(3) «En el año de mil quinientos y treinta y dos el Virrey D. An- 
tonio de Mendoza llevó la imprenta a Méjico. El primer impresor fué 



— 170 — 


nemos libros impresos en el Perú, por Antonio 
Ricardo, en 1585; (!) pero los costos de la im- 
presión en las prensas americanas eran tan enor- 
mes que no les permitían suplir el vacio, que por 
las circunstancias indicadas, dejaban las de Es- 
paña ( 2 ). 

Merced a todas estas causas, quedaron inédi- 
tas las tres quintas partes, cuando, menos de las 


Juan Pablos; y el primer libro que se imprimió en el Nuevo-Mundo, fue 
el que escribió San Ivan Climaco, con el título de Escala espiritual 
para llegar al Cielo y traducido del latín en castellano por el venerable 
P. Fray Ivan de la Mad alena , Religioso Dominico » . 

«Y el primer Catecismo que se imprimió en la lengua mejicana 
para enseñanza de los Indios, lo escribió el M. P. Juan Ramírez, reli- 
gioso dominico, en el año 1537, que después fué dignisimo Obispo de la 
Santa Iglesia de Guatemala». (Teatro Eclesiástico de la Primitiva 
Iglesia de las Indias Occidentales — Madrid, 1649-55, 2 tom. in fol). 

(1) Se nos asegura que existe algún libro anterior a este año, pero 
los que tenemos en nuestra colección son el Confesionario para los 
curas de indios etc. Compuesto y traducido en las lenguas Quichua y 
Aymará, por autoridad del concilio Provincial de Lima del año de 1583; 
y el Tercero Catecismo y exposición de la doctrina cristiana por Ser- 
mones., etc. En Español, Quichua y Aymará. Estos dos libros están 
impresos en Lima en el citado año de 1585 por Antonio Ricardo, pri- 
mer impresor en estos reinos del Perú. 

(2) «El P. Melóndez, «autor del Tesoro verdadero de Indias», ase- 
gura que en el Perú no se hacía con mil pesos de a ocho lo que en 
Madrid con ciento, al hablar de las dificultades que experimentó para 
dar a luz su obra, que al fin hubo de imprimir en Roma. Si los autores 
se decidían a enviar sus manuscritos a España, no por eso cesaban los 
inconvenientes ni los peligros, porque, según el mismo P. Meléndez, «se 
quedaban los corresponsales con el dinero y echaban el libro al carnero 
y al triste autor al olvido». 

Los costos de impresión fueron extraordinarios en América en to- 
das las época del régimen colonial. El vocabulario quichua del P. Hol- 
guin debió venderse, según su tasa oficial, a once pesos fuertes cada 
ejemplar, no obstante ser uno de los libros de peor papel y de tipos 
más confusos que hayan salido jamás de las prensas de Lima. 

Dr. D. Juan María Gutiérrez — Orí j enes del arte de imprimir en la Amé- 
rica Española, Buenos Aires, 1865. 



— 171 — 


obras que se escribieron sobre asuntos americanos 
hasta fines del siglo xviii; y como esas causas 
no se relacionaban ni con el valor intrínseco de 
los obras, ni con el mérito o la nombradla de los 
autores, resulta que al paso que quedaron inéditas 
las de escritores de nota, o las que tenían en sí 
mismas indisputable importancia científica, se die- 
ron a la estampa libros insustanciales y hasta ab- 
surdos, de autores desconocidos antes de su publi- 
cación y que quedaron, como merecían, oscure- 
cidos después de ella. 

Los Cronistas Mayores de Indias tenían en ese 
solo título, una doble recomendación ; la de la 
idoneidad, que presupone la elección para tal car- 
go y la de valerse de los materiales más comple- 
tos y más auténticos ; pero apesar de esas reco- 
mendaciones muchas de sus obras quedaron ma- 
nuscritas. 

El primer cronista del Nuevo Mundo fué el ca- 
pitán Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdez. En 
desempeño de ese cargo escribió la Historia ge- 
neral y natural de las Indias, islas y tierra firme 
del Mar Océano , pero sólo salió a luz la primera 
parte, impresa en Sevilla en 1585. 

Muerto Oviedo en 1557, cuando acababa de dar 
a la estampa el primer libro de la segunda par- 
te, quedaron inéditas tanto esta como la tercera, 
y nadie se interesó en que continuase la publi- 
cación de la obra de autor tan renombrado, y 
cuya primera parte era muy estimada. 

Los manuscritos de Oviedo yacieron olvidados, y 
aún dispersos, hasta estos últimos años en que la 



— 172 — 


Real Academia de la Historia de Madrid puso lau- 
dable empeño en recogerlos, completarlos y publi- 
carlos, como, al fin, lo ha hecho en su preciosa 
edición de 1851 O) . 

El segundo cronista Juan Oristóval Calvete de 
de la Estrella, escribió en latin la Historia de In- 
dias; pero su trabajo ha quedado inédito . 

El cronista Luis Tribaldos de Toledo, se ocupó de 
la Historia de Chile, pero sus manuscritos, queda- 
ron olvidados, y sólo muy recientemente se ha 
dado a la imprenta, por un distinguido literato 
chileno, la parte relativa al siglo xvn y a los 
primeros trabajos de los jesuítas para la conquista 
pacifica de la Araucania í 1 2 3 ) . 

El cronista D. Antonio de León Pinelo dejó 
escritas y han quedado inéditas cuatro obras sobre 
América < 4 ). 

D. Antonio de Solis, sucesor de Pinelo, publi- 
có su afamada historia de la conquista de Méji- 


(1) La edicción completa de Oviedo en 4 vol. folio, fué publicada 
en Madrid en 1851-55. 

(2) D. Juan Bautista Muñoz encontró en la biblioteca del Colegio 
de Montesacro de Granada los Mss. en cuatro volúmenes, que hoy 
existen en la de la Academia de la Historia de Madrid. 

(3) Esta parte es la que copió D. J. B. Muñoz de los Mss. de 
Tribaldo de Toledo; y de él tomó el Sr. D. Diego Barros Arana la que 
le ha servido para la edición que ha hecho del trabajo de aquel cro- 
nista, en el tomo 4.° de la Colección de Historiadores de Chile (San- 
tiago 1854). 

(4) Estas obras son: 1. a Fundación y grandezas históricas y políticas 
de la insigne Ciudad de los Reyes, Lima, cabeza de las ricas provincias 
del Perú, en las Indias Occidentales; 2. a Historia de la villa imperial 
de Potosí, descubrimientos y grandezas de su cerro; 3. a Las hazañas de 
Chile con su historia; y 4. a Relaciones de las Provincias de Miche y 
Lacandon. 



— 173 — 


co; pero este libro, escrito por orden del Rey, y 
y que ha hecho célebre a su autor, habría que- 
dado manuscrito sin la generosidad de un amigo 
suyo que costeó la edición. 

(( La obra de Solis, dice Ticknor, escrita con mu- 
cha perfección y en términos propios para lison- 
jear el amor propio nacional, fué desde luego bien 
recibida; pero esta acojida no significaba enton- 
ces lo que hoy, ni lo que en los tiempos de Lo- 
de Vega. Publicada en 1684, merced al auxilio de 
un amigo, que sufragó los gastos, dejó al autor 
tan pobre como antes estaba. Hállanse acerca de 
esto en su correspondencia, pasajes cuya lectura 
contrista y aflige, como, por ejemplo, cuando di- 
ce : Tengo acreedores que me detendrían en la ca- 
lle si me viesen con calzado nuevo , y otro en que 
pide a un amigo una capa para abrigarse en in- 
vierno. Sin embargo, no dejó de complacerle mu- 
cho el aplauso con que fué recibida su obra, en 
medio de que no se vendieron en un año más que 
doscientos ejemplares » ( 1 ) . 

El empleo de cronista de Indias, vacante por 
el fallecimiento de Solis, fué provisto en Pedro 
Fernández del Pulgar, y este escribió varias obras 
sobre asuntos americanos; pero todas han queda- 
do inéditas ( 2 ) . 


(1) Historia de la Literatura Española, por M. G. Ticknor, tradu- 
cida al castellano, con adiciones y notas críticas, por D Pascual de 
Gayangos y D. Enrique de Vedia.— 4 tomos, Madrid, 1854. 

(2) Las obras de Fernández del Pulgar que se conservan manus- 
critas, son la continuación de las Décadas de Indias de Antonio de 
Herrera hasta el año de 1584, en cuatro tomos; la Historia de Méjico 
en dos; la de la Florida en uno, y la América Eclesiástica en otro. Por 



— 174 — 


Los estudios hechos en Nueva España, de orden 
de Felipe II, por su médico Francisco Hernández, 
durante siete años, de 1571 a 1577, también que- 
daron inéditos y fueron devorados por el fuego en 
un incendio del Escorial ( 1 ) . 

Permanecen inéditos, y por consiguiente desco- 
nocidos, los materiales de la Flora de Santa Fé 
de Bogotá o de Nueva Granada , preparado por la 
expedición científica que se colocó bajo la sabia 
dirección de D. José Celestino Mutis, de quien 
Humboldt hace tan honrosos elogios < 2 ). 

De los trabajos de la espedición científica en- 
viada al Perú y a Chile en 1777, de que eran 
jefes los botánicos D. Antonio Ruíz y D. José 
Pavón, sólo se publicaron algunos volúmenes . 


cierta que sea la falta de mérito literario y de originalidad que algu- 
nos críticos modernos encuentran en este autor, la continuación de 
Herrera, para la que debió servirse de documentos originales y desco- 
nocidos, no puede dejar de ser importante. 

(1) Las observaciones y estudios de Hernández en Nueva -España 
sobre historia natural, geografía, antigüedades, etc., le dieron materia 
para formar quince volúmenes según unos, y diez y siete según otros, 
y fueron depositados en la Biblioteca del Escorial. En varios de esos 
vol. hizo dibujar las plantas y animales con sus colores, y en algunos 
puso ejemplares naturales convenientemente preparados. En lienzos ha- 
bía traído diseñados algunos objetos, y esos lienzos quedaron también 
en el Escorial. 

Hernández, aunque vivió bastantes años después de su viaje a 
América, no pudo tener la satisfacción de publicar ninguna parte de 
su obra; todo quedó inédito y fué presa de las llamas, casi un siglo 
después del viaje, en el incendio ocurrido en el Escorial en el año 1671. 
Sólo se salvaron fragmentos y algunos de los lienzos. 

(2) Estos materiales están depositados, desde 1817, en el Jardín 
Botánico de Madrid. Consisten en muchos manuscritos, diarios, descrip- 
ciones, apuntes y observaciones; un considerable herbario con otras 
colecciones accesorias, y 6,849 dibujos de plantas. — (Colmeiro, obra citada). 

(3) Ruiz y Pavón publicaron en Madrid en el año 1792 un volu- 



— 175 — 


Si esto acontecía con los trabajos de los Cronis- 
tas Mayores de Indias y con los de las comisio- 
nes científicas que se enviaron a América, no es 
de extrañar, ni requiere especial explicación, el 
hecho de que no se imprimieran muchas de las 
obras de los Jesuítas, que por poderosa que fue- 
ra su Orden, no podían tener para estampar sus 
libros en España facilidades mayores que las que 
tendría el Gobierno del Rey para las que se es- 
cribían por mandatos suyos, y a sus expensas. 

Largo sería el catálogo que pudiéramos hacer 
de las obras de los Jesuítas que han quedado iné- 
ditas, y llevamos ya exedidos los límites del pre- 
sente trabajo; pero no podemos resistir el deseo 
de dejar aquí el recuerdo de los manuscritos del 
P. Bernabé Cobo, que se hizo sabio y murió en 
América, porque en ellos se encuentra en gér- 
men el sistema de la geografía de las plantas G) . 


men titulado Florae peruvianae et chilensis, Prodomus; igualmente 
dieron a luz en Madrid en el año 1798 un tomo del Systema vegetabi - 
lium Florae peruvianae et chilensis ; emprendieron también en el mismo 
año de 1798 la publicación de la Flora Peruviana et chilensis , que 
continuó en Madrid hasta 1802; pero sólo pudieron imprimir tres tomos 
por falta de dinero; del cuarto se grabaron cien láminas, pero no hubo 
como imprimir el texto; el quinto y siguientes quedaron totalmente 
inéditos, aunque con muchas láminas de aquel grabadas. 

Existen en el Jardín Botánico de Madrid todos los materiales pre- 
parados por los autores de la Flora del Perú y de Chile, quienes habían 
fijado en ocho el número total de los tomos, aunque después lo exten- 
dieron a doce, según se ve en la distribución de los manuscritos y di- 
bujos, que se conservan intactos en el mismo Jardín, con suplementos 
a los cinco primeros tomos. (Colmeiro, obra citada). 

(1) El P. Bernabé Cobo nació en Jaén en 1570, pasó a América 
en 1596 y permaneció en las Antillas, Méjico y Perú, hasta que murió 
en Lima el 9 de Septiembre de 1657; dejó manuscrita una historia de 
Indias, y diez volúmenes in folio sobre historia natural americana. Es- 



— 176 — 


Las obras históricas de estos países corrieron 
la suerte común, y desde la del Padre Pastor has- 
ta la del Padre Guevara, que se supone compu- 
so la suya para sustituir la de Lozano, casi to- 
das quedaron inéditas. 

Con estos antecedentes, podemos tener por lo 
más verosimil que habiéndosele encomendado a 
Lozano la Historia de la Compañía , y habiendo 
escrito como introducción dos gruesos volúmenes 
de historia civil, lo que hacía muy costosa la im- 
presión de toda la obra, resolvieron que se publi- 
case de preferencia la parte que directamente le 
interesaba a la Orden, porque era la que trata- 
ba de su propia historia. 

Así lo hicieron siempre los Jesuítas de estas Pro- 
vincias, como lo comprueba el hecho de que to- 
dos los libros que imprimieron tenían por fin prin- 
cipal la glorificación de los trabajos de la Com- 
pañía ; lo que se encuentra en ellos la historia ci- 
vil o de historia natural entra sólo como accesorio. 

El Sr. Azara alcanzó mejores tiempos; y sin 
embargo, sus manuscritos habrían quedado inédi- 
tos, como quedaron los de todos sus colegas, y 
entre ellos algunos de mucho mérito, sino le hu- 
biera favorecido, a su regreso a Europa, la dis- 
tinguida posición que ocupaba su hermano D. Ni- 
colás, tanto en el mundo político como en el cien- 
tífico y literario. 

Creemos que sin esa circunstancia, por extremo 

tos manuscritos, ya olvidados, fueron encontrados en Sevilla por D. J. 
Bautista Muñoz. Cavanillas ha publicado algunos fragmentos en los 
«Anales de Ciencias Naturales , t. 7.°, Madrid, 1804. 



— 177 — 


feliz para él y para estos países, le habría sido 
difícil publicar sus importantes trabajos; y estos 
mismos no le hubieran dado la celebridad, de que 
tan merecidamente goza, sin el auxilio de la edi- 
ción francesa. 


IV 

Esta historia inédita del P. Lozano está dividi- 
da en cinco libros. El primer libro se subdivide 
en veinte capítulos, el segundo en quince, el ter- 
cero en veinte, el cuarto en diez y siete y el quin- 
to en catorce, lo que dá en toda la obra ochen- 
ta y seis capítulos. 

La distribución de la materia está hecha con 
método y con inteligencia. 

Proponiéndose escribir la historia de un país 
recientemente descubierto, poco explorado casi des- 
conocido, trata ante todo, de darlo a conocer. 

Ese país, que era lo que la Compañía de Jesús 
llamaba entonces su Provincia del Paraguay, com- 
prendía tres obispados y tres divisiones y gober- 
naciones políticas, las del Tucumán, la del Río 
de la Plata y la del Paraguay. 

A esta división se acomoda y subordina la des- 
cripción física; y principiando por indicar los lí- 
mites externos de las dichas tres gobernaciones 
con los territorios confinantes del Brasil, del Pe- 
rú y de Chile, señala los que internamente tenían 
entre sí las mismas gobernaciones políticas y los 
respectivos obispados. 


12 



— 178 


La descripción que nos hace el P. Lozano tie- 
ne suma claridad y abundancia de detalles. 

En el conjunto, ella nos presenta, con bantan- 
te exactitud, la configuración del territorio, su 
orografía y su hidrografía, todos los grandes acci- 
dentes del terreno, todos los rasgos prominentes 
de su fisonomía están indicados y visibles. 

En los detalles, liga la topografía a la historia, 
de manera que sobre el suelo, que recorre pau- 
sada y prolijamente, vá marcando los lugares que 
ocupaban las diversas tribus aborígenes, los pun- 
tos en que sucesivamente se fué verificando su 
contacto con la raza conquistadora, la dirección, 
la data y la forma en que ese contacto se realizó y 
los resultados que produjo. Están indicadas las 
veredas recorridas por los soldados europeos, ya 
partiendo del litoral en busca de las tierras au- 
ríferas, ya viniendo de estas tierras para encon- 
trar el litoral; y están trazados con particular es- 
mero, con amorosa predilección, los senderos que 
abrió, que caminó y que fecundizó la predica- 
ción evangélica. 

La conquista que se verificaba, simultáneamen- 
te, por el hierro y la fiereza del soldado y pol- 
la mansedumbre y la unción del misionero, toma- 
ba posesión de la tierra y la afirmaba, por me- 
dio de las poblaciones su} 7 as que iba fundando el 
poder temporal al amparo de sus armas, o por 
los aldeamientos de los indígenes a la sombra de 
la cruz. Todos estos centros de población civil o 
de catequismo de las diversas órdenes religiosas 
que militaban en la conquista, tanto los estable- 



— 179 — 


cimientos que se intentaron o tuvieron existencia 
efímera, como los que la tuvieran duradera, es- 
tán colocados en los parajes en que se crearon, 
dándonos, en la generalidad de los casos, las la- 
titudes y las longitudes, tal cual entonces se co- 
nocían, las fechas, los orígenes o fines de las fun- 
daciones y los nombres de los fundadores. 

Para la geografía histórica, esta descripción 
del P. Lozano es un trabajo de primer orden, 
completo, de uso y de utilidad permanente. 

Como documento de geografía descriptiva del 
suelo, tiene el mérito relativo de mostrarnos cual 
era el estado de la ciencia en su aplicación al 
conocimiento de estos países, antes de los traba- 
jos de las primeras y segundas partidas de geógra- 
fos, geómetras y astrónomos que vinieron a estas 
partes de América para las demarcaciones de los 
límites pactados en los tratados de 1750 y 1777. 

Los individuos de estas comisiones eran los pri- 
meros hombres científicos que la España nos en- 
viaba para ocuparse, exprofeso, sobre nuestros te- 
rritorios, de cuestiones de geografía y de topogra- 
fía, empleando procedores verdaderamente geodé- 
sicos; pero no es de ninguna manera exacto que 
estos fueran los primeros que los estudiasen y los 
hicieran conocer bajo esos aspectos. 

A los trabajos de los demarcadores, debe la geo- 
grafía de estos países innegables e importantes 
progresos, especialmente en la parte astronómica; y 
progresos tan sólidos en lo que se refiere a los te- 
rrenos confinantes con el Brasil, que, en general, 
son esos trabajos los mejores que hasta hoy tenemos. 



180 — 


Pero eran progresos, no creaciones; y para pro- 
bar esto, bastaría la descripción del P. Lozano, 
que es el resumen de los conocimientos que ha- 
bían adquirido los Jesuítas, anteriores a las de- 
marcaciones. 

Los trabajos de estos PP. fueron, como ya queda 
dicho, mejorados en toda la extensión a que alcan- 
zaron los de los individuos de las partidas de de- 
marcación, como también lo han sido, inmensa- 
mente, respecto a las costas marítimas, radas y 
puertos, por los de la expedición de Malaspina y 
y por los que ha realizado posteriormente la cien- 
cia extranjera que los ha visitado ; pero algo ha 
quedado todavía fuera de la esfera en que esos 
progresos se verificaron. 

Y no se puede determinar con exactitud la me- 
dida de aquellos progresos, ni señalar la parte de 
los trabajos geográficos de los Jesuítas, que por 
ventura, todavía no se hubiera mejorado, sin el 
estudio de los materiales, unos desconocidos, otros 
descuidados y olvidados, que han de servirnos pa- 
ra la parte geográfica de nuestra historia. 

Sin ese estudio previo, no puede dársele a ca- 
da uno lo suyo, ni aquilatar los méritos respectivos. 

El Sr. Martín de Moussy, sentía, sin duda, esta 
necesidad, cuando ocupó una página de su atlas 
de la Confederación Argentina <*) con el fac-si- 
mile de la carta especial de estos países publica- 
da por los Jesuítas en 1732 enmendando la que 
ya habían dado a la estampa en 1726 O ; pero 


(1) In gr. folio, París, 1869. 



181 — 


no creemos que esos dos mapas sean como él lo 
afirma, ( dos primeros que dan una idea bastante 
exacta de la cuenca (bassin) del Plata tal como 
se le conoce hoy». 

No es necesario decir que si tratásemos de es- 
tudiar el progreso de nuestra geografía desde el 
descubrimiento, tendríamos que tomar por punto 
de partida los mapas de 1527 y 1529, particular- 
mente este último, en que se encuentra la prime- 
ra representación gráfica de nuestro río comuni- 
cada por Graboto < 1 2 ); pero aún tratándose de li- 
mitar este estudio a la época en que ya se le re- 
presentaba con mediana exactitud, el punto de 
partida no sería el que indica el Sr. M. de Moussy. 
Tendríamos que tomarlo bastante más atras. 

El primer mapa especial de estos países de que 
se tiene conocimiento, y que ya daba idea apro- 
ximada de la configuración externa del territorio 
y de sus principales accidentes orográficos e hi- 
drográficos, es el que levantaron los Jesuítas y 
dedicaron al P. Vicente Caraffa, Séptimo Gene- 
ral de su Orden, que la gobernó desde el año de 
1645 hasta el de 1649. 

Poco después, la ciencia y el compás de los geó- 
grafos franceses principió a utilizar los materia- 


(1) D’ Anville dice que esta carta es de 1727. 

(2) Conocemos los mapas grabados en Sevilla en 1527 y 1529, de 
que ya había dado noticia Humboldt en el prefacio de su « Examen cri- 
tique de V histoire de la géographie du Noveau Continente , por los 
fac-similes publicados en 1860, de los ejemplares que existen en la bi- 
blioteca del gran duque de Saxe Weymar. 

En el volumen de notas y adiciones daremos un análisis de estos 
dos preciosísimos documentos greográficos. 



— 182 — 


les que acopiaban los Jesuítas, a darles expresión 
gráfica y a derramarlos por Europa. 

Sin salir de nuestra colección particular, que 
está lejos de ser tan completa como lo desearía- 
mos, para ilustrar con hechos este punto impor- 
tante de crítica histórica, podemos citar los si- 
guientes mapas anteriores a los que indica el Sr. 
M. de Moussy. 

El publicado en París en 1668 por G. Sansón (!) . 

El del P. Coronelli, geógrafo veneciano, publi- 
cado en 1689, y que, aunque general de la Amé- 
rica Meridional, es muy apreciable en la parte 
relativa a estos países ( 1 2 > . 

El publicado en Londres por Eman Bowen, que 
no trae fecha, pero que nos parece poco poste- 
rior a los que acabamos de indicar ( 3 ) . 

El del geógrafo francés de l’Isle, grabado en 
1703, y que sigue en la parte de Chile al P. Ova- 
lle y en la del Paraguay al P. Techo < 4 ). 


(1) Le Paraguay. Tiré des Rélations le plus Récentes. Par G. San- 
són, Géopraphe ordinaire du Roi. A París. Chez PAuteur, avec privi- 
lége du Roi pour 20 Ans. 1668. 

(2) «América Meridionale; Autore il P. M. Coronelli, M. C. Cos- 
mógrafo della Serenissima Repub. di Venetia. Dedicata All, IIP et Ecc. 
Sig; il Sign Pietro Foscarini». 

(3) A new and Aceurate Map of Paraguay, Río de la Plata, Tu- 
cumania, Guaría etc. Laid from the latest improvements, and Regula- 
ted by Astronomical Observations . By Eman Bowen» 

(4) « Carte du Paraguay, du Chili, du Détroit de Magellan &. 
Dressée sur les Descriptions des P. P. Alfonse d' Ovalle, et Nicolás 
Techo, et sur les Rélations et mémoires de Brouwer, Narbouroug, Mr. 
de Beauchesne &, Par Guillaume de LTsle, Premier Géographe du 
Roi, de la Académie des Sciences, A París, chez P Auteur, sur le quai 
de l’Horloge. Avec Privilóge du Roi pour 20 ans, 1703. Gravée par 
Liebaux le fils». 

(Este ejemplar de nuestra colección está tirado en papel que tiene 
entre las marcas de agua el escudo de la Compañía de Jesús). 



— 183 — 


Después de todos estos trabajos, que tienen por 
base los de los Jesuítas, viene cronológicamente, 
el dedicado por esos PP. a su General Miguel An- 
gel Tamburini, que el Sr. Moussy supone de 1726, 
y que D’Anville data en 1727. 

En 1732 tenemos dos mapas de los Jesuítas; 
el que reproduce en fac-simile el Sr. Moussy y 
otra edición, en escala más reducida, para acom- 
pañar la Corografía del Chaco del P. Lozano. Los 
dos son del mismo grabador U). 

En ese mismo año, preparaba el célebre Mr. D’An- 
ville para las Lettres Edifiantes, su Carta del 
Paraguay, que fué grabada en París en 1733 ( 1 2 b 
Este trabajo de D’Anville es un documento pre- 
ciosísimo para nuestra historia geográfica, pues 
que dió carácter verdaderamente científico a los 
mapas de los Jesuítas y rectificó la extensión de 
Oriente a Occidente, con relación, y tomando por 
base los dos Océanos, cuyos litorales estaban de- 


(1) Paraquaria© Provincia© Soc. Jesu cum Adiacentib. Novissima 
Descriptio Post iteratas peregrinationes, & plures observationes Patrum 
Missionariorum ejusdem Soc. tum huius Provincae, & Peruana© accu- 
ratisime delineata, & emendate. Ann 1732. Admodum R. in Chto Patri 
suo P. Francisco Retz Soc Jesu Praep Generali XV. Hanc Ferrarían 
Filiorum suorom sudore, et sanguine escultarum et rigatarum tabulam. 
D. D. D. Provincia Paraquaria© Soc. Jesu. Anno 1732. (Ioannes Pe- 
troschi sculp. Romae Sup. perm. Ann. 1732 ). 

El título de la edición hecha para la Corografía del Chaco , queda 
copiado in extenso en la relación que dejamos hecha de las obras del 
P. Lozano. 

(2) «Le Paraguay, ou les R. R. P. P. de la Compagnie de Jésus 
ont repandu leurs Missions. Par le Sr. D’Anville, Géographe ordr. du 
Roi; Octobre 1733». 

Se hizo otra edición de este mismo mapa con el título y las leyen- 
das en español, para la traducción española de las Cartas Edificantes- 
Se encuentra en el tomo 16, publicado en Madrid en 1757. 



— 184 — 


terminados astronómicamente por los navegantes. 
Lo dice así bien claro, en la nota que trae el 
mismo mapa. 

En 1756 se grabó para la Historia del Para- 
guay del P. Charlevoix un nuevo mapa, trabaja- 
do por el geógrafo francés Bellin, también sobre 
datos comunicados por los Jesuítas O) . 

Ya por esa época, tenían lugar los trabajos de la 
primera demarcación, con la cual se cierra el perío- 
do geográfico de los Jesuítas, y comienza el de los 
geógrafos y astrónomos españoles en estos países. 

Entre tanto, los trabajos geográficos de los Je- 
suítas, cuya publicación les perjudicó en la Cor- 
te de España, sirvieron de base para el ajuste de 
los límites de 1750, y fué con los mapas Jesuíti- 
cos en la mano que los primeros demarcadores 
se acercaron al terreno en que debían levantar 
los marcos divisorios. 

Esta demarcación produjo, por parte de Espa- 
ña, el mapa de D. Manuel A. Flores, que com- 
prende desde la embocadura del Jaurú hasta el 
salto de las siete caídas del Paraná ( 1 2 > . 

(1) «Carta du Paraguay et des Pays voisins, sur les Mémoires des 
Espagnols et des Portugais et en particulier ceux des RR. PP. de la 
Compagnie de Jésus. Par M. B. Ing. de la Marine. 1756». 

(2) Existe un ejemplar auténtico de este mapa en el Archivo Mi- 
litar de Río de Janeiro, con las firmas autógrafas de Manuel Antonio 
Flores, primer Comisario, Atanasio Varanda, astrónomo; y de Alonzo 
Pacheco, geógrafo, por parte de S. M. C.; y por las de José Custodio 
de Sá e Faria, primer Comisario, Miguel Ciera, astrónomo, y Benito 
Pyton, geógrafo, por parte de S. M. F. 

Azara dice que la parte de su carta del río del Paraguay, que 
principia en la embocadura del Jaurú hasta los 19* de latitud, es 
una copia de la que levantaron estos comisarios en virtud del tratado 
de 1750. 



— 186 — 


En 1775 se grabó en Madrid el famoso mapa 
de la América Meridional, de D. Juan de la Cruz 
Cano y Olmedilla, para el cual debemos suponer 
que fueron aprovechados, en la parte correspon- 
diente, los trabajos de la demarcación del tratado 
de 1750. 

Pero en algo de lo relativo al anterior y a los 
ríos del Chaco, ese mismo mapa de Olmedilla apro- 
vecha los de los Jesuítas. 

Llegamos yá a los demarcadores del tratado 
de 1777, cuyos trabajos son conocidos en buena 
parte, aunque no del todo. Mucho se conserva 
inédito en el Depósito Hidrográfico de Madrid. 

Por una publicación reciente acabamos de co- 
nocer, aunque por desgracia, fragmentariamente, 
el grande mapa, hasta ahora inédito, contruído y 
delineado por D. Andrés Oyarvide, que lleva por 
título ; (( Carta esférica de las provincias septen- 
trionales del Rio de la Plata , Buenos Aires , has- 
ta el Paraguay y costa de mar Océano correspon- 
diente. Construida según las mejores noticias y 
varias observaciones y reconocimientos hechos en 
los años 1184 a 96-». d) 

Este trabajo nos parece, al menos por el estilo, 
superior a otros del mismo tiempo, y nos induce 
a desear su publicación íntegra y la de los demás 
inéditos, que nos son necesarios para comple- 

(1) «Atlas de Cartas Geográficas de los países déla América Me- 
ridional en que estuvieron situadas las mas importantes Misiones de 
los Jesuítas; como también de los territorios sobre cuya posesión ver- 
saron allí las principales cuestiones entre España y Portugal; acom- 
pañado de varios documentos sobre estas últimas; y precedido de una 
introducción histórica, por Francisco Javier Bravo.— Madrid, 1872». 



mentar las páginas de nuestra historia geográfica. 

Sin embargo, las que ya hemos recorrido, aún 
que tan superficial y someramente, no contradi- 
cen lo que dejamos dicho sobre los méritos rela- 
tivos de la descripción del P. Lozano, que resu- 
miremos en los siguientes términos: 

Ella compendia los trabajos geográficos de los 
Jesuítas; estos trabajos han servido de anteceden- 
tes a los demarcadores de límites en 1750, y por 
consiguiente a los de 1777; los de estos no alcan- 
zaron la extensión de los Jesuítas, puesto que 
Olmedilla copia en cierta parte del Chaco a los 
PP. y Azara, a su vez, toma esa parte de Ol- 
medilla O). 


V 


Descripta la superficie, en cuanto es tierra y 
agua, el P. Lozano pasa a ocuparse de la vege- 
tación que cubre y embellece el suelo, de los 
animales que lo recorren, de los peces que viven 
en los rios, de las aves que vuelan en la atmós- 
fera. 

Lozano no hace, ni podía hacer, lo que ahora 
entendemos por descripciones y clasificaciones 
científicas. 

Describe a la manera de Dioscórides y de Pli- 


(1) En nuestro volumen de notas y adiciones se encontrará un es- 
tudio menudo y comparativo de los mapas que dejamos citados. 



— 187 — 


nio; (D como describe Oviedo, el primogénito de 
la historia natural de América < 1 2 ), como lo hi- 
cieron Monardes ( 3 4 5 >, el P. José de Acosta y 
todos los continuadores de Oviedo; lo que vale 
decir que se limita a dar a conocer los objetos 
naturales por las propiedades y las exterioridades 
más sobresalientes. 

Faltábales a los observadores de la naturaleza, 
aún a los que tenían mayores pretensiones cien- 
tíficas, las bases primordiales de la ciencia, una 
clasificación regular y propia, y una nomencla- 
tura propia. 

El paso más eficaz para satisfacer esa necesi- 
dad lo dió Tournefort a fines del siglo xvii. 


(1) Dioscórides fué traducido de la lengua griega a la vulgar cas- 
tellana por Andrés Laguna (1555) y su materia medicinal fue, por 
mucho tiempo, la obra de Botánica más consultada en España. 

A esta escuela pertenecían las obras de Laguna, que eran muy 
apreciadas. 

Las ediciones de Plinio, tanto las latinas como las españolas, fue- 
ron numerosas y gozaban de gran favor. 

Estos autores servían de maestros para los que estudiaban y de 
modelos para los que escribían. El P. Lozano los conocía y los cita. 

(2) Sumario de la natural y general Historia de Indias por Fer- 
nández de Oviedo (Gonzalo).— Toledo, por Ramón de Petras, 1526, in folio. 

Esta fue la primera obra que se escribió con propósito especial so- 
bre las cosas naturales de América. 

(3) Primera y segunda y tercera parte de la historia medicinal de 
las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales que sirven en 
medicina. Por el Dr. Monardes, Médico de Sevilla. En Sevilla, en casa 
de Lorenzo Escuriano, 1573. 

(4) «Historia Natural y Moral de las Indias, en que se tratan las 
cosas del cielo, y elementos, metales, plantas y animales de ellas, etc. 
compuesta por el P. Joseph de Acosta, Religioso de la Compañía de 
Jesús. — Sevilla, Juan de León, 1590». 

(5) Los « Eléments de botanique, ou Méthode pour connaltre les 
plantes *, del célebre Tournefort, solo aparecieron en 1694. 



188 — 


inventando el género y creando un sistema de 
clasificación que asentaba en la presencia o en la 
ausencia de la corola, formando sus principales 
divisiones de la diversidad de formas que presen- 
ta este órgano. 

De aquí datan los grandes progresos de las 
ciencias naturales. 

Tournefort, Linneo, Joussieu, perfeccionándose 
sucesivamente, vinieron a fundar los sistemas na- 
turales de clasificación de los vegetales. 

Antes de ellos, la botánica, privada, como ciencia 
de esos medios orgánicos poco había adelantado del 
punto en que la dejaron Aristóteles, Dioscórides y 
Plinio, así como la filosofía antes de Descartes 
poco se había levantado de la altura que le dió 
el mismo Aristóteles. 

Algunos progresos había hecho la zoología, 
merced a Ray Leuwenkoeck y otros naturalistas; 
pero no fueron tales que, en buena parte, no la 
encontrasen Linneo y Buffon muy cerca de Aris- 
tóteles, quien, como lo dice Ys. Greoffroy Saint 
Hilaire, es el único grande hombre que presenta 
la zoología antes de los dos que acabamos de 
nombrar, Linneo y Buffon. 

Lozano, y los que se ocupaban de objetos na- 
turales de estos países, pertenecían u a su época y 
a su nación, y decimos muy de propósito a su 
nación , porque la España, por varias causas, y, 
entre ellas, por su desapego a todo lo que era 
extranjero, andaba lastimosamente rezagada del 
movimiento científico y literario de los otros países 
de Europa. 



— 189 — 


Tournefort era anterior a Lozano haciendo solo 
la cuenta del tiempo; pero no lo es si se atiende 
a otras consideraciones. 

Toda difusión era entonces lenta, aún entre los 
países que estaban mas abiertos, en mayor con- 
tacto y mejor preparados para acoger las nove- 
dades científicas, porque participaban del movi- 
miento intelectual que las producía. 

En la época en que escribía Lozano, el nuevo 
sistema no tenia sectarios en España í 1 ), y en 
América era completamente desconocido, porque 
el P. Feuillé, que recorrió la costa del Perú, y 
que pudo dar noticias de el, no las dió ( 2 h 

No existía, pues, Tournefort para Lozano, ni 
para Asperje, ni para Montenegro. 

Linneo, Buffon y Joussieu, pertenecen a época 
posterior. 

Indicado así cual era el estado de las ciencias 
naturales en estos países cuando el P. Lozano 


(1) El único discípulo conocido de Tournefort en España fue el 
botánico catalán Juan Salvador y Riera, que estudió las ciencias na- 
turales en Montpellier; pero murió en 1726 sin hacer publicación 
alguna. 

(2) El P. Luis Feuillé, visitó las costas del Perú en los años de 
1709, 10 y 11; describió y clasificó algunas de las plantas que en ellas 
encontró, siguiendo el sistema de Tournefort, pero no lo dió a conocer, 
ni se supo el método que había seguido hasta que lo revelaron sus 
Diarios. 

El botánico francés José Joussieu solo llegó a América en 1736, 
con los astrónomos de su nación M. O. Godín, Bouguer y La Condami- 
ne, que hacian parte de la expedición destinada a medir los grados te- 
rrestres bajo el Ecuador. — Joussieu hizo larga residencia en el Perú, 
pero se malogró el resultado de sus tareas científicas, que debió ser 
importante, porque al regresar a Europa le fue robada, en Buenos 
Aires, la petaca que encerraba sus manuscritos, y esta pérdida ha sido 
irreparable. 



— 190 - 


escribía su descripción, diremos que dá principio 
a la parte botánica con la noticia de los vegeta- 
les que introdujeron y aclimataron los conquista- 
dores; y a la zoológica, con la de la introduc- 
ción de los animales de Europa. 

En seguida, se ocupa de las producciones bo- 
tánicas del país. Las divide en árboles, plantas 
(arbustos) y yerbas; y dentro de estas tres gran- 
des divisiones, hace subdivisiones, que nosotros 
pudiéramos llamar de géneros o familias, agru- 
pando los vegetales que le parecen más análo- 
gos. 

La nomenclatura la hace dando, al que le pa- 
rece semejante a un vegetal europeo, el nombre 
vulgar español, sin dejar de indicar el indígena: 
al que no le encuentra esa semejanza, pero que 
la tiene con alguna de las plantas ya entonces 
conocidas, de las Antillas o de Méjico, el nombre 
con que las conocían; -y últimamente, cuando no 
encuentra ninguna de esas dos semejanzas, acep- 
tando sencillamente el nombre indígena. 

En consecuencia, entran en esta nomenclatura 
nombres tomados de diversos idiomas, el español, 
el caribe, el guaraní, etc., preponderando, como 
era natural, los del guaraní , que los jesuítas han 
conservado en las producciones botánicas y zoo- 
lógicas como los han mantenido, y de una mane- 
ra más durable, en la hidrografía de estos países. 

Cuando los europeos le pedían al indígena el 
nombre del vegetal, investigaban seguidamente 
sus propiedades, los usos que de él podían hacer, 
o que hacían los naturales; porque en presencia 



— 191 — 


de vegetales y animales que les eran desconocidos, 
la primera necesidad era distinguir los nocivos de 
los útiles, y entre estos, los alimenticios, los me- 
dicinales, etc. 

Al darles los nombres de las producciones na- 
turales, explicándoles las propiedades que les atri- 
buían y los usos en que las empleaban, los indí- 
genas les trasmitían a los europeos, a la par que 
el conocimiento de su medicina empírica, las con- 
cepciones cosmogónicas, las maravillas fisiológicas, 
y las imágenes poéticas de que se reviste, en la 
infancia y en la ignorancia de los pueblos, la ex- 
plicación de los objetos y de los fenómenos físi- 
cos de la naturaleza. 

Era difícil que los europeos pudieran distinguir 
los errores y las ficciones que con tales explica- 
ciones recibían, porque el estado de su ciencia 
no los hacía todavía palpables, y porque les eran 
familiares errores y ficciones semejantes. 

Las metamórfosis eran lo que menos podía sor- 
prenderlos, porque de ellas están llenas la teogo- 
nia, la mitología y la literatura clásica, porque 
las referían los viajeros, y porque ni habían fal- 
tado ni faltaban naturalistas que admitían las 
metamórfosis de plantas en animales y de anima- 
les en plantas. 

Se recordaba todavía el árbol -hombre o antro- 
poforme de Teofrasto, que con el nombre de Man- 
drágora (que se ha conservado en nuestra familia 
de Solanáceas) había gozado en la edad media 
de los más maravillosos atributos; gemía como 
ser humano cuando se le arrancaba de la tierra, 



— 192 — 


y entrando en la composición de los filtros pro- 
ducía los efectos más sobrenaturales <*>. 

En la cosmografía universal de Munstero, que 
era un libro muy apreciado porque atesoraba 
las noticias y la ciencia de los más conocidos 
viajeros, se encontraba dibujado y descripto 
un árbol que nacía a orillas de los ríos, y cu- 
yos frutos, al caer en el agua, en tiempo opor- 
tuno, cobraban nueva vida y se transformaban 
en aves 

El doctor Monardes, hombre de ciencia y de 
renombre como médico y como herbolario, se ocu- 
paba, sériamente, de un árbol del Perú «que 
muestra si uno ha de vivir o morir O). 

Estos errores botánicos que en su tiempo te- 
nían cabida en la ciencia, que autorizaba la tra- 
dición y embellecía la literatura, nos explican la 
admisión por parte del P. Lozano, y después de 
él por la del P. Guevara, de la fabulosa repro- 
ducción del Guayacan, que, tal vez, era el 
fondo de una alegoría o de una leyenda indígena, 
y la de la metamórfosis de las mariposas en ra- 
tones, que tratando de una especie de caña, acepta 
bajo la autoridad del arcediano Barco de Cente- 


(1) El famoso Machiavelo ha perpetuado en la literatura las virtu- 
des que se le atribuían a este vegetal, sirviéndose de ellas para la 
composición de su comedia «La Mandrágora». Voltaire dice que esta 
comedia era superior a las de Aristófanes. 

(2) «Cosmographia Universale, etc. — Raccolta primo da diversi 
autori per Sebastiano Munstero, e dapoi correctta e repurgata per gli 
censori Ecclesiastici, e quei del Re Catholico nelli Paesi Bassi, e per 1’ 
Inquisitore di Venetia in Colonia, 1585». 

(3) Monardes. — Obra y edición citadas, folios 108 y íoy. 



— 193 


ñera, y que no es, sin duda, más que un hecho 
mal observado i 1 ). 

No debe sorprender que Lozano creyese en la 
generación expontánea, en los brotos del Guenbé , 
de las mosquitas que en guaraní llaman muai , 
como creía Azara en la de las anguilas, porque 
la generación expontánea tiene defensores en nues- 
tro tiempo, hoy mismo. 

Con estas excepciones, la parte botánica del P. 
Lozano está depurada, de otros errores y fábulas 
que corrían en su tiempo. 

La zoológica no está tan depurada, ni es de 
extrañar que no lo esté. 

Los descubridores y conquistadores vinieron a 
los mares de América viendo a las sirenas míti- 
cas, huyendo sus seductores y peligrosas celadas. 
Colón las vió en las aguas de Santo Domingo; 


(1) Esta metamorfosis es la reproducción de la siguiente estrofa de 
Centenera: 


El agua es muy sabrosa, clara y fría, 

Más yendo ya la caña madurando, 

Un gusano se engendra adentro y cría, 

Y al cañuto el gusado horadando 
Afuera mariposa parecía. 

Con las alas comienza de ir volando, 

Y por tiempo las pierde, y queda hecho, 

De forma de ratón hecho y derecho. 

(Argentina, Canto III, edición de Angelis pág. 32). 

Que se criara la larva dentro de la caña, y, a su tiempo se trans- 
formase en mariposa, es común. Lo extraordinario es la metamórfosis 
de las mariposas en ratones; pero si suponemos que estos tuvieron su 
cueva y se reprodujeron en las raíces de la caña, y que salieron a la 
haz de la tierra cuando las mariposas desaparecieron alejándose, puede 
encontrarse en esa coincidencia, mal observada, la explicación del que 
pareció fenómeno. 


13 



— 194 - 


y Graboto < 1 ) al extender, en 1 522, las instruccio- 
nes para el viaje que debía hacer un buque inglés 
en busca de un paso para llegar al deseado 
Cathay, recomendaba que «se precaviesen contra 
los artificios de ciertas criaturas que con la ca- 
beza de hombre y la cola de pescado, andaban 
en las ensenadas y bahías armadas de arcos y 
flechas y comían carne humana». 

Las sirenas, los tritones, la mujer marina, el 
hombre marino, existían en la ciencia, en las le- 
tras, en las bellas artes. 

En 1717, Ruysch, el anatomista, admitía los pes- 
cados antropo formes, o sean los hombres marinos, 
y los hizo representar en una de las láminas que 
ilustraron sus obras científicas < 2 K 
Dante decía: 


Che sotto l’acqua ha gente che sospira 
E fanno pullular quest’acqua al summo. 


La pintura, el grabado, la escultura misma, le 
daban a los monstruos marinos formas humanas. 
Especialmente los grabados son numerosos; hemos 
visto el de Van-Stell representando las sirenas 
de las Molucas sorprendidas por las naves españo- 
las que violaban su imperio, y tenemos en nues- 
tra colección, otro bien antiguo, que nos presen- 
ta a Américo Vespucio, de pié en el puente déla 
carabela, con el astrolabio en la mano, navegan- 


(1) Como se sabe los ingleses escriben Cabot. 

(2) Las obras completas de Ruysch, que murió en 1731, han sido 
publicadas en Amsterdam en 1737. 



195 — 


do en aguas cubiertas de sirenas, tritones y ani- 
males marinos, gigantescos u horrendos í 1 ). 

A la serpiente marina le lian dado varios via- 
jeros, y aún algunos naturalistas, proporciones 
aterradoras, lo que no debía extrañarse desde que 
el Leviathan, según la traducción que hace Amat 
del profeta Isaías (cap. 27 ver. l.°) era una ser- 
piente gruesa, serpiente tortuosa. 

La Salamandra se representaba como un ser 
incombustible, que atravesaba las llamas, que se 
reposaba en medio del fuego y lo dominaba o 
lo extinguía. 

Todo esto entraba en la ornamentación de los 
mapas y en las ilustraciones de las obras geográ- 
ficas. 

La cosmografía de Munstero, por ejemplo, es 
abundante en ese género de ilustraciones. 

¿ Cómo extrañar que espíritus familiarizados con 
estas ideas, y con estas imágenes; y arrastrados 
por las corrientes morales de su época a creer 
en maravillas y prodigios sobrenaturales, fueran 
malos observadores, fueran observadores ofuscados 
en un mundo nuevo cuya existencia, que no ha- 
bían concebido antes, era ya una maravilla para 
ellos, y que encerraba otras maravillas, hombres 
de otras razas, bosques en los que, como decía 
Colón, apenas se podían distinguir las flores y 


(1) Nuestro grabado trae esta leyenda: « AMERICVS VESPVCCIVS 
FLORENTINVS portentosa navigatione ad Occasum atque ad Austrum 
duas Orbis terrarum partes, nostris oris quas incolimus maiores, et nullis 
antea nobis notas saeculrs, apernit, quarum alteram de suo nomine 
AMER1CAM mortalium consensúa nominavit. Au sal IIID.» 



— 196 — 


las hojas que pertenecían a cada árbol, ríos que 
se confundían con los mares, animales que pare- 
cían mostruosos, siquiera porque eran nuevos y 
peregrinos ?. 

Esta sóla interrogación explica y absuelve todo 
error, toda exageración, toda impórbole, en los 
escritores de la Conquista que ensayaron la des- 
cripción de las especies vegetales y animales del 
nuevo mundo. 

Lo que se hace notable en Lozano, es la cir- 
cunspección con que se limita, en todo lo que 
era maravilloso, a relatar lo que sobre ello afir- 
maban autores entonces respetados, que cita, de- 
clinando en esta forma su responsabilidad perso- 
nal. 

Así, pertenecen al ya citado Barco de Cente- 
nera, el pescado semejante al hombre, i 1 ) el pez 
que salido del mar se arrastraba en tierra, a una 

(1) El Río Negro, que Hum tenía por nombre, 

Aquí en nuestros tiempos se han hallado 
Pescados semejantes mucho al hombre. 


(Arg. Canto II. — Ed. Angelis, pág. 16) 

Barco de Centenera creía en las Sirenas míticas, y las encontraba 
en las aguas do estos ríos. 


La Sirena también bella, y hermosa 
Como una bella dama, ha parecido 
En medio esta laguna, y aun gemiendo 
Y sus doradas crinas esparciendo. 


(Arg. Canto III, edición citada, pág. 30 ) 

El Autor que en esto creía, no podía repugnar la existencia de un 
pescado semejante al hombre. 



— 197 — 


mujer, la miraba, y parecía arrojar suspiros (1) y 
el carbunclo animal, que aseguraba haber visto 
más de una vez <*). 

Barco de Centenera era autor muy respetado, 

(1) Después de referir como una dama so encontraba sola, cerca 
de una playa, dice el bueno del Arcediano: 

Un pece de estampable compostura 

Del mar salió reptando por el suelo. 

Subióse ella huyendo en una altura 

Con gritos que ponía alia en ol cielo: 

El pece la siguió, la sin ventura 

Temblando está de miedo con gran duelo; 

El pece con sus ojos la miraba 

Y al parecer gemidos arrojaba. 

Salió en esto el galán de la montaña, 

Y el pece se metió en la mar huyendo. 

(Argentina, canto IX, ed. citada, pág. 93) 

Este puede ser también un hecho mal observado. Existen algunos 
peces, el anabas , por ejemplo, cuya organización les permite arrastrarse 
por la tierra, y aún según algunos, trepar a los árboles ; pero no los 
conocemos todavia por acá, y bien pudiera ser, el del caso, algunos de 
nuestros anfibios; y el caso puede reducirse a que la mujer se atemo- 
rizó al ver un pescado salir a tierra y se lo figuró que la seguía, la 
miraba y gemía. 

Desde que la asustó, le pareció naturalmente espantable , como di- 
ce el Arcediano; pero si lo era, de cierto que no era bravo, pues hu- 
yó a la sola aparición del hombre. 

Por otra parte, talvez no conocemos todos los seres que oncierran 
las aguas, y quizá todavía podemos decir como el Salmista «que den- 
tro de ellas se agitan seres sin nombres » . 

(2) Y no lejos de aqui, por propios ojos. 

El Carbunclo animal veces he visto. 

(Argentina, canto III, ed. citada, pág. 32) 

El Arcediano vio, sin duda, algunos de nuestros insectos fosfores- 
centes. Saint Hilaire describe dos especies que existen en el Paraguay. 
El llamado Tuca - mua es grande; y de él dice: «que tiene dos pro- 
minencias luminosas, redondas y bastantes separadas, que parecen con - 
fundirse cuando el insecto vuela, pero que durante el día brillan como 
otras tantas esmeraldas engarzadas en un fondo pardo, un poco cobrizo » . 

( 3 ) La autoridad de Centenera ha sido de tanto peso para sus su- 



— 198 — 


pero lo era infinitamente más, entre los jesuí- 
tas, el P. Antonio Ruíz de Montoya, por que vi- 
vió y murió en olor de santidad. La vida de es- 
te santo varón es un tejido de milagros, visiones 
y credulidades estupendas, y él es el autor de la 
absurda y repugnante aventura del Culebrón con 
una mujer indígena (D . 

Apartados los errores y fábulas que dejamos se- 
ñaladas, las descripciones botánicas y zoológicas 
del P. Lozano tienen mérito y utilidad real. 
Ellas resumen lo que en esos ramos sabían los 
jesuítas, pues, como ya tuvimos ocasión de decir- 
lo, Lozano tenía a su disposición el archivo en 
que se depositaban las observaciones y los tra- 
bajos de sus consocios, y entre estos, se deben con- 
tar los de los PP. Asperje y Montenegro, médi- 
cos y herbolarios Jesuítas de estas provincias. 

En las anotaciones daremos las clasificaciones 
científicas actuales de las especies descriptas por 
Lozano; y esa será la ocasión de entrar en apre- 
ciaciones de detalle. 

Pero, desde luego, podemos avanzar que las 
abundantes noticias que dá sobre las aplicaciones 
medicinales de los vegetales indígenas, contienen 

cesores, que hasta han adoptado sus fábulas; y si por mucho tiempo 
se ha creído en las sirenas, en los carbunclos y en otras patrañas del 
mismo quilate, es por que él aseguró que los había visto con sus pro- 
pios ojos. 

( D. Pedro de Angelis. Dis. PreL de la Argentina , ed citada ). 

(1) «Conquista espiritual hecha por los Religiosos déla Compa- 
ñía de Jesús en las Provincias del Paraguay, Paraná, Uruguay y Ta- 
pe. Escrita por el Padre Antonio Ruíz, de la misma Compañía. Dirigi- 
da a Octavio Centurión, Marqués de Monasterio. Año de 1639. Con 
privilegio. En Madrid, Imprenta del Reino», 



— 199 — 


indicaciones útiles para el estudio, todavía muy 
incompleto, de los agentes terapéuticos que encie- 
rra la ñora de estos países. 

La medicina empírica de los aborígenes, en to- 
da la extensión de la América, conocía muchos 
de esos agentes y los empleaba con tal éxito que 
hubo época en que los conquistadores preferían el 
empirismo de los curanderos indígenas a la cien- 
cia de los médicos europeos O). 

No nos encontramos, de cierto, en ese caso; pe- 
ro tratándose de una flora que no está suficien- 

(1) Los indígenas, dice un artículo del antiguo Mercurio Peruano , 
llegaron a descubrir las virtudes de muchísimas plantas. La doctrina 
propagada de padres a hijos por el ministerio de la palabra, cierta in- 
clinación peculiar a este estudio, y el alto empleo que les granjeaba 
los constituía excelentes herbolarios. 

«En esto convienen, añade el artículo, todos nuestros historiadores: 
véase entre ellos al P. Acosta en su Historia Natural , lib. 4 cap. 29. 
Y aún muchos años después de la conquista se reputaban por este co- 
nocimiento superiores a los médicos de profesión. En testimonio de es- 
to podrá citarse el claustro tenido en la Real Universidad de San Mar- 
cos el año de 1637, para resolver la fundación de dos Cátedras de me- 
dicina. En él dijo el Dr. Alonso de Huerta, catedrático jubilado de la 
lengua quechúa, «no ser necesarias; porque en este reino hay muchas 
yerbas medicinales para muchas enfermedades y heridas; las cuales 
conocen los indios mejor que los médicos, y con ellas se curan sin ha- 
ber menester médicos, y lo muestra la experiencia, que muchas personas 
desahuciadas ya de médicos se van al Cercado y a Surco ( pueblecitos 
de indios el uno contiguo y el otro inmediato a la cuidad) a que los 
curen las indias e indios, y alcanzan salud que no les dieron los médi- 
cos» (Libro 4 de Claustros, página 185). 

«El P. Calancha dice que el estudio de las plantas era favorecido 
(entre los indígenas) por la ley que mandaba expresamente no hubie- 
se holgazán alguno, que los que entre el pueblo fuesen inhábiles para 
la agricultura y la guerra se dedicasen a herbolarios para asistir a los 
enfermos de este, por cuyo motivo habia infinitos ocupados en herboli- 
zar » (Calancha, pág. 377). 

«Por estas razones, concluye el artículo, debemos reputar a los in- 
dios por los padres y fundadores de la botánica del Perú», 



— 200 — 


temente conocida y estudiada, no podemos des- 
deñar las noticias que sobre ella nos han dejado 
los que, en hora buena, empíricamente, intenta- 
ron arrancarle sus secretos para ponerla al ser- 
vicio de la humanidad O) . 

Antes de separarnos de la descripción del P. 
Lozano, debemos anotar dos de los vacíos que 
contiene. 

En la parte zoológica no se ocupa de los ani- 
males pequeños: apenas por incidente, habla de 
las abejas. 

A comienzo del siglo xvn, los naturalistas 
habían abandonado el estudio de los animales que 
llamaban inferiores, de los que tanto se habían 
ocupado los antiguos. 

Aun respecto a las grandes especies, sólo estu- 
diaban, según dice Saint Hilaire, los detalles prin- 
cipales. Todos los pequeños animales, y lo que 
era pequeño en los grandes, quedaba así, con po- 


(1) Los libros de los PP. Asperje y Montenegro, sustanciados en 
la descripción de Lozano, eran considerados por el célebre Bonpland 
como dos guías útiles para el estudio de las plantas de estos países. 
Del de Asperje, dice M. Martín de Moussy, «que en medio de una 
porción de propiedades equívocas o erróneas que él atribuye a las plan- 
tas que le llevaban o le indicaban los guaraníes de las Misiones, se en- 
cuentran, sin embargo, algunas muy reales y que podrían prestar ver- 
daderos servicios al arte de curar» . 

(Descrip. ya citada, de la Conf. Arg. t. 1. pág. 414) 

Del de Montenegro, dice Mr. Demersay, que « eliminando lo que 
las observaciones del autor tienen alguna vez de maravilloso, y algu- 
nas indicaciones que el espíritu filosófico de la ciencia moderna no po- 
dría admitir, se puede encontrar en él las bases de un trabajo sobre la 
materia médica indígena, análogo al que el sabio Dr. Martius ha publi- 
cado sobre las plantas del Brasil » . 

(Hist. du Paraguay, ya citada, t. 2.° pág. 134) 



— 201 — 


cas excepciones, fuera de la ciencia, como si el 
grandor material de un objeto diera justamente 
la medida de su interés. 

Este hecho histórico puede explicarnos, al me- 
nos en parte, la omisión de Lozano. 

Tampoco se ocupa del reino mineral; y esta 
omisión puede tener explicación análoga, porque 
si bien desde la más remota antigüedad los cuer- 
pos inorgánicos fueron materia de estudio para 
algunos naturalistas, la mineralogía, como ciencia, 
empezó a formarse en los tiempos modernos. 

Data de Linneo la clasificación sistemática que 
la elevó sobre la esfera puramente descriptiva y 
empírica en que estaba. 

La España, retardataria en este ramo, como en 
los otros de la. ciencias naturales, cuando escri- 
bía Lozano, y casi hasta fines del siglo xvm, no 
tenía otro texto para el estudio de la mineralogía 
que la traducción de Plinio por Grerónimo de Huer- 
ta. Hasta el año de 1795 no se intentó sustituir- 
la por los Elementos de Orictognosici, según los 
principios de Werner, publicados en Méjico, en 
ese año, por Andrés del Río para el Real Semi- 
nario de Minería. 

Los conquistadores sólo se ocuparon de los mi- 
nerales preciosos y de los procederes para arran- 
carlos de la tierra y beneficiarlos : su ciencia era 
pura y simplemente, la ciencia práctica de la mi- 
nería. Desdeñaban todos los minerales cualquiera 
que fuera el uso en que pudieran emplearse, con 
la excepción, única, de los que corrían como mo- 
neda; porque, como dice el P. Acosta, «sobre to- 



— 202 — 


dos aquellos usos que son sencillos y naturales, 
halló la comunicación de los hombres, el uso del 
dinero, el cual ( como dijo el filósofo ) es medida de 
todas las cosas, y siendo una cosa sola en na- 
turaleza, es todas en virtud, porque el dinero es 
comida, y vestido, y casa, y cabalgadura y cuanto 
los hombres habían menester < 1 2 ) » . 

Con este criterium, en las provincias en que no 
se labraban minas de plata y oro , no tenían pa- 
ra qué ocuparse de mineralogía. 


VI 

Como lo dice Humboldt, ante el aspecto de un 
continente que aparecía en las vastas soledades 
del Océano, aislado del resto de la creación, la 
curiosidad impaciente de los primeros viajeros y de 
los que han recogido sus narraciones, estableció, des- 
de luego, la mayor parte de las graves cuestiones 
que todavía nos ocupan . 

Entre ellas los preocupó, muy singularmente, la 
de la procedencia del hombre americano. 

Esta cuestión tomada en sus términos más sim- 
ples, era, sin embargo, muy compleja: se relaciona- 
ba con la física de nuestro planeta, con todas las 
influencias sidéricas a que está sometido, con el 
origen de todo lo que en él existe, en una sola pala- 
bra, con la creación entera: — porque el hombre 

(1) Hist. nat. ed. citada, pag. 282 y 283. 

(2) Cosmos, trad. de Galuski. t. 2.°, Paris, 1848. 



- 203 — 


americano ofrecía una variedad del tipo humano 
originario ; esta variedad aparecía rodeada de espe- 
cies animales y vegetales, que presentaban altera- 
ciones típicas o tipos desconocidos; y estas espe- 
cies, modificadas o nuevas, parecían en relación, 
si no en dependencia, con la distribución del ca- 
lor y de la humedad en las zonas en que se en- 
contraban, porque no existían naturalmente fue- 
ra de esas zonas que las encerraban en sus lí- 
mites cual si fueran creaciones locales, propias de 
la localidad y adheridas a ella, formando, dire- 
mos así, dentro de cada zona, un centro especial 
de creación y de vida. 

La cuestión no podía y no dejó de presentarse 
a los primeros escritores de América, bajo esos 
aspectos tan graves como nuevos. Por ejemplo, el 
P. Acosta, que fué entre aquellos escritores uno 
de los más notables, creyendo todo lo que la Igle- 
sia le mandaba creer, admitía que pasaron acá los 
hombres, de allá de Europa , o de Asia , o de Africa; 
pero, se preguntaba — ¿ como pasaron ? — « cierto 
no es de pensar, dice, que hubo otra arca de Noé 
en que aportasen hombres a Indias : ni mucho 
menos que algún Angel trajese colgados de los 
cabellos, como el profeta Abacuch, a los prime- 
ros pobladores de este mundo ; porque no se tra- 
ta de lo que pudo hacer Dios, sinó de lo que es 
conforme a razón y al orden y estilo de las co- 
sas humanas ; y así se deben en verdad tener 
por maravillosas y propias de los secretos de Dios 
ambas cosas : una, que haya podido pasar el gé- 
nero humano tan gran inmensidad de mares y 



— 204 — 


tierras ; otra, que habiendo tan innumerable gentes 
acá estuviesen ocultas a los nuestros, tantos siglos». 

En mayores perplejidades lo colocaban la pre- 
sencia de animales desconocidos que no existían 
en las otras partes del mundo. 

Oigamos al docto Jesuíta por breves momen- 
tos, y veremos como del Nuevo -Mundo brota- 
ban, en germen, todas las cuestiones que toda- 
vía hoy se debaten entre los teólogos y los na- 
turalistas. 

Dice el P. Acosta : « Mayor dificultad hace ave- 
riguar qué principio tuvieron diversos animales 
que se hallan en las Indias, y no se hallan en el 
mundo de acá. Por que si allá los produjo el Cria- 
dor no hay para qué recurrir al Arca de Noé; 
ni aun hubiera para que salvar entonces todas las 
especies de aves y animales si habían de criarse 
después de nuevo ; ni tampoco parece que con 
la creación de los seis días dejara Dios el mun- 
do acabado y perfecto, si restaban nuevas espe- 
cies de animales por formar ; mayormente anima- 
les perfectos, y de no menos excelencia que estos 
otros conocidos. Pues si decimos, que todas estas 
especies de animales se conservaron en el Arca de 
Noé, síguese que como estos otros animales fueron 
a Indias de este mundo de acá, así también estos 
que no se hallan en otras partes del mundo. Y sien- 
do esto así, pregunto, cómo no quedó la especie de 
ellos por acá f ¿ como solo se halla donde es pere- 
grina y extranjera? Cierto, es cuestión que me ha 
tenido perplejo mucho tiempo. Digo, por ejemplo, 
si los carneros del Perú, y los que llaman pacos 



206 — 


y guanacos, no se hallan en otra región del mun- 
do, ¿ quien los llevó al Perú o como fueron ? pues 
no quedó rastro de ellos en todo el mundo : y si 
no fuera de otra región , como se formaron y pro- 
dujeron allí? Por ventura, hizo Dios nueva for- 
mación de animales? Lo que digo de estos gua- 
nacos y pacos, diré de mil diferencias de pája- 
ros, y aves, y animales de monte, que jamás han 
sido conocidos, ni de nombre, ni de figura, ni hu- 
bo memoria de ellos ni en Latinos, ni en Grie- 
gos, ni en naciones ningunas de este mundo de 
acá. Si no es que digamos, que aunque todos los 
animales salieron del Arca, pero por instinto na- 
tural y providencia del cielo, diversos géneros se 
fueron a diversas regiones, en algunas de ellas, 
se hallaron tan bien, que no quisieron salir de 
ellas, o si salieron no se conservaron, o por tiem- 
po vinieron a perecer, como sucede en muchas 
cosas ( 1 ) » . 

Por medio de estos raciocinios, el P. Acosta y 
los que, en su época, se ocuparon de estas cuestio- 
nes, llegaban, sin pensarlo, sin quererlo, sin dar- 
se cuenta de ello, a colocarse en presencia del 
oscuro, y, por ventura, perdurablemente oscuro e 
insondable problema de la creación ex - nihilo ; y 
al encontrarse allí, retrocedían espantados, como 
si se encontrasen al borde de un abismo y sin- 
tieran que se deslizaban y precipitaban : porque 
ese problema no podía existir, no existía para 
ellos, porque no podían rozarlo sin caer en peca- 


(1) Hist. nat. edic. ya citada, pág. 282 y 283. 



— 206 — 


do, puesto que la cuestión estaba resuelta en el 
libro sagrado de Moisés ; y la solución conteni- 
da en ese libro, tal como lo leía la Iglesia, era 
dogma, artículo de fé. 

El P. Lozano huía como sus predecesores, de 
todo examen sobre el punto decidido por la Igle- 
sia ; y si por acaso se descubrían vestigios, como 
algunos que él mismo indica, de que la América 
estuvo poblada antes del diluvio, trata de expli- 
carlos en armonía con la exégesis bíblica, y, al 
fin, repele todo examen, diciendo que aun proba- 
do que hubiese existido una población antedilu- 
viana, la prueba sería inútil en cuanto al origen 
délos indios, porque es de fe que feneció todo el 
humano linage , excepto Noé y su familia que se 
salvó en el Arca. 

Colocados en este terreno puramente teológico, 
no tenían nada que investigar sobre el origen de 
los indígenas americanos, porque en cuanto hom- 
bres, dice Lozano, su origen nos es manifiesto por 
las escrituras infalibles y solo cabe averiguar 
como esta parte de la descendencia de Noé ha 
venido desde Armenia a tan remotos países. 

De esta averiguación, en efecto, es de lo único 
de que se ocupan los historiadores de la conquis- 
ta ; y no encontrando documentos históricos ni 
tradiciones que pudieran guiarlos para descubrir 
los caminos por donde vinieron, según su idea 
preconcebida, los hombres que poblaron el Nuevo 
Mundo, no podían salir, y no salieron, de hipóte- 
sis y de conjeturas, más o menos plausibles, más 
o menos cuerdas. 



— 207 


El P. Lozano nos da cuenta, metódica y ra- 
zonada, de todas las hipótesis que se habían for- 
mulado hasta la época en que él escribía. 

Basta leer el capítulo que consagra a esta ma- 
teria, para conocer cuanto se había estudiado, 
pensado, imaginado y controvertido para expli- 
car, de acuerdo con el Génesis , el origen de la 
población de América. 

Las concordancias con el Génesis se buscaban 
dando al texto sagrado las interpretaciones que 
le daba la Iglesia, sin que ningún escritor or- 
todoxo se aventurase a examinar estas inter- 
pretaciones evidentemente humanas, y por con- 
siguiente, falibles, apesar de que esta falibilidad 
estaba demostrada, nada menos que por la exis- 
tencia misma del Nuevo Mundo, y de los hombres 
que lo poblaban. 

La inteligencia dada al libro de Moisés, con- 
denaba todas las ideas que se habían ido elabo- 
rando lentamente, desde los tiempos más remo- 
tos, respecto a la configuración de la tierra ; y 
admitir los antípodas, como los admitía Cicerón, 
in quo ( australi cingulo ) qui adversa nobis urgent 
vestigia, fué declarado acto no sólo insensato si- 
no herético . 

Las opiniones de los teólogos tuvieron la fuer- 
za de artículos de fé ; y tratándose de un Obis- 
po que había admitido los antípodas, el Papa Za- 
carías le escribía a su legado en Salzbourg ( 748): 

(1) Lactancio — Divina: instituciones , lib. 3. cap. 23 — San Agus- 
tín, en el cap. IX, Di Civitati Dei. 



— 208 — 


«En cuanto ala perversa doctrina de Virgilio, 
si se prueba que él sostiene que hay otro mun- 
do y otros hombres sobre la tierra, arrojadlo de 
la Iglesia, en un concilio, después de haberlo des- 
pojado del sacerdocio ( 1 ) )) . 

El portentoso proyecto de Colón, debió ser y 
fué sometido por Fernando e Isabel la Católica, 
al examen de la sabiduría eclesiástica, represen- 
tada por la consulta que se reunió en Salaman- 
ca en el convento de San Esteban. 

Colón se presentó, y la historia ha conservado, 
como dice Reynaud, «la memoria de esa contra- 
versia solemne entre la cosmografía griega y la 
cosmografía católica. Colón fué atacado con tex- 
tos sacados del Génesis, de los Salmos de los 
Profetas y aún del Evangelio y de las Epístolas. 
A ellos se agregaban los comentarios de San Cri- 
sóstomo, de San Agustín, de San Jerónimo, de 
San Basilio, de San Gregorio, de San Ambrosio, 
los de casi todos los Padres, enemigos pronunciados 
de la rotundidad de la tierra. San Agustín de- 
clara que la doctrina de los antípodas es incom- 
patible con los fundamentos de la fé ; porque, 
dice él, los habitantes de los antípodas proven- 
drían, necesariamente de otra creación que la de 
Adan ( 2 >. 

Colón, tan sinceramente católico, estaba perdi- 
do en este terreno : en él era tan herético en 
geografía, como lo fueron, después, Copérnico y 
Galileo en astronomía; pero, por fortuna, las na- 

(1) Eyries — Art. Antipodes. 

(2) Reynaud. art. Golombo. 



— 209 — 


vegaciones y los descubrimientos de los portu- 
gueses ofrecían ya, contra la ciencia puramente 
teológica, una demostración práctica ; y, en defi- 
nitiva, ningún texto, ningún silogismo, podría pre- 
valecer ante el hecho que ya había ensanchado 
la tierra conocida y habitable y que acrecenta- 
ba los dominios y el poder de una nación veci- 
na y rival de España. 

El P. Alejandro Greraldini, que después fué Obis- 
po de Santo Domingo, ha dejado consignada la 
forma en que presentó el concluyente argumento 
que fluía de aquel hecho : — « Las opiniones esta- 
ban divididas, dice Greraldini, porque varios Prela- 
dos españoles trataban la opinión de Colón como 
heregía manifiesta, alegando sobre este punto la 
autoridad de San A gustín y la de Nicolás de Lira. 
Encontrándome por casualidad detrás del Car- 
denal Mendoza, yo le hice presente que Nicolás 
de Lira había sido un teólogo profundo, y San 
Agustín un doctor ilustre, pero que los dos se ha- 
bían mostrado malos geógrafos, puesto que los por- 
tugueses habían llegado ya a un punto del hemis- 
ferio opuesto, donde habían perdido de vista la 
estrella polar y habían descubierto otro polo ; que 
ellos habían encontrado bien poblados los países 
de la zona tórrida etc» (*). 


(1) Gerardinus; Itinerarium ad regiones sub aequinoctiali plaga 
constitutas Alexandri Geraldini Amerini, episc. Civitatis S. Dominici 
apud Indos occidentales, opus antiquitates, ritus, mores et religiones po- 
pulorum A. Ethiopiae, Africae, Atlantici Oceani, Indicarumque regio- 
num, complectens : nun primum edidit Enuphrius Gerardinus, autoris 
abnepos. Roma, 1631 — in 8.° 


14 



— 210 — 


La demostración práctica del error de la cos- 
mografía teológica, principiada por los portugue- 
ses, continuada por Colón y consumada por Ma- 
gallanes y Sebastian del Cano, comprometía la 
creencia, al menos en cuanto a la unidad de la 
creación ex-nihilo , puesto que, según San Agus- 
tín, la existencia de los antípodas implicaría ne- 
cesariamente la de otra creación que la de Adan ; 
y desde que este compromiso era evidente e ine- 
ludible, había que recurrir a una revisión de la 
interpretación que le había dado el texto sagra- 
do, puesto que el error, que era innegable por 
que era tangible, no cabía en el texto, si no en 
la falibilidad de sus intérpretes. 

Y desde que eran hombres los que habían de 
armonizar el Génesis con los nuevos descubrimien- 
tos, es inútil decir que no hubo uniformidad de 
pareceres ni perfecto acuerdo entre ellos. 

Algunos intentaron resolver la dificultad por 
la pluralidad de la creación; lo que los condu- 
cía a rehacer, sin salir de la narración bíblica, 
nuestra historia cosmogónica. 

El que más resueltamente se aventuró en esta 
vía, fué un gentil hombre protestante, agregado 
a la casa del principe Conde, y llamado La Pey- 
rére, publicando, en 1655, un tratado de teología, 
fundado, todo entero, sobre la existencia de una 
población humana anterior a Adan. 

((En ese libro, muy curioso y notable para su 
época, La Peyrére se esfuerza en demostrar que 
la historia de Adan y de sus descendientes no 
es más que el comienzo de la historia de los ju- 



- 211 — 


dios solos, y no la de los hombres en general: 
partiendo de los dos relatos de ]a creación que 
se encuentran en el Génesis y fundándose en 
las diferencias que siempre se han señalado en- 
tre ellos, considera que el primero se refiere a 
a la creación de los Gentiles , (!) y el segundo al 
origen del pueblo que Dios habia escogido entre 
todos los otros. Los gentiles, creados los prime- 
ros, en el sexto día de la grande semana, y al 
mismo tiempo que los animales, pertenecían de 
algún modo a la creación general. Ellos habían 
sidos formados como los otros seres, y sacados, 
como ellos, de la materia del caos ; habían apacido 
sobre toda la tierra entera, y ninguno de ellos 
había penetrado en el paraíso terrestre. Adan, el 
primer judío, sacado del limo de la tierra, y Eva, 
formada con una costilla de Adan, no habían ve- 
nido a luz sino después del reposo del séptimo día ; 
solo ellos habían habitado en el jardín del Edén, 
y, por consecuencia, solo ellos se habían hecho 
culpables del pecado contra la ley , violando la 
prohibición que ella les imponía. Los otros hom- 
bres, inocentes a ese respecto, no eran, sin em- 
bargo, menos culpables de los pecados naturales. 
El autor encuentra confirmada esa distinción por 
un pasaje de San Pablo ( 1 2 ) . 

«En apoyo de su hipótesis fundamental, La 
Peyrére no invoca solamente el texto mismo re- 
lativo a los primeros días del mundo : toma sus 


( 1 ) Génesis. 1 y 2 cap. 

(2) Epístola a los Romanos, cap. V. vers. 12, 13 y 14. 



— 212 — 


argumentos más precisos en la historia de Adan 
v de su familia. 

((Con esa historia intenta probar que existían 
hombres fuera de la familia adámica o judía, y 
que esos hombres esparcidos, en aquel tiempo, so- 
bre toda la tierra, eran precisamente los gentiles , 
los primogénitos de la grande creación, siempre y 
netamente distinguidos del pueblo de Dios, de los 
judíos, 

«La Peyrére interpreta desde el mismo punto 
de vista un gran número de expresiones genera- 
les empleadas en la biblia. La tierra de la que 
se habla frecuentemente, no es para él la super- 
ficie entera de nuestro globo, sino únicamente la 
tierra santa , la que Dios había destinado a su 
pueblo. Precisa los limites de esta tierra y da un 
mapa poco detallado, pero bastante exacto para 
su tiempo. 

«Dice que se refieren únicamente a esta tierra 
santa las narraciones relativas al diluvio bíblico, 
diluvio que compara a las otras grandes inunda- 
ciones parciales de que diversas naciones conser- 
van la memoria. De esta manera la historia de 
Noé se armoniza con la de Adan. El patriarca 
Noé quedó como el único representante, pero só- 
lo de los judíos, no de la humanidad entera, por 
que fué contra los judíos que se inflamó la cóle- 
ra celeste. Dios no ha tenido jamás la intención 
de destruir a los gentiles» a> . 

(1) No conocemos este libro de La Peyrére; y reproducimos lite- 
ralmente la noticia a que de él nos dá Mr. A. Quatrefages. 



213 — 


Este libro de La Peyrére fuó condenado tanto 
por la Iglesia Romana como por los teólogos di- 
sidentes; pues cabe decir aquí, que en cuanto a la 
geografía y a la astronomía teológica, no existía 
la disidencia, como quedó probado por el hecho 
de que el jefe mismo de la reforma, Martín Lu- 
tero, condenase a Copérnico, como lo habían con- 
denado sus adversarios U> . 

La Iglesia mantuvo la unidad de la creación; 
admitió los antípodas, pero declarando que des- 
cendían, como parte del género humano, del tronco 
de Adan; y la inquisición contribuyó eficazmente 
a imponer el respeto práctico de esas decisiones, 
y por consecuencia, a conservar la cuestión den- 
tro de los límites en que se encierran los autores 
ortodoxos que compendia el P. Lozano. 

Los filósofos del siglo xviii, arrostrando las cen- 
suras eclesiásticas, abordaron, de nuevo, la grande 
cuestión y la trataron llana y popularmente, apo- 
derándose con habilidad, para quebrantar la auto- 
ridad bíblica, de todas las dudas y perplegidades 
que asaltaban a los espíritus más ortodoxos. Vol- 
taire dice: «si fué un esfuerzo filosófico el que 
produjo el descubrimiento de América, no lo es él 
preguntar todos los días cómo se han encontrado 
hombres en esos continentes y quien los ha lleva- 
do? Si no se admiran de que existan moscas en 
América es una estupidez admirarse de que exis- 
tan hombres. 


( 1 ) Hablando de Copérnico, dice Lutero, entre otras cosas : « ese 
loco quiere echar por tierra toda la ciencia de la astronomía ; pero co- 
mo lo indicaron las santas escrituras, fué al sol, y no a la tierra, al 
que Josué mandó detenerse ». 



— 214 — 


«El salvaje, que se cree una producción de su 
clima, como sus antecesores y como su raíz de 
mandioca, no es, en ese punto, más ignorante que 
nosotros, y raciocina mejor. En efecto, puesto que 
el negro de Africa no saca su origen de nuestros 
pueblos blancos, ¿porqué los rojos, los aceitunados 
y los cenicientos de América, procederían de nues- 
tras comarcas? y por otra parte, ¿ cuál sería la co- 
marca primitiva? 

«La naturaleza que cubre la tierra de flores, 
de frutos, de arbustos, de animales, ¿los colocó 
todos sobre un solo pedazo de terreno, para que 
desde allí se esparcieran por el resto del mundo? 
¿Dónde estaría ese terreno que tuvo primitivamen- 
te todas las yerbas y todas las hormigas, y que 
las envió al resto de la tierra? ¿Cómo los musgos 
y los abetos de la Noruega habrían pasado a las 
tierras Australes? Cualquiera que sea el terreno 
que uno se imagine, lo encontrará siempre des- 
provisto de todo lo que los otros producen. Habría 
que suponer que originariamente lo tuvo todo y 
que después no le quedó casi nada. Cada clima 
tiene diferentes producciones; y el más rico o abun- 
dante es muy pobre comparado con todos los otros 
reunidos. El Señor de la naturaleza ha poblado 
y variado todo el mundo U) . 

Pero la controversia entre los enciclopedistas y 
los teólogos, no podía llegar sino a conclusiones 
hipotéticas, que era lo mismo que había sucedido 
antes de los descubrimientos de los navegantes, 


(1) Voltaire — Essai sur les Moeurs. 



— 215 — 


respecto a la esfericidad de la tierra. Sin estos 
descubrimientos, la disputa se habría prolongado 
indefinida y estérilmente. 

No eran las ciencias metafísicas sino las físicas 
y naturales las que podían derramar alguna luz 
sobre los oscuros, problemas que se debatían. 

Y, en efecto, los progresos de estas ciencias le 
han abierto nuevos horizontes a la inteligencia 
del hombre y dádole más anchas y más seguras 
bases para todas sus abstracciones. 

La física y la química nos han revelado los se- 
cretos de la composición de nuestro planeta y el 
por qué (o las causas) de los fenómenos más ma- 
ravillosos ; la fisiología ha puesto de relieve a nues- 
tros ojos la organización de nuestro ser físico; la 
astronomía ha penetrado, a través de espacios 
infinitos, el misterio de las leyes inmutables que 
rigen la marcha de los astros; y, por fin, dos cien- 
cias modernas, la geología y la paleontología, han 
venido arrancando, uno a uno, del seno de las ma- 
sas inorgánicas, muchos de los secretos de la his- 
toria primitiva de nuestro planeta, exhibiendo 
auténticos testimonios de que existían organismos 
terrestres e inteligencia humana en época de tan 
remotísima antigüedad, que exceden, en mucho, los 
límites de la cronología y de la tradición bíblica, 
tales como los habían entendido y fijado los in- 
térpretes del texto mosaico. 

Si los enciclopedistas hubieran sido contempo- 
ráneos de los progresos de la teología, y de la paleon- 
tología, Yoltaire no habría escrito que los pescados 
petrificados no eran más que pescados raros, arroja- 



— 216 — 


dos de las mesas de los romanos, porque no estaban 
frescos, y qué los pretendidos bancos de conchilla 
no eran otra cosa que conchas recogidas en los ma- 
res del Levante y desprendidas de las caperuzas 
de los peregrinos que iban a Santiago de Com- 
postela ; lo que explicaba, según él, por qué se las 
encontraba petrificadas en Francia, en Italia y 
en todos los países de la cristiandad. 

Pero cuando ellos vivían, Linneo apenas había 
iniciado la idea, aceptada por Buffón, de que nues- 
tro planeta estaba compuesto de camadas depo- 
sitadas sucesivamente las unas sobre las otras, lo 
que atribuía a una mar universal que se había 
retirado gradualmente dejando descubiertos los 
continentes actuales. 

Después, la ciencia moderna ha estudiado esas 
capas, las ha distinguido y clasificado, y se ha 
aventurado a estimar, por comparación y por cál- 
culo, el tiempo que necesitaría la formación de 
cada una, y, por consiguiente, la edad que apro- 
ximadamente representan. 

Penetrada la corteza de nuestro globo, queda- 
ron descubiertas las séries de extratificaciones, que 
la geología ha podido dividir en cinco períodos o 
clases (terrenos primarios, secundarios, terciarios, 
cuaternarios y modernos), que comprenden quince 
hiladas distintas y numerosas sub-divisiones, que 
no nos cabe mencionar, desde que sólo tratamos 
de indicar, a grandes rasgos, el progreso de las 
ideas y los nuevos elementos que ha introducido 
la ciencia en la grande cuestión que se relaciona 
con el origen de la población de América. 



— 217 — 


Del estudio de la superposición de las capas 
sedimentarias y del de su composición, resulta, se- 
gún los datos de que hoy dispone la ciencia, que 
esas formaciones se han operado lentamente; que 
han ido sobreponiéndose por variaciones insensi- 
bles, notándose en todos los cambios que ellas in- 
dican, que la naturaleza ha procedido siempre como 
procede a las formaciones modernas, en las que 
ahora mismo se realizan. 

Siendo esto cierto, como creemos, el espesor te- 
rrestre ha sido formado lentamente, no de una 
sóla vez ni en un día, y tomando por base los' pro- 
cederes actuales de la naturaleza, el tiempo que 
han necesitado las superposiciones sedimentarias 
hoy conocidas, traspone, inmensamente, el que le 
daban los intérpretes del Génesis. 

Es tan inmensa la antigüedad que revela la 
formación de la parte térrea de nuestro globo, que 
concediendo hipotéticamente que la naturaleza ha- 
ya obrado antes con mucha mayor actividad y 
que las conmociones que ha sufrido la tierra, y de 
que se encuentran tantas pruebas, hayan acelera- 
do, y no retardado, las formaciones sedimentarias, 
aun así el horizonte de la cronología geológica es 
casi inmensurable. 

Pero las capas sedimentarias no han revelado 
únicamente la antigüedad de la creación inorgá- 
nica: en cada una de ellas se han encontrado los 
vestigios de las creaciones orgánicas correspon- 
dientes a cada período, de lo que se concluye que 
cada época geológica ha tenido sus vegetales y 
sus animales. 



218 — 


Jorge Cuvier, el fundador de la ciencia paleon- 
tológica, llegó hasta clasificar las especies perdi- 
das, y a rehacer, en alguna manera, las faunas 
que habían existido en los tiempos más remotos; 
lo que equivalía a restablecer una página autén- 
tica de las edades prehistóricas de nuestro planeta. 

Los fósiles, han sido comparados a verdaderas 
medallas acuñadas por la naturaleza; «la asimi- 
lación es tan exacta como profunda: sus marcas 
varían como las medallas, de edad en edad, y co- 
mo ellas, de país en país, y cada tiempo tiene las 
suyas, diversas de las que le precedieron y de las 
que le siguen, que le caracteriza particularmente. 
Para transformarlos en un lenguaje cronológico 
preciso y fácil de comprender, basta la clasifica- 
ción de edad, esto es, la determinación de los que 
pertenecían a cada época; y esta determinación, 
que es fácil de hacer donde la superposición es ob- 
servable, puede considerarse auténtica y suscepti- 
ble de generalización dentro de ciertos límites. 
Este trabajo puede compararse al de un gran vo- 
cabulario, pero es necesario entender que no se 
trata de un vocabulario simple, sino de un vo- 
cabulario polígloto, cuyas expresiones varían se- 
gún las localidades. El trabajo es inmenso, pero 
los elementos en que reposa son seguros, puesto 
que no son más que una deducción del principio 
fundamental de las superposiciones » (L. 

Aconteció con estas revelaciones científicas, algo 
semejante a lo que había sucedido con las de 


( 1 ) Reynaud. — Art. Chronologie. 



— 219 - 


Copórnico ; pero como las verdades geológicas son 
más evidentes que las astronómicas, la . contra- 
dicción fué menos acerba, menos durable, y la 
existencia de las flores y de las faunas fósiles, 
quedó más fácil y prontamente admitida, y como 
hecho innegable. 

A virtud de este hecho, que concurría a la cla- 
sificación geológica, la ciencia ha podido hacer con 
precisión la de los sistemas sucesivos de los terre- 
nos que se distinguen por su composición física, por 
la diferencia de estratificación y por la sucesión 
de los seres organizados cuyos restos encierran. 

Pero ¿ y el hombre ? El descubrimiento del hom- 
bre, impropiamente llamado fósil , porque no es 
especie extinguida, ha sido más tardío, y ha oca- 
sionado más porfiadas, ardientes y sostenidas con- 
tradicciones. 

Por fin, el hombre fósil o prehistórico fué en- 
contrado y reconocido ; y, por el momento, y es- 
pecialmente después del congreso internacional 
reunido para examinar los descubrimientos hechos 
por Boucher de Perthes, en 1 863, cerca de Abbe- 
ville, está fuera de cuestión, y se tiene como pro- 
bada la existencia del hombre en la época cua- 
ternaria, en Europa. 

Se controvierte todavía el descubrimiento de los 
huesos del hombre del mismo período en Améri- 
ca, y de él del período terciario en Europa ; pero 
no se pueden negar, ni se niegan ya, las pruebas 
de las obras del hombre en esos períodos, tanto 
en Europa como en América; y donde está la 
obra del hombre está el hombre. 



— 220 — 


En el uno como en el otro hemisferio, y en de- 
pósitos evidentemente vírgenes, y algunos perte- 
necientes a las capas terciarias, esto es do 600 a 
700 mil años, se han encontrado hachas, flechas 
y otros instrumentos do sílex. Se han encontra- 
do también dibujos hechos en las astas de vena- 
dos gigantescos, representando alguno do los ani- 
males de las épocas primitivas. En otros huesos 
fósiles se han notado hondas hechas, al parecer, 
en estado fresco, y por mano do hombro; varios 
do estos objotos so han hallado al lado o mezcla- 
dos con los esqueletos intactos de animalos, lo que 
no doja lugar a sospechar que so hubieran pre- 
cipitado en alguna evolución do las capas supe- 
riores. 

Los objetos do sílox, las heridas hechas, al pa- 
recer, con las hachas de sílex, y, por fin, los di- 
bujos do diversos animales fósiles como el Mam- 
mut, ol Oso do las cavernas, etc., son pruobas, po- 
co contestables, do quo el hombro ha sido con- 
temporáneo de osos fósiles. 

L Por consecuencia, la antigüedad del hombre pro- 
histórico, ha quedado también establecida O). 

Poro la presencia de este hombro, no agotaba 
la cuestión quo se vonía debatiendo ; porque ella 
no decidía ni la unidad de la especie ni la uni- 
dad dol origen. 

Estos puntos, quo dividieron la opinión do los 
metafísicoB, como dividieron después la de los na- 

( J ) ÍCn ni volumen dn notan y adicionan darmnoN una noticia, la rn&M 
completa que non «oa poNÍbln, de los doHeuhnmicntoN prehintóricow que 
ae lian hecho en toda la America. 



— 221 — 


turalistas, se debaten ahora entre dos escuelas que 
han recibido de América sus nombres de combate. 

La una, que va de acuerdo con la narración 
del Génesis, afirma que todas las razas humanas, 
sin excepción, proceden de una sóla pareja y tie- 
nen su cuna en un sólo lugar de la tierra. La otra, 
fundándose en la observación de los caracteres 
típicos, pretende que las diversas razas no pue- 
den provenir de una sóla pareja, y reconociendo 
la unidad orgánica de la especie humana y la 
disposición de todas sus ramas a asociarse de la 
manera más estrecha, no admite que esta unidad 
resulte de la unidad de origen. 

Esta opinión, ya anteriormente profesada, fué 
adoptada por el americano Morton, que la sostu- 
vo con un talento eminente y una ciencia profun- 
da. Sus discípulos reclaman para él el honor de 
haber fundado sobre esa base una nueva escuela 
ethológica, que ellos llamaron americana, en opo- 
sición a la escuela inglesa levantada por Prichard 
sobre el principio contrario de la unidad de ori- 
gen í 1 ) . 

A esta escuela unitaria le llamaron moneginis- 
ta, y a la opuesta poleginista ; y estos nombres 
dados en América, han sido umversalmente acep- 
tados. 

Ambas escuelas coincidieron en admitir diferen- 
tes centros de creación para las especies vegetales 
y animales. 

Las dos convinieron también en que la existen- 


(1) G. D’Eichthal. — Tipes et Races humaines. 



— 222 - 


cia del género humano sobre la tierra, es anterior 
al tiempo que le daban los intérpretes de la cro- 
nología bíblica; y en este punto, las demostracio- 
nes de la geología y de la paleontología, han sido 
confirmadas por los descubrimientos arqueológicos 
hechos en el Egipto y en la Asiría. Hoy se co- 
nocen monumentos de esos países que datan de 
treinta siglos anteriores a nuestra era; y esos mo- 
numentos presentan los mismos tipos de las razas 
actuales de esos países. Los bajos relieves de los 
monumentos egipcios del tiempo de los Faraones, 
presentan además, a los negros con los mismos 
tipos que hoy tienen en Africa. En una palabra, 
las formas no han cambiado, según esos monu- 
mentos, ni para el hombre ni para los animales, 
pues que en los de la quinta, sexta y séptima di- 
nastía de los Faraones, se encuentran representadas 
las mismas especies que habitan presentemente el 
Egipto d) . 

Los moneginistas, que explican las variedades 
del tipo humano por influencia climatológicas, no 
admiten que la revelación de los monumentos egip- 
cios pruebe diferentes centros de creación humana, 
pero sí, que prueba la antigüedad del hombre. 

Vilano va, que es moneginista, dice: «Admitida 
la unidad de la especie, y teniendo ejemplos tan 
evidentes de lo antiquísimo de ciertas razas, como 
la negra y caucásica, cuyos rasgos característicos 
iguales a los de hoy, se ven reproducidos en el 
Egipto en pinturas que datan lo menos, de treinta 


(1) Maury — Bulletin de la Société de Géographie, París, 1855. 



- 228 - 


siglos; y de la lentitud con que obran los agentes 
físicos sobre el hombre , como el de no haber su- 
frido alteración ninguna el negro en los siglos que 
habita en América bajo condiciones distintas de 
las de su país natal , no debe extrañarse que se 
admita, por autoridades científicas de primer orden, 
la gran antigüedad del hombre en el globo» ó). 

Algunos pretenden que el hombre primitivo era 
un ser inferior a la humanidad actual, lo que po- 
dría acercarlo, aún inconcientemente, a las trans- 
formaciones deprimentes de Lamark y de Darwin. 

Pero la arqueología prehistórica no se aviene 
con esa hipótesis. 

Los instrumentos encontrados con los animales 
fósiles, los de piedra bruta, los de piedra pulida, 
los de bronce, los de hierro, la cerámica, etc., apa- 
recen escalonados en una progresión ascendente: 
van perfeccionándose paso a paso, como se per- 
fecciona la humanidad actual. 

Esos instrumentos son semejantes, y se encuen- 
tran en el mismo orden de progresiva perfección 
en todas partes. 

La semejanza nos parece un resultado natural, 
porque tenemos por inconcluso que los hombres, 
cualquiera que sea la época o la región, colocados 
en idénticas condiciones, con iguales necesidades 
y con los mismos medios, deben producir obras 
semejantes. 

Cosa análoga debe suceder en las lenguas, puesto 

(1) Vilanova — Origen, naturaleza y antigüedad del hombre. — Ma- 
drid, 1872. 



que tienen por base la organización vocal, que es 
la misma en todos los hombres; de lo que se de- 
duce que ellas no pueden ser perfectas en su ori- 
gen, y deben irse desarrollando y perfeccionando 
gradualmente. 

El hecho de que en épocas muy remotas exis- 
tiera un idioma o idiomas perfectos, lejos de con- 
tradecir, corrobora el principio que dejamos asen- 
tado. Hoy mismo co-existen, dentro de nuestro 
globo, los idiomas perfectos de los pueblos civili- 
zados con los rudimentales de las tribus que se 
encuentran retrasadas. 

Los progresos de las ciencias humanas, que, como 
lo hemos ido indicando, después de demostrar el 
error de los intérpretes del Génesis sobre la con- 
figuración de nuestro planeta y sobre el movimien- 
to de los astros, acaban de arrancarle a la tierra 
el secreto de su formación sucesiva y de la anti- 
güedad ante-adámica del género humano, han 
hecho sentir a los teólogos contemporáneos, la 
necesidad de salvar el dogma que pudiera ser 
quebrantado en su autoridad moral, por los errores 
de los doctores de la Iglesia, tratando de poner 
de acuerdo la inteligencia del libro de Moisés con 
las verdades físicas, hoy demostradas, que sus in- 
térpretes habían negado y condenado; y sin duda 
con ese sano propósito, un célebre teólogo, el car- 
denal Wisfcman, escribió sus Discursos sobre las 
relaciones entre la ciencia y la religión revelada (1) . 


(1) Diacours sur les rapports entre los scionces et la religión re- 
vélóo, prononcés a Romo, 2. — ed. Paris, 1841. 



— 226 — 


Siguiendo el ejemplo de ese eminente prelado, 
el Abate J. Fabre D’Envieu, filólogo distinguido, 
y profesor de teología en la facultad de París, aca- 
ba de publicar un libro que hará época por la 
virilidad con que se confiesan y demuestran los 
errores cosmogónicos, hasta ahora canonizados, y 
se reconocen y consagran las conquistas de la 
ciencia moderna, según puede verse por los pará- 
grafos que vamos a copiar en seguida. 

El Abate D’Envieu, nos dice: 

«Es necesario reconocer que los grandes pro- 
gresos hechos en nuestros días por las ciencias 
físicas tienden a demostrar que hubo creaciones 
antegenesíacas. 

«La tesis de la antigüedad de algunas razas 
humanas parece probada. Por otra parte, la Biblia 
no se opone a esa antigüedad, y yo no veo nin- 
guna dificultad en admitirla como un hecho debi- 
damente establecido. Admito, pues, que se le debe 
acordar a la tierra y al género humano la alta 
antigüedad que le atribuyen los sabios contempo- 
ráneos. Reconozco, si lo quieren, que el hombre 
que ha asistido a algunos de los fenómenos geoló- 
gicos del período cuaternario remonta a 260,000 
años. La ciencia puede llegar a la demostración 
geológica de esa teoría: eso no me agitaría. No 
me cuesta admitir que el hombre ha existido con 
el Mammut, es decir, desde las primeras forma- 
ciones cuaternarias. Voy hasta creer que se en- 
cuentran rastros de la vida humana en los terrenos 
que han precedido a esas formaciones. En cuanto 
a mí, yo ,no me inquietaría, de ningún modo, por 


15 



— 226 — 


mi fe cristiana, si se descubrieran restos humanos 
en todos los terrenos anteriores al diluvium. 

«Admito, de buena voluntad, que se han en- 
contrado rastros de ese género en la época plio- 
cénea. Yo sabría, sin que mi fe se conmoviese, que 
el hombre ya existía cuando se formaban los te- 
rrenos terciarios. Los geólogos podrán llegar a 
descubrir que el hombre habitaba la hilada infe- 
rior del terreno eoceno, sin que ese me causara 
ningún embarazo. 

« Estas afirmaciones, están, sin duda, en des- 
acuerdo con las teorías imaginadas por numero- 
sos teólogos a propósito del texto mosaico. Pero 
ese desacuerdo proviene de que le han dado al 
relato sagrado una interpretación exagerada, y, 
oso decirlo, fantástica. 

« Los doctores y los teólogos han comentado el 
texto del Génesis, sobre todo con la intención de 
sacar enseñanzas morales. La narración de cier- 
tas obras de Dios, que nos ofrece la Biblia, bas- 
taría para responder a las preocupaciones gene- 
rales. Pero no se han ceñido a las revelaciones 
del texto. Han creído que la historia examétrica 
abrazaba todas las obras del Creador. 

« Pero después, cuando se ha sometido a un 
estudio atento, la corteza terrestre, cuando se 
han descubierto algunos de los cambios que se 
han producido en la superficie de nuestro globo, 
se imaginaron que el santo libro debía haber men- 
cionado esos fenómenos. Se esforzaron en hacerle 
decir al Génesis lo que seguramente no dice: se 
quiso encontrar en la narración sagrada la ex- 



— 227 — 


posición abreviada de las revoluciones físicas. Se 
idearon teorías para explicar el Génesis por las 
ciencias naturales. Se tradujo el hebreo en la len- 
gua científica de nuestro tiempo ; y es por este 
proceder que se ha intentado, sobre todo en nues- 
tros días, poner de acuerdo la ciencia y la fe. Pero 
en resumen, los teólogos no han convencido ni a 
los geólogos, ni a los partidarios de una exége- 
sis seria. La sencillez del relato genesíaco ha sido 
desnaturalizada, y la Biblia hecha el blanco de 
los más violentos ataques. 

«La interpretación demasiado enfática del pri- 
mer capítulo del Génesis previene de una falsa 
suposición. Se han imaginado que Moisés ha que- 
rido decirlo todo sobre los orígenes del mundo ; 
y, para encontrar en la Biblia lo que ella no 
contiene, no han vacilado en hacerle violencia. Así 
han exagerado el sentido de la palabra ((princi- 
pio» (o comienzo) que es indeterminada en el tex- 
to, y lo han hecho significar «al principio de los 
tiempos», «al principio de todas las cosas». La 
palabra Bar a no significa «sacar de la nada»; 
significa más bién «transformar, organizar». Han 
querido, sin embargo, que la Biblia enunciase la 
creación primitiva, la creación exnihilo. El sentido 
de la palabra «cielo», «tierra», aTohu-Bohu » luz, 
días, etc., ha sido también arbitrariamente modi- 
ficado. Para acomodar el texto a sus ideas, los 
comentadores le han dado muchas veces a los pa- 
sajes más claros del primer capítulo de la Biblia, 
un sentido forzado o evidentemente falso, con 
menosprecio del sentido literal. 



— 228 — 


«La Biblia nos da, es cierto, alguna luz sobre 
cierta organización de la tierra y sobre la forma- 
ción y el origen del género humano actual; pero 
los intérpretes del primer capítulo del Génesis, se 
engañan cuando presentan esas páginas inspira- 
das como la solución de todas las cuestiones in- 
teresantes que están fuera de la narración y que 
la ciencia contemporánea ha abordado. 

«Las primeras páginas del Pentateuco, son un 
apocalipsis de cierto pasado; pero no está proba- 
do que ellas abracen todo el pasado. Se puede 
creer que Moisés no nos relata más faces de la 
obra creadora que la que se refiere a la época 
actual. La explicación más natural del texto sa- 
grado, y creemos demostrarlo en este libro, nos 
autoriza a mirar como posible la existencia de 
uno o de varios mundos ante -adámicos. La Santa 
Escritura no nos prohíbe que creamos en creacio- 
nes anteriores a las que relata el Génesis. Nosotros 
podemos admitir que antes de la semana genesía- 
ca, la tierra existía y había sido habitada por seres 
organizados como nosotros. No se puede, fundán- 
dose en la Biblia, negar la existencia o la anti- 
güedad de una raza de hombres. Ese santo libro 
no se opone a que retroactemos a una distan- 
cia inconmesurabl emente apartada de nosotros 
la aparición de diversas razas humanas sobre la 
tierra. 

«Las dificultades opuestas por las ciencias geo- 
lógicas a la relación hexa métrica, no reposan, y 
creo que voy a probarlo, más que sobre una in- 
terpretación inexacta y muy contestable de algunos 



— 229 — 


pasajes de la Biblia. Los dos primeros versículos 
del Génesis, entre otros, han sido desfigurados. 

«Los nuevos sentidos que yo doy a los textos, 
cuya traducción emprendo, harán más sensible 
todo lo que acabo de decir. Esos sentidos tienen 
dos ventajas sobre los que han aparecido hasta 
aquí: ellos son nuevos y son más fundados. Cuando 
digo que son nuevos, sólo hablo de una novedad 
relativa : ellos parecen nuevos comparándolos con 
los que están en boga hasta ahora; pero en el 
fondo esas novedades no son más que las signi- 
ficaciones antiguas que yo sustituyo a las nuevas. 
Los teólogos han introducido en la Biblia las opi- 
niones fisiológicas de Aristóteles , las teorías astro- 
nómicas de Ptolomeo, la cosmogonía o la cosmo- 
grafía de la edad media; y ellos han tratado de 
elevar esos sistemas al rango de los dogmas. Pero 
todo eso no era fundado; y por otra parte, no es- 
tamos obligados a adoptar todos los sistemas pa- 
trocinados por los comentadores. Todas las expli- 
caciones de los teólogos no han sido canonizadas 
por la Iglesia. Así, bajo varios aspectos, el pro- 
greso consiste en retroceder, en volver al texto, 
en despojarlo de comentarios inexactos, de exage- 
raciones y de opiniones exegéticas que no tienen 
apoyo en la letra. Con ese objeto, no debemos 
decir: Recedan veter a; más bien diremos Redeant 
vetera. Tomando la autoridad de la revelación por 
regla de nuestra fe, detengámonos donde esa re- 
velación nos manda detenernos. Discípulos de la 
Biblia, conservemos y perpetuemos el depósito pre- 
cioso de la fe de nuestros padres. Pero guardémo- 



— 230 — 


nos de asociar a las verdades reveladas lo errores 
de física o de fisiología con los cuales se las podría 
confundir. No seamos del número de los teólogos 
a quienes el revelador dirigía el reproche de ha- 
berlo hecho hablar cuando él no había dicho na- 
da: Et dicitis: Ait Dominus cum ego non sim lo- 
quntus ( Ezech , xm, 7)d>. 

El Abate D’Envieu prueba en su libro todas las 
tesis que ha establecido en todos los parágrafos 
que dejamos transcriptos, y demuestra, con evi- 
dencia, que las interpretaciones que los santos PP. 
y los teólogos le habían dado al Génesis no eran 
verdaderas; pero incurriendo, a su vez, en los mis- 
mos pecados que deja demostrados, llega por de- 
ducciones, por inducciones, por silogismos y por 
hipótesis a una nueva teoría cosmogónica, de la 
cual resulta que el Creador hizo y deshizo, que el 
género humano fué creado muchas veces y que el 
Creador fué aniquilando su propia obra, hasta lle- 
gar a Adán. A consecuencia, pues, de la destruc- 
ción total de todas las humanidades anteriores, 
viene Adán a ser el único tronco de la humanidad 
actual; con lo cual se explica el aparecimiento de 
los restos y de las obras de las humanidades an- 
teriores, y queda reconciliado el Génesis con las 
ciencias modernas, con la geología, la paleontolo- 
gía y la arqueología prehistóricas. 

No es de este lugar el examen de esta teoría, 


(1) D’Envieu. — Les origines de la terre et de l’homme, d’aprésla Bi- 
ble et d’apres la Science» ou I’hexameron gónósiaque consideré dans ses 
rapports avec les enseignements de la philosophie, de la geólogie, de 
la palóontologie et de l’archóologie préhistorique.— París, 1873. 



— 281 — 


y, por otra parte, basta observar que cualquiera 
que sea su mérito, ella no se ajusta al texto que, 
según el mismo autor, no se ocupa de las crea- 
ciones anteriores a Adán. 

Por consecuencia, ella no es la verdad revela- 
da, y el Abate D’Envieu, como sus predecesores, 
le hace decir a Dios lo que Dios no dijo. 

Sus predecesores trataron de acomodarse, y se 
acomodaron, a la ciencia de su tiempo: lo mismo 
hace ahora el Abate D’Envieu, y con el mismo com- 
promiso para el dogma, cuya autoridad moral no 
puede, no debe depender de la ciencia ni de las 
opiniones humanas, porque todo lo humano es mu- 
dable puesto que es esencialmente progresivo. 

El teólogo que hoy patentiza la falibilidad de 
los más autorizados intérpretes del texto sagrado, 
debió comprender, mejor que nadie, que no puede 
basarse la interpretación del libro de Moisés en 
la ciencia humana, sino con dos condiciones evi- 
dente y naturalmente imposibles : la de que la 
ciencia humana se detenga en el punto en que se 
la toma, y la de que el intérprete, siendo hom- 
bre, sea menos falible que los Santos Padres, que 
los doctores de la Iglesia y que los Sumos Pontí- 
fices. 

Un naturista católico, que sostiene, científica- 
mente, que el género humano procede de una 
sóla pareja y tiene su cuna en un sólo lugar, de- 
nuncia el peligro que se corre en pretender ligar 
íntimamente el dogma a la ciencia. «El primero, 
dice, depende ante todo de la fe, y por consecuen- 
cia del sentimiento; él es por su naturaleza abso- 



— 232 


luto y mantiene la pretensión de ser inmutable. 
La ciencia, al contrario, es la hija de la expe- 
riencia y del razonamiento; ella tiene sus dudas 
y sus reservas; ella es, sobre todo, esencialmente 
progresiva, esto es, cambiante y sujeta a trans- 
formaciones. Toda unión entre ella y el dogma no 
puede dejar de preparar desgarramientos inevita- 
bles y dolorosos. Los textos sagrados no se pres- 
tan siempre a las interpretaciones, a veces ingenio- 
sas, a veces pueriles, que se aceptan actualmente 
con tanto favor. Esas mismas interpretaciones, 
aceptables un día, son frecuentemente desmentidas 
al día siguiente por un nuevo progreso y la opo- 
sición que se había pretendido disimular, resalta 
más claramente. Dejemos a cada uno su dominio: 
al sabio la ciencia , al teólogo la teología ». 

«La religión y la ciencia, que, cada una en su 
esfera, responden a nuestras más nobles necesida- 
des, a nuestros más elevados instintos, sólo con- 
vergen y se unen por lo que tienen de más general 
y de más grande. En esas altas regiones de la 
inteligencia y del corazón, los puntos de discusión 
desaparecen ante las verdades eternas» (D. 

Comprendemos esto, porque a medida que la 
ciencia se adelanta en el conocimiento de la crea- 
ción y de las leyes que la rigen, más se abisma 
ante la sabiduría infinita que la ha realizado ; 
porque no puede haber creación sin creador, porque 
lo que existe revela, como dice Agassiz, «la inter- 
vención de una inteligencia que obra continuada- 


(1) A. de Quatrefages, — Unité de l’espece humaine. — París, 1861. 



— 238 


mente y siguiendo un plan único» G); y por eso 
creemos, como Laboulaye ( 1 2 > , que la religión y la 
ciencia son dos caminos que conducen a la ver- 
dad, pero que aquí abajo son dos caminos distin- 
tos: el uno, la religión, desciende del cielo; el otro, 
la ciencia, se eleva desde la tierra. Llegarán a 
confundirse en una misma veneración, pero aisla- 
do y libre cada uno en la esfera que le es propia, 
porque no puede identificarse la ciencia humana, 
cuya esencia es la movilidad, la discusión y la 
renovación continua, con la religión, cuya base es 
la fe, esto es, la verdad indiscutible, el dogma 
permanente, inmutable. 

En los tiempos del P. Lozano, no podía hacerse 
esta distinción capital; y sin ella, bajo el dominio 
absoluto de las interpretaciones cosmogénicas del 
Génesis, hoy desautorizadas, no cabían las hipó- 
tesis que ahora admite la ciencia moderna, res- 
pecto al origen de la población de América. 

Ese origen puede ser americano, según las res- 
petables opiniones con que vamos a cerrar esta 
parte de nuestro trabajo. 

Agassiz cree que las razas humanas, con todos 
sus caracteres, son primordiales; que ellas han sido 
creadas separadamente, cada una en su propia 
patria; y que esta patria coincide siempre con una 
circuncisión zoológica. 

En su libro de las Especies , hablando de las 
causas de las diferencias típicas de las razas, re- 

(1) Agassiz, — De Tespéce et de la classification en zoologie. — Trad. 
de Félix Vogeli. París, 1869. 

(2) E. Laboulaye. —La Liberté Réligieuse, — 4me ed. París, 1860. 



234 — 


pite : (( Poco importa el origen de todas esas dife- 
rencias, porque tan lejos como remontan nuestras 
investigaciones, encontramos siempre los tipos de 
los hombres más diversos repartidos sobre áreas 
distintas en la superficie del globo, que parece 
que han ocupado en todos los tiempos (*>. 

Burmeister, el sabio director del Museo de Bue- 
nos Aires, cree que la especie humana ha existi- 
do antes de la época actual en los dos continen- 
tes, Oriental y Occidental, y que no hay ninguna 
razón plausible para hacerla emigrar de uno a 
otro. El mundo nuevo, agrega, bajo ese punto de 
vista, como bajo muchos otros, es mal denomina- 
do, porque bajo el punto de vista geológico no es 
más jó ven que el antiguo < 1 2) . 


VII 

Para los monoginistas, que sólo admiten, cien- 
tíficamente, un centro de creación humana, que 
según las más autorizadas opiniones de su escuela, 
estuvo, probablemente, situado en la Asia central, 
desde donde, irradiándose en todos sentidos, salie- 
ron las tribus humanas para ir ocupando la tierra 
entera hasta sus más lejanas soledades, la pobla- 
ción de América procede, forzosamente, de alguna 


(1) Agassiz. — De l’espéce etc. Trad. y edición citada. 

(2) Burmeister. — Histoire de la création, esposé scientiphique des 
phases de développement du globe terrestre et des ses habitante. — Trad. 
de Maupas. Paria, 1870. 



— 235 — 


o algunas de las emigraciones de las tribus que 
se desprendieron del tronco común y único 

Este punto de partida, que es el mismo que 
tenían, teológicamente, los escritores ortodoxos de 
la conquista, los lleva, como a éstos, a empeñarse 
en demostrar la posibilidad de que aquellas emi- 
graciones pudieran verificarse. 

Ese empeño puede comprenderse y aun expli- 
carse en los escritores contemporáneos de los des- 
cubrimientos y de la conquista, porque si bien eran 
conocidas, desde mu} T antiguo, las revoluciones del 
globo y señalados los vestigios que de ellas se 
encontraban en su superficie, m todo, tanto lo que 
se refería a la creación inorgánica como a la or- 
gánica, tenía que refundirse dentro del molde bí- 
blico, acomodarse a sus formas, encerrarse en su 
espacio. 

Pero emancipadas las ciencias humanas de la 
dominación teológica, alcanzados por la geología, 
la peleontología y la arqueología prehistórica los 
resultados que dejamos consignados, nos parece, 
cuando menos, inútil toda investigación sobre las 
emigraciones de las tribus primitivas. 

Reconocido hasta por los mismos teólogos, el 
sincronismo que existe entre el origen y la apari- 
ción del hombre sobre la tierra y las formaciones 

(1) Vidi ego, quod fuerat quondam solidissima tellus 
Esse fretum: vidi factas ex aequore térras: 

Et procul a pelago oonchae jacuere marinae, 

Et vetus inventa est in montibus anchora summis. 

Quodque fuit campus, vallem decursus aquarum 
Fecit; et eluvie mons est deductus in aequor. 

(Ovidio - Métamorph. Liv. XV. v. 258 y sig. ) 



— 236 — 


sedimentarias en que se encuentran los vestigios 
de su existencia, lo que le hace contemporáneo 
de las revoluciones que ha sufrido la tierra, aque- 
lla investigación no tendría base alguna. 

Desde que alcanzamos que esas revoluciones han 
operado grandes alteraciones, hundiéndose la tie- 
rra en unas partes, levantándose en otras, cam- 
biándose la primera colocación y la dirección de 
las aguas, cerrándose o abriéndose soluciones de 
continuidad, modificándose los climas, mudándo- 
se las corrientes oceánicas y las corrientes pelá- 
gicas, los vientos generales y los vientos alisios ; 
y habiéndose verificado esas revoluciones y esos fe- 
nómenos físicos en edades remotísimas, envueltas 
y densamente, en las oscuridades de los tiempos 
prehistóricos, ¿qué sabemos nosotros, los que ape- 
nas podemos hacer inducciones y conjeturas sobre 
esas revoluciones y esos fenómenos, respecto a la 
situación anterior de la tierra y de las aguas? 

Y sin conocer esa situación, sin saber lo que 
estaba unido y lo que estaba desunido, lo que se 
agregó y lo que se segregó, ¿cómo puede trazarse, 
indicarse siquiera, ni aún conjeturalmente, el itine- 
rario de las emigraciones de las tribus primitivas? 

Los escritores ortodoxos, anteriores a las reve- 
laciones obtenidas por las ciencias modernas, po- 
dían construir sobre las bases que les daba el Gé- 
nesis, tal como lo interpretaban, el centro único 
de la creación humana, y darle a los hombres na- 
cidos en ese centro, su tipo, su idioma, su histo- 
ria, el itinerario, al menos presumible, de sus 
emigraciones. 



— 237 — 


Pero apartados de esas bases, y envuelto el 
origen y la aparición del hombre sobre la tierra 
en las espesas tinieblas de tiempos prehistóricos, 
incalculablemente apartados de nosotros, de tiem- 
pos positivamente caóticos, ¿sobre qué bases les 
podremos asignar a esos primeros hombres una 
cuna, darles un tipo, un idioma, trazarles un iti- 
nerario? 

Las ciencias modernas han puesto en evidencia 
la antigüedad ante-adámica del género humano pero 
— y esta observación nuestra nos parece capital — 
hasta ahora esas mismas ciencias no pueden de- 
cirnos en qué pedazo de la tierra es más anti- 
guo el género humano. 

Especialmente, los descubrimientos paleontoló- 
gicos, se han verificado, hasta ahora, en reduci- 
dos espacios del globo, en una parte de Europa 
y en pocos puntos de América ; y sería necesario 
extenderlos a toda la Europa, a la América ente- 
ra, al Asia y al Africa que guardan intactos sus 
tesoros paleontológicos. 

A los descubrimientos paleontológicos se aso- 
cian los arqueológicos, y una vez completados esos 
estudios sobre las superficies que hoy conocemos, 
podrá tratarse, aunque sólo en relación a los con- 
tinentes actuales, la cuestión de antigüedad rela- 
tiva. 

Y decimos que sólo en relación a los continen- 
tes actuales , porque para tratar la cuestión bajo 
el aspecto de la antigüedad absoluta , sería indis- 
pensable someter a igual estudio las tierras su- 
mergidas. 



— 238 — 


Por el momento, pues, y bajo el aspecto de la 
antigüedad, no existe prioridad debidamente esta- 
blecida entre los dos continentes ; y no existien- 
do esa prioridad, no existe razón alguna para su- 
poner que el uno fuese primitivamente poblado 
por las inmigraciones del otro. El movimiento que 
se supone iniciado desde lo que hoy llamamos Asia 
sobre lo que llamamos América, bien puede ha- 
berse verificado en sentido inverso. 

Tratando únicamente, como lo estamos hacien- 
do, de los hombres, de las tribus y de los centros 
primitivos, no son pertinentes los argumentos que 
pueden deducirse de la antigüedad de los monu- 
mentos, de la civilización de los continentes o de 
los pueblos existentes. 

Sabemos o podemos saber lo que existe o ha 
existido sobre la superficie de las tierras emergi- 
das : no sabemos, y probablemente no lo sabremos, 
lo que existía en las tierras sumergidas. 

Si Pompeya y Erculano hubieran sido sepulta- 
dos en los tiempos prehistóricos y los sepulcros 
de esos pueblos hubieran permanecido cerrados e 
inaccesibles a la investigación humana, ¿ no nos 
serían desconocidos los tesoros del arte, de la cien- 
cia, de la cultura humana, que yacían sepulta- 
dos bajo esas desolantes capas de escorias y de 
arenas volcánicas que se presentaban a la vista? 

Eso que, en el caso supuesto, nos sucedería res- 
pecto a tales pueblos, debe sucedemos, en grandes 
proporciones, respecto a los continentes sumergi- 
dos. ¿ Qué podemos saber ni sobre el número, ni 
sobre las razas, ni sobre el desarrollo de las fa- 



— 239 — 


cultades de los hombres que desaparecieron con 
las tierras que habitaban ? 

Y sin saberlo, ¿ dónde están los términos de com- 
paración y de investigación respecto a las razas 
y a las civilizaciones primitivas? 

Ni aun sabemos todavía lo que guardan en sus 
senos las mismas tierras actuales : ¿ no habrá pue- 
blos, no habrá civilizaciones sepultadas en ellas? 

Los descubrimientos ya hechos en el mismo con- 
tinente americano, autorizan esta interrogación. 

Pero cualquiera que llegue a ser la importan- 
cia de los descubrimientos futuros, nos parece que 
jamás podrán darnos la solución absoluta y de- 
finitiva de las cuestiones de origen, de filiación y 
de cultura de las razas primitivas. 

Los tiempos y los hombres primitivos, envuel- 
tos y arrastrados por las vorágines de las revo- 
luciones y de los fenómenos físicos, han desapa- 
recido sin dejar rastro visible ni apreciable, pues- 
to que las mismas tierras existentes no son las 
que eran, porque han pasado por mudanzas cli- 
matológicas que han influido en todas sus con- 
diciones, en las condiciones que, a su vez, influyen 
sobre el hombre, sobre sus aptitudes físicas, sobre 
su desarrollo intelectual. 

Las razas que han estado sometidas a las gran- 
des revoluciones físicas del globo deben haber 
desaparecido con lo que desapareció, o modificá- 
dose como los tierras en que quedaron ; y, por 
consecuencia, se ha perdido o modificado el tipo 
o tipos originarios, bajo todos los aspectos en que 
puedan considerarse. 



— 240 — 


Un autor contemporáneo que ha tocado esta 
cuestión bajo otro punto de vista, y con otro pro- 
pósito, llega, sin embargo, a conclusiones que se 
armonizan con las nuestras. 

«Es imposible, dice, encontrar un tipo único 
que pueda considerarse como el del hombre so- 
cial primitivo, porque ha habido tantos tipos so- 
ciales como ha habido variedades o razas huma- 
nas sucesivas. Aun la genealogía de esas razas 
se escapa y se escapará siempre a nuestras inves- 
tigaciones, no sólo porque un número infinito de 
variedades y de razas , hoy extinguidas , han for- 
mado los anillos , para siempre rotos y desconocidos, 
de una cadena infinitamente ramificada , sino por- 
que esas variedades sucesivas se han producido 
la una de la otra por cambios y variaciones in- 
sensibles, y se han mezclado a lo infinito y recí- 
procamente alterado en la sucesión de los tiempqjp 
y de las generaciones. No podremos, pues, adqui- 
rir más que las líneas generales de una clasifica- 
ción étnica; pero estos mismos agrupamientos prin- 
cipales, suficientemente separados como grandes 
masas bien caracterizadas, se confundirán siempre 
más o menos, sobre sus límites y se enlazarán di- 
versamente con los grupos vecinos, no dejando 
subsistir como incontestable para nuestra ciencia 
más que la infinita variedad de los diferentes 
miembros de la grande familia humana y los ma- 
tices tan insensibles como diversificados que las 
aproximan o las separan» í 1 ). 

í 

(1) Mr. Roger. — Origine de l’homme et des sociétés. París, 1860, 
página 119. 



— 241 — 


En estas, oscuridades, ahora, y quizá por siem- 
pre, impenetrables, que no nos permiten distinguir 
ni aun columbrar la situación y la extensión de 
las tierras en que aparecieron, en que existieron 
o a que pudieron encaminarse las tribus primitivas, 
no sólo no tenemos base alguna para aventurarnos 
a conjeturar de dónde salieron y a dónde pudieron 
ir esas tribus, sino que tampoco la tenemos para 
establecer cuáles fueron los tipos originarios, ni 
dónde, ni cuándo se asentaron los centros primor- 
diales de la vida social y de la cultura primitiva. 

No eran del tiempo del P. Lozano los funda- 
mentos en que hoy asentamos estas conclusiones; 
pero las conjeturas y las controversias sin base y 
sin término de la ciencia teológica sobre la pro- 
cedencia 3' el itinerario de las emigraciones que 
se suponían desprendidas del tronco adámico pa- 
ri», poblar la América, le dieron la intuición de la 
verdad, y la expresó en las siguientes palabras, que 
cierran el segundo de los capítulos que consagra a 
esta materia: « Concluyo este capítulo con decir que 
en tanta variedad de pareceres cada cual podrá se- 
guir el que más le agrade, cierto de que nadie lo 
convencerá de su error; como ni a otro le persua- 
dirá su dictamen, si se obstina en no admitirlo, 
pues no se halla principio en que hacer pie para 
discurrir con certidumbre, sino a lo más con pro- 
babilidad, más o menos fundada, como cada uno 
la concibe » . 



VIH 


Si los grandes cataclismos que han diversificado 
la topografía, la orografía y la hidrografía del globo 
terráqueo han concurrido a imposibilitar toda conje- 
tura sobre las peregrinaciones de las razas primiti- 
vas, de ese hecho no se deduce que en épocas pos - 
tenores y en la posición délos continentes actuales, los 
hombres, relativamente modernos, que los habi- 
tan, no hayan podido trasladarse del uno al otro. 

Esta posibilidad, de cuya demostración se ocupa- 
ron los autores que cita el P. Lozano y que hoy 
corroboran los monoginistas con los conocimien- 
tos adquiridos por observaciones y navegaciones 
recientes, es un hecho que no puede contestarse. 

Pero si sabemos que los limites del Asia y de la 
América se confunden a punto de no ser fácil dis- 
cernirlos ( 1 ) y que por ellos han podido efectuarse las 
emigraciones sin el socorro de la navegación, de 
ello no se concluye que las hubo, ni la dirección 
en que pudieron verificarse. 

Para los que admitían como hecho indudable, 
porque era para ellos artículos de fé, que la Amé- 


(1) Pickering, miembro de la comisión científica que hizo parte del 
viaje de exploración emprendido a costa de los Estados Unidos, por el 
capitán Wilkes, se pregunta dónde principian o terminan el Asia y la 
América; y en efecto, el navegante que costeando las islas Aleuciúnas 
pasa por el Kamtchatka a la península Alaska, se encuentra bien em- 
barazado para determinar los límites de los dos continentes. ( A. de 
Quatrefages, obra citada.) 



— 243 — 


rica fué poblada por tribus asiáticas, quedándo- 
les sólo por averiguar, según dice el P. Lozano, 
cómo los pobladores pudieron venir desde Armenia 
a tan remotos países, la demostración de que era 
posible la comunicación y el tránsito terrestre en- 
tre el Asia y la América, tenía suma importan- 
cia; pero los que no parten de aquel hecho, los 
que examinan esta cuestión sin idea preconcebi- 
da, sin opinión hecha o impuesta que defender, 
sin sistema que proponer, no se la pueden atri- 
buir, porque la sóla posibilidad del tránsito terres- 
tre, no prueba que el tránsito se efectuó ; porque 
aun concedido que se efectuó, y que lo efec- 
tuaron emigraciones, tampoco probaría que fue- 
sen tribus asiáticas y no americanas las que 
emigraron por aquella via; y, últimamente, por- 
que aun suponiendo que las emigraciones eran 
asiáticas y que vinieron del Asia a América, de 
ese simple hecho no podría concluirse, ni aun in- 
ducirse, que la América estaba despoblada y que 
aquellas tribus asiáticas la poblaron . 

No conocemos ningún mito ni tradición americana 
a que pueda acogerse la suposición de que la América 
fuese poblada por emigración del otro continente 

Encontramos tradiciones de invasiones, de con- 
quistas, de colonizaciones, de trasmigraciones, de 
suplantaciones de diversas tribus, cuyas proceden- 
cias ignoramos, pero que aparecían moviéndose 
y operando dentro del mismo continente, vinien- 
do del interior de las tierras. 

Encontramos tradiciones de hombres civilizados 
y superiores de razas diversas de las americanas, 



244 - 


de hombres blancos y rubios, de hombres barba- 
dos, que ejercieron mayor o menor influencia en 
la cultura, en la gobernación y en los destinos 
de los pueblos a que aportaron. 

Pero ninguna tradición nos dice que aquellas 
tribus o estos hombres, eran pobladores de tierra 
despoblada. 

Por el contrario, unas y otros aparecen, según 
las tradiciones, ejerciendo su acción y establecien- 
do su dominio sobre poblaciones existentes, que, 
probablemente, fueron o se consideraron aborí- 
genas. 

Por consiguiente, no sólo no existe hecho ave- 
riguado, ni mitos, o tradiciones indígenas que per- 
mitan suponer que la América fue poblada por 
emigraciones de otro continente, sino que las tra- 
diciones y los mitos americanos son contrarios a 
esa suposición. 

Del hecho de la despoblación, en la acepción 
absoluta de esta palabra, no se encuentra, repe- 
timos, tradición alguna. 

Pero de que la América fuera habitada por hom- 
bres originariamente americanos, por verdaderos 
autóctonos, tampoco se sigue que no pudo reci- 
bir, y que no recibió, hombres venidos de otro con- 
tinente ya por emigraciones, ya por cualquier otro 
motivo u accidente. 

Ya queda dicho que el noroeste estaba abier- 
to al tránsito de los emigrantes: al noreste por 
la Islandia y la Groelandia donde se establecie- 
ron los escandinavos en el siglo ix, el pasaje no era 
difícil : existía, además, la navegación, que, por su 



— 245 — 


mismo atraso, podía más fácilmente que hoy lle- 
var a los navegantes a tierras ignotas. Portugal 
debió el descubrimiento del Brasil a un desvío, 
inconsciente, del rumbo de la armada dé Pedro 
Alvarez Cabral. 

«Se conoce hoy mejor que antes, dice Quatre- 
fages, la marcha y la complicación de los movi- 
mientos de la atmósfera y de los mares. Donde 
nuestros predecesores no vieron más que la gran 
corriente ecuatorial, que iba directamente del es- 
te al oeste, sabemos ahora que existen contraco- 
rrientes dirigidas en sentido contrario. Los mari- 
nos modernos han descubierto nuevos ríos que 
corren en el seno de los mares, y en particular 
han encontrado uno que pasando por el sur del 
Japón se dirige a las costas de América. La co- 
rriente Tressan ha arrastrado hasta las costas de 
California algunos juncos, o naves chinescas, aban- 
donadas, así como el gulf stream había arrojado 
a la playa de las Azores los frutos, los maderos 
labrados, y las canoas destrozadas que llevaron 
al corazón de Colón la convicción de que era po- 
sible hallar tierras navegando hacia el occidente 
de Europa. Esta corriente, si ha sido conocida de 
una nación de navegantes (de los Fenicios, por 
ejemplo) ha podido y debido conducir sus naves 
de Asia a América, así como ha podido arras- 
trar a California las embarcaciones imperfectas 
de algunos pueblos menos hábiles para luchar con- 
tra el mar. En fin, la gran corriente ecuatorial 
del Atlántico ha podido muy bien llevar a la Amé- 
rica Meridional y al golfo de Méjico cierto nú- 



— 846 — 


mero de hombree arrancados a las costas de Afri- 
ca; pero, en todo caso, estos hechos han debido 
ser mucho más raros, porque la mayor parte de 
las poblaciones litorales del Africa parece haber- 
se dedicado muy poco a la navegación (1 >. 

De los pueblos antiguos, los más importantes co- 
mo navegantes y como exploradores de los ma- 
res, son los Fenicios y los Cartagineses, y estos 
no nos han dejado ninguna fuente histórica ori- 
ginal. Aunque los Fenicios les hayan ensefiado 
el alfabeto a los Griegos, lo que supone el cono- 
cimiento y el uso de la escritura, ellos no han 
escrito la historia de sus viajes; lo que se expli- 
ca porque los Fenicios eran una nación relativa- 
mente débil y por política no vulgarizaban el co- 
nocimiento de los veneros de riqueza que descu- 
brían ; y siendo, además, ante todo y sobre todo, 
comerciantes, preocupados de sus lucros y no del 
aumento de los conocimientos humanos, guarda- 
ban los secretos de sus descubrimientos como se- 
cretos de comercio. T no sólo envolvían sus ope- 
raciones en el más profundo misterio, sino que 
propagaban errores calculados para extraviar el 
juicio e intimidar la concurrencia; siendo este el 
origen de las narraciones fabulosas de los auto- 
res griegos que han historiado las navegaciones 
fenicias. 

Sin embargo, es conocido el hecho de que la 
fuerza expansiva de su navegación, que se exten- 
dió a todo el mundo entonces conocido, no te- 


cu Qa*tnb|M. — O br* y «dienta «Udu. 



— 247 — 


mía afrontar los misterios del alto mar. Afron- 
tándolos, llegaron los Fenicios a la isla de Made- 
ra y a las Canarias (Islas afortunadas), y aun- 
que no se sabe si se internaron más, y hasta don- 
de, en la dirección del oeste, en que se aventu- 
raban sigilosamente, es maravilloso que en la li- 
teratura griega, que ha historiado sus navegacio- 
nes, se hiciera sentir el presentimiento, de otro 
continente en aquella misma dirección; y que es- 
te presentimiento, revistiendo el carácter de tra- 
dición, pero ligada siempre en su origen a las 
descubiertas de los Fenicios, recorriese los siglos 
sin quebrarse, y, como un hilo de Ariadna, a tra- 
vés de un laberinto de errores, concluyese por 
conducir al gran día de la verdad, al gran día 
de Colón t 1 ). 

Por todas estas vías terrestres y marítimas, la 
América ha podido recibir hombres de otros con- 
tinentes y de otras razas. Si los recibió en gran 
número, ellos han podido producir razas mixtas: si 
en número limitado, ha podido recibir hombres 
que le eran superiores como encamaciones de ci- 
vilizaciones más adelantadas; hombres que fasci- 
nando y dominando por esa superioridad, que es 
la mayor y más legitima fuerza humana, inicia- 
sen a las poblaciones o a las tribus en las ideas, 
las artes y las prácticas de la vida de la civili- 


(1) Heeren, — Idéea sur le córame rce et la politique des prinoipaux 
peuplea de l'antíquité, Trad. de M. W. Suckan. París, 1830. 

H. Schorer, — Histoire du commerce de toutes les nations, depuís les 
teraps ancíens jusqu'a nos jours. Trad. de Ríohelot et Vogel. París, 
1857. 



— 248 


zación de que eran representantes y de que no 
podían dejar de ser propagadores. 

Estas grandes personalidades, que los mitos y 
las tradiciones indígenas colocan en los pórticos 
de la civilización americana, llamándoles Votan 
Quetzalcohuatl entre los mejicanos: Manco Capac 
y su esposa Mama Ocllo entre los peruanos; Bo- 
chica o Idacanza entre los Muyscas; Pay Zumé 
o Sumé ( que los conquistadores transformaron en 
Sto. Tomé ) entre los Guaraníes, prueban la exis- 
tencia en América de hombres de otras razas que 
ejercieron poderosa influencia en la cultura y en 
los destinos de algunas naciones indígenas. 

Desde que ninguna de estas tradiciones nos 
permite establecer la filiación de esos hombres; 
desde que no nos indican cual era su patria, en 
que época vinieron, por qué ni cómo vinieron, no 
quedan otros medios de investigación, ni de in- 
ducción, tanto respecto a ellos como al movimien- 
to civilizador que realizaron, que los que pueden 
encontrarse en las cosmogonías, en las lenguas, 
en los monumentos, en los geroglíficos, en las ar- 
tes, en las industrias, en la organización social y 
en las instituciones políticas. 

Estos elementos sirven para inducir y conjetu- 
rar, aun que nos parece que raras veces pueden 
conducirnos a resultados incontestables ; pero no 
existen otros para llenar, en cuanto es humana- 
mente posible, los vacíos de la historia y de la 
tradición. 

Como el conjunto de esos elementos sólo pue- 
de existir en centros sociales organizados, y en 



— 249 - 


cierto grado elevado de cultura, en la época del 
descubrimiento de este continente, no se encon- 
traron en esas condiciones más que el grande im- 
perio Mejicano, poderoso por su organización y 
sus riquezas, en la América Setentrional, la na- 
ción de los Chibchas o Muyscas en la del centro, 
y el dilatado y expansivo Imperio de los Incas en 
la del Sur. 

El estudio, pues, sobre los monumentos de las 
civilizaciones americanas, cuyo objetivo sea bus- 
car su filiación con las de otras regiones, tiene 
al menos, por ahora, que concentrarse, principal- 
mente y casi exclusivamente, a esos tres centros. 
Esos tres centros, verdaderos oasis, aislados entre 
sí, sin contacto ni atingencias, estaban rodeados 
de tribus más o menos bárbaras, pero todas, aun 
las menos incultas, en gradaciones muy inferio- 
res en la escala de la civilización ; de manera que, 
aparte los estudios físicos que pueden hacerse so- 
bre todos los hombres, sólo se prestaban a los fi- 
lológicos y etnológicos. 

Los conquistadores no estaban preparados, ni 
las circunstancias de la conquista les permitían 
contraerse a recoger estos elementos. Esa misión 
les cupo a las órdenes religiosas que se encarga- 
ron del catequismo de los indígenas, especialmen- 
te a la de los Jesuítas. 

Respecto a las tribus que habitaban estos nues- 
tros países, los Jesuítas nos han dejado, en efec- 
to, numerosas noticias etnológicas y no pocos ele- 
mentos filológicos. 

El P. Lozano, en los dos capítulos que consa- 



— 250 — 


gra a darnos a conocer las naciones de las tres 
provincias del Río de la Plata , Tucumán y Para- 
guay, concreta todas las noticias etnológicas ate- 
soradas por los Jesuítas; y en este concepto, esos 
capítulos son del mayor interés, porque nadie pu- 
do observar más de cerca, ni mejor que ellos, a 
los indígenas de nuestros países. 

Se advierte, desde luego, que la clasificación 
de las naciones se ha hecho vulgarmente, porque 
a haberse hecho filológicamente O) su número se 
habría reducido mucho, según trataremos de de- 
mostrarlo al ocuparnos de este capítulo con al- 
guna extensión, como nos reservamos hacerlo en 
las anotaciones de la obra. 

Sin embargo, no podemos dejar de anticipar 
aquí dos observaciones esenciales. 

La primera recae sobre la analogías que encon- 
tramos entre los salvajes que nos pinta el P. Lo- 
zano, y los salvajes antiguos y modernos. 

Ya indicamos nuestras dudas sobre la eficien- 
cia de los estudios hechos con los elementos de 
que estamos ocupándonos, porque creemos, como 
un naturalista y viajero moderno 1 (2) , que bien 
puede ser que no existan dos pueblos sobre la 
tierra entre los cuales no puedan encontrarse ana- 
logías de hábitos, de costumbres, de legislaciones. 
Por más apartados que sean los lugares, los tiem- 


(1) En las anotaciones, daremos noticias de los trabajos que han 
dejado los Jesuitas sobre los idiomas de los indígenas de la América 
del Sud. 

(2) Etudes sur les facultes mentales des animaux comparées a ce- 
lies de Thomme, par un voyageur naturaliste. Mons, 1872. 



— 251 — 


pos y aun las condiciones políticas, se encuentran 
semejanzas sorprendentes, que existen a veces has- 
ta en los detalles que pudieran atribuirse al ca- 
pricho o a la fantasía. Hay pasajes de Homero 
que se pudieran aplicar, palabra por palabra, a 
los Indostanos modernos, descripciones de Hero- 
doto que parecen hechas para los habitantes del 
continente americano ; capítulos de Marco Polo que 
pudieran intercalarse en los viajes de Yespucio 
y de Cabral. En la historia del desarrollo huma- 
no, es casi imposible encontrar una idiosincracia 
verdaderamente única: hay siempre, en alguna 
parte, una copia o una semejanza. 

Estas semejanzas, que se encuentran entre los 
pueblos más cultos, se aumentan a medida que 
descendemos en las gradaciones de la civilización: 
llegados al hombre salvaje, lo encontramos idén- 
tico a sí mismo en todos los tiempos y en todos 
los países. 

Descendiendo desde los puntos culminantes de 
nuestra civilización actual, paso a paso, esca- 
lón por escalón, hasta encontrar en el último los 
hombres que en el estado salvaje co- existen hoy 
mismo con nosotros dentro de nuestro planeta (y 
que se parecen mucho a los que nos dá a cono- 
cer el P. Lozano), tendríamos delante de nues- 
tros ojos, encarnada, viva, palpitante, la historia 
del desenvolvimiento de la humanidad: veríamos 
de donde parte y como se perfecciona progresi- 
vamente, y midiendo el camino hecho y las nue- 
vas fuerzas que en ese camino hemos adquirido, 
los horizontes de nuestros más bellos ideales, de 



— 252 — 


nuestras más nobles aspiraciones, se dilatarían in- 
finitamente. 

La segunda observación, que no queremos omi- 
tir, es relativa al P. Lozano. Se le ha acusado 
de supersticioso, de comprometer la dignidad de la 
historia por la facilidad con que ha acogido las tra- 
diciones vulgares por más extrañas y absurdas que 
fueran ( 1 ) : no quisiéramos que esa acusación pudie- 
ra tener, ni por un sólo momento, apariencia jus- 
tificada; y en ninguna parte de su obra se en- 
cuentra mayor aglomeración de supersticiones que 
en los dos capítulos que tratan de los indígenas 
de estos países. 

No obstante esto, y en esto el P. Lozano ha 
desempeñado bien la misión de la historia, ha 
presentado los hechos con verdad, y los ha juz- 
gado con el espíritu y con el criterio de su tiem- 
po. No los ha suprimido, no los ha contrahe- 
cho, ni se ha contrahecho ; y en eso consiste, prin- 
cipalmente, él mérito y la utilidad de la historia. 

En los pueblos adelantados de nuestros tiem- 
po, la luz de la luna, como dice Draper < 1 2 ), no 
se refleja sobre las hadas y las sirenas; las sole- 
dades no tienen genios, ni cruzan por la oscuri- 
dad almas en pena, espectros o duendes. Ya no 
se encuentran magos que levanten a los muertos 
de su tumba; nadie vende el alma al diablo ex- 
tendiendo un contrato y firmándolo con su pro- 


(1) D. Pedro de Angelis, en el prefacio de su edición de la Histo- 
ria del P. Guevara. 

(2) Draper, — Intellectual development of Europe. ( Voyageur natu- 
raliste, ya citado ). 



— 263 — 


pia sangre; y tampoco tienen lugar aquellas apa- 
riciones pavorosas, vengadoras, que castigaban 
o hacían arrepentir a los culpables y hasta a los 
mismos brujos o hechiceros de los males que ha- 
bían causado con sus maleficios y sortilegios. La 
adivinación, la nigromancia, la piromancia, la hi- 
dromancia, la quiromancia, los augurios, la inter- 
pretación de los sueños, los oráculos, las bruje- 
rías, la astrología han ido desapareciendo como 
desaparecen la ignorancia, los errores, las ilusio- 
nes, los candores y las preocupaciones humanas. 
Ya los grandes de la tierra no pueden, como Ves- 
pasiano, curar a un cojo tocándolo con el pié, ni 
volver la vista a un ciego humedeciéndole los 
ojos con saliva O); y las lámparas romanas no 
conservan fuegos y llamas seculares, inagotables, 
inextinguibles ( 2 K 

Y, sin embargo, todo eso se ha creído verdad, 
ha existido en las creencias, ha sido ciencia, ha 
influido en los acontecimientos y en los destinos 
humanos; y todo eso ha sido narrado por los his- 
toriadores, entre ellos por Tácito, el modelo de 
la austeridad y de la dignidad histórica, a quien 
dejamos citado; y si todo no hubiera sido narra- 
do, no tendríamos la historia de esas épocas, ni 
de esos pueblos, o la historia habría dejado de 
ser la memoria y la maestra de la humanidad. 

(1) Suetonio, — Vida de Vespasiano, cap. 7. Tácito, Hist. ib. 5, cap. 8. 

(2) San Agustín menciona una lámpara inextinguible encontrada 
en un templo que había estado dedicado a Venus. Cuando el sepulcro 
de Tulia, hija de Cicerón, fué abierto, en tiempo del Papa Pablo III, la 
lámpara, dicen los testigos, estaba todavía encendida, y, por consiguien- 
te, se había conservado ardiendo durante 1550 años. 



— 264 — 


Cuando escribía el P. Lozano, todavía ardían en 
la legislación española, y apenas desaparecían de 
la misma legislación inglesa, las llamas de los que- 
maderos en que debían arder los brujos, los he- 
chiceros, los que hacían pactos con el diablo 

La intervención del diablo en los negocios mun- 
danos, las ciencias ocultas, la adivinación, la ma- 
gia, los encantamientos, la hechicería, eran ma- 
teria ortodoxa. 

La Biblia reconoce nueve especies de adivina- 
ción, que se encuentran nombradas y definidas 
en el libro de Moisés y en la Vulgata. 

La Santa Escritura registra ejemplos de la exis- 
tencia de los encantadores y brujos. En ella se 
encuentran los magos de Faraón, la historia de 
Tobías, de la Pitonisa de Endor y del rey Ma- 
nasés U>. 

El Deuteronomio, en el cap. xviii, dice: «Nin- 
guna persona de vosotros consulte con los que 
predicen el porvenir, ni observe los sueños y los 
augures, ni ejerza ningún maleficio, ni encanta- 
miento, ni recurra a los pythones, ni adivinos, ni 
evoque los muertos para dirijirles preguntas etc.» 

El Levítico, trae esta sentencia: «El hombre o 
la mujer que poseyere el espíritu de Python o de 
adivinación, sean castigados con la muerte y lapida- 
dos, y su sangre vuelva a caer sobre ellos mismos». 


(1) « La Pythonisa que vivía en el valle de Endor, villa de Pales- 
tina en la tribus de Manases, a cuatro millas del monte Thabor, se 
ejercitaba en la Psicomancia, pues hizo aparecer a Saúl la sombra de 
Samuel, antes de dar la batalla de Gelboe >. (Libro de los Reyes , cap . 
XXVIII). 



— 255 — 


G-erson, afirma que la magia existe positivamen- 
te según la fe, y que ella es probable en buena 
filosofía (i). 

San Agustín asegura que, «negar los prestigios 
de los dominios, es no creer nada de la Santa 
Escritura» 

San Pablo dice, «nuestro combate se extiende 
también contra los espíritus de la malicia que se 
hallan esparcidos por la atmósfera que nos ro- 
dea» . 

El mismo Apóstol agrega: «Probad si los es- 
píritus son de parte de Dios y no creáis a todo 
espíritu; el Demonio se transforma muchas veces 
en ángel de luz ; pero si nosotros o un ángel del 
cielo os viniera a predicar una doctrina que no 
fuese la que os hemos enseñado, anathema sit» . 

En el Génesis está la serpiente que tienta co- 
mo el demonio, y que haciendo caer en la tenta- 
ción a Eva, hizo caer en pecado al género hu- 
mano. 

En la historia sagrada existen, además de los 
profetas, las profetisas, santas mujeres que pro- 
fetizaban el porvenir, como lo hacían las Sibilas 
griegas 

La famosa bula de Sixto Y. — Coeli et terree 
creator , — condena, entre otros sortilegios, la ni- 
gromancia, o sea la invocación de los muertos, 

(1) Gerson, Opera (Antuerpia. 1706). De Erroribus circa artem 
magicam. 

(2) De civitati Dei, ya citada. 

(3) Ad Effesius. 6. 

(4) San Clemente de Alejandría y san Epifanio cuentan diez pro- 
fetisas. 



— 256 — 


para adivinar el porvenir, que es el secreto de 
Dios (i). 

Existen también en la historia sagrada curas 
milagrosas, hechas por medios sobrenaturales: los 
magos y hechiceros ejercian también la medici- 
na y, por muchos siglos, la medicina se confun- 
dió con el misticismo y con las artes y ciencias 
ocultas. Esto es lo menos extraordinario, porque 
el mismo Hipócrates, el padre de la ciencia mé- 
dica, fué el que dijo, «que en el ejercicio de la 
medicina entra siempre una parte de adivinación». 

La lejislación seglar admitía, como la canóni- 
ca, la existencia de los espíritus malignos y de 
las artes diabólicas. Desde la ley de las Doce ta- 
blas que contiene la prohibición de encantar los 
campos y las mieses, hasta la recopilación espa- 
ñola de las leyes de Indias, está marcada, con 
caracteres de fuego y de sangre, la penalidad es- 
tablecida contra los agoreros, sorteros o hechice- 
ros, etc., lo que equivale a dar fe de su existen- 
cia y autenticarla en la forma más solemne. 

¿Cómo podía, pues, dejar el P. Lozano de creer 
en lo que creía la Iglesia, en lo que creían las leyes 
civiles, en lo que creía su época, esto es, en lo 
que creía la religión que profesaba, la sociedad 
en que vivía? 

Y en lo que él creía, todavía se cree en nues- 
tro tiempo, entre nosotros mismos, aunque en cir- 
cuios reducidos y que estrecha, cada día más la 
razón y el progreso humano. 


(1) La Bula fué expedida el 5 de Enero de 1583. 



— 257 — 


En el tomo xn de las memorias de la Socie- 
dad Académica de Saboya, correspondiente al año 
de 1846, y tratando de los procesos hechos a los 
animales, dice el Sr. León Menabrea: «El ape- 
go de los espíritus malignos a las formas de ani- 
males era en otro tiempo una cosa de tal modo 
conocida , que no debemos extrañar de ningún mo- 
do que una creencia verdadera en el fondo y per- 
fectamente ortodoxa , mezclándose a los sueños de la 
filosofía hermética, haya dado lugar a abusos y 
contribuido a difundir prácticas supersticiosas. 

«No se duda que a los ojos de los poseídos los 
demonios tomasen la forma de bestias salvajes, 
de reptiles tortuosos, cuando los exorcismos los 
obligaban a salir del cuerpo de esos infortunados. 
En fin, el apego particular del diablo por las 
formas de chivos y de gatos, es todavía en nues- 
tros días un hecho tan notorio que excuso hablar 
de él». 

Y no ha mucho que, aquí mismo, en Buenos 
Aires, se publicaban unos llamados «Discursos 
filosóficos» sobre el magnetismo y el espiritismo, 
en que se profesan todas las doctrinas que res- 
pecto a los espíritus y a las ingerencias del dia- 
blo se admitían en los tiempos del P. Lozano U) } 
que siendo menos supersticioso que los hombres 
de su tiempo y que algunos del nuestro, dice, 
que no debe admitirse como milagro lo que pue- 
de explicarse por causas humanas. 


(1) Discurso filosófico sobre el magnetismo y espiritismo, por el P. 
D. Miguel A. Mossi. — Buenos Aires, 1872. 


17 



— 258 — 


Sin conocer las supersticiones de la época co- 
lonial, no podemos apreciarla en sí misma, ni 
comprender bien los elementos que ella nos lia 
legado, con los que ha luchado, y aun tendrá que 
luchar la sociedad actual. 


IX 

El P. Lozano dedica el capítulo veinte, último 
de este tomo, a demostrar que alguno de los Após- 
toles predicó el Evangelio en América, y que por 
las señales que han quedado debe haber sido san- 
to Tomás, el Apóstol de estas provincias. 

De igual demostración se ocuparon casi todos 
los escritores de la época de la conquista. 

Partiendo de que los Apóstoles habían recibi- 
do de Cristo el mandato de predicar su doctrina 
en toda la tierra ; y de que siendo santo Tomás 
el único que, por muchas circunstancias que in- 
dican, pudo desempeñarlo en América, desde que 
en ésta se encontraban vestigios de la predicación 
evangélica, era evidente que era él, y no podía 
ser otro, el que desempeñó en todo este continen- 
te la divina misión. 

Sostuvieron que el Quetzalcóhuatl de Méjico era 
santo Tomás, y hasta trataron de probarbo filo- 
lógicamente. ¿ Qué significa Tomás ? El significa- 
do propio y común por la raíz tam es el de me- 
llizo, en griego dydimus ; y este nombre griego es 
el que más frecuentemente le daban a santo To- 



— 259 — 


más, según el Evangelio : Thomas qui dicitur l)y- 
dimus. Preguntaron, sin duda, los mejicanos el 
nombre del predicador, y sabiendo que era el de 
mellizo , lo traducirían en su escritura jeroglífica 
de este modo : pintarían una culebra que llaman 
cóhualt , en seguida pintarían un plumero pre- 
cioso, que significa Quetzatl , y puesto sobre la cu- 
lebra, daría Quetzalcóhuatl. 

El Viracocha barbado del Perú, debía ser tam- 
bién santo Tomás, y por eso los peruanos ape- 
llidaron a los españoles Viracochas , y aun con- 
servaron el nombre de santo Tomé llamando a los 
sacerdotes españoles Paytumes , que significaba 
Padres Tomés. 

Para transformar en Tomé el Zumé o Sumé de 
los guaraníes, no se requería mayor esfuerzo : la 
analogía se hacía por sí sola. 

En todas partes donde las tradiciones america- 
nas presentaban un extranjero blanco, barbado, 
que predicaba o importaba una doctrina, una ci- 
vilización, una simple mejora agrícola como la del 
beneficio de la mandioca, ese hombre era santo 
Tomás, que recorría las dos Américas, aunque 
con muy desiguales aspectos y resultados, dejando 
estampadas sus pisadas en las más duras rocas, 
como señales indelebles de su prodigioso itinerario. 

El número de los escritores que se empeñaron 
en estas demostraciones, es crecidísimo ; muchos 
conocía y cita el P. Lozano, pero no los conocía 
ni los cita a todos. 

Algunos hubo, sin embargo, que se negaron a 
admitir que hubiera habido predicación evangé- 



260 — 


lica en América antes del descubrimiento y de la 
conquista española ; y entre éstos, el más notable 
fué el afamado jurisconsulto Solorzano, que, para 
mejor afianzar los títulos del -dominio de los Re- 
yes de España sobre las Indias Occidentales, y 
atendiendo a que la bula de Alejandro VI les 
imponía la predicación del Evangelio, creyó con- 
veniente probar y trató de probar que tal pre- 
dicación no había sido hecha por santo Tomás, ni 
por ningún otro Apóstol. < 1 ) 

Pero prevaleció la opinión contraria a la de So- 
lorzano, sostenida por los Jesuítas, con espíritu de 
oposición a los regalistas, y aceptada más tarde, 
al comienzo de la revolución americana, y en odio, 
sin duda, a los títulos de la dominación española, 
por algunos de los patricios americanos que la 
combatían. < 2 ) 

Los que sostenían la predicación evangélica en 


(1) Solorzano — De Jure indiarum. 

(2) El más ilustre de estos americar ,s es el célebre revolucionario 
mejicano Dr. D. Fernando Teresa de Mier, que escribió, para probar la 
predicación evangélica en America por santo Tomás, una disertación 
admirable por la erudición y el ingenio, que se encuentra inserta en 
el tomo 2.° de la Historia de la Revolución de 1810 en Nueva España, 
que con el nombre supuesto de D. José Guerra, publicó en Londres en 
1813, dedicándola al pueblo argentino, por cuyos representantes fué pe- 
cuniariamente auxiliada la impresión. 

D. Carlos María Bustamante, compatriota y compañero de Mier, in- 
sertando lo principal de esa disertación en un suplemento a la historia 
del P. Sahagun, que publicó en Méjico en 1829, dice: «Los españoles 
tienen por el mayor agravio que se dijera que otros antes que ellos 
habían planteado y anunciado la religión de Jesucristo en este suelo: 
sólo reconocían por sus apóstoles a los Corteses, Pizarros y Alvarados 
cuando la conducta criminal de éstos demostraba a toda luz o que la 
ignoraban de todo punto, o que obraban directa y escandalosamente 
contra ella » . 



— 261 — 


América, hecha por uno de los Apóstoles, invo- 
caban las analogías que encontraban, especialmen- 
te entre las mitologías mejicana y peruana y el 
cristianismo, la existencia de cruces en América 
y la veneración en que eran tenidas. 

Pero basta recordar la existencia de esas mis- 
mas analogías con otras de las regiones que pre- 
cedieron al cristianismo, para que sea evidente 
que ellas no tienen la fuerza probatoria que se les 
atribuía en favor de la predicación evangélica. 

Por el contrario, desde que las propias analo- 
gías que se invocan, se relacionan también con 
otras religiones profesadas por pueblos antiguos y 
que pueden haber tenido contacto con la Amé- 
rica, la antigüedad de los mitos y de las mitologías 
americanas las acerca más a ellos que al cristia- 
nismo. 

Y en apoyo de esta opinión nuestra, tenemos 
un argumento que nos parece concluyente, de todo 
punto decisivo. 

La doctrina del Crucificado es una civilización 
entera ; en ella están las bases fundamentales de 
la sociedad moderna; en ella el porvenir de la hu- 
manidad; porque por ella todos los hombres son 
hermanos, todos son libres, todos son iguales. 

El culto externo del cristianismo se caracteri- 
zó sustituyendo los sacrificios cruentos por el sacri- 
ficio incruento; y ésta sóla sustitución trazó e 
hizo visible y sensible, la línea muy honda, que lo 
separaba de las otras religiones que lo habían 
precedido. 

En consecuencia, donde estaban los sacrificios 



cruentos, todavía no estaba el cristianismo; los 
altares manchados con sangre, no son altares su- 
yos, y su espíritu no ha recorrido ni la tierra en 
que se levantan ni la atmósfera que los rodea. 

En todas las religiones americanas, los sacrifi- 
cios eran cruentos, lo que las afilia, fundamental- 
mente, esencialmente, a las religiones anteriores 
al cristianismo. 

La existencia y la veneración de las cruces que 
se encontraron en muchos lugares de América, 
que en buena parte, están designados en el refe- 
rido capítulo del P. Lozano, no indican como se 
creía, la iniciación en el culto cristiano, pero ni 
aún noticia suya ; porque las cruces, como repre- 
sentación gráfica, y como objeto de veneración, 
son también anteriores al cristianismo. 

En este punto vamos a limitarnos a reprodu- 
cir lo que sobre él dice un escritor tan ortodoxo 
como el P. Lafitau, de la Compañía de Jesús. 

«Aun que la cruz sea el signo del cristiano, 
no es una marca infalible del cristianismo ni de 
la predicación del evangelio. Ella era un símbo- 
lo sagrado en la religión de los antiguos, y, so- 
bre todo, en los misterios de Isis como lo han 
hecho notar Justo Lipsio D, Gretser (*>, Pigno- 
rio y varios otros sabios, en particular el P. 
Atanasio Kirker < 1 2 3 4 h Este habla extensamente de 
la cruz en su Edipo y en su Obelisco de Panfilo. 

(1) Lipsius, de Cruce, lib. l.° cap. 8 

(2) Gretser, de Cruce, lib. l.° cap. 51. 

(3) Pignorius, in Expos. mensse islacae. 

(4) K ¡rker, in Oedipo et Obelisc. Pamphil. 



— 263 — 


Entre los jeroglíficos de los Egipcios no había 
nada más santo, más eficaz, ni más perfecto, que 
la cruz hermética o Isíaca, cuya invención se atri- 
buye a Mercurio Trismegisto. 

((Según el testimonio de Ruffin la cruz era una 
de las letras geráticas o sacerdotales de los egip- 
cios, letras que eran sagradas, como su nombre lo 
indica. Y, sin duda a esa letra, forma de cruz, 
debían atribuirle grande santidad y grande per- 
fección, puesto que se encuentra grabada en casi 
todos los monumentos que nos han quedado de 
la magnificencia del antiguo Egipto. Está muy 
reiterada en los obeliscos, y casi no hay Divini- 
dad que no tenga ese signo en la mano, o que 
no lo lleve o se relacione con él de alguna ma- 
nera. 

((Entre esos monumentos, he elegido, agrega el 
P. Lafitau, los que más me han impresionado y 
los he hecho grabar para que el público pueda 
apreciarlos y juzgarlos por sus propios ojos. Es- 
toy seguro de que verán con placer el signo de 
la cruz en manos de Horo (Apolo); al cuello del 
Dios Apis, de Amom O), que creo son los tipos 
de Libertador al cuello délas Vestales; en los 
vasos sagrados, que contenían los licores que se 
ofrecían a los Dioses sobre los altares ; en los tim- 
bales de los Coribantos. 

Este símbolo, la cruz sagrada entre los egip- 
cios, lo era también entre los Fenicios, y el P 


(1) El Júpiter de los Griegos. 

(2) Libertador, sobrenombre dado a Júpiter. 



— 264 — 


Lafitau lia hechp grabar, después de las divini- 
dades egipcias, algunas medallas fenicias en que 
la Diosa de Siria está representada teniendo una 
larga cruz en la mano, ya derecha, ya inclinada 
sobre la espalda í 1 ) . 

San Jerónimo asegura que en las antiguas le- 
tras hebraicas, de que los samaritanos se han 
servido, dice él, hasta el presente, el Tau que 
es la última, tiene la figura de una cruz ( 2 3 K 

La forma que le dan todavia al Tau los grie- 
gos y los latinos, es una especie de cruz; y en 
los mismos jeroglíficos egipcios el Tau y la cruz 
se emplean indistintamente. 

Según el testimonio de Sócrates de Soco- 
menes < 4 ), de Suidas y de Ruffin < 5 ), que eran 
los que entendían mejor la ciencia jeroglífica, esa 
letra, forma de cruz, era entre ellos el símbolo 
de la vida futura. 

En las letras sagradas, ese carácter se escul- 
pía en la frente de los predestinados; y era, sin 
duda, por esta razón, la última letra del alfabe- 
to, siendo la Beatitud el último término a que 
debemos encaminarnos y que debemos esforzar- 
nos por alcanzar. El Tau era también una le- 
tra símbolo de salud y de feliz presagio entre los 
griegos: para los criminales era el signo de la 


(1) En el tomo de notas y adiciones reproduciremos las dos lámi- 
nas de Lafitau que dan testimonio gráfico de la veneración en que era 
tenida la cruz entre los egipcios y los fenicios. 

(2) Hieron, in Erech. cap. 9. 

(3) Sócrates, Hist. Ecclesiast., lib. 5. 

(4) Sozomen, Hist. Ecclesiast., lib 7, cap. 15. 

(5) Ruffin, lib. 2, cap. 29. 



absolución, al paso que Theta era, infaliblemen- 
te, el de la condenación y la muerte. 

Los egipcios habían colocado la cruz en losas- 
tros, y todavía vemos esa cruz en las imágenes 
gráficas que nos ha trasmitido la antigüedad, de 
muchos de los planetas. 

Entre los chinos, se encuentra la cruz en las 
letras jeroglíficas, como antiguamente entre los 
egipcios, y era entre aquéllos, como lo fué entre 
éstos, el símbolo de la perfección; significando, 
además, el número diez. Y con este motivo nota 
Lafitau, que en las antiguas cifras romanas, el nú- 
mero diez se representaba por una cruz de la 
forma que hoy llamamos de San Andrés (D. 

Demostrado así, que de las analogías encontra- 
das entre las mitologías americanas y el cristia- 
nismo, y de la existencia de la cruz y de su ve- 
neración en América, no se puede concluir la pre- 
dicación del Evangelio, y no debiéndose suponer 
que hubo apóstol donde no se encuentra indicio 
de apostolado, desaparece el motivo con que se 
conjeturaba que las pisadas que se dicen estar es- 
tampadas en la piedra de que da noticia el P. 
Lozano, fueran las de santo Tomás. 

Según el mismo Lozano, algunas de esa pie- 
dras que conservaban las huellas de pies huma- 
nos, tenían inscripciones en caracteres desconoci- 
dos; y entre éstas indica una que existía en el 
Brasil, en la altura de la ciudad de Parayba , 


(1) Lafitau — Moeurs des sauvages Américains, comparées aux 
moeurs des premiers temps — 2 tom. París, 1724. 



266 — 


siete grados al sud. En esta piedra, se se ven, se- 
gún dice, dos huellas de un hombre mayor, dos 
de otro más pequeño, y ciertas letras esculpidas 
en la piedra. La significación de las letras, agre- 
ga Lozano, no se pudo penetrar hasta ahora, que 
quizá dieran mucha luz a cuanto hemos escrito 
sobre esta materia. 

Muy recientemente se ha descubierto en el Bra- 
sil, precisamente en la Parayba, una inscripción 
cuyos caracteres se suponen fenicios ; y si esta su- 
posición se establece como hecho incontestable, 
ella, dando como esperaba Lozano, mucha luz 
sobre esta materia, nos explicaría las huellas de 
pies humanos que suelen encontrarse estampadas 
en las piedras, pues los fenicios solían grabar en 
sus inscripciones dos pies, uno detrás del otro, 
para indicar caminante, viajero, hombre que pa- 
sa; pero eso, como se ve, estaría bien lejos de 
confirmar la presencia de santo Tomás y sus pe- 
regrinaciones americanas. 



— 267 — 


X 


Después de las materias de que acabamos de 
tratar, y que ocupan todo este volumen, princi- 
pia la parte que si siguiéramos rigurosamente, en 
este punto, la opinión de Humboldt, debíamos 
considerar como la única histórica , porque ese sa- 
bio cree que el problema de la primera población 
de América ya no es de la competencia de la his- 
toria, como las cuestiones sobre el origen de las 
plantas y de los animales y la distribución de 
los gérmenes orgánicos, no son de la alzada de 
la historia natural O). 

El segundo libro, con el cual principia el se- 


(1) Humboldt,— Vue des cordilléres et monuments des peuples indi- 
génes de l’Amérique. Introduc. 

Navarrete. — Bib. Marítima Española. 2 vol. — Madrid, 1851. 

Demersav. — Hist. phy. ec. et pol. duParaguay. 2 vol. — París, 1860. 

Helps. — The Spanish conquest in America. 4 vol. — Londres, 1855. 

M. de Moussy. — Descrip. geog. et Stat. de la C. Arg. 3 vol. — Pa- 
rís, 1680 - 64. 

Colmeiro. — La Bot. y los Botánicos Hispano-Lusitanos, Madrid, 1858, 

Magariños Cervantes. —Estudios sobre el Río de la Plata, 1858. 

A. Yzabelle.— Sebastián Gaboto. — Montevideo, 1862. 

Gay. — Hist. de la Rep. Jesuíta do Paraguay. — Río de Janeiro, 1863. 

González Llana. — Hist. de las Rep. del Plata. — Madrid, 1863. 

Biographie Universelle (Michaud) 1. a y 2. a edic. 

Telégrafo Mercantil, rural, político, económico e historiógrafo del 
Río de la Plata (primer periódico de Buenos Aires) 1801 - 2. 

Celebridades Argentinas. (Introd. del Gral. Mitre).— Buenos Aires, 
1857. 

Domínguez. — Historia Arg. — Buenos Aires, 1861. 

Vicuña Mackenna. — Revista del Pacífico, tomo 5.°--VaIparaíso, 1861. 



— 268 


gundo volumen de esta edición, contiene la his- 
toria civil desde el descubrimiento del Río de la 
Plata hasta la deposición y prisión del Adelan- 
do Alvar Núñez Cabeza de Yaca y el comienzo 
del gobierno del justamente célebre Domingo Mar- 
tínez de Irala. En el tercero, continúa la histo- 
ria civil del Río de la Plata hasta el año de 1745. 

Sobre el descubrimiento y los primeros pasos 
de la conquista, Lozano no tenía documentos que 
consultar, porque no los había en los archivos de 
estos países ; su única guía eran los historiadores 
que le precedieron, y lo que podía poner de suyo, 
en esta parte, era el criterio, el discernimiento con 
que se servía de ellos. De tiempos posteriores, en- 
contró documentos archivados y pudo recoger tes- 
timonios orales, que ha utilizado, pero aun así no 
podía ser historiador primitivo, porque tenia an- 
tecesores. 

En el cuarto y quinto libro, escribe la historia 
de lo que entonces se conocía por Provincia del 
Tucumán . Lozano vivió dentro de esa provincia 
veinte y ocho años; y en tan largo período pudo 
consultarlo e interrogarlo todo: los archivos, las 
tradiciones, los hombres ; e interrogarlos despacio, 
en la intimidad, en la familiaridad del hogar, 
apropiándose la savia y el colorido local. Estos 
dos libros son, por consecuencia, una crónica ori- 
ginal, auténtica, animada, y aún dramática, como 
lo es el narrar el episodio de la rebelión de don 
Pedro Bohorque. 

La historia de las provincias argentinas que en- 
tonces componían la del Tucumán, no tiene pá- 



ginas más llenas ni más auténticas que las del P. 
Lozano. 

Al anunciar la publicación de esta historia, nos 
impusimos el deber de anotarla, sirviéndonos para 
las observaciones, reparos y rectificaciones de he- 
chos y fechas, de los elementos de crítica histó- 
rica que hoy tenemos y de documentos que le 
fueron desconocidos al autor; y al hacerlo nos 
venía la oportunidad de tomar en consideración 
y de discutir ciertas apreciaciones cuando menos 
poco benévolas, que han aventurado don Félix de 
Azara y don Pedro de Angelis sobre este grande 
trabajo histórico del P. Lozano. 

Pero nuestras anotaciones, necesariamente ex- 
tensas, no podían tener entrada en esta introduc- 
ción, ni colocarse, sin inconveniente, al pie de las 
páginas a que corresponden; por todo lo cual nos 
hemos resuelto a presentarlas metódicamente reu- 
nidas al fin de la obra. 



— 270 — 


XI 

Respecto a esta primera edición de la historia 
del P. Lozano, sólo nos cabe manifestar que sien- 
do desigual la ortografía de la copia de que nos 
servimos, hemos tratado de uniformarla en cuanto 
nos lia sido posible; liemos cambiado algunas le- 
tras cuyo uso era anticuado, siempre que el en- 
contrarse en nombres propios, o alguna razón eti- 
mológica, no aconsejaba su conservación; y lie- 
mos sustituido muchas minúsculas a las capitales, 
de que eran pródigos los escritores antiguos. 

Be ha omitido la numeración de párrafos, pues 
era inútil para el lector, y aumentaba, en mucho, 
la pesada labor de la corrección de las pruebas 
tipográficas. 

Salvas estas levísimas alteraciones, en las que 
no se ha suprimido ni cambiado una sola palabra, 
el manuscrito ha sido escrupulosamente respeta- 
do. El que le lea en esta edición, lee al P. Lozano. 



Indice 

Págs. 

Andrés Lamas . vn 

Impugnación a la obra de J. B. Alberdi ( 1837 ) ... , 1 

Programa de El Iniciador (1888) .... 9 

Prólogo a las Poesías de Adolfo Berro (1841) 15 

Plan y antecedentes de la Nomenclatura de las calles de Montevi- 
deo (1843) 47 

Fundación del Instituto Histórico y Geográfico (1843) .... 71 

Introducción a la Historia de la conquista del Paraguay, Río 

de la Plata y Tucumán, escrita por el P. José Guevara. . . 79 

Introducción a la Historia de la conquista del Paraguay, Río 

de la Plata y Tucumán, del P. Pedro Lozano . . . 131